𖤓 a morning in the fire nation 𖤓
𖤓 Fire Lord Zuko x Ex-general fem!reader (ONE SHOT)
𖤓 synopsis: Solo esperabas cumplir con tus deberes al pie de la letra esa mañana.
Pero aquel día el Señor del Fuego te enseñó que él era mucho más que el gobernante serio y distante que todos conocían. Podía ser impaciente, distraído cuando sus amigos estaban cerca y sorprendentemente silencioso cuando alguien se preocupaba por él.
Todo habría sido sencillo si no hubieras despertado al Señor del Fuego antes de tiempo con tu torpeza —aunque él ya estaba despierto—, si el Equipo Avatar no hubiera convertido el patio del palacio en un campo de entrenamiento y si una amenaza inesperada no hubiera aparecido sobre sus cabezas.
Por suerte, sabías cómo mantener la calma. Después de todo, habías sido entrenada para cosas mucho peores que servir el desayuno.
𖤓 word count: 6,079.
𖤓 tags: F/M, Fluff, Humor, Action, Violence, Protective Reader, Protective Zuko, Zuko Needs a Break, Team Avatar Being Team Avatar, Found Family, Secret Identity, Iroh Knows Reader.
A/N: ¡Es mi primera vez escribiendo fanfics, asi que espero que les guste!. Tambien agradezco a @zukoszen por escribir tu fanfic maravilloso: “Burnt to the Core Series Hub/ reader (f) x Firelord Zuko”. Que fue la principal fuente de inspiracion.
El palacio del Señor del Fuego era casi una pintura, tan milimetricamente perfecta que podías pasar horas mirándola y nunca cansarte. Para algunos era un sueño siquiera pisar esos preciosos escalones de mármol, incluso para los ciudadanos era una bendición deleitar sus ojos con las gigantescas estructuras del palacio. Pero para algunos privilegiados era una tarea de todos los días.
Todas las mañanas incluso antes del amanecer eran comandados por la Chambelán Minji, como si de un despliegue militar se tratace pero con trapos, escobas, sartenes u ollas. Cada uno generalmente seguía su recorrido habitual, si no ocurría nada especial ese día. El tuyo era extenso: debías preparar los utensilios del desayuno en el salón real, luego ayudar a limpiar las salas y pasillos del ala este del palacio, luego volver para ayudar a servir el desayuno al comandante Iroh y Lord Zuko. Todo eso en solo unas pocas horas y ni siquiera vas por la mitad del día.
Pero esta mañana fue diferente y hacer bien tu trabajo iba a resultar mucho más difícil de lo habitual.
La Chambelán anuncio en la cocina (tu pequeño refugio durante tus breves comidas) que tenían visitas. Y no una visita cualquiera, era el Avatar y su grupo. Instantáneamente solo de escuchar Avatar todo el mundo se descontroló, comenzaron a hablar cada vez más fuerte, preocupados no solo porque ya se acercaba el amanecer y Lord Zuko se despertaría y todos debían estar a su disposición. Ahora también tenían que ser rápidos para dejar todo perfecto para el equipo del Avatar. Ante tanto alboroto la Chambelan Minji habló y como si hubieran mencionado a Ozai la habitación quedo en un silencio sepulcral.
“Sabemos que es inoportuna está visita tan repentina del Avatar” comenzó rodando lo ojos hacia un lado, despreciando un poco la presencia del grupo, y caminado entre la servidumbre continuo amenazando como un comandante a su tropa de inadaptados. “Pero debemos servir a esta Nación con todo nuestro fervor, agilidad y destreza en cada una de nuestras tare. . .“ no seguiste escuchándola la verdad. Habías escuchado suficientes discursos militares durante tu juventud como para reconocer una orden cuando la oías. La de Minji, sin embargo, parecía más una reprimenda a niños pequeños que una verdadera amenaza. Dejaste que divagara por completo y luego casi de media hora dio las tareas nuevas a cada uno. Cuando llegó tu turno ella estaba mirando su hoja muy concretada anotando hasta el ultimó detalle de todo lo que ella les había. Al percatarse que eras tu, cambio su semblante a uno más serio y duro. Pero podías divisar una pizca de cautela oculto en sus ojos.
“Hoy debo recibir a nuestros invitados mientras despiertan a Lord Zuko y Lord Iroh . . .” dejó de mirar su hoja con las tareas y te miró a los ojos. “Te harás cargo de Lord Zuko. Deberás hacerte cargo de preparar su ropa del día de hoy, preparar su baño antes de despertarlo y limpiar su habitación luego de ayudar con todo lo que necesite al despertar” seguía sin separar los ojos de los tuyos, intentando darte una advertencia. Pero sus ojos detonaban más nerviosismo que amenaza. Así que solo mantuviste una mirada seria hasta que ella desistió de su intento de ocultar su inquietud.
