«A riesgo de caer en la obviedad, debo recordar un hecho de la historia antigua. Platón vió el arte y la poesía en Grecia alcanzar una cima de perfección y equilibrio al mismo tiempo que veía desintegrarse al Estado griego; y sintió, y acaso experimentó en carne propia, una profunda conexión entre estos dos procesos. Si los griegos no hubieran sido tan sensibles a una frase exquisita o un gesto bello, quizá podrían haber juzgado los discursos políticos por su verdad y no por el esplendor con que los pronunciaban: pero su buen juicio estaba minado por su imaginación. Si no me equivoco, Platón se encontró en el mismo dilema que el médico experimentado que diagnostica una enfermedad incurable y que, desesperado y por compasión hacia su paciente, prescribe un remedio que no funciona. En estos casos no decimos que el diagnóstico fue errado porque el remedio falló, y quizá deberíamos hacer extensiva esa cortesía también a Platón. Su remedio -la censura estatal- es un remedio desesperado y un obvio fracaso. Su diagnóstico, sin embargo, puede ser correcto.»
Edgar Wind: Arte y anarquía. El cuenco de plata, pág. 34. Buenos Aires, 2016.
TGO
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