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Lazos
Sobre lazos:
A Grecia siempre le habĂan gustado los lazos en el cabello, los blancos que su madre le ponĂa para ir a la primaria y los verdes que le daba para la secundaria, como uno de los tres colores de su bandera. Los lazos a veces se le resbalaban cuando corrĂa o cuando se agachaba al tocar la guitarra. PasĂł el tiempo y seguĂa yendo a la mercerĂa a comprarse lazos, le gustaba ver cĂłmo los medĂan en la regla, cĂłmo los cortaban, el mundo de las telas, las vendedoras con sus mandiles. A veces le gustaba dejar que su gatita jugara con ellos, le gustaba leer historias sobre cĂłmo el destino se tejĂa: se entrelazaba. Cuando tuvo su primer corazĂłn roto, se preguntĂł si los problemas eran como lazos con nudos, como los nudos en la cabeza. ÂżHay tijeras para cortarlos? ÂżHay cintas para medirlos?
En la adultez empezĂł a dejar lazos en los libros, se le olvidaban en sus pantalones antes de lavarlos, en el camiĂłn, en su jardĂn favorito al que llegaba despuĂ©s de un mal dĂa en el trabajo y en el baño en el que se encerraba a llorar cuando su esposo e hijos la despreciaban. PensĂł en la historia del hilo rojo y fue a la mercerĂa, mirĂł que las vendedoras cada vez envejecĂan más y esta vez pidiĂł lazos rojos, lazos que usĂł esperando algo, algo que no llegaba: su propia historia, alguien que le gustaran sus lazos, sus nudos, desanudar e ir dejando lazos en la calle, en la cama, en las azoteas. Y luego se recordĂł que el rojo era uno de los tres colores de su bandera.
MĂłnica Castro
Sobre desear
Ella deseaba, deseaba mucho... tocar las hojas de los árboles en ese punto en el que el rocĂo deja pequeñas gotas, acariciarlas con el dedo anular... deseaba desenredar el pelo, ese cabello rizado del vecino de enfrente, el marrĂłn de la chica que se sentaba a su lado en clases, la que sonreĂa con los dientes. Deseaba acariciar cosas imposibles como las aves cuando vuelan, como los sueños que uno sueña cuando está muy triste, imposibles como las nubes que no son más que gas y cuya textura nunca será como la de los algodones de azĂşcar de las ferias. Deseaba irremediablemente correr, correr y no cansarse, probar el cafĂ©, todos los tipos de cafĂ©: el amargo, el dulzĂłn, el de olla... Deseaba sentir el frĂo del agua, el de la playa, el del grifo, el agua contaminada y el de las lágrimas, deseaba volver y volver una y otra vez a algunos dĂas, y en cambio deseaba nunca haber vivido otros, como ese funeral. Ella solo deseaba cosas imposibles, banales, extrañas, en el medio de lo irĂdico, lo onĂrico, lo santo y lo no real. Ella deseaba tocar la mĂşsica, las notas, las octavas, lo que no se ve, tocar la luz, desenredar su propio cabello, ese cabello rizado del vecino y el marrĂłn de la compañera que se sentaba a su lado en clases, ordenar todo y nada al mismo tiempo. Ella amaba desear y no morir por hacerlo. Con su cigarro en mano, ese que robĂł de la cajetilla de su padre y que escondiĂł en la novela de Ruiz ZafĂłn, página 123, sintiĂł a alguien desenredarle el cabello, pero no habĂa dolor. VolteĂł y mirĂł el color marrĂłn de alguien que ya conocĂa bien.