Tomaste las sabanas nuevas que te había cedido la Chambelan, objetos de higiene personal y la nota que te recordaba que ropa usaría hoy y algunas aclaraciones como “No vestir a Lord Zuko, no le gusta” o “Mirar a la pared o al balcón”. Luego de releer un par de veces, comenzaste a correr hacia la habitación de Lord Zuko. Mientras esquivabas a varios sirvientes, pensabas: tal vez ellos se preguntaban: ¿Por qué corrías por los pasillos como si la misma Azula estuviera a punto de alcanzarte con un rayo, si aun estaba todo oscuro?. Bueno sabias muy bien que un firebender se despertaba con los primeros rayos de luz, porque tu eras uno. Pero tu principal preocupación era no defraudar tu poco honor que te quedaba, haciendo las cosas mal. Debías hacer algo bueno en tu vida. Debías servir con todo lo que tenias a esta paz que trajo consigo el Avatar, Lord Zuko y su grupo, y preservarla ante cualquier cosa.
Llegas a la puerta de la alcoba de Lord Zuko sin aire, jadeando para que tus pulmones recuperen todo lo que perdieron lo más rápido posible. Te erguiste y les anunciaste a los guardias de tu llegada. Te dejaron pasar y te avisaron que debías ser rápida porque en unos minutos saldría el sol. Así que así lo intentaste.
La habitación estaba completamente en penumbras. Las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas y apenas una línea de luz se filtraba por debajo de las puertas. Te quedaste quieta en la entrada intentando entender las sombras que se formaban en frente tuyo, no podías distinguir los muebles, las paredes ni siquiera el suelo. Entonces comenzaste a trazar un plan.
No podías encender las lámparas. Eso lo despertaría. Ni abrir las ventanas o usar tu firebending, eso también lo despertaría.
“Perfecto” exhalaste nerviosamente y un pequeño humo salió de tu boca iluminando tu rostro por menos de unos segundos. Entonces cerraste la puerta con cuidado y avanzaste.
Un paso.
Dos pasos.
Tres pasos, pero este terminó contra una mesa.
El golpe no había sido fuerte, pero sí lo bastante preciso como para que un dolor agudo te recorriera la pierna. Apretaste los labios tan fuerte que se escucho un bufido en vez de tu queja. Mantuviste los puños cerrados mientras intentabas ignorar el dolor y decidiste continuar tanteando el terreno por la pared más cercana. Hasta que encontraste una puerta algo fría, el baño.
Te adentraste lo más rápido posible, cerraste la puerta detrás de ti y cerraste los ojos un minuto, inhalando y exhalando el mayor aire posible para calmarte ese nerviosismo. Luego manos a la obra. Comenzaste a llenar la bañera y preparar todo lo que necesitará Lord Zuko para su baño. Al terminar, te llevas al pecho las sabanas que nunca habías soltado desde que la Chambelan Minji te las había dado. Y vuelves a salir.
Primer paso terminado, ahora la ropa. Recordabas que la chambelán había mencionado un armario enfrente de la cama. Avanzaste lentamente y tropezaste con la misma mesa del principio pero lograste mantener el equilibrio esta vez. Hoy tus nervios te jugaban en contra, nunca hubieras tenido tal poco manejo de tu cuerpo en tu día a día. Pero ya no eras esa persona que se pasa día y noche entrenando, nunca más. Dejaste las sabanas sobre esa mesa, que al tantear te diste cuenta que era el tocador de Lord Zuko.
Y continuaste caminando a oscuras hasta chocar con algo que parecía una manija, una manija del armario. Al darte cuenta que no podías ver nada dentro de él decidiste usar una táctica que dijiste que no ibas a usar: tu firebending. Creaste una muy pequeña llama al rededor de tu dedo y comenzaste a revolver mientras tenias en mente las descripciones de las prendas en el papel que te habían dado.
Pero ni siquiera llegaste a revolver un par de prendas cuando una voz te interrumpió en tu arduo labor. “¿Está buscando algo?” Te diste rápidamente la vuelta y la pequeña llama, ahora paso a ser una grande durante unos segundos por tu susto. El fuego había iluminado una parte de la habitación. Lograste ver, por unos segundos, unos ojos dorados mirando en tu direccion. Estabas acabada.
“¡Señor del Fuego Zuko!” hiciste una amplia reverencia hasta el suelo. Zuko levantó una ceja, divertido pero confundido.
“No era necesario incendiar la habitación” espetó sarcásticamente con un sonrisa queriendo salir de sus labios pero era un tono muy serio como para entenderlo y no le veías la cara, entonces pensabas que estabas en problemas.
"No iba a incendiarla” replicaste y rápidamente fuiste a abrir las cortinas y ventanas.
“Parecía bastante convencida” dijo Zuko ahora con los brazos cruzados sobre su pecho desnudo sonriendo ampliamente.
“Me asustó” contestas con cautela mientras abrías una cortina y la luz te encegaba por unos segundos.
