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Ya son más de 10 años desde que te ví por última vez. Pero en mis recuerdos sigues sonriendo y danzando bajo la lluvia. No puedo borrarte de mi corazón. Y quisiera, quisiera volver atrás en el tiempo y confesarte lo mucho que te amo. Pero buscarte. Podría hacerlo, pero con qué cara. Qué te digo. Cómo empezar la conversación. No puedo. A la mierda, debo confesar de qué si lo he hecho. Te he visto, y que hermosa hijita tienes. Tampoco soy alguien obsesionado. Pero sé que ya amas a alguien. No podría. Y no lo voy hacer. Vive tu vida. Sé feliz. Yo veré que hago con restos que han quedado de mi demacrada y derrotada alma.
Villano
20 de noviembre de 2025, 21:55 Por Romeo de los Mares:
odio que no haya una central atómica cerca de mi barrio para ir y sacarle el tapón de la pileta y acabar con toda la desgracia yo quería ser malo y malvado yo quería dar lo que me daban porque siempre fui el bueno yo quería ser un cisne negro yo quería ser un fuckin' cisne negro con una Uzi 950 en la mano
────────
Fantaseo con empezar los días con más ganas o no terminarlos profundamente tristes. Quiero dejar de pensar en eso, pero no logro evitarlo. Si volviese, por consiguiente, a lo que fui cuando no dolía tanto, ¿tendría entonces otra vez la sensibilidad de crear poemas felices? ¿A dónde se fueron mis ganas? ¿Cómo vuelvo atrás?
Quiero parecerme a mí mismo otra vez, ese que era antes de que todo se volviera estéticamente oscuro, como en una telenovela de Gustavo Marra. ¿Es real mi percepción de las cosas? ¿Sentiste alguna vez que todo estaba destinado a tener una resolución natural fatal? A veces los problemas se resuelven a la mitad, y es ahí en donde rearmarse cuesta inmensamente más. ¿Lograrías entender lo que pasa cuando algo adentro de nosotros mismos se desploma? Yo creo que sé / lo que sé / que me pasó Si la comparación es el ladrón de la alegría, indudablemente fui yo el que dejé la puerta abierta.
──────── odio que cuando intento ser malo me salga al revés odio que la bronca me dure poco y la tristeza al revés yo quería días felices yo quería no oscilar entre saberme héroe o derrotado pero el miedo me rompe el pecho sin aviso y me deja frío, doblado, tirado entonces me recuerda que más que villano soy un fuckin' cisne blanco desarmado sin ninguna Uzi 950 en la mano
Te perseguiría hasta el sol, me dijo.
Bastaría con cruzar un océano, pensé yo.
Y entonces desapareció.
Acerca del déficit de Paracetamol, Cefalea y Crisis Globales
“Confiad y esperad.”
“El Anticristo”, F. Nietzsche, 1888
Tengo cierto parecido con los cohetes espaciales…voy perdiendo cosas en la medida que pasa el tiempo.
Algunas sin importancia, como lápices baratos o mi antifaz para dormir, por factores relacionados a mi pobre gestión del orden personal, en pequeña o gran escala.
Otras veces estas pérdidas se producen directamente por mi torpeza, como cuando quebré una botella de Jack Daniels o la cantidad de veces que terminaba hablando de Kafka y Geopolítica en la primera cita.
Hoy la Bolsa va en picada y a mí me duele la cabeza. Mis tres celulares suenan sin parar y las pantallas de los monitores se llenan de alarmas sonoras y visuales que gritan pánico como lo haría un submarino moribundo.
Busco dentro de mi gaveta los dos últimos comprimidos de Paracetamol que le compré a un junior que trabaja en el turno de noche y que salía con una Visitadora Médica del laboratorio Sanitas. Mi mano derecha se revuelve frenéticamente entre papeles borroneados, servilletas arrugadas y enchufes con los cables rotos y pelados, sólo para no encontrarlos. Nada de Paracetamol. Tampoco estaba el frasco de Omeprazol.
