Restos de un culo blanco cuya mujer lavaba con Ariel
Cada vez que alguien me saluda
donde guardo un aguilucho
que siempre da la cara al sol,
incluso cuando se dibuja como gaviota
donde van a naufragar las neuronas.
Y guardo también a un político zurdo
mientras su mente se pajea
con la pornografía de una gaviota
Una rosa de color oscuro,
color que se diluye entre la sangre morada
que ha perdido su viveza,
y ya no recuerda si la regaron con besos
o si condenaron sus pétalos
en un frío año acabado en 39.
39 como las veces que he gritado
como si mis pulmones sirvieran de algo,
como si pudiera arrancarme las cuerdas vocales
porque soy de contar chistes malos
y en España el humor es algo muy serio.
Y ya no sé si me da más miedo
escribir sin letras lo que nadie quiere oír,
a que la historia se repita en medio de esta locura.
Cuando escucho la palabra exhumación
se me ponen los pelos de punta,
desde el dedo del pie hasta la cabeza
porque España es el lugar
donde cuatro huesos hediondos
Esa vida que solo acaba de echar a andar,
tras más de cuarenta años de siesta.
Y me explota una bomba en la cabeza,
y mis sesos de historiadora fracasada
se desparraman en esa historia interminable
Y un fascista al que se la pone dura
que siguen echando chispas.
En medio de la crispación
que nunca llegó a cambiarse.
Supongo que todo eso se guarda
en cuatro huesos hediondos
que no deja escapar a la voz dormida
de los esclavos de un aguilucho reciclado.