El valor no es no tener miedo, es avanzar aunque él camine a tu lado; y es Dios quien sostiene cada paso que das.
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El valor no es no tener miedo, es avanzar aunque él camine a tu lado; y es Dios quien sostiene cada paso que das.
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Tudo que tenho em mim
Eu entreguei a ti
Quisera eu ter filtrado meus
Medos, inseguranças, vaidades...
E te entregado somente
Paixão, ternura e honestidade...
Me repartido em partes...
Guardado as partes feridas bem longe da gente ou ao menos se não tivesse as...
EMBRULHADO PARA PRESENTE!!!
"Las Sombras del pasado"
En las sombras del pasado, en silente calma, yacen recuerdos que el tiempo no desarma, huellas profundas, marcadas en el alma, historias vividas que aún encuentran su trama.
En el telar del ayer, tejimos sueños dorados, pero también enfrentamos días nublados, cicatrices y heridas en lo más profundo, pero aún así, emergimos con el mundo.
Las sombras del pasado, como un eco persistente, nos hablan de momentos, de luchas y coraje, nos muestran que somos más fuertes de lo que parece, que la resiliencia es nuestro mayor equipaje.
Las cicatrices son símbolos de batallas ganadas, de lecciones aprendidas en noches estrelladas, caminamos con orgullo, con pasos decididos, porque el pasado nos forja, nos hace resilientes.
Las sombras del pasado no nos hacen prisioneros, sino que nos dan alas, somos verdaderos guerreros, cada desafío, cada obstáculo superado, nos ha convertido en lo que somos, en el presente anhelado.
Así, en la penumbra de la historia vivida, encontramos la fuerza para seguir la vida, las sombras del pasado, con su toque de nostalgia, nos recuerdan que somos la luz en nuestra propia biografía.
En las sombras del pasado, hallamos la razón, para buscar la luz en cada nueva estación, cada amanecer es una oportunidad dorada, para dejar atrás las penas, seguir la jornada.
Los errores cometidos, los fracasos vividos, son piedras en el camino que nos han dirigido, hacia la fortaleza que llevamos adentro, un tesoro oculto, un poder siempre sincero.
Los recuerdos dolorosos, como hojas en el viento, nos enseñan que el sufrimiento es solo un aliento, un impulso para crecer, evolucionar, y descubrir en nosotros la capacidad de amar.
Así, en las sombras del pasado, hallamos el arte, de transformar las penas en una nueva parte, de nuestra historia, una lección valiosa, que nos guía con firmeza hacia la senda hermosa.
La resiliencia florece como una flor en la tormenta, nos muestra que el alma humana es resistente, y en cada página escrita en el libro de la vida, las sombras del pasado son la luz compartida.
Así avanzamos, con la esperanza como guía, en este viaje que es la vida, día a día, las sombras del pasado, un recordatorio fiel, de que somos capaces de sanar y renacer en nuevo papel.en otro guion protagonista de una novela quizas nunca acabada,pero si soñada.
En el lienzo del tiempo, somos autores y artistas, tejiendo historias con momentos que resisten, las sombras del pasado, aunque a veces duelen, nos muestran que en el corazón humano, la fuerza siempre prevalece.
Reflexiones sobre el Amor: Un Viaje en el Laberinto de las Relaciones Humanas
En el inescrutable laberinto de las relaciones humanas, el amor surge como un enigma en constante evolución. Ha sido llamado por muchos nombres, pero en su esencia, es un viaje tumultuoso y desafiante. Cuando nuestros corazones anhelan la perfección desde el primer encuentro, nos enfrentamos a una quimera. ¿Puede el amor nacer en el terreno de la maldad?
El razonamiento sugiere que sí, que el amor se forja en la fragua de la experiencia. En el principio, existe la esperanza de encontrar a alguien que, desde el primer instante, comprenda el arte del cuidado y el compromiso eterno. Pero en este escenario, la probabilidad de éxito se desvanece ante la realidad humana. Todos somos imperfectos, capaces de bondad y maldad.
En ese primer amor, en esa primera relación, en mi vida pasada, lo vi claramente. Ocho años compartidos con mi mejor amiga, la que fue mi única compañera, se transformaron en un recuerdo de la maldad inherente a la humanidad. Aunque prometimos ser amigos para siempre, el tiempo se encargó de quebrar esa promesa. Ahora, solo nos cruzamos como extraños en una calle desierta, intercambiando saludos forzados.
