Materia
Aquel cielo era señal de tormenta. ¿No fue esa mañana de enero, conduciendo hacia el hogar de su tío, que un diluvio transformó el parabrisas en una catarata? Aún puede ver con sus ojos de niña las manchas acanaladas, borrosas, de un amarillo intenso. Su padre estuvo muy cerca de estrellarse contra un camión que se desvió del carril contrario. El grito de su madre retumbó en las ventanillas. Más tarde, los cantos se multiplicaron mientras esperaban al costado de la ruta que la lluvia disminuyera, en parte para disipar el susto. En parte, el aburrimiento. Y eso fue sólo el comienzo de un verano para recordar. No, ni soñando. No pensaba conducir por un camino lluvioso. En cuanto cayera una gota, abandonaría el plan y pasaría la noche en primer hotel que encuentre. Además... --- Ella llegó al bar cinco minutos antes de la hora indicada, pero él ya estaba allí, enfrentado a una taza de café. Se presentó como de costumbre, ocupó la silla opuesta y sacó su libreta. Luego descubrió una lapicera en el interior del anillado y la colocó en su mano izquierda. -Es la primera vez que acepta dar una entrevista- comenzó-. Lo vio fruncir el ceño ante la pregunta, justo antes de recibir una respuesta. -¿No es ese un gran cliché para comenzar entrevistas? -Me hizo reír. -Por favor, no me trates de usted. -Me temo que no voy a concederle eso. Es parte de mi estilo. -Muy bien, puedo aceptarlo. -¿Qué es la felicidad para usted? -¿Vas a comenzar con esa pregunta? Tenía entendido que eras más incisiva. -Usted sólo preocúpese por las respuestas. -Muy bien. La felicidad es poder hacer lo que queremos hacer. -Algo en lo que usted ha tenido suerte. -¿Te parece? Yo creo lo contrario. Creo que hasta ahora hice lo que se esperaba que haga. Lo que cualquiera hubiese hecho en mi lugar. - Y eso no lo hace feliz. -No, en absoluto. Ser feliz es algo que requiere mucho tiempo y dedicación. -¿Incluso para alguien como usted? -Aún más. ----- Restaban diez kilómetros de distancia para encontrar la salida más cercana. A cada instante la civilización se difuminaba un poco más, mientras todo se cubría de follaje. Al costado de la ruta, animales que sólo ven rostros como líneas borrosas que se alejan a la velocidad de su existencia. Ojos que no se cruzarán de nuevo. Como aquel verano, su tío, la granja. Sus hábitos, a los que ella no podría acostumbrarse. Próxima salida a la derecha. Sesenta minutos a través del fango, por una ruta que nadie trazó. Un camino que jamás volverá a surcarse. Detener el vehículo. El corazón se acelera. Apagar las luces. El sudor se congela. Silencio. Sin embargo... --- -Sus padres nunca percibieron nada extraño en usted- preguntó ella mientras revolvía su taza de té. -Ellos no eran muy, lo que se dice, despiertos- respondió con burla-. Si de niño alguna vez di una señal, no la captaron. -No hay antecedentes en su familia de estos poderes. -No hay antecedentes en el mundo. -¿Lo llamaría un don o una maldición? -Creo ver hacia dónde va esto. Empiezo a comprender tu estilo. -Yo sólo hago las preguntas que otros harían en mi lugar. - Otros estuvieron en tu posición y sólo me inquirieron acerca de cuestiones banales. -Pensé que... -No me refiero a entrevistas. -Ya veo. ¿Lo consideraría un don o...? -Un don maldito. Un certificado de vida anormal. Un pasaje a la tierra de fenómenos, sólo de ida. Una piedra en un zapato todoterreno. Una cárcel evertida. - Suena a que se está desahogando. Que siempre quiso decirle al mundo que odia sus poderes. Pienso en la cantidad de... -No los odio. No entendiste. Dejá, hablemos de otra cosa. - Bien ¿a qué edad los descubrió? - Puedo contarte sobre lo primero que materialicé con éxito. Fue una rebanada de pan. Estuve durante sesenta minutos intentando entender lo que estaba pasando. Luego hice otra. Tenía que probar el sabor. Estaban deliciosas. Entonces fui por el sándwich completo. No