La Runayegua Yaraq
En el templo de sillar, la misa criolla empezaba,
la guitarra y el coro con fervor ya resonaban.
Entre cantos de alabanza y un aroma de misticismo,
los muros blancos vibraban con sagrado dinamismo.
De pronto el altar sagrado se llenó de un gran fulgor,
las notas del tedeum se encendieron con calor.
El coro dobló su fuerza, la madera se hizo llama,
y una fuerza misteriosa desde el centro nos reclama.
La música se fundió en un galope violento,
el incienso levantó su silueta contra el viento.
Y del fuego de los rezos, con relincho de cristal,
nació un caballo mágico de presencia celestial.
Sus crines eran de fuego, de canela y de saeta,
herraduras de guitarra, corazón de gran poeta.
Saltó por las altas puertas con premura y con afán,
derramando sus centellas a los pies del volcan.
Corrió por las calles blancas de la villa colonial,
labradas en piedra noble de ceniza volcánica.
El sillar resplandecía con el paso del corcel,
dibujando mil destellos en la noche de clavel.
Los callejones oscuros se encendían al mirarlo,
nadie el paso detenía, nadie osaba modelarlo.
Era la misa hecha carne, la plegaria hecha calor,
un caballo de candela galopando con honor.
Con un salto hacia los cielos el corcel se disipó,
y un eco de vieja jarana en el sillar se quedó.
La ciudad duerme tranquila bajo el manto del volcán,
esperando que las llamas con la música vendrán.
El Secreto de la Calle del Filtro
En los tiempos en que la Ciudad Blanca se construía con el sudor de los mitayos y el orgullo de los hidalgos, vivía en ella una damisela que era el tormento y la delicia de la villa. Se llamaba Ines D el Alba de Castro, hija de un asturiano recio y una gallega de alcurnia. Su estampa celtibérica desafiaba los cánones de la estricta sociedad colonial: un cabello castaño claro que parecía atrapado en un eterno atardecer y unos ojos color avellana que miraban con la picardía de quien conoce todos los pecados del mundo.
Beatriz era hermosa, pero su alma arrastraba el fuego de la insaciabilidad. Tras su abanico de seda y sus encajes, la joven guardaba una doble vida de libertinaje. No le bastaba un solo pretendiente; jugaba con tres y cuatro a la vez, citándolos en los recovecos de las casonas de sillar, encendiendo pasiones prohibidas y quebrando promesas de amor con una tenue sonrisa. Su lujuria era un secreto a voces entre los callejones, un torbellino que devoraba corazones masculinos sin piedad.
Pero la carne es débil y la justicia divina, implacable. Una noche de luna ascendente, tras haber burlado el honor de un noble caballero que se quitó la vida por su desdén, una sombra sorda golpeó su ventana. No era un amante. Era la maldición de su propia sangre y de sus excesos. Una voz de ultratumba sentenció su destino: por haber vivido quemando las almas de los hombres con el fuego de la lujuria, su propio cuerpo se convertiría en la viva hoguera de sus pecados.
Desde esa noche, al dar las doce en el campanario de la Catedral, el sillar temblaba.
Poesía : El Tormento de la dama
¡Ay de la niña de herengo y de casta!
que con hombres su cuerpo trenzaba,
la que en las sombras del sillar gastaba
el santo decoro que nunca le basta.
Tus ojos color avellana, ventana del vicio,
tu pelo castaño, cordel del pecado,
hoy pagan el precio de aquel artificio
que a tantos muchachos dejó desahuciados.
Ya ruge la noche, ya cruje el madero,
la hermosa criolla perdiendo su abrigo,
se trueca en la yegua de brasa y lucero,
llevando en el lomo su propio castigo.
El dolor de la transformación era un calvario de fuego interno. Su piel de seda se tornaba en pelaje de azabache encendido; sus manos delicadas, en cascos de bronce que sacaban chispas al sillar blanco. Se convertía en la Runayegua, el potro del demonio.
