Hay despedidas que no necesitan una puerta cerrándose.
A veces basta con dejar de esperar.
Quizá esa sea la parte más triste de crecer: entender que algunas personas pueden irse sin hacer ruido, sin una última palabra, sin siquiera saber cuánto espacio dejaron vacío al marcharse. Y uno se queda mirando ese lugar durante un tiempo absurdo, preguntándose si en algún momento volverá a llenarse o si siempre tendrá esa forma exacta de ausencia.
Tal vez habría sido más fácil si lo hiciera.
El enojo tiene algo de refugio; permite convertir la tristeza en una cosa más sencilla, algo contra lo que puedes luchar. Pero hay ausencias que no merecen convertirse en resentimiento. Algunas personas simplemente se alejan y uno termina aprendiendo a quererlas desde una distancia donde ya no puede alcanzarlas.
Me costó aceptar que el silencio también puede ser una respuesta.
No porque diga exactamente qué ocurrió, sino porque termina diciendo lo suficiente.
Y aunque una parte pequeña de mí todavía se pregunte qué pasó, otra, más cansada, ha comenzado a entender que no todas las preguntas nacieron para tener respuesta. Hay vínculos que no terminan con una explicación; se van deshaciendo lentamente hasta que un día descubres que llevas demasiado tiempo sosteniendo tú solo algo que alguna vez perteneció a dos.
Qué extraño es recordar a alguien sin saber si esa persona también te recuerda.
Quizá mi nombre se perdió hace mucho entre tantas otras cosas y aquel pequeño espacio compartido dejó de significar algo. Y duele pensarlo, pero hay dolores que se vuelven más llevaderos cuando dejas de intentar discutir con ellos.
Por eso hoy no quiero pedir nada.
Solo quería dejar que este último pensamiento encontrara un lugar donde descansar.
Y aunque haya sido breve, no voy a fingir que no existió solo porque terminó de una manera que nunca entendí. Hubo palabras que me hicieron sonreír, momentos que llegaron sin ser buscados, una cercanía improbable que por un instante hizo que dos vidas completamente ajenas se reconocieran.
Eso también merece ser recordado.
Pero recordar no significa quedarse.
Hay personas que pertenecen a una parte de nuestra vida y no necesariamente a todo lo que viene después. Tal vez ese sea el verdadero significado de ser elfos libres: saber que nadie nos pertenece, que ningún encuentro trae consigo la promesa de permanecer y que incluso aquello que queremos puede marcharse sin pedir permiso.
Quizá ser libres también significa aprender a soltar sin convertir el amor, el cariño o la nostalgia en una cadena.
No porque haya dejado de importar.
Suelto porque todavía importa demasiado como para convertirlo en una herida eterna.
Y si alguna vez, por esas casualidades extrañas que tiene la vida, estas palabras llegan hasta ti, quizá reconozcas algo entre ellas. Una forma de decir adiós sin pronunciar tu nombre. Una pequeña parte de todo aquello que alguna vez compartimos escondida entre líneas. No necesitarás que nadie te diga de quién hablan.
Hay despedidas que no necesitan ser escuchadas por la persona que las recibe. A veces son para quien las escribe, para sacar del pecho ese último pedacito de tristeza que llevaba demasiado tiempo esperando un lugar donde caer.
Ojalá la vida haya sido amable contigo.
Ojalá encuentres aquello que estás buscando, incluso si nunca llego a saber qué era.
Y si alguna vez recuerdas aquella pequeña coincidencia entre dos caminos que durante un tiempo decidieron caminar juntos, espero que la recuerdes sin tristeza.
Yo intentaré hacer lo mismo.
Porque algunas personas no se quedan.
Pero tampoco desaparecen del todo.
Se convierten en una página que uno aprende a no volver a abrir, aunque durante mucho tiempo haya sabido de memoria cada una de sus palabras.
Y quizá eso sea cerrar un ciclo: