SÓC. — […] Repíteme desde el principio: ¿cómo decís que es lo justo con arreglo a la naturaleza Píndaro y tú? ¿No es que el más poderoso arrebate los bienes del menos poderoso, que domine el mejor al inferior y que poseaa más el más apto que el inepto? ¿Acaso dices que lo justo es otra cosa, o he recordado bien?
CAL. — Eso decía antes y ahora lo repito.
SÓC. — Pero ¿llamas tú a la misma persona indistintamente mejor y más poderosa? Pues tampoco antes pude entender qué decías realmente. ¿Acaso llamas más poderosos a los más fuertes, y es preciso que los débiles obedezcan al más fuerte, según me parece que manifestabas al decir que las grandes ciudades atacan a las pequeñas con arreglo a la ley de la naturaleza, porque son más poderosas y más fuertes, convencido de que son la msima cosa más poderoso, más fuerte y mejor, o bien es posible ser mejor y, al miso tiempo, menos poderoso y más débil, o, por otra parte, ser más poderoso, pero ser peor, o bien es la misma definición la de mejor y más poderoso? Explícame con claridad esto. ¿Es una misma cosa, o son cosas distintas más poderoso, mejor y más fuerte?
CAL. — Pues bien, te digo claramente que son la misma cosa.
SÓC. — ¿No es cierto que la multitud es, por naturaleza, más poderosa que un solo hombre? Sin duda ella le impone las leyes, como tú decías ahora.
SÓC. — Entonces las leyes de la multitud son las de los más poderosos.
SÓC. — ¿No son también las de los mejores? Pues los más poderosos son, en cierto modo, los mejores, según tú dices.
SÓC. — ¿No son las leyes de éstos bellas por naturaleza, puesto que son ellos más poderosos?
SÓC. — Así pues, ¿no cree la multitud, como tú decías ahora, que lo justo es conservar la igualdad y que es más vergonzoso comenter injusticia que recibirla? ¿Es así o no? Y procura no ser atrapado aquí tu también por vergüenza. ¿Cree o no cree la multitud que los justo es conservar la igualdad y no poseer un más que los demás, y que es más vergonzoso comenter injusticia que recibirla? No te niegues a contestarme a esto, Calicles, a fin de que si estás de acuerdo conmigo, mi opinión quede respaldada ya por ti, puesto que la comparte un hombre capaz de discernir.
CAL. — Pues bien, la multitud piensa así.
SÓC. — Luego no sólo por ley es más vergonzoso comenter injusticia que recibirla y se estima justo conservar la igualdad, sino también por naturaleza. [...]
Platón: «Gorgias», en Diálogos II. Editorial Gredos, págs. 87-88. Madrid, 1987.