“Usted entró en mi propia habitación. ¿Y aun así parece sorprendida de encontrarme aquí?”. Volvió a usar su sarcasmo, ya mucho más divertido al ver que eres capaz de mantener una charla normal con él y no como las demás damas de compañía que solo se limitaban a mirar al suelo y asentir.
Te quedaste helada, no esperabas que te escuchara. Abriste y cerraste la boca mientras formulabas un plan de escape. No tuviste más remedio que decirle la verdad. Terminaste con las cortinas y hablaste sin darte la vuelta.
“Yo creí que estaba dormido” Zuko se estaba divirtiendo mucho con tu nerviosismo así que continuo con su espectáculo mañanero.
“Lo estaba pero . . .” inclinó su cabeza esbozando una sonrisa antes de mirarte. Tu acababas de darte vuelta y te diste cuenta que no tenia ninguna camiseta puesta. Estabas otra vez congelada pero con un leve rubor en tus mejillas y miraste al suelo rápidamente. Pero no queriendo perder tu dignidad le replicaste “Pero . . .” esperando pacientemente a que terminará la frase.
Zuko te miraba con esos hermosos ojos ámbar fijamente “Pero . . . alguien decidió declarar la guerra contra mi mesa” Era mentira esa afirmación. No había podido dormir bien, como todas estas ultimas noches, y te ha estado mirando en la oscuridad desde que entraste a la habitación. No era muy caballeroso de su parte quedarse espiando a su criada en su propia habitación en medio de la oscuridad pero le diste curiosidad.
“Fue un accidente, discúlpeme Señor del Fuego Zuko” hiciste una reverencia hasta ir rápidamente hasta el armario sacar por fin las prendas de ropa y dejárselas en los pies de su cama. Las arrojaste como si de saco de coles se trataran porque eran gigantescas y pesadas. Mantuviste tus manos sobre tus caderas aún a los pies de Zuko prácticamente, porque solo su cama los separaba a unos metros. Le sonreíste como él lo hizo hace unos minutos divertida y continuaste hablando:
“No hizo falta que se quedara observando, Mí Señor” Te diste la vuelta para que se cambiara pero se quedó un poco estupefacto durante un breve minuto por tus constantes respuestas. Luego se levantó y comenzó a dirigirse al baño. “Debemos apurarnos porque el Avatar y su grupo debe estar llegando en este momento al palacio” dijiste, esto si es una bomba de agua para Zuko. No habían acordado ninguna reunión pero no le importaba en lo más absoluto que sus amigos vinieran de imprevisto. Eran su familia, él siempre estaría feliz de recibirlos. Así que decidió dejar el baño a un lado y comenzar a cambiarse rápido.
Mientras él se cambiaba sus ropas, tú exhalaste muy despacio debido a tu nerviosismo. Hasta ese momento, no habías cumplido con lo esperado de las tareas que la chambelán te había asignado. Casi provocaste un incendio, despertaste al Señor del Fuego antes de tiempo y ahora venia tu prueba de fuego. Lo que ocasionaría un despido sin dudarlo: peinar al Señor del Fuego.
Tus ojos recorrieron la habitación hasta encontrar el cepillo sobre el tocado. Lo tomaste entre tus manos y observaste a Zuko, que ya estaba sentado en la silla enfrente al tocador esperando pacientemente a su dama de compañía.
Él parecía mucho más tranquilo ahora que sabía que el Avatar estaba a punto de llegar. La seriedad que intentó mantener durante toda la mañana se había suavizado de una forma extraña. Incluso había dejado de mirar de reojo los documentos que se acumulaban sobre su escritorio, como si la llegada inesperada de sus amigos le hubiera permitido olvidar, aunque fuera por unos minutos, todo lo que lo esperaba durante el resto del día.
“Mi Señor” comenzaste con cautela. Solo falta peinarlo. Tú permaneciste detrás de él, con el cepillo suspendido entre ambas manos. Habías peinado a unos cuantos nobles desde que comenzaste a trabajar en el palacio. Conocías lo justo y necesario para peinados en su día a día y sabías cómo acomodar el cabello sin desordenar sus adornos. Pero nunca habías tenido que preparar al Señor del Fuego.
Y, por alguna razón, aquello hacía que una tarea sencilla pareciera mucho más complicada.
Comenzaste por las puntas, pasando el cepillo con cuidado para no tirar de los mechones. Zuko permaneció en silencio frente al espejo, aunque notaste que sus hombros se tensaban cada vez que acercabas las manos a su cabeza.
Pensaste que quizá solo estaba incómodo por tenerte tan cerca. Pero, cuando encontraste un pequeño nudo, sus dedos se cerraron alrededor del borde de la silla.
“¿Está bien, Mi Señor?” dijiste y Zuko levantó la mirada hacia tu reflejo. Contestó con un rápido y seco Si. Entendiste esa reacción como nerviosismo y en vez de pasar el cepillo tomaste el mechón entre los dedos y comenzaste a desenredarlo lentamente.
