El año que solo hubo primavera — Capítulo 13
Caminaron por la ciudad, que, desde la desaparición del viento, mostraba una animación bulliciosa a cualquier hora. Hacía un día excelente: el sol brillaba, dando a las calles un relumbrón de jornada festiva. Bajaron hasta la Explanada y entraron en la marina del puerto de Alicante, donde los pantalanes estaban, casi en su totalidad, vacíos, lo que agravaba la sensación de decadencia y de lugar destinado a morir.
–He alquilado un barco para pasar la tarde y celebrarlo –dijo Lola.
De las pocas embarcaciones que quedaban, la mayoría eran tubos metálicos, submarinos de los que solo sobresalían del agua pequeñas cúpulas de plástico. Este era el único vehículo que conseguía navegar por las aguas agresivas de los últimos tiempos. Ahora, con la vuelta de un clima más tratable, comenzaban a aparecer algunos veleros y un par de enormes yates.
Caminaron por los pantalanes hasta que Lola se plantó delante de uno de los veleros. El barco era un Dufour de unos ocho metros de eslora. Parecía en buen estado: el casco impecable y la cubierta limpia y ordenada.
—El camarote es muy justo y la bañera es minúscula, pero nos hará el papel. El mío lo están reparando y no pude contar con él.
Bardisa miraba concentrado la embarcación.
—Pero ¿quién va a manejar esto…? ¿Tú? —acabó por decir.
Lola le sonrió, pero no le contestó.
—¡Permiso para subir a bordo! —bromeó Jorge.
—Permiso concedido, grumete.
Uno tras otro saltaron a cubierta, con más o menos agilidad y gracia.
Lola izó la mayor y encendió el motor; distribuyó a todo el mundo en la bañera y puso marcha atrás. Dio un poco de gas al motor. El velero comenzó a moverse y entonces soltó el amarre de popa. Encaró el canal de salida.
Bardisa contemplaba el puerto alejarse, pensativo, y, como si recordase de repente algo que le molestara físicamente, arrugó la cara y se dirigió a Jorge.
—¿Qué te ha pasado con Quique? —preguntó.
—¿Que qué me pasó? ¿Qué quieres decir? —respondió, intrigado.
—Ayer me llamó muy cabreado, echando pestes de ti. Me dijo que te echara.
—¿Y qué le contestaste?
—Le mandé a la mierda, claro. ¡Tú eres de mi equipo, hombre! Además, me lo pidió de muy malas maneras; siempre se ha creído mejor que yo…
Jorge constató que, hacía pocas semanas, él mismo pensaba que era mejor que cualquiera de ellos.
En cuanto salieron a mar abierto, una racha de aire les golpeó y Lola tensó la mayor y desenrolló el génova. En cuanto apagó el motor, solo quedó el roce del agua con el casco. Comenzaron a avanzar a buena velocidad.
Encararon hacia el sur, navegando paralelos a la costa. El objetivo era la isla de Tabarca.
Nerea se sentó en la proa y se dedicó a mirar al horizonte. Lola, entonces, dijo:
—Nerea, tengo bikinis en el camarote. ¿Quieres ponerte uno? Yo voy a cambiarme. Y, cuando terminemos, los chicos también tienen bañadores y camisetas, por si les apetece.
—¡Claro! —dijo Nerea, y rio. Parecía acompañar cada comentario con una carcajada.
—Eres muy previsora —comentó Bardisa.
Lola sonrió y le cedió el timón a Kevin. Se bajó al camarote con Nerea, aunque, antes de cerrar la pequeña puerta, apareció de nuevo con una bandeja enorme.
—Tomad, aperitivos.
—¡Estabas segura de que iba a salir bien! —celebró Bardisa.
—Todos lo estábamos —apuntó Kevin.
—¡Pero si tú ni siquiera lo sabías…! —respondió Bardisa entre risas.
Por último, Lola tendió una nevera portátil a Jorge y cerró la puerta.
