«El tranvía avanza lentamente. A ratos hay una pendiente penosa. De vez en cuando chirría. Unas chispas salen del trole. En ocasiones acelera su marcha y corre alegremente; otras, la hace más lenta. De cuando en cuando frena: paradas breves o largas. Unos hombres suben al tranvía, otros bajan de él; a lo largo del largo recorrido se lo ve rodar, haciendo sonar el timbre, acaso atestado hasta los topes, tal vez casi vacío, ocupado sólo por un par de madrugadores o quizá por un trasnochador insomne. El trayecto es muy vario; va cambiando el mundo que se descubre desde las ventanillas o las plataformas. El tranvía lo va siguiendo poco a poco. Ninguno de sus pasajeros hace el recorrido completo: suben y se apean, se van sucediendo y sustituyendo, dejando cada uno su puesto a otro, pero el tranvía nunca queda vacío. Muchos, distraídamente, lo han tomado en una parada, han descendido en otra, sin detenerse a mirar cuál es el itinerario.»
Julián Marías: «Un Tranvía llamado Razón», en El intelectual y su mundo. Editorial Atlántida pág. 141. Buenos Aires, 1956.
TGO
@bocadosdefilosofia
@dias-de-la-ira-1