MĂłnica Castro
Ecos
Me dijeron que no tenĂa que volver ahĂ, no era mi lugar, no tenĂa lugar en ese mundo. Al llegar a casa me echĂ© en la cama, con la cobija de cuadros grises en las piernas, con los audĂfonos de cable puestos escuchando la primera canciĂłn que saliera de la playlist, tal vez volverĂa a comer maruchan o Âżes que habĂa frijoles en el refri? CerrĂ© los ojos, los abrĂ de nuevo, prendĂ el Ăşnico cigarro que me quedaba, mirĂ© la foto de mi padre que ya no estaba entre el humo que bailaba del cigarro, recordĂ© la fuerza de los 18, los 19 y los 20. No tener lugar de forma existencial da más ansiedad que no tener un lugar fĂsico. Tal vez todo es simbiosis, pero tener algo que haga doler el alma se siente como estar un poco muerto. LeĂ un poemario de los 19, cuando creĂa que podĂa escribir, cuando soñaba que podĂa cantar y ser alguien, cuando creĂ que podĂa deformar el sistema y ahora lloriqueaba porque estaba rota, porque odio la ciudad nublada, porque aĂşn duele la realidad, la crueldad, los poemas que no llevan a ninguna parte, que yacen ocultos en páginas, que no verán nunca la luz. A veces creo que hay miles de escritos que podrĂan cambiarlo todo en el mundo pero que nadie nunca quiso leerlos. Entonces volvĂ a un poema de los 19 y me detuve en una frase: "Cuando no queda nada, aĂşn asĂ quedan ecos de lo que fue". Cuando no queda nada es cuando aĂşn queda tanto por ver.
MĂłnica Castro.
El cielo
Lo que me gustaba de Ă©l era que me hacĂa sentir segura, segura de tomar cafĂ© en la tiendita una cuadra antes de llegar a la universidad y luego pedirle que subiĂ©ramos al techo de la casa de mi abuela a mirar el cielo contaminado, pero cielo al fin y al cabo.
—¿Por quĂ© el cielo no se mira como en las pelĂculas? —le preguntĂ© una noche.
—¿Cómo? —me contestó.
—Con miles de estrellas —respondĂ.
—No lo sĂ©, solo sĂ© que la vida raras veces es como una pelĂcula y casi siempre es mejor que una.
Me compartiĂł el audĂfono izquierdo, la mĂşsica sonĂł... mi corazĂłn latiĂł, la mĂşsica era triste, pero yo no lo estaba. Entonces vimos a un gatito naranja trepar en la azotea del vecino, los autos pasar. La hora mágica existĂa. Esa era la hora mágica.
MĂłnica Castro

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NostalgĂa del futuro:
Siento nostalgia del futuro, de lo que aún no sucede ni se dice pero que eventualmente llegará, vaya mierda.
Me dan tristeza los finales; si pudiera, nunca llegarĂa a ellos, abrirĂa una y mil puertas antes para retrasarlo... pero eventualmente el final llegará.
Los finales me dan nostalgia, incluso en las malas historias. ¡QuĂ© difĂcil es dejar ir y aceptar los cambios! Si por mĂ fuera, dejarĂa muchas cosas estáticas, aunque dolieran.
¿Pero cómo detienes la fuerza del viento, o del torrente —el de agua y el de la sangre—? Las lágrimas solo salen, no piden permiso, irrumpen y ya como la muerte.
No quiero que llegue la noche ni el invierno, ¿pero cómo espero ver de nuevo el sol y el florecer de las flores? Hay quienes dicen que el invierno también esconde belleza.
Eventualmente el final llegará porque todo llega, aunque uno no quiera, aunque no sé si será el final, final o solo un nuevo comienzo.