pude materializar rodajas de tomate, sí un tomate entero. Algunas cosas no puedo traerlas en forma parcial. -¿Traerlas? -Sí, hacerlas llegar aquí, desde su plano de no-existencia. -¿Usted cree que lo que hace aparecer, en realidad proviene de otro mundo? -No lo sé con certeza, pero me ayuda a entenderlo a un nivel conceptual. -¿Se preparó el sándwich con lechuga? -Por supuesto. -Me despertó el apetito. -Puedo ordenar algo. O mejor aún, ¿Puedo obsequiarte un chocolate? -No quisiera... -Tranquila. No viene de otro mundo. Lo compré antes de venir. Cuando me enteré que vos me ibas a entrevistar. -Muy bien, galán, pero si de verdad quiere seducirme, fabríqueme un automóvil. -Con mi dinero puedo regalarte una camioneta distinta para cada día de la semana. Pero me apena hacerte saber que no puedo materializar cosas de mayor tamaño o peso que el mío. -Podría fabricar las partes por separado. -Sí, pero me es mucho más sencillo adquirirlo con billetes. En este momento, mi mayor superpoder es la fortuna que tengo en el banco. -Imagino que la hizo a base de materializar lingotes de oro. -Ay por favor, que aburrido y doloroso suena eso. -¿Siente dolor físico al materializar ciertas cosas? -Algunas. Voy a contarte de mi primer emprendimiento, en los tiempos que pretendía ser alguien normal. ---- Algo extraño ocurría en esa granja. Cualquiera con un poco de intuición lo hubiera percibido. El silencio, el suelo, su olfato. Los recuerdos de su tío y aquel hogar servían de inspiración para sus sospechas. La luz de la luna brillaba sobre la tierra mojada. Pequeñas gotas caían sobre su chaqueta de cuero gris. Debía haber sonidos de animales, aroma a césped, pequeñas luces. Pero no las había. Blandir una linterna a campo traviesa. Saber dónde apuntar. Las pulsaciones se desbocan. A lo lejos, un granero de dimensiones inconmensurables, el mismo que vio en la foto satelital. No había dudas de que estaba en el lugar correcto. Caminó hacia lo inevitable ¿Cuántos años esperó saber de su paradero? Aparece, todo aparece. Por algún lado debe abrirse la puerta, pensaba mientras con la palma de su mano izquierda seguía el rastro del metal helado. No pueden ser paredes infinitas, tiene que haber una apertura en alguna...parte... aquí ¡Aquí! Como lo sospechó, mil cerraduras. La lluvia se intensifica. Insertó su palma como un peine entre sus cabellos y tomó de allí un broche de pelo. Lo dobló y comenzó a abrir los candados cerrados. Su cuerpo se empapa y la visión se reduce. Deseó no haber venido sola, poder confiar en alguien, no guardar secretos. Deseó estar en casa, viendo series por internet hasta las tres de la mañana para no pensar en él. Deseó no haberse subido nunca a esa camioneta. Sin más cerrojos que abrir, tan sólo quedaba desplazar la puerta. Con todas sus fuerzas, empujó desde el borde. Al principio intentó mantenerse silente, pero fue imposible. El portón era de un material reforzado. No pudo contener un grito al llevar sus fuerzas al extremo, hasta que logró vislumbrar una rendija. Hora de saber la verdad. Deslizó su cuerpo por el umbral, sintió la presión en sus brazos. Pronto estaba del otro lado de la lluvia. Se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo para aligerarse. No había luces encendidas en el lugar. Intentó sumergirse en aquellas tinieblas pero no pudo dar más que unos pasos hasta toparse con algo, o con alguien. Elevó la linterna para iluminar el obstáculo, y en ese instante su sangre se redujo a un lago helado, sus órganos se llenaron de aire gélido. Era él, podía reconocerlo. Pero... --- Elías se inclinó hacia atrás en su silla, como descansando un gran peso en sus hombros. Luego, lo dijo. -A veces pienso en escapar. Tomarme un tiempo de todo, apartarme del ojo público. Vivo bajo constante vigilancia. -No es para menos- expresó ella, que había dejado de escribir en su libreta hace ya varios minutos-. -No