El silencio que más hace ruido
Siempre soñaba lo mismo y se despertaba sudado y asustado, con el corazón al galope en el pecho y la sensación inequívoca de realmente estar ahí: con los ojos bien abiertos pero sin saber cómo salir de la pesadilla.
Después de unos mates o un café, o las dos cosas, echarse agua bien fría en la cara, asomarse a la ventana para oler el viento y mirar pasar a los vecinos desde la posición privilegiada de «yo te veo y vos no me ves» que otorgan las cortinas claras, la angustia cesaba. No se iba del todo, pero con el pasar de las horas quedaba ese regusto de comida que cayó mal, pero que tampoco es un dolor de panza.
Una molestia cotidiana, eso se volvió la pesadilla. Algo que aprendía a soportar, pero no conseguía vencer, hacer desaparecer, arrancar de cuajo con raíz y todo, igual que una yerba mala.
La pesadilla era simple y concreta. No abundaba en detalles, ni tampoco los cambiaba. Sucedía en la cocina de la casa de la calle Gorostiaga, que aún seguía siendo «su casa» después de la larga sucesión y la pelea con su hermano. Se veía a Luis, que ese es su nombre, leyendo el diario como cada domingo. Su madre cebaba mates amargos, porque eran sus preferidos y porque en el sueño estaba viva. Silencio. Mate. Complicidad de dos que se conocen mucho y saben cuánto vale un silencio compartido entre dos.
Porque hay silencios silencios, y otros que hacen ruido. Los que hacen ruido no se comparten, son como un abismo con mucho vértigo, una pared divisoria aunque uno esté enfrente del otro. Los silencios silencios son como un jardín: puede haber viento, plantas, moscas, perros al sol, y nadie se mete con el otro y conviven en paz.
Nada más en el sueño, hasta que llega el diálogo.
—¿Vas a ver a tu hermano hoy?
Silencio silencio. Mate amargo.
—No es normal que dos hermanos no se hablen más. No me gusta que sea por mí, además.
—No es por vos mamá, es por la casa. Yo no voy a permitir nunca que la vendan. Lo sabés.
—Yo ya estoy muerta Luis, no hace falta que cuidés más de mis cosas. Prefiero que vendan este mausoleo y se amiguen con tu hermano.
Silencio ruido. Mate tibio.
—Yo nunca quise a esta casa Luis, no fui feliz acá. Y vos cuidando los floreros, los sillones, el patio, la vajilla de loza, no me hacés ningún bien. No te das cuenta, pero no le hacés bien a nadie. Vendéla. Así me voy a sentir en paz.
Y ahí despierta Luis, desbocado, a veces como ahogado. Casi siempre llorando.
Parecería simple, entonces, la forma de matar a la pesadilla: Vender la casa, hacer las paces con su hermano y chau mal sueño. Pero no es tan fácil para Luis. Porque hay un pequeño detalle aún no revelado, y es que su madre amaba esa casa y Luis lo sabe. Lo supo desde la cuna hasta el día en que murió su madre y lo último que le dijo fue: Cuidá la casa Luis. Y cerró los ojos y se fue.
«Cuidá la casa Luis». Y eso es lo que Luis hizo y hace. Aunque haya tenido que pelearse con su hermano y sacar un crédito para comprarle su parte de la casa. Aunque se pase día y noche limpiando adornos y arreglando caños y cables que ya no dan más de viejos. Aunque nadie entienda que siga viviendo en ese caserón frío y sin estilo. Luis cuida la casa.
Lo que no entiende Luis, y por eso sufre tanto, es por qué su madre se le aparece en sueños diciendo que no fue feliz en esa casa. Porque él la recuerda siempre sonriendo lavando trastos, haciendo un puchero y bailando un tango por la radio, cantando al limpiar los pisos, y hasta acariciando despacio los muebles cuando no sabía que la miraban.
Entonces ¿Por qué la sueña tan igual y tan distinta? El mismo porte y cabello. Idéntico el sabor del mate. La inconfundible piel radiante. Sin embargo odia la casa y le suplica que la venda. Que le de paz, le pide. Que esto no le hace ningún bien, le insiste. Eso lo trastorna a Luis. Por eso no se lo cuenta a nadie. Lo de la pesadilla, obvio. Ni a su novia, ni a sus amigos, ni mucho menos a su hermano. Pero lo come por dentro.
Ahora duda desde que empezó con el mal sueño, y cuando mira los muebles, las ollas, los manteles que bordó su madre, no puede dejar de preguntarse si ella realmente fue feliz ahí, o sólo es producto de su memoria selectiva. Esa que le hace recordarla sonriendo, cantando, bailando y acariciando.
Tal vez no recuerda bien todo ¿Y si ella lloraba y nunca la vio? ¿Y si sufría mucho y no lo supo? Tal vez se niega a recordarlo y el único modo que encontró su madre para hacérselo saber es a través de un sueño, justamente dentro de esa casa, tomando mate como siempre, para que Luis entienda que detrás de cada recuerdo puede haber otro muy diferente.
El lado B de ese disco que vive escuchando y se sabe de memoria. Que de repente tiene una canción que nunca escuchó. Que no quiere escuchar. Que suena terriblemente fuerte.