MĂłnica Castro
Tristeza
Tristeza:
Camino por la calle despuĂ©s del trabajo. Llevo una camisa de cuadros, verde con blanco, que es calurosa y es mayo; este mes es caluroso por naturaleza, pero ahora más, tal vez es nuestro castigo por lo que le hemos hecho al planeta. Demasiado calor, pero soy de los que aguanta; sigo, hay algo que me hace preferir el sol a la luna. Hay algunos cartones anaranjados de pizza en mi camino, dos o tres latas de cerveza. OlvidĂ© los audĂfonos en el trabajo; mi compañero dijo que la mĂşsica que escuchaba era muy folk, yo pensaba que estaba siendo country. PasĂ© por una tienda y mirĂ© mi cabello: habĂa tratado de hacerme un corte a la moda y terminĂ© siendo el cabeza de coco. Vi pasar un gato blanco. Carmela, la vecina, decĂa que mirar un gato daba suerte; me arrodillĂ© a acariciar su cabeza. PasĂ© sobre algunos árboles de los que nunca me aprendo los nombres: hojas ovaladas como ojos, otras alargadas como garras finas, la geometrĂa aparece. MirĂ© los edificios, los autos, la gente... demasiado urbano todo, pero no me desagradaba. Me ceñà la camisa, la camisa de cuadros que nunca le di a mi abuelo. SentĂa el sudor en la barba, en las axilas, bajo los ojos; la luz amarillenta de la tarde. PensĂ© en Octavio Paz quemando los poemas de Elena Garro, no sĂ© por quĂ©, quemando sus alas; no sĂ© por quĂ© cuando estoy triste pienso en cosas asĂ. ComprĂ© un agua de jamaica, dejĂ© que la frescura emanara por mi garganta. SentĂ el ardor del suelo, luego recordĂ© que Guadalajara esconde un cementerio... uno de desaparecidos. EsperĂ© el camiĂłn. Me metĂ en mis pensamientos: ella, ella, ella y más ella y por siempre ella, pero dolĂa y mejor me puse a observar, a sentir, por ejemplo, los tirones de mis brazos cuando el camiĂłn frenaba, el picor del sudor, los chismes de camiĂłn
Sobre gemelos:
Respiro, tomo un trago y cierro los ojos, tratando de recordar los veranos, los que no volverán. Caminando con Yael por las noches despuĂ©s de un partido, jugando algĂşn juego del celular, sentados en la Odyssey compartiendo los audĂfonos, escuchando a ese cantante de Massachusetts. Yael traĂa la gorra tinta Nike, yo los Converse. El verano traĂa dĂas calurosos, nieve de limĂłn, acostarse sobre el pasto, estar en las redes sociales y, en la noche, Yael y yo veĂamos las estrellas con mamá. Despertar tarde, beber la leche desde el envase (una vez Ă©l escupiĂł porque la leche estaba agria), luego jugar con Yael, sacarle la lengua porque es más alto que yo… tener un gemelo es raro, más si es un chico y yo una chica. La gente siempre cree que Ă©l es mayor, luego se burla y me llama hermanita.
Reproduzco otra vez la misma canciĂłn, la canciĂłn que no paraba de escuchar. Recuerdo las lluvias, Yael y yo luchando por meter la ropa, Yael se resbala antes de entrar a la cocina, tratamos de hacer pizza y nos queda horrible, nos reĂmos, hablamos del futuro, escuchamos la mĂşsica de alguien de Londres, vemos una pelĂcula de dinosaurios, Yael me asusta. Esa noche me vengo y le dibujo un bigote con marcador permanente. Cuando nuestros padres pelean, Yael y yo escuchamos a ese cantante de Rosario y luego a ese extraño cantante danĂ©s.
Acaricio la cicatriz de mi mano derecha. Yael querĂa que finalmente perdiera el miedo a la bicicleta; fuimos a dar un paseo, nos caĂmos, yo reĂ y llorĂ© al mismo tiempo, luego se disculpĂł conmigo y me comprĂł un jugo. Se habĂa dejado la barba, se veĂa chistoso, pero Alejandra, la vecina, le sonreĂa. Fue el verano que fuimos al concierto de ese cantante de Misisipi, bailábamos absurdamente; al dĂa siguiente nuestros padres anunciaron el divorcio.