es vida. ¿Me entendés? Necesito silencio, absoluto silencio. Escuchar mi propia voz. -Podría ser bueno. Quizás halle la fuente de su.. habilidad. -Quizás. -O quizás esté en su interior, en alguna parte. -Quizás esté en tus ojos. -¿Mis...? -Parece haber muchas respuestas en el fondo de ese océano. -Bueno, ya logró ponerme incómoda. -Oh. Te diría que no fue mi intención. Pero no sería cierto. - ¿Quiere incomodarme para que le dé fin a la entrevista? - Eso terminó hace rato, no nos engañemos. Sólo estamos charlando. - Todo lo que diga aún puede ser usado en su contra. - Quiero encontrar mi propósito. Ando en busca de respuestas. - Somos dos. - Me gusta. ¿Qué más somos? - No se rinde. - No, no lo hago ¿qué más somos, Elisa? - Curiosos. - ¿Y qué más? - Jóvenes. - Me gusta hacia dónde va esto. - No va hacia ninguna parte. ¿Podemos continuar con la entrevista? - Somos libres. - Usted dijo que no lo era, que está vigilado, que está en una cárcel, que quiere escapar. - Estás prestando atención. - Es mi trabajo- afirmó ella, mientras tomaba su lapicera, dispuesta a anotar un pensamiento. ¿Qué más dij...? Elías la interrumpió, extendiendo su brazo para cerrar la libreta. Ella levantó la vista de inmediato. - Voy a detenerte ahí. Estoy en una celda, sí, y hay algo que no soy capaz de materializar. Una llave. Creo que vos sos esa llave. - Es una locura. Apenas nos conocemos. - Eso podemos solucionarlo. ---- Sus extremidades se reducían a trozos de carne temblorosos. Segundos la separaban de perder el conocimiento. Las nauseas no se hicieron esperar, pero debía mantenerse en pie. Esa imitación pálida no era Elías, podía sentirlo. Podía verlo en sus ojos, que estaban cerrados, cerrados como si no supiesen cómo abrirse. Podía verlo en sus células. Aquello no estaba vivo, aún. Sabía lo que estaba por suceder, oh, lo sabía. ¿Pero qué opción restaba? Elevó el haz de luz y lo proyectó sobre el resto de la habitación. Miles de Elías la poblaban. Miles, pero ninguno era él. Caminó entre ellos como quien recorre un supermercado de nula variedad, buscando una respuesta entre los cuerpos. Cierta voz familiar la paralizó. No esperaba oírla tan pronto. -¿Oh, quién me dijera, Elisa, vida mía? Apagó la linterna. De inmediato, sonó un aplauso, y un grupo de luces tenues se encendió en todo el lugar. -Esperaba tanto tu llegada. Si hay alguien que podía hallarme... La voz provenía de todas partes. Desconcertada, movía su cabeza en cualquier dirección. -Necesito tu ayuda. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué hizo ese viaje? Todo fue una estupidez. Comenzó a convencerse mientras se dirigía a la puerta por la que entró. Blandir una linterna apagada entre cuerpos sin vida. Correr. Sin aviso, una figura viva emergió frente a ella. Elías estaba mirándola a los ojos. -Necesito que decidas. Un grito. Un grito contenido, necesario, poderoso. Elisa gritó. Todo su ser estalló en aquel desahogo. -Necesito que te tranquilices. Sus piernas deseaban correr, pero en su lugar no hacían más que plegarse. Tocó el suelo buscando estabilidad. -¿Qué... qué es esto?- exclamó ella, finalmente, con voz fraccionada. -Esto- dijo él, mientras extendía su brazo en un gesto de amplitud- es el resultado de mucho trabajo. De tiempo para reflexionar. De volver a encontrarme con mis... habilidades. Hizo una pausa y luego se inclinó ligeramente hacia el suelo. -De pensar en vos. -No tengo culpa alguna sobre esto- reclamó ella, con afán de desligarse de aquella situación aberrante. -¿Culpa? Hablo de inspiración. Eso afirmó Elías. "Inspiración". Ella conocía muy bien esa mirada. Él se aproximó y comenzó de nuevo. -Recuerdo la última vez que conversamos vos y yo. Recuerdo lo que vestías. Recuerdo lo que ordenaste, lo que me pediste, lo que te ofrecí. Recuerdo la complicidad del mundo esfumarse, los ojos cerrados, las lágrimas. El oro sin dueños. Recuerdo mi