Las horas perdidas
Esta nota de mi autoría fue publicada originalmente en la revista Games Tribune nº 54 en el mes de octubre del 2013. Gracias a Gonzalo Mauleon por permitirme su difusión. No sé a ustedes, pero desde que he entrado en la famosa adultez, hay un remordimiento que me persigue cada vez que encaro el desafío de sentarme a jugar con mi consola, o cada vez que hago doble clic sobre el ícono de Steam. Que va, hasta cada vez que miro con cariño uno de los juegos que ocupan mi teléfono móvil. Es una sensación que en mi infancia no me molestaba, pero que año a año crece, y parece alimentarse de la rutina, las frustraciones y toda esa perorata de que "debemos hacer algo de nuestras vidas" y que "no se puede vivir del ocio". Gran parte de la culpa reside, creo, en el lugar que ocupan los videojuegos actualmente en nuestra cultura, o más bien, del lugar del que intentan (o deberían intentar) hacerse a un lado. ¿Por qué en vez de jugar de nuevo al Rayman no me leo un buen libro? ¿Por qué en vez de vencer esta noche al jefe que dejé pendiente la semana pasada, no empiezo de una buena vez a escribir esa novela? ¿Por qué en vez de completar el quinto mundo del Mario, no tengo unas buenas horas de sueño extra? ¿Por qué en vez de encontrarme con los muchachos en Azeroth, no combinamos para encontrarnos en un bar? ¿Por qué no aprovecho ese tiempo para pasarlo con mi familia? ¿Por qué no dejo de hacer galletas en el Cookie Clicker y me pongo a completar las notas que tengo pendientes? ¿Por qué no usé esas cuarenta horas que invertí en el Mass Effect 3 para renovar mi sitio web? ¿Por qué no aprendo a tocar la guitarra en lugar de completar todas las quests del Skyrim? ¿Por qué cuando mis amigos me visitan, no hablamos de sus problemas sentimentales en lugar de ponernos a completar la campaña cooperativa del último Call of Duty? Todos estos pensamientos seguramente se nos hayan cruzado alguna vez, y nunca terminamos de saber qué sentir. En una especie de tregua entre nuestra culpa y nuestro sistema de recompensa. A veces logramos acallar esas voces para poder jugar tranquilos, pero otras veces nos superan y, dubitativos de tomar el mando, optamos por ir a hacer alguna actividad que nos de la sensación de ser productivos. Para evitar esta sensación de malestar, en ocasiones me permito recordar que la tan mencionada "productividad" está sobreestimada, es tán solo un pesar programado en nosotros a muy bajo nivel por todo el mecanismo laboral que nos rodea, y la cada vez más creciente inmediatez de nuestro mundo. Después de todo, hacer aquello que nos hace feliz está bien. Y si nos hace feliz ¿Quién nos detiene?
Aunque en situaciones como ésta, no viene mal colocar ambos deseos sobre la balanza y decidir cuál pesa más. Sí, jugar nuestro videojuego favorito nos dará felicidad instantánea, pero ¿No estamos dispuestos a sacrificar un poco de felicidad ahora para obtener otra mayor felicidad después? ¿No estamos encontrando en los videojuegos una forma de procrastinar? También influye en nuestro sentimiento todo compromiso que tengamos con otros. ¿Es algo propio lo que estamos postergando, o es algo que hemos prometido a alguien más? Debemos considerar que quienes nos estamos divirtiendo con esto somos nosotros, pero que nada nos obliga a hacerlo ahora. Definir las prioridades nos ayudará a sentirnos menos culpables. Después de todo, nos merecemos nuestro tiempo de ocio, todos tenemos derecho a nuestros ratos libres, pero postergar aquello en lo que nos hemos comprometido puede ser perjudicial para nuestras relaciones con otras personas. Me he encontrado llegando tarde a reuniones con amigos o espectáculos que inician a un horario determinado, sólo por encontrarme en el enfrentamiento con un jefe final de un juego, o por un ataque de completitud que no me permite terminar un nivel sin haber encontrado todos los tesoros ocultos. Ni hablar de las partidas online que no se pueden pausar y que dañan nuestra imagen si las abandonamos. En este momento es cuando entra en juego nuestra otra reputación: la de gamer.
La gente que te conoce, y que sabe que amas los videojuegos, asume (de alguna manera) que básicamente te la pasas jugando videojuegos. Que no tienes culpa, que puedes quedarte hasta la madrugada jugando, y que prefieres eso a otros pasatiempos. Poco saben que en realidad, tú te mueres de culpa (bah ¿Lo hacés? Quizás estás leyendo mi nota solo por curiosidad pero este problema no te afecta). Los videojuegos requieren una inversión de horas similar o mayor a la de ver cine, televisión o leer. La diferencia es que, si la gente sabe que te pasas horas y horas de tu vida leyendo, pensará que eres muy culto. Si sabe que eres de ver muchas películas, pensará que eres cinéfilo y sabrá que, en realidad, los films sólo duran dos horas y el resto del tiempo te la pasas cumpliendo tus compromisos. Si en tu tiempo libre te dedicas a rellenar botellas con pequeños barcos de madera, por más que eso te lleve seis horas diarias, la gente pensará que tu pasatiempo es genial y que al final del día, estás haciendo algo productivo (claro ¡Estás creando cientos de adornos!). En el caso de los videojuegos, nadie piensa que es bonito porque estás salvando al mundo. Simplemente, es "tiempo perdido". Esa es tu reputación de gamer. ¿Cómo luchar contra el sistema? La respuesta es simple: no lo haces. Esto se trata de lo que piensen las otras personas de tí. Debes colocarte un prendedor en el pecho que diga "soy gamer, y a mucha honra" y salir por las calles a decir que te encanta invertir horas de tu vida en salvarle el pellejo a damiselas en peligro, ciudadanos y galaxias enteras. Esa es tu mayor diversión y nadie puede quitártela. Preocúpate por tu reputación de gamer, pero desde adentro ¿Qué piensan los otros gamers de ti? En cuanto a tus seres queridos, será de ayuda que intentes no faltar a los compromisos que tengas con ellos. Y no olvides: Pon siempre en primer plano aquello que sea tu mayor felicidad. Siempre habrá tiempo de visitar Los Santos. Sin ir más lejos, Bowser no se llevará a la princesa a ninguna parte, tienes toda tu vida para salvarla. Sólo encuentra el momento adecuado, y juega sin culpa. Ningún instante en el que hayamos sido felices, puede considerarse perdido.