Respiro, tomo un trago y cierro los ojos, tratando de recordar los veranos, los que no volverán. Caminando con Yael por las noches despuĂ©s de un partido, jugando algĂşn juego del celular, sentados en la Odyssey compartiendo los audĂfonos, escuchando a ese cantante de Massachusetts. Yael traĂa la gorra tinta Nike, yo los Converse. El verano traĂa dĂas calurosos, nieve de limĂłn, acostarse sobre el pasto, estar en las redes sociales y, en la noche, Yael y yo veĂamos las estrellas con mamá. Despertar tarde, beber la leche desde el envase (una vez Ă©l escupiĂł porque la leche estaba agria), luego jugar con Yael, sacarle la lengua porque es más alto que yo… tener un gemelo es raro, más si es un chico y yo una chica. La gente siempre cree que Ă©l es mayor, luego se burla y me llama hermanita.
Reproduzco otra vez la misma canciĂłn, la canciĂłn que no paraba de escuchar. Recuerdo las lluvias, Yael y yo luchando por meter la ropa, Yael se resbala antes de entrar a la cocina, tratamos de hacer pizza y nos queda horrible, nos reĂmos, hablamos del futuro, escuchamos la mĂşsica de alguien de Londres, vemos una pelĂcula de dinosaurios, Yael me asusta. Esa noche me vengo y le dibujo un bigote con marcador permanente. Cuando nuestros padres pelean, Yael y yo escuchamos a ese cantante de Rosario y luego a ese extraño cantante danĂ©s.
Acaricio la cicatriz de mi mano derecha. Yael querĂa que finalmente perdiera el miedo a la bicicleta; fuimos a dar un paseo, nos caĂmos, yo reĂ y llorĂ© al mismo tiempo, luego se disculpĂł conmigo y me comprĂł un jugo. Se habĂa dejado la barba, se veĂa chistoso, pero Alejandra, la vecina, le sonreĂa. Fue el verano que fuimos al concierto de ese cantante de Misisipi, bailábamos absurdamente; al dĂa siguiente nuestros padres anunciaron el divorcio.
Yael y yo nos reĂamos un poco de lo drámaticas que eran las novelas de la abuela, pero ahĂ estabamos viendolas con una taza de chocolate y un churro. Juntabamos las estampas del mendial y lo obligaba a acompañarme a comprar hot wheels a Walmart. Fuimos a nuestro primer antro, salimos despuĂ©s de dos horas y mejor nos pusimos a jugar vĂdeojuegos, la segunda vez no fue asĂ una chica pelinegra le sonriĂł, yo le golpee el hombro para que fuera.
MĂłnica Castro
Sobre peinarse
Me hubiera gustado escribirte más poemas sobre tu mirada tierna, tu piel canela y cejas oscuras. Un poema de un hombre sensible que se enamoro de un alma como la mĂa. Un hombre de silencios, galletas para el desayuno, una ola de nostalgia como arena entre los dedos. Ojalá te hubiera escrito más poemas que trenzaran nudos en el tiempo y hubiĂ©ramos pertenecido uno al otro, pero no me gusta peinar. No soy buena amante, no sĂ© es mi palabra favorita. TĂş siempre tan cálido y necesitas refrescarte… yo con calor pero dispuesta a aguantar. Ojalá te hubiera escrito poemas antes ,que te hubieran hecho amar el pasto, tu estĂłmago, tu ternura, palabras hechas nudo, pero te repito no sĂ© peinarme.
MĂłnica Castro
Recuerdos de mĂşsica
Recuerdos de mĂşsica
A Alberto y a mĂ nos gustaba la mĂşsica electrĂłnica desde la secundaria. Los adultos siempre nos preguntaban: “¿QuĂ© dice?”, como si solo quienes entienden la letra tuvieran el derecho de disfrutarla. Por las tardes, cuando fingĂamos hacer la tarea, buscábamos las letras en YouTube; nos observábamos los labios en silencio —aunque ambos fuĂ©ramos chicos— y luego volvĂamos a las estrofas. Nos sorprendĂa que no solo hablaran de amor; hablaban del disfrute, de la libertad y de la vida. El ritmo era alegre, como una fiesta que estalla, como algo que te hace brincar.