Lo más cruel de su maldición era la ilusión del dolor. Al verse envuelta en lenguas de fuego carmesí, Inez —atrapada en la mente de la bestia— sentía el pánico absoluto de la incineración. Corría desbocada por las calles arequipeñas pensando que el fuego finalmente devoraría sus carnes, buscando desesperadamente el agua del río Chili para apagar su suplicio. Corría y corría, relinchando de terror, pero las llamas, aunque ardían con furia, no consumían un solo milímetro de su ser. Estaba condenada a arder viva sin poder morir y aunque el fuego no la dañaba en su pensar de bestia cuando su humanidad se había esfumado, ella corría y corria por simple instinto de supervivencia animal.
Los noctámbulos del rústico campo arequipeño, los viejos lonccos mestizos que bajaban de pueblo en pueblos montados en sus burros, la veían pasar como una saeta de fuego que iluminaba las canteras.
Poema Loncco: El Paso de la Runayegua por el Barrio Alto
¡Ccuenta, ccale, qué espanto en la pampa!
Un cccejo de fuego rompió el callejón,
la Runayegua con miedosa estampa
va dejando sordo a mi tonto panteón.
¡Miren ese bicho que corre apurao!
La infeliz bonita que fue tan coqueta,
hoy vuela sin freno por el descampao
echando candela por la muela chueca.
Los ojos avellana son dos ccarccachas,
su pelo castaño es pura lloqueta,
¡por andar de suelta con tantas muchachas,
hoy ruge en la noche como una escopeta!
Sopla el viento recio por la ruda esquina,
el sillar se blanquea con su resplandor,
corre la criolla buscando la espina
que arranque el infierno de su falso amor.
La Runayegua subía por la cuesta de Santa Marta, rascando las paredes de las iglesias, dejando un olor a azufre y sahumerio criollo que se mezclaba con el aroma nocturno de los jazmines. El sillar blanco de la pequeña ciudad, actuaba como un espejo maldito: reflejaba el fuego de la yegua, haciendo que la ciudad entera pareciera un caldero de luz dorada y sangrienta.
La bestia corría con el corazón galopando a mil por hora, atrapada en su propio laberinto mental. "¡Me quemo, Dios mío, me quemo!", pensaba el alma de Inez dentro del cuerpo del equino, mientas sus cascos repicaban un ritmo frenético, una danza criolla y macabra sobre las piedras de la plaza de armas. Pero el fuego solo iluminaba su belleza maldita, respetando su inmortalidad de penitente.
Al amanecer, cuando el volcan se pintaba de rosa y los primeros rayos del sol tocaban las cúpulas de la ciudad, el fuego se apagaba de golpe. En algún callejón de la calle San Francisco, tendida sobre el suelo de sillar frío, Inés despertaba exhausta, con su cabello castaño claro alborotado y sus ojos avellana llorando lágrimas de ceniza, intacta físicamente, pero con el alma calcinada, esperando con terror la llegada de la siguiente medianoche.
El Incendio de las Promesas y el Manto del Arriero
La noche en que el secreto de Inez se tiñó de ceniza comenzó con un susurro en la Calle de las Flores. Álvaro de Sotomayor, un joven que pretendía ser el único dueño de sus favores, la había seguido en el silencio de la medianoche, celoso y ebrio de pasión. La vio salir al patio de sillar bajo la luna pálida, pero no encontró a la dama de los ojos avellana lista para el idilio.
Frente a sus ojos atónitos, el cuerpo de Inez se arqueó con un crujido de misterio antiguo. Su cabello castaño claro se encendió en filamentos de oro puro y su piel empezó a envolverse en llamas, tomando la imponente y mística forma de un equino de fuego, con más fuerzas que el Misti.
