Lo que me sea necesario ser
He vivido muchas cosas. Puedo decir que esas cosas, en su mayorĂa, me han resultado fáciles de vivir. Muy fáciles, para serle franco. Mis padres siempre estuvieron allĂ para frenar los golpes de la cotidianidad, o al menos para suavizarlos. Quizá ellos sientan que aĂşn están allĂ y no me atreverĂa a contrariarlos, pero la verdad es que no pueden alcanzarme ya en este lugar. Mis primeros años, segĂşn recuerdo, fueron un laboratorio de condiciones ideales que me salvĂł de la consecuencia natural de haber nacido donde nacĂ. Eso, como puede decirse de todo, me dio ventajas y desventajas… Y todo esto usted lo conoce.
Por haber vivido asĂ, por no haber sido oportunamente expuesto a demasiadas situaciones de la existencia comĂşn, me cuesta entender aĂşn muchas ideas relacionadas con ello. Dentro de todo, sigo siendo un señorito; un hijo de papá y mamá. AĂşn lucho para que eso cambie.
En aquel lugar y tiempo, tenĂa todo y nada a la vez. Todo mientras dependĂa en buena medida de los dictados del señor y la señora de la casa. Varias veces me fue echada en cara esa circunstancia tras lidiar con mi manĂa de elevarme a señalar al mundo.
TenĂa todas las comodidades y aun asĂ me erigĂa en juzgador… Una razĂłn de mucho peso para ser odiado, Âżno cree usted?
Pero a pesar de mi vida acomodada, siempre pensĂ© que en el mundo habĂa principios más allá de la condiciĂłn social; valores universales surgidos de la suerte de haber nacido humano y haber vivido lo suficiente como para hacerse con raciocinio. De haber nacido en cualquier otro lugar, el entorno habrĂa confirmado esta idea y habrĂa hecho de ella todo un postulado, pero no en el sitio en el que nacĂ.
En ese sitio que usted y yo conocemos, valores de antagonismo son tradicionalmente transmitidos de generaciĂłn en generaciĂłn. Se han hecho incluso más persistentes en los Ăşltimos años. Adornados con algunas noblezas, el sistema que conforman constituye una verdadera cultura de falsĂa y depredaciĂłn.
Sabe Dios y sabe usted lo mucho que enfrentĂ© para cambiar dichos valores. Quizá no haya logrado mayor cosa hasta ahora, pero de cerca o de lejos, sigo intentándolo. La sociedad en la que fuimos criados es una donde manda la apariencia; una abundancia de lo mismo que acabo de mencionarle: estatus y falsĂa. A nadie le interesa realmente si usted padece por hambre, sueño o sed… Solo necesitan asegurarse de que usted sea alguien importante mientras sea el hijo de…, la esposa de…, la hermana de…, el cuñado de…, alguien tambiĂ©n importante. Incluso las amantes tienen su lĂnea de estatus, algo Ăntimamente ligado a la calidad del señor con el que se acuestan.
Crueldad inmarcesible de dar valor a una mujer por lo que las urgencias ventrales inspiran en un hombre.
AsĂ, la mujer de nuestra sociedad se halla en el deber sagrado de hacerse deseable, de convertirse en alguien sexualmente atractiva para poder llegar al hombre que le dĂ© el preciado estatus. Al fin y al cabo, Âżde quĂ© sirve estudiar, si el culto muere lo mismo de hambre que el iletrado? Y quizá el primero vaya antes a la tumba si no es capaz de reconocer la propia necesidad.
Entonces es mejor que la mujer vaya a un gimnasio, se haga esposa o amante de un hombre con dinero y arregle su vida de una vez y para siempre… O quizá por algún un tiempo, porque tampoco hay que ocuparse tanto por el futuro si eso impide seguir luciendo deseable. Siempre que una mujer despierte calor, sobrará quien la busque. No digamos que deba aspirar a formar parte en uno de los tantos concursos de belleza que allà se celebran; porque eso es cosa de niñas ricas, pero quizá con un poco de suerte alguien la mire, la descubra y termine convirtiéndola en modelo, actriz o animadora de televisión. No hay mucha diferencia entre una cosa y otra, al menos, no en ese lugar.
De tal modo lleguĂ© a la conclusiĂłn de que todas aquellas mujeres a las que amĂ© y luego juzguĂ©, todas ellas habĂan vivido de acuerdo con el Ăşnico cĂłdigo que llegaron a conocer. Nunca supieron existir de otro modo y haberlas juzgado por ello fue injusto… Siempre lo fue. Como injusto fue pretender que cambiaran, cuando lo cierto era que afrontar y alcanzar el cambio ante a una sociedad que impone el mismo patrĂłn torcido era cosa casi imposible.
SĂ, quizá yo tuve una vida fácil para sostener mis convicciones, incluso tuve el dinero (mĂo y de mis padres) para mudarme a un lugar más acorde a ellas… O más indiferente, como usted desee mirarlo.
Aquà siento que puedo ser… Lo que me sea necesario ser.
—Carta al excelentĂsimo marquĂ©s de Richmond. XXIII.VIII.MMXIV.