La gente nos decĂa: “Eso no es mĂşsica, no hay instrumentos”. Alberto y yo solo nos encogĂamos de hombros; creĂamos que la mĂşsica era todo aquello capaz de hacerte sentir vivo. Nos parecĂa anticuada la gente que pretendĂa dar cátedra sobre el arte, asĂ que, para defendernos, les preguntábamos a ellos por el significado de sus propias letras.
Nos gustaba, sobre todo, Avicii. Nos prometimos ir a uno de sus conciertos, pero se nos adelantó en el camino. Después, cada uno siguió su rumbo. Lo vi hace dos años en el almacén del pueblo; llevaba una bonita chaqueta de pana café. Al verlo, recordé que ritmos vienen y van, tanto en la música como en la vida.
Si pudiera volver atrás, regresarĂa a esos dĂas en los que mi amigo y yo nos perdĂamos en los audĂfonos. Los adultos nos gritaban: “PĂłnganse a hacer la tarea, el quehacer… ¡algo de provecho!”. Pero nosotros, sumergidos en los sonidos, no encontrábamos quĂ© otra cosa de provecho hacer. Nos sentĂamos un poco invencibles, un poco más vivos, creyendo que a los quince años ya habĂamos visto todo lo que habĂa que ver. No sabĂamos que la vida se reĂa de nosotros, porque todavĂa quedaba tanto por mirar… tanto por sentir.

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Siempre digo que no me interesa lo perfecto, la vida espiritual, los poemas, las pelĂculas o las tardes. Sin embargo, aquĂ estoy: de rodillas por ti.
MĂłnica Castro.
DĂa de mi muerte
Hoy es el Ăşltimo dĂa del mes; me alisto para pasar de hoja en el calendario y viene a mĂ una pregunta que me he hecho tantas veces —algunas con mayor intensidad y otras solo por encima—: Âżcuál es el dĂa de mi muerte? >
Tengo 27 años y he vivido muchos ciclos de 365 dĂas. Eso significa que ya he pasado por el dĂa de mi muerte 27 veces, pero no sĂ© la fecha exacta. Del 1 al 31 hay muchas posibilidades. ÂżSerá un dĂa soleado? ÂżSerá el mismo dĂa en el que fui feliz en otro año? Me resulta gracioso cĂłmo todos los sentimientos del mundo pueden caber en un solo dĂa.
ÂżSerá en primavera o en verano? ÂżQuiĂ©n nacerá ese dĂa? Mi dĂa final es solo el inicio de alguien más... de muchos más. ÂżQuĂ© dĂa de la semana será? ÂżDolerá? ÂżImportan mis preguntas? Me resulta curioso pensar que ya he vivido el dĂa de mi muerte, escrito en algĂşn rincĂłn del universo. ÂżAcabarĂ© el año? ÂżMe quedan aĂşn muchos 31 de diciembre?
Jacaranda
Me descubro mirando desde el balcón de la casa las ramas nuevas de mi jacaranda; le salieron cuando la podamos, son delgadas. Mamá dice que ya se está secando, por eso cruje, por eso a finales de marzo aún no tapiza el piso de morado.
Tengo fe en que florezca, pero el otro dĂa, pasando por las calles y por el puente peatonal, mirĂ© que efectivamente ya hay muchos árboles con sus flores moradas. Al llegar a casa, mi jacaranda apenas tiene unos pocos ramillos; ahĂ pienso que sĂ se está secando, pero luego me digo que tiene ramas nuevas... y algo seco, en teorĂa, no podrĂa dar vida.
Respiro y observo desde mi balcón. Aún hay algunos pájaros, se escuchan. La corteza del árbol es oscura y una vez mamá dijo que estaba enfermo, pero si eso fuera cierto, aún crea vida... una y otra vez.