Álvaro, aterrado, dio un paso adelante intentando tocar lo que creía una ilusión. La Runayegua, atrapada en el delirio de su propia quema, soltó un relincho de pánico absoluto. Una ráfaga de fuego fatuo, un latigazo de calor puro, brotó de su pecho al dar un violento giro. No hubo gritos. El fuego de la maldición consumió al curioso Álvaro en un pestañeo de luz dorada, reduciendo sus promesas y su carne a un montón de ceniza gris que el viento de la noche esparció sobre las piedras blancas. La bestia huyó desbocada, sin notar que acababa de borrar una vida de la faz de la tierra.
Poema Loncco: El Despertar en la Pampa y el Manto Milagroso
¡Ay, llonccita coqueta, qué has hecho en la noche!
Despiertas tirada detrás del corral,
con el cuerpo temblando, sin oro ni broche,
comiendo la tierra del viejo alfalfar.
A veces el alba te encuentra en los caños,
o suelta en las calles del viejo sillar,
llorando cenizas por tantos engaños,
buscando un rincón donde ir a ocultar.
Pero un mozo de estampa bravía,
un mistiano pintón de ojos pardos de fuego,
te cubrió con su manto llenito de pía,
salvando tu cuerpo del frío y del ruego.
Aquel mestizo, de mirada felina y profunda como la de un gallardo barin de la colonia, se llamaba Manuel. Era un arriero que transportaba chicha desde los valles costeros. La encontró una mañana temprano, tiritando de frío y desnuda de orgullo sobre el sillar de una esquina olvidada . Sin hacer preguntas, con una caballerosidad criolla que Inez jamás había visto en sus pretendientes nobles, se quitó su grueso manto de lana de vicuña tejida a telar y la cubrió, protegiendo su intimidad y su misterio.
Inez guardó ese manto como su tesoro más sagrado. Se convirtió en su amuleto. Cada medianoche, antes de que el reloj de la Catedral dictara su sentencia, ella se envolvía en él. Manuel la llevo a las puertas de su casa pero antes la atendió ella le pregunto porque lo hacía y el le dijo que su madre le enseñó a ser caritativo como el buen samaritano. Inez sonrió pero luego agradecio
En la siguiente noche volvió a ocurrir Inéz volvió a transformarse en el coloso de fuego, curiosamente el manto no se quemaba; se fundía mágicamente con su lomo, como una gualdrapa mística que atenuaba el dolor del alma y la acompañaba en su galope infernal.
Poesía Criolla: El Fuego Inextinguible del Chili
Se lanza la yegua con furia de estruendo
al agua del Chili queriendo apagar,
el fuego sagrado que sigue creciendo
y que ni los ríos logran calmar.
El agua hierve, la espuma levanta,
un humo de azufre domina el raudal,
la Runayegua relincha y espanta
con pasos de lumbre y furia de sal.
No hay poza ni estanque que apague su brillo,
la llama es su sangre, su ley y su cruz,
mientras en sus manos despierta el anillo
de una magia oculta que estalla en la luz.
Desesperada por la ilusión de estarse quemando viva, la Runayegua se lanzó una noche desde los altos sillar del puente hacia las aguas frías del río Chili. Buscó también los estanques de las quintas arequipeñas, pero el milagro era absoluto: el agua tocaba su cuerpo y se evaporaba al instante en densas cortinas de vapor blanco. El fuego no se apagaba porque no venía del exterior; era su propia esencia rebelde hecha luz.
Al regresar a su forma humana, exhausta en el establo de su padre entre el olor a paja y sillar húmedo, Beatriz comenzó a notar el verdadero cambio. Ya no necesitaba la medianoche para tocar el misterio. Un día, al mirarse las manos calzadas con encaje, deseó con rabia encender una vela, y una llama perfecta brotó de la yema de su dedo índice.
No requería recitar maleficios en latín ni dibujar extraños círculos de brujería europea. Su voluntad era el hechizo. Descubrió que podía calentar el sillar con solo apoyar la palma de su mano, hacer flotar chispas doradas en el aire de su habitación y leer las intenciones de los hombres reflejadas en las brasas del fogón. La lujuria y la maldición habían despertado en ella una bruja de fuego innata, una dama dueña de una magia criolla e indomable que ahora corría por sus venas de castellana, tan eterna y ardiente como el mismísimo volcán Misti.