“Si le estoy haciendo daño, puede decírmelo” él solo asintió dando una pequeña afirmación. Por fuera el rostro de Zuko era la paz misma pero tenia tenso en sus hombros. No solo estaba nervioso con que llegarás a tocar su cuero cabelludo o su cicatriz, él estaba nervioso por tu presencia misma. No lo entendía pero cada vez que las yemas de tus dedos rozaban su nuca le generaba un leve cosquilleo en esa zona que hacia que él mirará hacia sus manos totalmente contorsionadas y luego a tu hermoso rostro concentrado en está tarea ridícula.
Continuaste peinándolo con la misma paciencia. Poco a poco, sus hombros volvieron a relajarse. Cuando terminaste, acomodaste los últimos mechones y diste un paso hacia atrás. “Listo, Mi Señor”.
Zuko observó su reflejo durante unos segundos. Le dio un nervioso gracias mientras se aclaraba la garganta. Y allí se quedaron unos minutos mirándose por el espejo. Ninguno despego su mirada de las facciones del otro pero varias voces comenzaron a escucharse a lo lejos. La llegada de los visitantes había convertido los pasillos en un ir y venir de sirvientes y guardias.
Zuko fue el primero en romper ese pequeño momento que tuvieron, se puso de pie y volvió a su seriedad con la que había comenzado la mañana pero más relajado que antes. Incluso la pesadez de no haber dormido desapareció casi por completo. Se dirigió hacia las puertas con una rapidez que habría resultado poco apropiada para una recepción oficial.
“Están en la entr . . .” intentaste recordarle pero Zuko ya había salido. Fuiste rápidamente a la puerta de la habitación y lo viste avanzar por el corredor y girar hacia la derecha.
“¡Mi Señor!” le gritaste. “¡La entrada está hacia el otro lado!”
Zuko se detuvo en seco. Hubo un breve silencio. Y después regresó sobre sus pasos y tomó el pasillo de la izquierda.
“Lo sabía” te respondió con un grito también sin mirarte. Tu soltaste un risa que intentaste contener frente a los guardias. Él avanzó unos pasos más antes de detenerse otra vez, se dio vuelta y te dió, otra vez, las gracias. Y continuó caminando, esta vez en la dirección correcta.
Te quedaste sola frente a las puertas abiertas, con el cepillo todavía entre las manos. Por unos segundos, el Señor del Fuego no se había parecido a la figura solemne de los retratos oficiales.
Se había parecido a un joven. Y, de una manera extraña, feliz.
Guardaste el cepillo y comenzaste a ordenar la habitación. Acomodaste las mantas de la enorme cama, cerraste los recipientes que habías utilizado para preparar el baño y recogiste las prendas que Zuko había dejado sobre una silla. Cuando terminaste solo habían pasado varios minutos, así que saliste al corredor en busca de nuevas instrucciones.
Sin embargo, apenas habías avanzado unos metros cuando te encontraste con varios sirvientes caminando hacia el patio interior. Algunos cargaban grandes recipientes de agua; otros llevaban pilas de toallas limpias, tablas de madera y pesadas placas de metal. Dos jóvenes intentaban transportar una estructura de entrenamiento que parecía demasiado grande para ambos.
“¿Necesitan ayuda?” preguntaste. Uno de ellos levantó la mirada. “Nos pidieron preparar el patio. El Señor del Fuego Zuko y sus amigos quieren entrenar antes del almuerzo”.
Sin nada más que decir, te acercaste y tomaste uno de los extremos de la estructura sin esperar otra respuesta. Entre los tres lograron llevarla hasta el patio, donde varios guardias ya acomodaban los objetivos de práctica y retiraban cualquier objeto que pudiera estorbar.
El lugar había cambiado por completo. Durante la mañana había permanecido vacío y silencioso, rodeado únicamente por los altos muros del palacio. Ahora estaba lleno de sirvientes, guardias y algunos funcionarios que se habían acercado con la excusa de supervisar los preparativos.
Pero nadie parecía estar allí para supervisar o incluso ayudar. Todos querían ver a lo héroes entrenar.
Terminaste de acomodar las últimas toallas junto a una fuente y te reuniste con los demás sirvientes cerca de uno de los corredores. Desde allí podían observar el patio sin interrumpir el entrenamiento.
La primera en aparecer fue una joven de cabello oscuro, vestida con ropas azules de la Tribu Agua. Caminaba junto al Avatar mientras hablaban animadamente. Detrás de ellos venía un hombre de aspecto alto y fuerte, con un boomerang apoyada sobre el hombro. Tenia una expresión tan relajada que parecía haber llegado al palacio para disfrutar de unas vacaciones. La última era una joven pequeña, de cabello negro, increíblemente tonificada con estructuras metálicas por su rostro y brazos.