Cuando ambas mujeres salieron, Lola anunció que era el turno de los chicos. Fue Jorge el que se animó a entrar primero.
Cuando bajó, se encontró con varios montones: uno de camisetas y otro de bañadores. Cogió una prenda de cada montón.
En el escaso baño encontró una varilla blanca de plástico anodino con dos líneas rosadas en la parte superior. Ojeó la caja y el prospecto. Parecía un test de embarazo olvidado. Jorge supuso que sería motivo de curiosidad para cualquiera que bajase al camarote tras él, así que, por discreción, lo guardó en un pequeño armario.
Tras él bajó Bardisa y luego Kevin. Repartieron latas de cerveza de la nevera y comieron unos canapés.
Una vez cerca de Tabarca, Lola decidió fondear frente a la playa y, acto seguido, propuso pasear por la isla, pero solo Jorge se animó.
—¡Vamos nadando! —dijo Lola.
Jorge se zambulló en el mar. El agua estaba fresca y transparente. Nadó hacia la playa sintiendo el calor del sol en la espalda y la nuca.
Una vez que ambos llegaron a la orilla, se sentaron a recuperar el resuello. Luego echaron a andar hacia el interior de la isla.
—¿Cómo empezaste con Bardisa?
—Bueno, en realidad no pudo ser más sincero. No ocultó nada… ningún detalle, por muy sórdido que fuese.
—Sí, otra cosa no, pero sincero es. Mira de frente las cosas, eso hay que reconocerlo… ¿A qué te dedicabas antes?
—Era… psicólogo.
—¿Qué te pasó? ¿Se la metiste a alguna paciente y te quitaron la licencia?
—No… Se puede decir que perdí la fe.
—¿La fe? ¿En qué?
—En que podía ayudar a alguien.
—Eres raro.
—Siempre he querido ayudar, pero ahora no puedo creer que eso resulte posible.
—Es un deseo extraño —dijo Lola—. Yo, en cambio, quiero cruzar el Atlántico. Hacer esa travesía sola, ¿sabes? Ver amanecer y ver atardecer, con el sol hundiéndose en el mar que lo ocupa todo. Concentrada solo en navegar. Alquilé este porque el mío, recién comprado, lo tengo en el astillero.
—¿Cómo empezaste tú con esto? —dijo Jorge.
—¿Cómo empecé con esto? Pues mira, ¡te lo voy a decir! Subiendo vídeos de nutrición —señaló Lola—. ¡Como lo oyes! Cosas de calorías y dieta. Te lo juro. Y fue bien, un hobby más que otra cosa. Así durante años. Aún están. Luego la cosa cambió, pero poco a poco. Nunca hubo que tomar una decisión: las cosas iban ocurriendo como gota a gota, ¿sabes?
Se quitó la sandalia y la sacudió para hacer resbalar una piedra que le molestaba al caminar.
—Un día grabé un vídeo con algo más de escote y funcionó como un tiro. Recuerdo mirar las estadísticas, asombrada, y pensar: «Así que va de esto…».
Se volvió a poner la sandalia y continuaron el paseo.
—Nunca he sido vergonzosa. Ni me ha dado miedo nada.
Llegaron hasta los restos de las casas de la gente que había vivido en la isla. Comprobaron cómo el viento las había erosionado, dejándolas como finísimas estructuras parecidas a esqueletos de elefantes. No quedaba nadie viviendo allí.
En esa desolación, junto a un muro, se conservaba una pequeña cúpula. Era de esos modelos tan usados en agricultura, con LED invisibles en toda su superficie y un microscópico sistema de canales insertados en el vidrio para regar la planta. En este caso, su interior era un mero trozo de tierra estéril. En cambio, a su alrededor, pegadas a ella, varias plantas habían brotado, orgullosas.
—El salto a lo, digamos, «explícito», no fue una decisión —decía Lola como para sí—. No hubo que decidir nada: la montaña de dinero que estaba esperando hacía que la decisión no tuviese que ser tomada; ocurrió. Nadie, por muy moralista que sea, podría haber hecho otra cosa, bajo pena de ser tachado de pelele, como un imbécil incapaz de aprovechar este golpe de suerte.
