La belleza que ves en el mundo, también está en ti.
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Anónimo

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La literatura es la caja fuerte de la razón. Es la última resistencia y memoria contra la perdida de lógica y sobreinformación que vivimos hoy en día.
Es curioso el contexto que estamos atravesando y cómo lo ve cada uno desde su generación.
Es evidente que todo cambia pero me llama la atención las similitudes en distintas personas, como si la conciencia (por lo menos de mi entorno) hubiese cambiado afectivamente. Por ejemplo, entre el 2018/19 proliferaban las ganas de estar con alguien, ya sea de una forma duradera o para pasar el rato. Me acuerdo que en ese momento para "pasar el rato" buscaban a una persona que la denominaban como "garche fijo", después el puesto cambió a "birrero fijo" y ahora no sé si eso seguirá existindo o si cambió a otro puesto/denominación.
Dicen que al pasado se lo suele recordar mejor de lo que fue. No quiero caer en eso sino que quiero llegar a la actualidad.
Omitiendo otras cosas del pasado en relación a la afectividad, hoy percibo que esa "disposición" murió, el Otro ya no importa, no existe. La individualidad está mucho más marcada. No quiero definir si está bien o mal. Desde mi lugar percibo que los vínculos están frágiles, a la defensiva. No hay una fijeza, no hay constancia sino fugacidad, intermitencia. Y consecuentemente cada uno llega a sentirse solo.
En fin, no sé qué opinan. A mí, personalmente, se me apagó el interés de conocer a otras personas.
Paul (+John) en la playa :3
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La depresión y el mito de la medicación como única forma de sanación
Durante décadas, la sociedad ha sostenido la idea de que la depresión se trata exclusivamente con medicación. Esta visión reduccionista ha llevado a muchas personas a creer que sanar depende solo de la intervención farmacológica, cuando en realidad la experiencia humana es mucho más compleja que un desequilibrio químico.
El ser humano no nació para desconectarse de sí mismo, sino para comprenderse. Sin embargo, la vida acelerada y la presión constante por la productividad han distorsionado esa conexión interior. Vivimos en una cultura que patologiza la tristeza y evita el silencio, olvidando que el malestar emocional también puede ser una señal de crecimiento o de conflicto interno no resuelto.
En muchos casos, los cuadros depresivos no provienen de una enfermedad mental grave, sino de heridas emocionales profundas: duelos, desamparo afectivo, abandono o frustraciones vitales. Son experiencias que dejan una marca invisible, comparable a una “fractura del alma”. Y cuando esas heridas no son comprendidas ni acompañadas adecuadamente, pueden derivar en un estado de sufrimiento prolongado.
En mi caso, comprendí que la depresión que atravesé no se debía a un trastorno clínico, sino a una historia de carencias afectivas. Crecí en un entorno donde el acompañamiento emocional fue limitado. Mis padres, aunque presentes físicamente, no lo estuvieron emocionalmente. No existió un reconocimiento real de mis sueños ni un apoyo en mis procesos personales. Por años confundí ese vacío con debilidad, hasta que entendí que era una manifestación legítima del dolor humano.
La psicología contemporánea reconoce que la depresión puede tener múltiples causas: biológicas, psicológicas y sociales. Sin embargo, reducirla únicamente a una alteración neuroquímica es ignorar la dimensión existencial del ser humano. Los medicamentos pueden ser útiles en determinados casos, pero no sustituyen el trabajo de autoconocimiento ni la reconstrucción de vínculos sanos.
Sanar no siempre implica tomar fármacos. A veces significa aprender a escucharse, a reencontrarse con lo que uno ama, a expresarse a través del arte, la lectura o el contacto con la naturaleza. Son caminos distintos, pero igualmente terapéuticos.
La dependencia permanente de medicación puede otorgar estabilidad momentánea, pero no necesariamente sentido de vida. La verdadera recuperación requiere integrar lo que duele, comprender el origen del sufrimiento y reconstruir una relación más consciente con uno mismo y con los demás.
La depresión, más que una enfermedad, puede entenderse como una fisura del alma: un llamado interno a revisar lo que hemos perdido y a sanar desde la verdad. Reconocerla no es debilidad, sino el primer paso hacia una vida más auténtica y plena.