- Se los dimos a López antes que se lo llevara la Ambulancia. - me respondió uno de los de Jurídica.
De esta forma me enteré que López, fumador compulsivo y temerario, portador de 5 stents, había comenzado a hablar en lenguas muertas cuando el barril de Petróleo superó los 118 dólares. En medio del caos, a alguien se le ocurrió que podría estar sufriendo un ACV y pidieron una Ambulancia. A su vez, a otro alguien se le ocurrió que sería buena idea darle mis últimas reservas de analgésicos y de Inhibidores de la Bomba de Protones, por supuesto sin ninguna base teórica.
Cómo nadie se opuso, ahora son las 11:30 y mis lóbulos frontales siguen convertidos en papilla sin sabor como la que comen los tripulantes de la Nabucodonosor en Matrix.
Yo pierdo un gramo de Paracetamol y el Mundo arde.
Miro hacia dónde va saliendo la Ambulancia que se lleva a López junto con los restos de mi patético botiquín. Suspiro profundo y de pronto recuerdo que la Vida es una sucesión pequeñas y grandes tragedias.
Me encojo de hombros mientras comienzo a gritar y a correr en círculos con las manos en la cabeza en torno a mi Escritorio, igual que el resto de los que quedamos en la oficina.
Estoy seguro que nos van a llamar de Recursos Humanos cuando todo esto termine.
Otro mes sin ser el Empleado del Mes.

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Espectro
Sus ojos miraban fijamente al abismo mientras las olas golpeaban las rocas con la rabia propia de quien contiene su ira. Las miradas juzgantes de los isleños se clavaron en su nuca como dagas ponzoñosas. Empezaron a sacar conclusiones, si saltaría y se rompería los huesos en mil pedazos o si se quedaría temblando como un niño al borde del risco. Fue entonces cuando pudo verse su figura bajando lentamente, deslizándose por las rocas; un silencio mortorio inundaba a la multitud mientras desaparecía como sólo un espectro sabría hacerlo, de manera repentina sin decir absolutamente nada. Nunca nadie supo su nombre y mucho menos si era real, sin embargo el recuerdo de su pálido rostro quedó sellado en la psiquis de los habitantes olvidados de aquella recóndita isla perdida en el tiempo.
Natalia igarzabal
Podría hoy tildarme de intrascendente, pero cuando algún texto mío te abraza, algo del mundo delira y me obliga a creer. Pienso en posesiones divinas, y a su vez en algo más de mí, que solo sale a bailar con vos.
Cuando te pienso y caminás de esa forma, que no se conforma en el suelo, que rompe también mis sueños, les quita las ataduras y no precisa la trascendencia para contarme que sos real. Trascendés y transgredís a este idioma, no parás de enternecerlo; y cuando no te alcanza te ponés de bufanda alguno de mis relatos que dejé a término medio, le das la tibieza de tu cuello, sin pedir nada a cambio, la paseás como trofeo que se ruboriza en cada esquina donde Buenos Aires, se regodea siempre con vos. Porque sabe en algún punto, que inobjetablemente sos suya y que nunca podrías dejar de serlo; lo que no sabe Buenos Aires, Sofía, es que dejar de serlo, jamás sería una opción.
Y yo me esfuerzo en contarle, cómo fue que esta mañana tenía pensado morirme, aunque no pretendía que fuese por vos. Que seguro fuiste a pasear por el centro buscándole el alma a un tachero, o estarías testeando tus teorías curiosas, por no decir absurdas e infundadas, como que cuanto más gordo es el florista, más perfumadas sus flores son.
Hoy era un domingo melancólico lleno de heridas sangrantes que ni imaginaba tratar, y casi me creo que sos un demonio, por cómo jugás con mi sangre, por cómo te manejás en las noches. Pero cuando te roza la cara el sol, sé que podés convencer al día de que sos más que él.
Me molesta que tus uñas acaricien mi mundo de esa forma que le roba melancolía, porque éste precisa desmoronarse, y vos sos tan imprudente que lo apuntalás con tu pelo y yo no sé qué hacer.
Hoy amanecí con ganas de morirme; pero no tenía en mente que fuese de amor.
¿Alguna vez te has enamorado? : ¿Es la herida o la esperanza?
Y si estoy ignorando las cicatrices, las curvas, los caminos que me trajeron de vuelta, a mí.
Antes de empezar el torcido y sinuoso sendero, desde las alturas me veo como un punto que se desvanece en el horizonte. El viento silba una sonata que no reconozco. Me sopla el rostro con delicadeza y procuro prestarle atención, pero sigo sin entender el suave susurro invitándome a seguir.
Quizá pueda sonar impertinente, renegando que gusto siempre de tener la razón. ¿O de decir la última palabra? Y me cubro los ojos ante mi reflejo, ya que, a veces no me gusta enfrentarme a las expresiones que se delinean en mi rostro. El ceño fruncido, como si otra vez la hubiera cagado. Esa mirada incisiva que suele ser mi peor enemiga, para sucumbir ante la derrota o, tal vez, la culpa que siento por no saber amar, como todos los demás.
Entonces, acuso a mis heridas y su eterna cicatrización que no termina, por creer que he encontrado el equilibrio, que todo está bien cuando acepto mi claridad y mis sombras, sin embargo, luego mando todo a la mierda y me traiciono. Porque eso lo sé hacer bastante bien.
Tras la respiración profunda, suspiro, me armo de valor y paciencia, como si fuera la tarea más pesada del universo, sosteniendo al mundo sobre mis hombros. Y doy el primer paso, porque, aunque mire tras del hombro, no hay manera de retroceder ni de volver atrás.
A pesar de que los días pasados me estén sujetando con sus garras, amarrándome, me escapo como si fuera de viento.
De pronto, todo se queda quieto. En un silencio solapado, quiero que tú y yo estemos bien.
Avanzo y me olvido del camino de regreso. También ignoro las señales, sorteo los obstáculos, pero igual me ahogo en un vaso de agua. Medio vacío, medio lleno, qué más da. Me digo que, mientras tú estés bien, el sol no va a demorar en despabilar las nubes grises que se ponen sobre mi cabeza. Si tú estás bien, la tormenta se va a alejar y al horizonte veremos que se aparece un arcoíris radiante, como si nada hubiera pasado. Y creo que puedo distinguir su destello de las fantasías que nunca se hacen realidad, pero elijo creer.
Sigo las huellas, un paso tras del otro, en un hilillo de camino que se extiende como una cuerda floja, la respiración se me acorta y el corazón galopa, y suponiendo que no hago esto a menudo, dejo tiradas mis obligaciones y pendientes. Me despojo de toda responsabilidad, como si fueran prendas de las que me desprendo para sentirme más ligero. A ratos, siento que mi cuerpo, mis piernas no pueden seguir el paso, pero, atravesando la pendiente, la brisa me empuja, me eleva, me mueve casi como una pluma, flotando libre hasta alcanzar nuevas alturas.
Me vuelvo un territorio inexplorado.
Creí que no iba a lograrlo. Pisando la pendiente que quedó tras de mí, el aire es más delgado y transparente. Dejo que las bocanadas recuperen el aliento y me quedo observando las miniaturas que se van moviendo para encontrar el sendero. Extiendo los brazos a mi lado, cierro los ojos, respiro profundo y siento cómo el dolor se despoja de mí como si fuera la más cruel de las suertes.
No puedo creer que llegué a la cima, que nuestro desamor es cosa del pasado y ya no hay nada que nos ate el uno al otro, pero elijo creer.
Y no quiero creer que mis cicatrices serán heridas que solo cuenten una historia de lamentos y no de sabiduría. En seguida, me tapo la boca. Perdóname la impertinencia, digo, llenándoseme los ojos con lágrimas de cocodrilo, pero realmente siento pena por mi desparpajo, indigno, rogando por un par de migajas.
Me restriego las lágrimas secas y con una tibia sonrisa me digo que ya no vale la pena.