En mi cabeza veo que me busca, que le agrado (a menos que esté loco). Llevo tanto tiempo confirmándolo que no tengo nada que perder. Tomo una buena cantidad de aire para llenar mis pulmones, esperando que se cuele el valor que necesito en mi interior. Parezco un cazador en la noche. Mis ojos están avispados y apenas parpadean. Busco el momento perfecto. Veo cada uno de sus movimientos. No me pierdo ningún detalle de mi objetivo: su boca. Entonces me doy cuenta de que estoy perdido. Que entre más la acecho más la necesito. Lo que al principio era un ganar-ganar, se convierte en un ganar-morir. No puedo más. Se balancea hacia mÃ, y esa proximidad es una oportunidad que no se volverá a repetir. La tomo del antebrazo con una mano, mientras que con la otra sujeto su barbilla. Centro su cara con la mÃa y disparo. Un beso fortuito a una boca rebelde.
Y sucede lo que tenÃa que suceder y que sin embargo, no querÃa que sucediera. Me esquiva. Si yo era un cazador, ella era una gacela. Una de la gacelas más hábiles y escurridizas de toda la maldita sabana. Cuando nuestros labios se encontraban a menos de un milÃmetro de distancia, con precisión quirúrgica mueve su rostro hacia otra dirección y su mejilla choca con mis labios fallidos. Por dentro, mi mente se inunda del rojo de las alarmas.
¡Mayday!, ¡Mayday!, escucho en mi cabeza y tengo un par de segundos para reaccionar ante la catástrofe. Tengo que sacar un salvavidas. Si, necesito el tema de conversación indicado para recuperarme. Uno lo suficientemente casual para denotar que no ha pasado nada que me haya afectado, pero lo suficientemente relevante como para robar su atención y que olvide la desgracia que acaba de ocurrir.
Mis sentidos están al máximo de potencia y por una fracción de segundo, veo una mueca en su rostro. Mi mente termina la historia de esa expresión. PodrÃa apostar que se molestó por el atrevimiento de romper un momento tan agradable. Para mà era la oportunidad perfecta para darle un beso inolvidable. ¿Para ella era una tarde tan casual como olvidable? . El tormento comienza a invadirme, pero por fuera, soy otro.
Por fuera sonrÃo y hago bromas divertidas. La veo reÃr y ruego a los dioses que no le haya dado importancia a lo que para mÃ, es el mundo entero. Veo que no hay consecuencias visibles en la situación y doy un respiro. Me relajo y vuelvo a ver su sonrisa. No sé si lo que veo es la misma sonrisa alegre y desinteresada que me conquistó, o ahora es una sonrisa cÃnica y cruel que se burla de mi ridÃculo atrevimiento.
El psicólogo dice que debo de dejar de pensar tanto. Bueno, yo creo que él ya no debe de pedirme que haga cosas imposibles, como si se tratara de hacer las compras de la semana. Simplemente mi mente no se detiene y dudo que lo hará algún dÃa. Tal vez tengo la esperanza de que con un beso todo se detenga, incluso mis pensamientos. Pienso que busco un oasis de la vida entre sus labios y eso hace que crea que ha valido la pena el riesgo y la caÃda. Me vuelvo a embrutecer con solo verla. Ahora solo pienso en si un dÃa volveré a intentar besarla o si ya he tenido suficiente. Normalmente, desistirÃa y me dirÃa que no tiene caso, pero recuerdo que fuera de esto, la vida siempre me resulta complicada, y si esa es mi ecuación de vida, entonces ¿por qué no complicármela con ella?. Â