último rastro de humanidad. -No sé qué es lo que estás tratando de hacer pero quiero que te detengas- hubiese dicho ella, de haber logrado completar su frase-. -¿Alguna vez deseaste... -comenzó a interrumpirla, pero corrigió su entonación en el camino -. ¿Alguna vez... deseaste... materializar un recuerdo que amás? Es imposible. ¿Intentaste desaparecer de tu mente aquel momento que aun te tortura, pero no hay forma de quitarlo de ahí, de quebrar el ciclo que lo hace sentir tan real cada segundo? Elisa sabía de qué hablaba. Sabía muy bien las reacciones que se esperaban de ella. Tenía a ese hombre muy bien estudiado. Sabía cómo afirmarlo sin decir una palabra, cómo refutarlo con un simple movimiento de nariz. Cómo hacerlo enojar. Se mantuvo en silencio. -Claro que lo deseaste. No se puede, claro, pero se puede hacer algo respecto al mundo que nos rodea. -Veo que la vida sin vigilancia te mantuvo ocupado- ella replicó, mientras se erguía. Era tiempo de un cambio de actitud. Él dejó escapar una sonrisa. Estaba feliz de recuperarla. -Quería invitarte, hace tiempo, pero... -De todas formas, la vida de granja no me sienta. ¿Qué estás planeando? -¿No recordás nuestra primera conversación, verdad? ¿Lo que dijimos sobre...? -No me contestes con otra pregunta. ¿Qué es todo esto? ¿Dé dónde salió? Elías volteó, elevando su mirada al cielo. -Allí afuera hay otros mundos. He visto cosas que nunca creerías. ¿Sabés qué es lo peor de descubrir nuevas realidades?- regresó la vista a Elisa-. Darse cuenta de que la nuestra está podrida. Infestada de mediocridad. Y de que ni siquiera nos corresponde. -Suficiente con la poesía. ¿Son clones? - No me subestimes. -¿Qué son? Sos una gran investigadora, deducilo. Aún no sé cómo hallaste la granja. Pero sabía que ibas a lograrlo. -¡Te busqué por años!- gritó ella, en un reclamo fuerte pero ahogado. Elías se acercó un poco más. - Con una mano en el corazón... -dijo él, convirtiendo en acción sus palabras. Su frase quedó incompleta un tiempo más. Todos los cuerpos abrieron sus ojos de inmediato, observándola. El pánico comenzó a absorberla. Elías alejó su mano del pecho y la extendió hacia ella. Sostenía una rosa desde el tallo. Una rosa que no era de este mundo. Todos los Elías le extendían una. Entonces entendió que era el fin. -Es tu decisión. Podemos forjar una nueva realidad sobre los cimientos de aquella que habitamos. O puedo encargarme de que este mundo cese de existir. -No podés hacer eso. -Ahora no es tiempo de evaluar posibilidades. Sólo opciones. La decisión es tuya. Te debo eso. Su decisión estaba tomada. No tenía más opción que permitir a los sucesos acontecer. Todo a su alrededor se tornó invisible, inaudible, ineludible. Aquella era la conversación final. -Intentás hacerte pasar por un monstruo. Yo sé que no lo sos. -No pude ser un hombre. Es mi propósito ser algo más en este plano. Quizás un... -Te busqué- susurró ella, antes de recuperar su voz-. Por años. Nunca pude olvidar lo último que me dijiste. Deseé cada noche que no sea cierto. Supliqué a los cielos que no lleguemos a una situación como esta. Debía hacer algo al respecto. Y también quería verte. -Yo también quería verte. -Una última vez. Elisa se llevó la mano a la espalda y tomó de allí un revólver. Un revólver que hasta hace un segundo no existía. Le apuntó en la cabeza, y jaló el gatillo, sin mediar palabra. Un sonido, el sonido que hacía su tío cada mañana, aquel verano. Un rayo. El cadáver de Elías cayó al suelo con rostro de desconcierto. La bala que atravesó su cerebro siguió su curso. Ella dejó caer sus lágrimas, infinitas lágrimas que le pertenecían. A su alrededor, cientos de Elías cayeron de rodillas al suelo, dejando salir un lamento desgarrador. Al instante, un gigantesco temblor bajo sus pies la hizo trastabillar. Los Elías que aún estaban de pie corrieron a abrazarla, todos, al mismo tiempo.








