Veinte años no es nada: El caballero de siempre
Quise ser con ella el caballero de siempre.
Quise evitar lanzarme directo a sus brazos y decirle que la amaba como el primer día, que la había pensado en cada instante y que en mi corazón ocupaba el sitial de honor que le había concedido desde que me permitió mirarla a los ojos.
Quise ser galante—y quién sabe si un poco cínico también—, al mostrarme sonriente y sereno en general. Estaba feliz de volver a verla, de volver a dedicarle una sonrisa, siquiera ensayada, pero ahí estaba. Me había preparado unas doscientas noches para cuando ese momento llegara y una vez ahí, la confesión salió de mis labios, traicionándome la pose:
—Jamás pensé que volveríamos a vernos.
—Tarde o temprano iba a pasar. Era cuestión de tiempo—.Respondió con una breve sonrisa, mientras las manos enredaban nerviosamente los cables de su sus inevitables audífonos.
Ella trato de hacer que sonara natural, pero, ¿acaso era de esperarse, cuando ya él estaba tan seguro de que ella se había ido del vecindario, de la ciudad… Del país?
En la breve interacción, que en la ahogada ansiedad de ambos duró un par de eternidades, dijimos todo y nada. Dijimos lo suficiente. No preguntamos mucho de la vida el uno del otro. No quisimos decir cosas que nos lastimaran…
Quizá no quisimos decirnos que éramos felices, para no ofender nuestras memorias.
—Mi vida va bien… Aunque, siempre puede ir mejor—. Una insolencia bien dirigida la habría herido menos, por lo que ella respondió con ironía:
—Como la vida de todos nosotros. Siempre puede ir mejor.
—¿Vas hacia esta dirección o hacia aquella?
—Voy hacia allá. Le escoltaré hasta la puerta de la estación, si usted me lo permite.
—Voy en la dirección contraria, pero debo ir a buscar primero el periódico. No creas que te sigo. La aclaratoria fue el culmen de la afrenta y ella, naturalmente exasperada, pero a su vez divertida, agregó.
—Vale, solo déjate llevar.
Y tras dar unos breves pasos, adelanté la despedida haciendo un débil gesto de reverencia y le dije:
—Me ha dado gusto volver a verte… Que le vaya a usted muy bien, señorita Valdez.
Aunque la repetición de la tradicional despedida de otros tiempos despertó una espontánea sonrisa de ella, se obligó a dejar aquello atrás al negarse esta vez a llamarme como de costumbre.
Y agitó la mano acompañada de la inclinación de mirada y la hermosa sonrisa que yo recordaba de siempre. En cualquier otro lugar, en cualquier otra vida, ciertamente me habría dejado llevar, pero a algunos amores solo los alimenta la tragedia.
Sabíamos ambos que jamás nos habríamos fijado en el otro si aquello no nos hubiera estado prohibido. Y como siempre estará vedado, ese amor que consume, que mata de a poco y que silencia, siempre estará allí.