El Secreto del Sillar y el Oro Maldito
La Ciudad Blanca era un hervidero de codicia y espanto. Las desapariciones de los jóvenes más gallardos de la comarca —aquellos que alguna vez poblaron el lecho secreto de Inez— habían dejado un rastro de alcobas vacías y cenizas anónimas. La joven criolla, dueña ya de una magia sorda que no requería conjuros, los iba borrando uno a uno con el sutil chasquido de sus dedos o con la mirada ardiente de sus ojos avellana, limpiando las huellas de su antigua lujuria.
Pero el pueblo tiene mil ojos y el miedo tiene pies ligeros. En los portales de la Plaza de Armas comenzó a correr un rumor dorado: el Alcalde de la villa, desesperado por el caos, había colgado un bando en las maderas de la casa consistorial. Se ofrecía un cofre repleto de monedas de oro de la Corona por la cabeza de la «Runayegua», el caballo endemoniado que volvía de fuego las noches de sillar.
Inez, envuelta en el manto de vicuña que le regaló su arriero de ojos pardos, leía los carteles con una sonrisa amarga, recordando aquel viejo proverbio español: «Quien de oro se fía, el oro le engaña en el día». Sabía que la codicia de los hombres los llevaría directo a su hoguera.
Poesía Criolla: El Dilema del Oro y el Acero
El bando pregona un precio de espanto:
cien piezas de oro por la criatura,
que viste la noche con trágico manto
y rompe el sillar con su herradura.
Los hombres preparan arcabuz y espada,
buscando el trofeo de brasa e infierno,
sin saber que el arma de mano forjada
se funde ante el paso del monstruo tierno.
¿Qué vale la plata, qué vale el dinero,
si vas a cazar a la viva candela?
El oro es un humo, el acero es un cuero,
que el potro de fuego devora y desvela.
El peligro no residía en las balas de plomo ni en las lanzas de los soldados. Convertida en aquel coloso místico de fuego —similar a un corcel colonial cubierto por el manto sagrado del mestizo—, Inez era una fuerza de la naturaleza. Las flechas y los proyectiles de los cazadores de recompensas atravesaban sus costados de llama viva sin causarle un rasguño, cayendo al suelo derretidos, convertidos en lágrimas de metal inútil. Como dice el refrán de los antiguos: «No se puede apagar el fuego con madera, ni detener al viento con una barrera».
Sin embargo, el verdadero dilema no estaba en las calles, sino en el despacho del Alcalde. El corregidor de la Ciudad Blanca se paseaba sobre las baldosas de sillar, sudando frío bajo su casaca de terciopelo. Su mayor temor no era el demonio que corría por las noches, sino el orgullo del Virrey en la capital.
Poema Loncco: El Miedo del Alcalde y la Sombra del Virrey
¡Ay, señor Alcalde, se le quema el rancho!
No quiere que el chisme llegue a la Ciudad de los Reyes,
camina asustao como puerco en gancho,
sabiendo que el fuego no atiende a las leyes.
«Si el Virrey se entera de este bicho raro,
se lleva el trofeo para su palacio,
y a mí me destituyen por el descaro
de dejar que el diablo nos gane el espacio».
Por eso oculta el bando con maña y con celo,
buscando un valiente que apague la astilla,
¡pero el corcel de furia y de fuego le gana el desvelo
y el sillar se ríe de su pesadilla!
El gobernante local se debatía en una encrucijada de ambición y vergüenza. Si reportaba la existencia del caballo de fuego al Virrey para pedir ayuda del ejército real, perdería su prestigio y el control de su provincia. El Virrey reclamaría la cabeza de la bestia como un trofeo místico para la corte de España, dejando al Alcalde como un incapaz. «En boca cerrada no entran moscas», repetía para sí la autoridad, intentando resolver el misterio en absoluto secreto, pagando a cazadores furtivos con el oro de las arcas locales.
