Hace 30 años, un niño se perdió en un laberinto de sombras, acosado por el eco cruel del bullying. Pero cada lágrima fue una semilla, cada miedo un mantra. ese niño que fui caminaba por los pasillos del colegio como un espectro, escondido en una armadura frágil de risas nerviosas y miradas que dolían. Las burlas eran mi constante, y solo me juntaba con niñas por miedo a estar con los niños, por vergüenza de no saber jugar a la pelota, de no ser parte del equipo, de no saber encajar. Pero hace 30 años atrás, ese niño nunca se imaginó que hoy estaría aquí, alzando la voz. Nunca imaginó que sobreviviría a cada día de humillación, que aprendería a caminar con la frente en alto, aunque se sintiera torpe. En terapia veo cómo cada paso que no di, cada amistad que no busqué, eran parte del miedo que me enseñó a cuidarme. Pero nunca perdí esa certeza: siempre supe quién era. Y hoy, miro hacia atrás y entiendo que ese niño es mi raíz, mi fuerza. Nada me detiene, porque soy él y soy yo, y cada paso es un triunfo compartido, cada recuerdo una prueba de que nunca me rendí. Hoy, bajo el cielo del orgullo, me reconozco como un alquimista de mi propio destino Celebrar mi libertad es honrar a ese niño que, a pesar de las burlas, a pesar del miedo, a pesar de todo, nunca dió un paso atrás y siempre supo que su verdad era invencible. Hoy, miro al futuro con la fuerza de quien, desde el fondo, se convirtió en su propio faro.