Cuando llueve es complicado barrer porque sus hojas se pegan, pero me gusta cĂłmo tapizan la calle con grietas de color verde. Mucha gente dice: «Allá donde vivo hay muchos árboles, mucho jardĂn», pero este árbol es mi Ăşnico contacto con la naturaleza y me gusta su caos, su imperfecciĂłn. No puedo pedirle nada a la jacaranda que, aun sin ser regada, se mantiene viva y florece, aunque sea poquito.
MĂłnica Castro
Verano
Si me esfuerzo puedo volver a traer el olor a la tierra y el olor de los pino, las risas de ElĂas, la risa burlona de Javier, el cabello corto de Damián. Era julio, tenĂamos más de un mes y medio de vacaciones. ElĂas dijo que fuĂ©ramos al monte de excursiĂłn; mi abuela nos dijo que tuviĂ©ramos cuidado, pero yo no tenĂa miedo: los huesos, si se rompen, se arreglan.
Empacamos salchichas, un queso; Javier traĂa jugo de naranja y Damián unos panes con mozarela. Mi hermana llevaba los Old School morados y yo los azules; ella, dos años mayor que yo, pero Ă©ramos como una misma. ElĂas seguĂa sin saber quĂ© carrera escoger; su padre querĂa que fuera mĂ©dico, su madre arquitecto, y ElĂas decĂa que solo querĂa bailar y deslizarse en la tabla durante la nieve, aunque era friolento.
Me gusta el monte, sentir el sudor, aunque a muchos no les guste. Vimos un gusano en color amarillo y negro; luego una mariposa lila. Solo creĂa en Dios porque existĂan los animales y mi familia. Hablamos de mĂşsica y de ir a beber cafĂ© al centro de la ciudad, pero en viernes, porque Keneth y su grupo no iban esos dĂas al centro; eran los matones. Hablamos de Sabrina: su padre se habĂa puesto ebrio de nuevo, le rompiĂł su tabla de skate y su novio le dijo que se fueran a vivir juntos. ÂżQuĂ© hacĂa una chica de 17 viviendo eso?
—Debemos ir a verla —dijo Claire.
—Su padre está loco, hay que idear un plan —dijo ElĂas.
Llegamos al borde del cerro, ya se veĂa el pequeño rĂo y sentĂ el viento. Javier me dijo:
—Estás tan roja de la cara, casi como Claire; son como un salmón.
Yo le saquĂ© la lengua y despuĂ©s me reĂ. Javier tenĂa el pelo castaño y la piel aceituna, traĂa gorra y le salĂa el cabello ondulado por detrás; me extendiĂł la botella y el dulzor del jugo me llegĂł. Mamá fue escaladora, papá alpinista.
Damián se rĂo y dijo que Ă©ramos un grupo como los niños de la princesa Kaguya y nos reĂmos... el lago brillaba. ElĂas empezĂł a practicar parkour, Claire lo imitĂł.
Me gustaba esa libertad. Le preguntĂ© a ElĂas por Richard, el chico que le vuelve loco.
—Aún nada, tiene miedo.
El padre de Richard era el pastor de la iglesia.
Nos repartimos las salchichas, el queso y el pan; nuestras manos no estaban tan limpias, pero no importaba. «Ojalá el verano fuera eterno», pensé.
MĂłnica Castro.
Un relato sobre los quince:
La calle tenĂa muchos bordes; la gente se quejaba seguido. «¿Cuándo mierdas vas a pavimentar?», le decĂan molestos a mi padre. Él no le daba importancia. «Las ventas están bien malas, luego», respondĂa.
Yo me ponĂa mis audĂfonos; no eran los mejores, pero me hacĂan vibrar el pecho. «Los jĂłvenes van a quedarse sordos», decĂa la maestra de Matemáticas, pero no importaba; no a mĂ. A veces en misa me los ponĂa; trataba de usar una sudadera larga para que mamá no los viera mientras ella estaba en el coro, pero un dĂa me vio y me jalĂł las orejas.