Mientras tanto, Inez, en la quietud de su alcoba o galopando sin freno por las quebradas del Chili, entendía su propia dualidad. El fuego que antes la horrorizaba ahora era su escudo. Miraba el Misti en el horizonte y comprendía el proverbio de la tierra: «Piedra blanca de sillar, guarda el fuego hasta el final». Ella ya no era solo una hermosa dama de ojos avellana e hija de españoles; era el alma ardiente de la ciudad, un secreto indomable que ninguna cantidad de oro humano podría jamás aprisionar.
El Ocaso del Linaje y el Secreto del Alfalfar
El sillar del convento principal guardaba un silencio espeso, roto únicamente por el crepitar de las antorchas ilegales. El párroco de la villa, tras contemplar el fuego místico que envolvía al coloso, había soltado el crucifijo con las manos temblorosas. «Esto no es obra del caido, es un castigo del Altísimo; no osaré tocarlo», sentenció antes de retirarse, fiel al viejo proverbio: «Con las cosas sagradas, las manos quietas y las bocas cerradas». Pero el Alcalde, ciego de ambición y soberbia, no aceptó la derrota. Corrompió con doblones de oro a exorcistas renegados, hombres sin fe que aceptaron el soborno a espaldas de la ley de Dios.
La emboscada mística se tendió en la penumbra de un sótano de sillar. Con redes de hierro y conjuros comprados, los mercenarios lograron contener el galope de la bestia sagrada justo cuando el alba empezaba a clarear. Fue en ese instante de agonía cuando el fuego comenzó a retirarse, dejando paso a la carne humana.
Poesía Criolla: El Desgarro del Orgullo y la Sangre
Se apaga la llama, se rinde el corcel,
la piel de azabache se torna en satén,
y el viejo Alcalde, con rabia de hiel,
descubre en los ojos su propio desdén.
Es Inéz Beatriz , su niña, su tierno clavel,
la que en el infierno quemaba el honor;
rompió sus vestidos con llanto cruel,
al ver el secreto de tanto dolor.
Pagó por el oro, guardó la verdad,
borrando los ojos que osaron mirar,
la espada del siervo limpió la impiedad,
y un mar de cenizas cubrió el sillar.
El horror del corregidor fue absoluto al ver el rostro de su hija menor y consentida, aquella de los ojos avellana. Desgarrado por la vergüenza y el espanto, el Alcalde se rasgó las vestiduras criollas de seda y terciopelo. Para que el mundo jamás se enterase de la deshonra de su apellido, pagó fortunas exorbitantes por el silencio de los pocos fieles cómplices y, con mano implacable, mandó a degollar al resto de los testigos en el acto. Como reza el refrán: «Muerto el perro, se acabó la rabia».
Aquel hombre poderoso borró cada documento, cada partida de bautizo y cada registro que vinculara a su familia con la historia de la Ciudad Blanca. Vendió sus propiedades y huyó en el primer navío de regreso a España junto a su esposa, buscando el consuelo de sus otros hijos.
Durante la travesía por el Atlántico, un bulto cayó al agua en la oscuridad: Inez, burlando la vigilancia, se lanzó a la inmensidad del mar para escapar de sus captores. Sus padres la dieron por muerta en el oleaje. La madre deshecha en lágrimas le lloró un mar de penas, pero el padre, con el corazón endurecido por los pecados de lujuria que escuchó de boca de la joven durante el rito del exorcismo, sentenció con frialdad: «Bien merecido lo tiene, no quiero recordar su nombre». Sin embargo, los proverbios no mienten: «El agua mansa muerde la tierra, y el dolor callado es el que más entierra». Al llegar a sus tierras del norte de España, el viejo hidalgo se encerró en su fría habitación castellana y, lejos de las miradas del mundo, lloró con desespero por su pequeña Inez, sufriendo su pérdida en un silencio perpetuo.