Las conversaciones comenzaron casi de inmediato. Algunos sirvientes señalaban discretamente a Aang. Otros comentaban que Katara era mucho más joven de lo que imaginaban. Varias de las damas de compañía parecían especialmente interesadas en Sokka.
No tardaron en darse cuenta de que los visitantes masculinos habían comenzado a quitarse las prendas más pesadas. Aang dejó a un lado su túnica exterior. Quedando con la mitad de su pecho al descubierto. Sokka se quitó la camiseta con una naturalidad que provocó varios murmullos entre las jóvenes cercanas. Zuko apareció poco después y comenzó a desabrochar las capas de su ropa ceremonial. Las jóvenes también dejaron a un lado las capas y las prendas más pesadas para poder moverse con libertad.
El patio se quedó extrañamente silencioso. No solo porque los presentes nunca hubieran visto a hombres sin camiseta o mujeres tonificadas. Sino porque, hasta ese momento, la mayoría solo conocía a aquellas personas a través de pinturas, relatos y estatuas. Pero allí estaban. Sudados, despeinados y discutiendo sobre quién había ganado el último entrenamiento.
“Te gané” dijo Toph.
“Eso no cuenta” respondió Sokka. “Usaste una pared”
“Una pared que tú no viste venir” dijo Toph con una sonrisa de suficiencia.
“Porque estaba detrás de mí y además luego te di con mi boomerang” replicó Sokka apuntándole el boomerang a Toph.
Ambos para validar su punto gritaron al unisonó “Exactamente”.
Aang comenzó a reír y Zuko apareció a su lado y le dio un pequeño golpe en el hombro. “¿Van a entrenar o van a seguir discutiendo?”
“Yo estaba esperando a que llegaras” respondió Aang.
“Llegué hace varios minutos” contestó Zuko.
“Sí, pero te tardaste bastante en tu habitación y luego comenzaste a hablar con Iroh” Zuko miró hacia el corredor. Iroh se encontraba sentado bajo la sombra, acompañado por una tetera y una taza que parecía haber preparado antes de que el entrenamiento comenzará.
“Pero luego los recibí rápidamente . . .” Sokka lo interrumpió.
“Nos abrazaste durante casi diez minutos” lo señaló con su boomerang.
“No fueron diez minutos” Zuko intentó defenderse.
“Fueron doce en realidad” dijo Toph.
Zuko abrió la boca para responder, pero terminó riéndose. Fue una risa breve. Casi imperceptible. Sin embargo, te dejó inmóvil. Zuko estaba relajado. No había funcionarios esperándolo. No tenía documentos entre las manos. No necesitaba elegir cada palabra antes de hablar. Por unos momentos, parecía haber olvidado que era el Señor del Fuego. Y sus amigos también parecían notarlo.
Incluso Iroh lo notaba. Él observaba desde la sombra con una sonrisa tranquila. No era solo un grupo de héroes que terminaron una guerra que duró 100 años. Eran una familia.
El entrenamiento comenzó sin ninguna advertencia. Aang fue el primero en moverse.
Una fuerte corriente de aire recorrió el patio y levantó varias hojas del suelo. Zuko se apartó antes de que el ataque pudiera alcanzarlo y respondió con una rápida y gran llamarada parecida a un látigo que iluminó las paredes del palacio. Aang saltó sin dudarlo.
Los espectadores retrocedieron. Algunos soltaron pequeñas exclamaciones.
La pelea no tenía nada que ver con las demostraciones formales que los maestros realizaban durante las ceremonias. No había movimientos lentos ni posiciones cuidadosamente preparadas. Todo ocurría demasiado rápido.
Aang saltaba de una pared a otra, impulsado por corrientes de aire. Zuko lo perseguía con ráfagas de fuego que se desviaban intencionalmente antes de llegar a él. Cada movimiento parecía anticipar el siguiente. A veces lograban golpearse. Otras terminaban rodando por el suelo mientras discutían entre risas.
Katara se unió poco después. El agua de las canastas se elevó detrás de ella y recorrió el patio como una serpiente. Zuko tuvo que agacharse para evitarla, mientras Aang utilizaba el aire para impulsarse por encima de ambos.
El grupo de sirvientes comenzó a hablar entre susurros. Algunos observaban la fuerza de Katara. Otros seguían los movimientos de Aang. En cambio, las jóvenes damas de compañía apenas podían apartar la mirada de los hombres. Y era totalmente comprensible. La agilidad con la que se movían resultaba casi hipnótica. El esfuerzo había dejado gotas de sudor sobre sus hombros y sus movimientos revelaban años de entrenamiento. Incluso cuando bromeaban, cada uno parecía saber exactamente dónde se encontraban los demás.
