Respiro, tomo un trago y cierro los ojos, tratando de recordar los veranos, los que no volverán. Caminando con Yael por las noches despuĂ©s de un partido, jugando algĂşn juego del celular, sentados en la Odyssey compartiendo los audĂfonos, escuchando a ese cantante de Massachusetts. Yael traĂa la gorra tinta Nike, yo los Converse. El verano traĂa dĂas calurosos, nieve de limĂłn, acostarse sobre el pasto, estar en las redes sociales y, en la noche, Yael y yo veĂamos las estrellas con mamá. Despertar tarde, beber la leche desde el envase (una vez Ă©l escupiĂł porque la leche estaba agria), luego jugar con Yael, sacarle la lengua porque es más alto que yo… tener un gemelo es raro, más si es un chico y yo una chica. La gente siempre cree que Ă©l es mayor, luego se burla y me llama hermanita.
Reproduzco otra vez la misma canciĂłn, la canciĂłn que no paraba de escuchar. Recuerdo las lluvias, Yael y yo luchando por meter la ropa, Yael se resbala antes de entrar a la cocina, tratamos de hacer pizza y nos queda horrible, nos reĂmos, hablamos del futuro, escuchamos la mĂşsica de alguien de Londres, vemos una pelĂcula de dinosaurios, Yael me asusta. Esa noche me vengo y le dibujo un bigote con marcador permanente. Cuando nuestros padres pelean, Yael y yo escuchamos a ese cantante de Rosario y luego a ese extraño cantante danĂ©s.
Acaricio la cicatriz de mi mano derecha. Yael querĂa que finalmente perdiera el miedo a la bicicleta; fuimos a dar un paseo, nos caĂmos, yo reĂ y llorĂ© al mismo tiempo, luego se disculpĂł conmigo y me comprĂł un jugo. Se habĂa dejado la barba, se veĂa chistoso, pero Alejandra, la vecina, le sonreĂa. Fue el verano que fuimos al concierto de ese cantante de Misisipi, bailábamos absurdamente; al dĂa siguiente nuestros padres anunciaron el divorcio.
Respiro, tomo un trago y cierro los ojos, tratando de recordar los veranos, los que no volverán. Caminando con Yael por las noches despuĂ©s de un partido, jugando algĂşn juego del celular, sentados en la Odyssey compartiendo los audĂfonos, escuchando a ese cantante de Massachusetts. Yael traĂa la gorra tinta Nike, yo los Converse. El verano traĂa dĂas calurosos, nieve de limĂłn, acostarse sobre el pasto, estar en las redes sociales y, en la noche, Yael y yo veĂamos las estrellas con mamá. Despertar tarde, beber la leche desde el envase (una vez Ă©l escupiĂł porque la leche estaba agria), luego jugar con Yael, sacarle la lengua porque es más alto que yo… tener un gemelo es raro, más si es un chico y yo una chica. La gente siempre cree que Ă©l es mayor, luego se burla y me llama hermanita.
Reproduzco otra vez la misma canciĂłn, la canciĂłn que no paraba de escuchar. Recuerdo las lluvias, Yael y yo luchando por meter la ropa, Yael se resbala antes de entrar a la cocina, tratamos de hacer pizza y nos queda horrible, nos reĂmos, hablamos del futuro, escuchamos la mĂşsica de alguien de Londres, vemos una pelĂcula de dinosaurios, Yael me asusta. Esa noche me vengo y le dibujo un bigote con marcador permanente. Cuando nuestros padres pelean, Yael y yo escuchamos a ese cantante de Rosario y luego a ese extraño cantante danĂ©s.
Acaricio la cicatriz de mi mano derecha. Yael querĂa que finalmente perdiera el miedo a la bicicleta; fuimos a dar un paseo, nos caĂmos, yo reĂ y llorĂ© al mismo tiempo, luego se disculpĂł conmigo y me comprĂł un jugo. Se habĂa dejado la barba, se veĂa chistoso, pero Alejandra, la vecina, le sonreĂa. Fue el verano que fuimos al concierto de ese cantante de Misisipi, bailábamos absurdamente; al dĂa siguiente nuestros padres anunciaron el divorcio.
Yael y yo nos reĂamos un poco de lo drámaticas que eran las novelas de la abuela, pero ahĂ estabamos viendolas con una taza de chocolate y un churro. Juntabamos las estampas del mendial y lo obligaba a acompañarme a comprar hot wheels a Walmart. Fuimos a nuestro primer antro, salimos despuĂ©s de dos horas y mejor nos pusimos a jugar vĂdeojuegos, la segunda vez no fue asĂ una chica pelinegra le sonriĂł, yo le golpee el hombro para que fuera.