Una alegría efímera. Cuento corto.
En la obra de la calle Galeana, el trabajo duro transfigura a los albañiles. Entran siendo personas para acabar convertidos en criaturas rasposas recubiertas de polvo de cemento surcado por el sudor. Tras la jornada, Pedro Cortés, el más joven de todos, apenas dieciocho años, observa a sus compañeros. Algunos están sentados, otros se recuestan con pesadez. Hombros caídos, respiración profunda y mirada cansada. Las manos ásperas, recubiertas de callos y pequeñas heridas, reposan al fin. Flota en el aire el alivio por haber concluido el trabajo.
Ha llegado el patrón y por primera vez trae a su hija. Dicen que apenas inició a estudiar arquitectura; se llama Isabel. Hablan con Tomás, el jefe de la obra. El patrón gesticula molesto, algo no le gusta; la muchacha tiene cara de aburrimiento hasta que su mirada se posa en Pedro. A ella le recuerda los personajes masculinos que pintó el muralista José Clemente Orozco. Tiene el cuerpo fuerte, moldeado por el trabajo; los rasgos de su rostro tienen cierta tosquedad que en vez de afearlo lo hacen extrañamente atractivo. Él también la mira por breves segundos y luego baja la mirada. Es menuda, bajita y delicada. Pareciera que el casco de protección le queda grande.
Otro día, Isabel espera a que termine la jornada y, cuando todos los empleados han tomado rumbos distintos, alcanza a Pedro. Baja la ventanilla del coche y le habla. Hay ansiedad en su voz:
—Sube. —Mejor no —dice sorprendido, mientras una sonrisa de nervios y pena le cuelga de los labios. —¡Que te subas! No te hagas del rogar. —Pero… —Nada de peros. ¡Súbete ya! —El tono altanero de quien está acostumbrado a que se le cumplan sus más nimios caprichos y la predisposición del muchacho a obedecer órdenes, hacen que al final suba al vehículo.
En cuanto entra, Pedro percibe el perfume delicado de Isabel. Lo mullido del asiento lo toma por asalto. Parece como si estuviera en otro mundo.
—¿Dónde vamos? —pregunta con ingenuidad. —Ya verás.
El paisaje se desdibuja con rapidez y Pedro se maravilla de que el trayecto se sienta suave, como si fueran flotando. Luego la mira; sus ojos negros se detienen en esa piel tan blanca que, de seguro, si se mete a la construcción, acabará tostada. Lleva el pelo de color miel hasta los hombros. Ahora se entretiene en las piernas bien torneadas que una falda corta revela sin tapujos. A pesar de que el vehículo está climatizado, Pedro suda y se agita. Isabel le toma la mano con seguridad.
—Ya casi llegamos. —¿Vas a trabajar en lo mismo que tu papá? —Pedro intenta controlarse haciendo conversación. —Él quiere eso, yo no. No me gusta. —¿Qué te gusta? —El arte. —¿El qué? —Olvídalo. —Si no quieres ser arquitecta, ¿por qué no haces lo que deseas? —¿Te gusta ser albañil?
Pedro calla. Piensa que realmente nunca se lo ha planteado. Solo repite lo que los hombres de su familia han hecho toda la vida.
—No sé —responde al fin. —Vaya respuesta.
El carro se detiene y una nube de polvo y tierra desciende sobre él, ensuciándolo. Están en una urbanización que apenas inicia, donde casi todo es terreno baldío. Ahora ella lo observa, se acerca con lentitud. El olor fuerte que despide aquel cuerpo de hombre le alborota los sentidos. Cierra los ojos y acerca su boca a la de él, fundiéndose ambos en un beso húmedo y cálido. Él la acaricia con suavidad, como si temiera romperla. Sus dedos endurecidos y callosos parecen flotar sobre la piel de ella, con reverencia. Para Pedro, su mundo de cemento y cal queda atrás y se interna en uno suave y placentero. Ella ansía perderse en esa rudeza tan auténtica, tan diferente de su propia realidad.
Pedro tiene los ojos cerrados, pero el hechizo se rompe con el clic del cinturón de seguridad que ella abrocha con precisión. Enciende el coche y hay un silencio incómodo entre los dos hasta que alcanzan una esquina. Desde el tablero ella abre la puerta del lado de Pedro.
—Esto no significa nada, ¿me oyes? —le dice muy seria. El joven asiente mirándola a los ojos y luego inicia su camino sin voltear atrás.
Al otro día en la mañana, el jefe de obra recibe a los trabajadores y reparte órdenes a diestra y siniestra:
—«Mantecas», llévate al «negro» y afilen esos perfiles.
—¡«Tuercas», apúrate! Tenemos que echar el firme en el patio de servicio.
Luego llega Pedro:
—Ay, chamaco, ¿y esa sonrisa de oreja a oreja? ¡Ya déjate de tonterías y sigue cargando lo necesario para la cúpula!
Pedro sonríe; el peso del material le parece más ligero. El recuerdo de ese encuentro secreto, de esa alegría efímera, lo sostiene por el momento y le hace más llevadera la jornada.
Autor: Ana Laura Piera.
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