Pero tú apenas podías apartar la mirada de Zuko. Por la forma en que el fuego iluminaba su piel. Por la fuerza con la que bloqueaba los ataques. Porque incluso sonreía y parecía más joven aún. Todo sobre él te era tan hipnótico que el calor comenzó a subirte al rostro y tuviste que apartar la mirada antes de que alguien notara el rubor.
Aang logró derribar a Zuko utilizando una ráfaga de aire. Zuko cayó cerca de un árbol del jardín interior y permaneció allí durante unos segundos. Toph derribó al Avatar hacia uno de las esquinas del patio con una piedra enorme. Luego levantó varias paredes de tierra que obligaron a todos a cambiar de dirección. Sokka intentó atravesarlas utilizando una de las espadas de entrenamiento y terminó atrapado detrás de un enorme bloque.
“¡Necesito ayuda!” gritó intentando safarse de las piedras.
“Chicos, ¿Alguno escuchó algo? ¿Tienes una Rokka parlanchina en este palacio Zuko?” respondió sarcásticamente Toph.
Las risas volvieron a recorrer el patio. Tú también sonreíste. Te diste cuenta de que Zuko seguía en el suelo pero ahora riéndose más fuerte que antes. Cuando se levantó lograste atrapar su mirada que se desvió unos segundos a donde estabas. Y, por unos instantes, olvidaste que estabas allí para trabajar. Pero algo llamó tu atención.
Un sonido lejano. Demasiado bajo para que los demás parecieran notarlo.
Levantaste la mirada hacia el cielo. Al principio no viste nada, solo algunas nubes moviéndose sobre las torres del palacio. Pero el sonido volvió a escucharse. Esta vez fue más fuerte como un ruido metálico. Parecía ser el giro constante de varias hélices. Tu sonrisa desapareció.
El entrenamiento continuaba, Zuko acababa de esquivar un ataque de Katara y Aang se preparaba para intervenir otra vez. Ninguno había mirado hacia arriba. Tú sí. Y comprendiste que algo se acercaba al palacio desde las nubes.
Entonces una sombra cruzó el suelo.
Levantaste la cabeza y un dirigible apareció entre las nubes. No parecía enemigo pero volaba demasiado bajo para tu gusto. Y además parecía dirigirse directamente hacia el palacio.
“¡Mi Señor!” Tu voz atravesó el patio urgente sobresaltando a todo el mundo. Zuko se volvió hacia ti al mismo tiempo que los demás y señalaste el cielo.
“¡Arriba!” gritaste y saliste del techo que cubría al pasillo para confirmalo. Si era un dirigible enemigo. La nave no llevaba los símbolos de la Nación del Fuego y tampoco reconociste ninguna insignia de las otras naciones. Pero viste algo que hizo que tu estómago se tensara.
Varias figuras se encontraban sobre la cubierta. Todas vestían ropas oscuras y todas sostenían armas.
Aang fue el primero en comprender. Su expresión cambió apenas vio la aeronave. El tono relajado desapareció de su rostro y, en cuestión de segundos, todo el Equipo Avatar adoptó una postura defensiva.
“Eso no estaba en el programa de hoy” murmuró Sokka.
El dirigible descendió por encima de las murallas. Los guardias comenzaron a correr para disparar al dirigible y varios sirvientes se apartaron del corredor y ayudaron a otros a buscar refugio dentro del palacio. Las damas de compañía retrocedieron entre gritos, algunas estaban aterrorizadas en sus lugares y otras intentando alejarse del patio.
El primer proyectil cayó sobre el patio. No explotó. De hecho, varias personas dieron una exhalación de alivio al ver que eso no pasó pero luego de unos segundos liberó una espesa nube de humo que se extendió con rapidez. Los presentes comenzaron a toser y correr, los guardias perdieron de vista las entradas y al dirigible.
Aang levantó ambas manos y una fuerte corriente de aire atravesó el patio y dispersó parte de la nube.
“¡Evacúen el lugar!” gritó Katara.
Tú ayudaste a una de las jóvenes que había tropezado cerca de las escaleras y la acompañaste hasta el interior del palacio. Cuando te aseguraste de que estaba a salvo, regresaste hacia el corredor. El ataque ya había comenzado. Varias cuerdas descendieron desde el dirigible. Los hombres y mujeres vestidos de negro se deslizaron por ellas y llegaron a los tejados. Algunos intentaron entrar por las torres; otros avanzaron directamente hacia el patio.
Zuko se interpuso entre ellos y los sirvientes que todavía no habían conseguido escapar. Una llamarada atravesó el aire y los atacantes se dispersaron.
“¡Aang!“ llamó preocupado, pensaba que su amigo era el único blanco de esta invasión. Era el Avatar siempre buscaban vencerlo. Pero en realidad, lo comprendiste justo cuando uno de ellos apareció detrás de una columna, buscaban tanto a Aang como a Zuko.
