Veinte años no es nada: Ensayo confesional menor sobre el brollo
Brollo es, quizá, una de las palabras más características del regionalismo marabino. Aquello que se conoce con tantos otros nombres, que es tan antiguo como el habla misma y que entre hispanohablantes tiene a chisme como su referente cuasiuniversal, no tiene la misma densidad semántica entre zulianos si no se le llama brollo.
En el diccionario de la RAE se define como un término coloquial venezolano. Un sugerido apócope y posterior símil de embrollo; o lo que sería lo mismo, un embuste, un engaño, una confusión o por extensión, un aprieto, pero tal definición peca por su reducción malsana.
Se entiende, sí, que del uso y el abuso del brollo normalmente se deriven consecuencias indeseadas, porque su práctica suele venir cargada de mucha especulación y poca consideración, pero cuando se le atribuye únicamente la intención baja o vil, se le abstrae de su dimensión social. Con el brollo se busca primariamente entretener antes que enseñar y casi siempre se le acompaña de una postura hipócrita o exageradamente moralizante que lleva a juzgar en vez de entender, pero que asimismo termina siendo regulador de las conductas humanas en sociedad.
Sí, los brolleros tendemos a pontificar a nuestros adentros, pero nos gusta dejar que sean otros los que sentencien nuestras noticias—porque cuando una persona juzga, en ello también nos cuenta mucho de sí misma y concluye también por nutrir nuestra ansia reporteril—. En medio de nuestra recopilación de datos y de detalles morbosos, nos aseguramos de que poco se sospeche nuestra intención de censurar; incluso gozamos de mostrarnos ecuánimes y lo hacemos con solapada intención, porque cuando alguien siente que se le escucha atentamente y no se le busca hacer juicio, termina contándonos su vida.
En Maracaibo el brollo forma parte de la idiosincrasia y, si bien no es algo de lo que nadie se ufane abiertamente, todos lo practicamos de algún modo. Especialmente quienes se declaran sus enemigos. Nadie es tan aficionado al brollo como quien pretende erigirse por encima de él. Y pocos lo disfrutamos tanto como a quienes nos apasiona coleccionar historias.
Esta necesaria introducción conduce así al yo del escribiente. Soy un brollero, lo ejerzo con deleite y lamento en el castellano vernáculo no exista una forma más elegante de confesarlo. Entiendo que hay eufemismos que nublan la línea del brollo con ciertos oficios, pero la verdad es que ningún periodista se confesaría jamás chismoso. Igual desazón me invade siempre que mi tío el sinvergüenza pretende ofenderme con halagos—o halagarme con ofensas—diciendo que mi éxito general se debe a que soy un "excelente hablador de huevonadas".
El arte del brollo lo heredé de mi madre; sospecho que figura entre mis primeros aprendizajes intrauterinos. Mamá es de esas personas que juran nunca practicarlo, aunque se note lo mucho que les entretenga. Igual creo que mamá reniega del brollo más por modestia que por purismo, y porque nada resiste demasiado tiempo guardado en sus labios aún si se le advierte que no debe ser difundido de ningún modo.
Entre las primeras memorias de mi locuacidad doméstica está la de alelarme, boquiabierto, mientras las vecinas conversaban con mi madre sobre cualquier situación de interés local. Aquellos episodios alcanzaban su punto culminante—o más indecente— con la rápida mirada de mi madre y el latiguillo exasperado:
—¡¿Yo’stoy hablando con vos?! ¡Andá rápido pa’l cuarto!—
Nunca me dolió tanto el regaño como tener que retirarme sin escuchar el final de la historia.
Tuve el privilegio de pertenecer a la última generación que vivió su infancia sin Internet. Mi primera infancia se desarrolló bajo el modelo habitacional del apartamento pequeño dentro de un edificio que hacía las veces de pueblo vertical, colmado de amas de casa que entretenían sus tardes entre cafés y tertulias animosas alrededor de sus dramas cotidianos. Aunque vine al mundo con un Atari bajo el brazo, los videojuegos jamás superarían mi fascinación por las historias reales. Mi madre, regida por el viejo estándar de mantener ciertas conversaciones fuera del alcance de los niños, fallaba estrepitosamente cuando el brollo era jugoso y no había ocasión de guardarlo para más adelante.
