«El animal se relaciona con el objetivo en la forma de sus impulsos del momento, mientras que el hombre, además, se lo imagina.
A ello se debe que el hombre no sólo pueda apetecer, sino, además, desear. Desear es más amplio, posee más color que apetecer. Porque “desear” tiende hacia una imagen, cuyo contenido pinta el afán. La apetencia es, sin duda, mucho más vieja que la representación de algo que es apetecido. Sin embargo, en tanto que la apetencia se transforma en deseo, hace suya la representación, más o menos precisa, de su algo, y lo hace bajo la forma de un algo mejor. La exigencia del deseo aumenta con la representación de lo mejor, o incluso de lo perfecto, en el algo que ha de satisfacerlo. De tal suerte que, si no de la apetencia, sí puede decirse del deseo que si es verdad que no nace de representaciones, sí se constituye con ellas. Las representaciones incitan al deseo en la misma medida en la que lo imaginado, presentido, promete realización. Por eso, allí donde tiene lugar la representación de algo mejor, cuando no perfecto, allí también tiene lugar el deseo, un deseo, dado el caso, impaciente, exigente. La mera representación se convierte así en un ideal que lleva la etiqueta: “así debería ser”. Aquí, sin embargo, el deseo, por muy intenso que sea, se separa del “querer” en sentido propio por su carácter pasivo, afín todavía al anhelo. En el deseo no hay todavía nada de trabajo o actividad, mientras que todo querer es, en cambio, un querer hacer.»
Ernst Bloch: El principio esperanza [1]. Editorial Trotta, pág. 74. Madrid, 2004.
TGO
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