“¡Zuko!” El nombre se te escapó de tus labios antes de que pudieras detenerlo. Él se volvió hacia ti y el atacante levantó el brazo. Una hoja metálica conectada a una cadena de metal salió disparada hacia el Señor del Fuego. No pensaste. Tu cuerpo se movió antes de que pudieras decidirlo.
Extendiste una mano y el calor apareció. Tomaste la cuchilla con tu mano derecha cortándola y con tu mano izquierda empujabas a Zuko lejos de allí.
El metal se volvió rojo. Y traspasó ese calor infernal que emanaba tu palma a la mano de tu enemigo. Él grito fue desgarrador. Llegaron más a tu encuentro, eran cinco hombres rodeándote. Tomaste la cadena aún hirviendo, quemándote la piel y como si de agua se tratase balanceaste el fuego al rededor de tus enemigos haciendo que todos saltaran. Y la cadena con la cuchilla siguio el mismo movimiento y a uno por uno fue cortando sus talones profundamente, dejándolos fuera de combate.
Continuaste balanceando este fuego dando volteretas, usando al fuego como si fuera un mar vivo de llamas ardientes, como paredes de roca solida para inmovilizar a los atacantes contra las paredes del palacio y ahora lo usabas para volar. No era un vuelo como lo haría un Airbender, lo usabas a la manera del Avatar Kyoshi: creabas pequeñas explosiones bajo tus pies como “escalones” de fuego que te impulsaban en el aire. Obviamente te quemaste los pies también pero no era momento de pensar en el dolor, tenias que salvarlo. Sacando a lo agresores de aquí.
Subes al tejado más cercano y recorres el panorama. Ya habían sido inmovilizados casi todos los agresores por el equipo Avatar. Buscaste a Lord Zuko por todas partes hasta encontrarlo con su tío luchando contra cuatro agresores a la vez. Ellos estarían bien, cuatro hombres no son nada para el Dragon del Oeste y el Fire Lord unidos.
La misma sombra comienza a moverse, el dirigible estaba escapando. Pero a duras penas, tenia una de las hélices humeando. Seguramente una bola de fuego alcanzo al dirigible. Rápidamente buscaste al Avatar con tu mirada.
“¡Avatar!” gritaste urgentemente.
El Avatar buscó a la voz que lo llamaba y te encontró señalando al cielo.
“¡Las personas!” gritaste de nuevo y allí Aang entendió todo. No podía parar el dirigible a tiempo, tenia que salvar a la gente que quedaba.
La nave comenzó a girar. Una parte de la estructura se desprendió y cayó sobre uno de los tejados. Los guardias se apartaron justo a tiempo. Retrocediste varios pasos, otra ola de fuego y de energía descendió hacia el suelo y el aire a tu alrededor comenzó a temblar. El calor se extendió por las tejas, formando pequeñas marcas oscuras donde habías apoyado los pies ardientes.
“¿Qué está haciendo?” Zuko frunció el ceño. Y saltaste.
La primera explosión te impulsó varios metros por encima del tejado. Los presentes levantaron la mirada. Antes de comenzar a caer, volviste a extender las piernas y otro escalón fue formado por aire caliente transformándose en fuego. El impulso te elevó todavía más.
No estabas volando. Cada movimiento te obligaba a corregir la dirección y a calcular dónde caerías. El calor subía por tus piernas y te quemabas cada vez más las plantas de tus pies. Pero continuaste igual.
Zuko al ver aquello, ante su desesperación, saltó. Se impulsó con su mismo fuego tanto en sus manos y pies. Hasta llegar al tejado. Él sabia que no llegaría más lejos que eso. Por eso estaba preocupado, no llegaría hasta tí.
Varias personas se encontraban atrapadas sobre la cubierta. Aang aceleró y tú comenzaste a ir venir con una persona en tu espalda para lanzarla sobre el tejado y luego volver a rescatar a más gente.
Desde el tejado, Zuko observaba cómo ambos desaparecían entre las nubes y volvían a aparecer con gente sobre los hombros. No sabía qué estaba ocurriendo. No sabía quién eras. Lo único que sabia era que esa misma mañana, habías entrado en su habitación intentando no despertarlo. Y ahora estabas atravesando el cielo junto al Avatar para salvar a gente que intentaron matarlo a él y a su amigo.
La primera explosión alcanzó el costado del dirigible. No fue lo bastante fuerte para destruirlo pero sí para modificar su dirección. Aang aprovechó el impulso y creó una enorme corriente de aire debajo de la nave. El dirigible dejó de caer durante unos segundos.
Eran muchas personas que salvar, entonces creaste un plan que rezabas a los espíritus que funcionara. Aterrizaste sobre la cubierta unos segundos así le contabas tu plan a Aang, mientras él seguía equilibrando el dirigible son su Airbending.
“¿Cuál es el plan?” te preguntó apurado y gritando. El dirigible baja cada vez más hacia una montaña y él tenia menos fuerza.
