Sé que a veces necesitas no saber de mí, y lo entiendo. La vida me jode. Me jode de formas pequeñas y constantes, como una gotera que nunca deja dormir. Y mi cabeza… mi cabeza tampoco ayuda. Piensa demasiado. Siempre demasiado. Como si hubiera aprendido a destruir todo antes de que algo pueda abandonarme primero.
Hay noches en las que te leo en silencio, como quien se acerca a una fogata en medio del invierno. No digo nada. Solo miro tus palabras e intento convencerme de que todo está bien, de que no pasa nada, de que no estás alejándote. Pero mi mente nunca elige el camino tranquilo. Siempre imagina el peor escenario, el más triste, el más solo. Como si dentro de mí existiera una voz empeñada en recordarme que las cosas bonitas no duran.
Y sé que puedo ser cansado. Lo sé. A veces ni yo me soporto. Soy un hombre lleno de ruido intentando fingir calma. Un desastre que aprendió a sonreír para no preocupar a nadie. Tal vez por eso la gente se va. Una tras otra. Algunas con cariño, otras con indiferencia, otras simplemente desapareciendo como desaparecen las luces de los edificios cuando ya es demasiado tarde.
Hay días en los que no quiero hablar con nadie. Días en los que existir pesa. No de una forma dramática, no como en las películas; pesa como pesa una camisa mojada sobre el cuerpo. Todo cuesta. Levantarse cuesta. Pensar cuesta. Respirar cuesta. Y aun así el mundo sigue girando como si uno no estuviera hecho pedazos por dentro.
Entonces me pregunto quién soy yo para pedirle a alguien que se quede. Quién soy yo para interrumpir el rumbo de las personas solo porque tengo miedo de sentirme solo. Y mi cabeza vuelve a empezar: piensa, piensa, piensa… como un animal atrapado golpeándose contra las paredes.
A veces siento que nací destinado a sentarme en un rincón de mí mismo, esperando a que las voces se callen un momento. Esperando paz. Una pequeña paz miserable y suficiente para dormir sin sentir que algo malo está por pasar.
—Roy Martinez