No sé qué habría sido de mi vida si mi madre hubiera sido otra vecina más de claustro y con votos de silencio.
La Web 1.0, que vendría a conocer en mi adolescencia, no hizo sino perfeccionar una inclinación ya formada desde el vientre. Junté miles de historias y me empeñé en convertirlas en fábulas cuyas protagonistas escapan convenientemente de mi memoria.
En el ilusamente prometido anonimato de la primera edad de las salas de chat, me presenté como abogado, terapeuta, asesor y cuanto fuere necesario fingir para llegar a las confesiones más preciadas de mis interlocutoras. Puse lo mejor de mis habilidades para ser el confidente anónimo de muchas damas que luego de un par de desahogos—virtuales o presenciales—podían seguir con sus vidas y sentirse mejor, mientras yo me quedaba con una historia más para contar.
Fui fiel practicante del “escuchamos y no juzgamos”, décadas antes de que se pusiera de moda—Y estoy seguro de que el juego empezó milenios antes de mí—.
Cuando me hice hombre, entendí que descubrir las intimidades de alguna mujer me fue siempre tan placentero como buscar seducirla. Y dado que aquellas con las que tuve una oportunidad real de seducir llegaron tarde, pasé mucho tiempo tratando con otras, en su mayoría mujeres maduras con vida trasegada que además de la presencia masculina, necesitaban mayormente a alguien que las escuchara.
Una invitación a echar brollos a las tres de la mañana producía en mí el mismo entusiasmo que una franca invitación a fornicar.
Fueron varias las vergüenzas que pasé cuando aquellas interlocutoras descubrían que, si bien siempre podía complacerlas en lo primero, rara vez quise hacerlo en lo segundo.
Nunca me perdonaron que fuera más cercano al brollo que al bollo.
¿Y qué es un bollo si antes no se le acompaña de una buena historia? ¿De qué sirve penetrar físicamente en una mujer, si la escena no está puesta y la actriz no sabe aún sus líneas?
Con el tiempo entendí que el brollo no era solo pasatiempo doméstico ni destreza digital. Es, en esencia, administración de información y puesta en escena de relatos. Y esa práctica, elevada de escala, no tarda en adquirir dimensión pública.
Paralela a mis aficiones tecnológicas corría la realidad del país, de la que conviene poco tratar en estas líneas, pero que explica con claridad la magnitud del brollo como deporte olímpico nacional—aunque en el resto del país se le llame chisme—. Ya es sabido que una de las perversiones más veloces de la izquierda una vez en el poder es la apropiación de la comunicación, pero la receta de las dictaduras caribeñas del siglo XXI incluyó la posverdad como herramienta fundamental: administrar la información entre abusos diversos aseguraba relevancia y supervivencia.
Quizá por ello no haya resultado terminándome ajena la lógica del poder. El brollo, en su versión doméstica, entretiene; en su versión masculina, seduce; en su versión política, gobierna. Y yo, que aprendí a escuchar y a hablar bien, no he dejado nunca de practicarlo.
He explorado cada pliegue de la comunicación: he sido locutor, presentador de televisión, ensayista y articulista; he escrito ficciones y redactado estudios científicos con el rigor que exige la academia. En todos esos oficios hubo algo del brollo: administración de información, puesta en escena de relatos, intuición para saber cuándo callar y cuándo dejar hablar.
Pero a medida que sumo años, el arte heredado de mi madre—junto con otras destrezas creativas e investigadoras—ha ido replegándose al ámbito doméstico. Ya no me interesa ejercerlo como arma ni como herramienta de poder; me basta con usarlo como gesto fraternal en tertulias con mis coterráneos en el exilio, o como forma discreta de mantener encendida la intimidad entre quienes quiero.
Hoy llamo a mamá y, si la siento triste, sé que puedo alegrarle el día con un brollo.
Y acaso no haya versión más honesta ni más pura del antiguo oficio de comunicar que esa.