Con una voz decisiva y firme le contaste el plan: “Yo retendré su dirección con mi fuego y antes de que consuma todo lo inflamable, tu deberás crear una nube gigantesca para que las personas salten y lleguen sanas a tierra”
“Eso no es un plan, es algo suicida” grito Aang, no solo estaba preocupado por los asaltantes. Estaba preocupado por todo el desgaste físico que debías estar aguantando.
“Es un comienzo” le replicaste y antes de discutir comenzaste a actuar. Saltaste y mientras mantenías el equilibrio con tu pies de fuego, quemaste muy despacio todo el dirigible. Obligando a los tercos que no querían salir de la nave a saltar a la nube tobogán que había creado Aang hasta el patio del palacio.
Allí Toph, Katara y Sokka recibían a los asaltantes y los apresaban junto a los guardias.
Zuko te vio allí, cada vez más débil. Entonces él desesperadamente le hizo señas a Aang hacia ti, para que lo haga volar para ayudarte con tu tarea. Y eso hizo. Zuko dio un salto de la misma forma como el saltó al tejado que dio antes y Aang lo llevó hacia ti en una nube donde ambos pudieran sostenerse. Con tanto esfuerzo y cansancio saliendo del cuerpo de Aang, este activó su estado Avatar.
“¡Señor debería irse, ahora!” le gritaste enojada.
“No te dejaré sola, tu me ayudaste. Ahora yo te ayudo” le grito Zuko. Le sonrió lo más sincero posible y colocó una mano por tu cintura y otra expandiendo el fuego por la nave.
Estabas locamente nerviosa por ese hombre y más por esa mano que te rodeaba con total firmeza. Entonces diste lo ultimo que te quedaba para terminar esta extraña misión.
Cuando el último grupo logró abandonar el dirigible, los tres se alejaron de la nave antes de que las llamas consumieran por completo la estructura. El cielo se iluminó durante unos segundos con el fuego resplandeciente y la ceniza cubriendo todo por todas partes.
Después, el dirigible cayó lejos del palacio y Aang los sostuvo con una corriente de aire hasta que Zuko utilizó el fuego para amortiguar el último tramo del descenso. Aang apenas tocó tierra firme se desplomó entre los brazos de Katara.
Apenas tus pies tocaron el suelo, tu cansancio te hizo tambalear pero Zuko te sostuvo antes de que pudieras caer.
“Te tengo, tranquila. Está todo bien” murmuró más para si que para ti.
Intentaste apartarte. “Estoy bien, Mi Señor” pero las palabras perdieron fuerza cuando el cansancio volvió a nublarte la vista. El dolor de las quemaduras subía desde tus pies y se extendía por todo el cuerpo. A tu alrededor, los guardias reducían a los últimos asaltantes. Sokka ayudaba a trasladar a los heridos hacia el interior del palacio, mientras Toph permanecía cerca de los prisioneros, atenta a cualquier intento de escape.
Nadie pareció reparar en que Zuko todavía te sostenía. Nadie, excepto Iroh.
El general se acercó con paso lento. Su mirada descendió hasta las marcas de fuego que cubrían tus pies y se detuvo en las quemaduras de tus manos. Después observó los restos del dirigible, aún humeantes a la distancia. Habías utilizado hasta la última de tus fuerzas para mantener aquella nave lejos del palacio. Iroh se detuvo frente a ustedes. Durante unos segundos, no dijo nada.
Zuko levantó la mirada. La preocupación por tu estado comenzó a mezclarse con una creciente impaciencia al ver que su tío permanecía allí, observándote en silencio.
“¡Tío, necesita ayuda!” exclamó.
El grito llamó la atención de quienes se encontraban cerca. Dos médicos corrieron hacia ustedes, pero Iroh no apartó la mirada. Por primera vez desde que habías llegado al palacio, la expresión tranquila de su rostro desapareció. Te observó como si intentara reconocer a alguien que pertenecía a un recuerdo demasiado lejano. Entonces inclinó la cabeza.
“General Sora”
El patio quedó en silencio. Zuko se tensó.
Tú intentaste enderezarte, aunque el cansancio hacía cada vez más difícil mantenerte en pie. La mano de Zuko se afirmó alrededor de tu cintura para impedir que perdieras el equilibrio. Aun así, inclinaste ligeramente la cabeza.
“Dragón del Oeste” murmuraste. “Es un honor volver a verlo”
Una sonrisa apareció en el rostro de Iroh. “Me alegra saber que todavía recuerda a sus antiguos compañeros”
Intentaste devolverle el gesto, pero la neblina que cubría tu visión comenzó a extenderse por todo tu cuerpo. El ruido del patio se volvió distante y las voces a tu alrededor perdieron claridad.
Tus piernas finalmente cedieron y Zuko te sostuvo antes de que tocaras el suelo.
Un grito de parte del Señor del Fuego fue lo último que escuchaste antes de que todo se volviera oscuro.
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