Nunca pensĂ© invitarla a casa. No era bonita la calle, con las grietas del pavimento y las de mi casa. Mi tĂo, antes de irse, me dijo: «Nunca invites a una chica aquĂ».
Pero estaba lloviendo. No podĂa dejarla ahĂ despuĂ©s de la escuela. Ella era morena clara, dientes torcidos, falda doblada, el suĂ©ter verde pálido... y luego soltĂł:
—Corramos bajo la lluvia, siempre he querido hacerlo.
—Estás loca —quise decirle—. Nos vamos a mojar, a enfermar.
—Anda, solo una vez en la vida déjate llevar —me retó.
—Tenemos quince —le dije, tratando de sonar relajado.
—Y luego tendremos diecisĂ©is, diecisiete, dieciocho... y a lo mejor un dĂa, sesenta.
—Ya sé, pero si nos ven raro o tus papás te regañan...
—No importa qué hagamos; nos dirán que ya nada es como antes y nosotros les diremos que tenemos quince como justificación.
Me extendiĂł su mano. SabĂa que era una locura, pero querĂa esa locura de alguna forma u otra. Y tomĂ© su mano.
—Hay gente que romantiza los amaneceres, la luna, incluso la lluvia —me dijo ella—, pero no son capaces de sentirla.
Me jalĂł e iniciamos. Al principio sentĂ las gotas frĂas, tan frĂas que me hicieron consciente de que estaba vivo, de que podĂa correr. Luego sentĂ la adrenalina; su cuerpo me impulsaba y ella se reĂa. Ambos nos reĂamos. Ese dĂa, antes de dormir, me preguntĂ©: «¿AlgĂşn dĂa llegarĂ© a los sesenta, o ella lo hará?». No obtuve respuesta.
MĂłnica Castro

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Mujeres
Hay mujeres que aman lo prohibido y lo abrazan, mujeres de ciencia, mujeres de arte que son el artista y la musa en el mismo instante.
Mujeres que pecan y mujeres que casi pueden ser santas... yo a veces no sé ni qué soy.
Mujeres que aman el sexo, que son atrevidas y suaves al mismo tiempo. Mujeres que lideran, mujeres que sufren, mujeres que rezan.
Mujeres con miedo y eso no me gusta, mujeres en las sombras, mujeres ocultas, mujeres violentadas.
Mujeres que marchan pidiendo justicia, mujeres llenas de rabia que buscan a sus hijos, mujeres que no se rinden, que no ceden, mujeres que a pesar de todo abren futuro.
Mujeres religiosas que encuentran en sus oraciones el consuelo y la paz en su alma.
Mujeres libres que se aman, que rompen con los estereotipos sobre el amor, que le hacen caso a su alma. Mujeres lesbianas, bisexuales...
Mujeres que se han convertido en mujeres, aunque el mundo a veces sea cruel y no lo reconozca.
Mujeres que nos cuidan, mujeres que han dado vida, que se quedan, que nos aman, que trabajan.
Mujeres que siempre han sido pieza fundamental, aunque algunos en el mundo no las reconozcan.
MĂłnica Castro
Banqueta
Estábamos sentados en el filo de la banqueta, esa que se supone debĂa estar en amarillo, pero tenĂan tanto sin darle mantenimiento que estaba de un color pálido. Migue estaba a mi lado mientras llegaban los demás; su cabello estaba hasta los hombros, resquebrajado, tenĂa piel morena y la misma camisa negra que acostumbraba... tenĂa una lata de jugo entre sus manos. Le seguĂa costando sonreĂr y confiar, pero tartamudeaba menos que antes.
— La cárcel es dura —me dijo en voz baja.
Yo tenĂa 22 y Ă©l 24.
