La sagrada paradoja del turismo
(Apuntes apresurados [de verano] - obra en marcha)
La propaganda de los destinos turísticos para masas tiene un alto poder hipnótico. Reúne el fetichismo de la mercancía humana, la sugestión magnética del espectáculo de masas y la idea del edén reconstruido. Refuerza en las personas hastiadas del consumo de sus cotidianas dependencias, ese autoconsumo rutinario, el deseo de consumir un ocio que las convierta en otras personas mediante el rito monocorde basado en la idea religiosa de que, si se entregan en cuerpo y alma a la experiencia programada, obtendrán otros cuerpos y otras vidas. Dicho de otro modo: la propaganda de los destinos turísticos para masas vende a cada individuo contratante la liberación de la masa. “Conviértase en el ser único y privilegiado que merece ser”, parece decir mientras señala el camino de la aglomeración. El adquisidor del paquete temporal, por supuesto, no se siente estereotipo (esos son los otros, los del resto de la fila), sino dueño de un espacio en fiesta permanente (los otros, los del resto de la fila, son sus invitados), danza sin fin y reposo sudogozoso en feudos ennoblecidos con leyendas de de marcas doradas, como si hubieran estuchado en metacrilato los recuentos de florales milagros y dulces martirios y los hubieran multiplicado y selfificado en estampitas y recordatorios que enseguida se olvidarán, pero, por un instante, serán eternos.
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