Lazos
Sobre lazos:
A Grecia siempre le habían gustado los lazos en el cabello, los blancos que su madre le ponía para ir a la primaria y los verdes que le daba para la secundaria, como uno de los tres colores de su bandera. Los lazos a veces se le resbalaban cuando corría o cuando se agachaba al tocar la guitarra. Pasó el tiempo y seguía yendo a la mercería a comprarse lazos, le gustaba ver cómo los medían en la regla, cómo los cortaban, el mundo de las telas, las vendedoras con sus mandiles. A veces le gustaba dejar que su gatita jugara con ellos, le gustaba leer historias sobre cómo el destino se tejía: se entrelazaba. Cuando tuvo su primer corazón roto, se preguntó si los problemas eran como lazos con nudos, como los nudos en la cabeza. ¿Hay tijeras para cortarlos? ¿Hay cintas para medirlos?
En la adultez empezó a dejar lazos en los libros, se le olvidaban en sus pantalones antes de lavarlos, en el camión, en su jardín favorito al que llegaba después de un mal día en el trabajo y en el baño en el que se encerraba a llorar cuando su esposo e hijos la despreciaban. Pensó en la historia del hilo rojo y fue a la mercería, miró que las vendedoras cada vez envejecían más y esta vez pidió lazos rojos, lazos que usó esperando algo, algo que no llegaba: su propia historia, alguien que le gustaran sus lazos, sus nudos, desanudar e ir dejando lazos en la calle, en la cama, en las azoteas. Y luego se recordó que el rojo era uno de los tres colores de su bandera.
Mónica Castro