Beatriz no se ahogó; su magia de fuego evaporaba el frío del océano y la impulsó de vuelta a las costas de su verdadera patria, la tierra del sillar. Regresó buscando el único refugio que conoció el amor puro: los brazos de Manuel, el mestizo de ojos pardos. Bajo una identidad falsa, despojada de sus encajes criollos y vestida con las telas sencillas de las mujeres del campo, con el tiempo después de tanto insistir se convirtió en su legítima esposa.
Para evitar la hoguera de la Santa Inquisición y el dedo acusador que la tildaría de bruja, Beatriz sepultó sus habilidades. La magia suya y divina solo se manifestaba en la intimidad del hogar: el fuego del fogón jamás se apagaba y la comida tenía un calor que sanaba el alma. Tuvieron hijos en los que prevalecieron los genes blancos de la criolla ; niños de cabellos claros y miradas profundas que poblaron las chacras de Arequipa sin conocer jamás el secreto de la Runayegua. El tiempo, como el polvo del volcán, cubrió los rastros de Inez, dejando su historia como una leyenda difusa que los muertos lonccos murmuran cuando la noche se vuelve demasiado blanca.
Poesía : El Pánico de la Metamorfosis
¡Ay de mí, que en la noche me transformo,
y pierdo de mujer el dulce adorno!
Siento el crujir del hueso que se dobla,
mientras el fuego mi razón despobla.
¿Es este mi castigo, Dios clemente,
arder viva en la hoguera de mi mente?
Mis ojos avellana son dos brasas,
que miran con horror cómo te pasas,
¡oh tiempo cruel que dictas mi agonía!
Soy un potro de lumbre y de porfía,
que corre por las calles de sillar,
pensando que el dolor me va a matar.
No hay tregua para el pecho que delira,
la llama me consume y me suspira,
vuelo sin freno, rota y desbocada,
por la ceniza blanca amortajada.
¡Me quemo, Virgen Santa, en este suelo,
y el río Chili no me da consuelo!
El tormento de Inés residía en esa dualidad: ser una dama de alta alcurnia de día y una bestia mitológica de noche. Su mente repetía aquel antiguo proverbio español: «Quien fuego busca, fuego encuentra, y en su propia llama se concentra». Sentía que pagaba con creces cada instante de su antigua lujuria. Cuando los exorcistas mercenarios la acorralaron y su padre la repudió al escuchar sus pecados, el desgarro fue total. Sin embargo, su salto al mar no fue el fin, sino el bautismo de su nueva existencia.
Al regresar a la campiña y desposar a Manuel bajo una nueva identidad. El fuego dejó de ser un enemigo que la devoraba por dentro para convertirse en un don sumiso que obedecía a su voluntad.
Poesía : El Alivio de la Cadenas Rotas
Silencio en la campiña, ya no hay pena,
se rompió para siempre mi cadena.
La medianoche llega y soy humana,
ya no temo al suspiro de mañana.
El manto de mi mozo me ha salvado,
y el fuego del horror se ha terminado.
¡Qué dulce es respirar bajo la estrella,
sabiendo que la noche me hace bella!
No ruge ya el corcel en el sillar,
ni el humo del azufre va a brotar.
Mis manos dan el pan, dan el abrigo,
y el cielo del olvido está conmigo.
La Runayegua duerme en el pasado,
su galope de chispas se ha apagado.
Hoy soy la dueña de la humilde choza,
donde mi alma libre por fin goza,
ocultando la magia de mi hoguera,
siendo feliz, humilde y compañera.
Inés vivió sus años restantes en el anonimato de los alfalfares, viendo crecer a sus hijos de cabellos claros. Supo aplicar el proverbio de los sabios: «Bien está lo que bien acaba, y el agua pasada no mueve molino». El sillar de la ciudad conservó el secreto de sus noches de espanto, pero su corazón colonial finalmente encontró la paz que la nobleza de su sangre siempre le había negado.

