— Pero al menos en la cárcel conocà este jugo; allá yo lo pagaba a 30 y recién me entero de que vale solo 15 —Esbozó un gesto... casi era una sonrisa.
— Nunca te gustó la cerveza, como a mà —le dije.
— Sabe a miados —se rio.
TambiĂ©n me reĂ. Conocer a Migue fue tal vez una casualidad, o no lo fue en absoluto. Fue en la adolescencia; Alfredo llegĂł con Ă©l en la fiesta nĂşmero 15 de mi hermana. "Es un amigo del barrio", nos dijo. ComiĂł tanto niño envuelto que mis padres tuvieron que pedir pizza para los que faltaban; no estaban enojados, no precisamente, habĂa algo en la forma de comer de Migue, con las manos, que se parecĂa a la emociĂłn. Alfredo prometiĂł pagar todo, pero su billete de 200 no alcanzaba.
— ¿De qué barrio salió? —le preguntó Joan a Alfredo con voz acusatoria al arrastrarlo hasta la pared verde menta del baño.
— De donde voy a jugar los miércoles por el panteón. Está solo, su familia es cruel con él, Joan.
Joan levantĂł su ceja y asintiĂł, confundido.
Miguel no pronunciaba bien la R; una vez mi hermana Fernanda le dijo que hablaba como francĂ©s. Era tĂmido y a veces olĂa como a humedad, sudor y otra cosa que no puedo explicar. No iba a la escuela; ayudaba en los tianguis, juntaba latas de cerveza. Un dĂa, hablando sobre ecuaciones imposibles y la bĂşsqueda de la X y la Y, Migue nos confesĂł que "Ă©l siempre habĂa sido un burro". Nosotros le dijimos que no era verdad, pero luego luego hablamos sobre el futuro y las universidades a las que irĂamos; aun asĂ, Ă©l siempre parecĂa más lĂłgico con sus pensamientos que nosotros. Un dĂa dije que de grande iba a tener una casa en ParĂs y Ă©l me dijo que los extranjeros no pueden poseer propiedades; le preguntĂ© cĂłmo lo sabĂa y me dijo que Ă©l tambiĂ©n querĂa irse. Otro dĂa le dijo a mi hermana que debĂa tener cuidado con la vecina porque le echaba una mirada de envidia, y que la envidia era peligrosa, y más en una mujer sola de 70 años con cara de bruja.
Migue de pronto iba a las fiestas y luego se perdĂa durante meses, hasta que un dĂa ya no lo vimos más. Por Alfredo nos enteramos de que lo habĂan metido al tutelar:
— Agarraron al Migue por andar robando piezas de autos —dijo abatido.
Nos quedamos en silencio.
— Sigue siendo menor, espero que no dure mucho. Yo creo que su único delito realmente fue nacer en una familia como la suya —continuó—. ¿Qué clase de madre no quiere a su hijo? ¿Qué clase de madre deja que los hombres que mete a su casa lo muelan a golpes?
No dije nada porque cada vez entendĂa menos el mundo. Alfredo era asĂ: humano.
Un dĂa, Alfredo, ebrio, nos confesĂł que Migue, antes de ser atrapado e ir a la cárcel, habĂa robado un reloj de su madre. Ese dĂa a quien le dieron los golpes fue a Alfredo; aun asĂ, fue al tutelar a verlo, pero Migue se negĂł muchas veces. El tiempo pasĂł y ninguno de nosotros terminĂł yendo a la universidad que querĂa.
— ¿Sabes por qué acepté ver a Alfredo en la cárcel? —me preguntó Migue rompiendo el trance.
— ¿Por qué? —le pregunté mientras el sol acariciaba nuestros rostros.
— Porque la cárcel es dura, porque la vida lo es, pero hay rayos de sol como este.
A lo lejos vimos que por fin venĂan Joan, Fernanda y Alfredo a nuestro encuentro; Ăbamos a cenar por los viejos y nuevos tiempos.