Volvieron; el calor era excesivo.
—Fue entonces cuando encontré a Bardisa y entonces las cosas mejoraron todavía más. Mucho más.
Cuando llegaron a la playa, Kevin estaba tumbado en la arena, tomando el sol.
—¡Hombre! ¿Tú aquí? —celebró Jorge.
—Sí —respondió secamente.
Jorge y Lola entraron en el agua, agradeciendo su frescor después de la caminata.
—¿Le pasará algo a Kevin?
—No lo sé, la verdad…
Volvieron nadando al barco, sin apresurarse, disfrutando de cada brazada.
Nerea le preguntó por el servicio y Lola le hizo un gesto significativo con la mano, indicándole toda la superficie de agua que les rodeaba.
—¡Qué vergüenza!
—¡Voy contigo al baño! —dijo Lola riendo.
Ambas mujeres se lanzaron al mar y nadaron alejándose del barco.
Bardisa, en cuanto vio que estaban lo suficientemente lejos, se rio y dijo a Jorge:
—¡Buena suerte con Lola! También te digo: si quieres acceder a su «hucha», tienes que ser un cabrón. Si quieres comportarte como un ser humano decente, no vas a pasar de amigo pagafantas.
—¿No es un comentario un poco tóxico, Bardisa?
—Es la verdad. La he visto quedarse colgada de los cabrones más psicópatas de la provincia. Dar oportunidades a tíos que la ignoraban, la engañaban, la amenazaban… Un horror. Yo siempre la traté con decencia y, exactamente por eso, no pasé de amigo comprensivo.
Jorge resopló con escepticismo.
—Ya me contarás. No te quiero desmoralizar, solo ponerte sobre aviso. Luego no me llores. Además…
—Además, ¿qué?
—Está obsesionada con tener un crío. No te fíes, aunque te diga que está tomando la píldora; que te la lía.
Era algo tan fuera de lugar que le hizo sonreír. Jorge iba a responderle, pero se calló, ya que las chicas volvían. Miró a Bardisa, que observaba a ambas mujeres regresar a la embarcación. Sus ojos las recorrían con intensidad, pero sin deseo.
Una vez a bordo, sacaron la bandeja con bocadillos, se distribuyeron por el barco al gusto de cada uno y dieron cuenta de la comida.
Cuando era hora de volver, Lola explicó que necesitaba a alguien que tirase del ancla para subirla a bordo de nuevo. Ella, al timón, ejecutaría una pequeña maniobra para aflojar la tensión del cabo y entonces aprovecharían para tirar del ancla y recuperarla.
Kevin se ofreció y se colocó en la proa, listo para tirar. Lola encendió el motor y puso marcha atrás un par de metros.
—¡Tira!
Veían a Kevin forcejear y resoplar, sin resultado. Bardisa se impacientó, apartó a Kevin y tiró a su vez del cabo con intensidad.
Lola, por su parte, encendió el motor y probó a avanzar, con mucha lentitud, en un par de direcciones para ver si el ancla se aflojaba, pero no funcionó. Apagó el motor.
—Nada, eso no se puede arreglar.
—¿Entonces?
Lola sacó un enorme cuchillo del camarote y se puso a cortar el cabo. Tardó un par de minutos, durante los cuales los hombres la miraban en silencio.
El cabo finalmente se partió y Lola se incorporó, sudorosa.
—¡Hecho! ¡Ojalá todo en la vida se solucionase tan fácil!
Les sonrió a los tres, como quitando peso a este problema y a la pérdida del ancla. De repente, se puso seria y se quedó un momento absorta, mirando el cabo cortado.
Pusieron la proa hacia Alicante y volvieron en un silencio melancólico, mientras el sol se iba escondiendo poco a poco tras las montañas.