El amor, en su naturaleza intrínseca, es efímero. Las expectativas enraizadas en la perfección están condenadas a la decepción. Los seres humanos olvidan, resuelven sus corazones y, finalmente, se rinden. Olvidar y rendirse, estas son las lecciones inquebrantables de la travesía amorosa. Y si aspiramos a amar auténticamente, debemos aprender a conocernos, a resolvernos.
No podemos cambiar a los demás, pero sí podemos transformarnos a nosotros mismos. Si nos enfrentamos a una persona maliciosa, debemos aprender a disfrutar de la lucha. El amor, en su núcleo, es una batalla constante. La paz es un ideal, pero cuando se trata de una guerra inevitable, no podemos ser amables con el enemigo.
Los humanos anhelan ser admirados, ser vistos como genios o amables, pero es un juego peligroso. No dejes que la benevolencia te debilite en una relación con alguien malicioso. En el arte de las citas, el guapo perderá contra el inteligente y el inteligente contra el imbécil. Al final, el que conquistará el amor será aquel que sea hermoso e inteligente pero también un imbécil, un individuo que ha abrazado su humanidad.
Este es un amor que no se encuentra en los cuentos románticos, pero es el que se despliega en la vida real. El amor se siente con el corazón, pero está condicionado por nuestras experiencias y elecciones. Enamorarse a primera vista es una ventana a la vida pasada de alguien, a su historia grabada en su ser.
El amor es complicado, es un laberinto intrincado de emociones y desafíos. El pasado, los errores y las lecciones nos guían en nuestro viaje hacia el amor verdadero. Las expectativas de la perfección deben ceder ante la realidad de la humanidad. El amor, a pesar de su complejidad, es el más valioso tesoro que los seres humanos pueden encontrar en este vasto y enigmático mundo.
-Soliloquios
El abuelo...Trinidad, Cuba por Jose Antonio Rey Por Flickr: Recuerdos del abuelo Nos sorprendió la llamada en una mañana mientras Laura y yo buscábamos otros lugares de Trinidad para fotografiar, el abuelo y su nieta sentados frente a la casa. El abuelo nos llamó y con voz serena me conto que tenia mas de 100 años y que había vivido numerosos momentos a lo largo de su vida, que sus abuelos fueron esclavos y su padre luchó junto a los mambises. La nieta escuchaba sin mucha atención, esa historia que conocía de antes. Luego de un rato conversando nos despedimos y me sentí tan agradecido. Su sonrisa y fuerza permanecen en mi memoria.

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“Durante 17 años fui profesor y no sabía leer ni escribir”
Traducción de: Elżbieta Bujakiewicz
John Corcoran creció en el Estado de Nuevo México, Estados Unidos, durante las décadas de 1940 y 1950. Es el mayor de seis hermanos. Terminó la secundaria, se fue a la universidad y se graduó de profesor en la década de 1960, profesión que ejerció durante 17 años. Pero como lo cuenta en este artículo, mantuvo un secreto extraordinario.
Cuando era niño, mis padres me decían que era un ganador y, durante los primeros seis años de mi vida, les creía. Tardé en hablar, pero fui a la escuela con toda la esperanza de aprender a leer como mis hermanas. Al comienzo, las cosas iban bien porque no nos exigían tanto, sólo a pararnos en fila, sentarnos, hacer silencio e ir al baño cuando tocaba.
Ya en segundo grado, se suponía que íbamos a aprender a leer. Pero para mí era como abrir un diario en chino: no entendía lo que eran esas líneas. A los seis, siete, ochos años no sabía cómo expresar el problema. Recuerdo que rezaba por la noche diciendo, «por favor, Dios, haz que mañana sepa cómo leer cuando despierte» y a veces, prendía la luz, agarraba un libro y miraba a ver si el milagro ocurría, pero no. En la escuela, terminé en «la fila de tontos» con un montón de otros niños quienes estaban teniendo dificultades para aprender a leer. No sé cómo llegué a parar ahí, cómo salir y, ciertamente, no sabía qué preguntar. El profesor no lo consideraba así. No había maltrato o algo por el estilo, pero los niños lo llamaban la fila de tontos. Y cuando estás en esa fila de tontos, empiezas a creer que eres un tonto.
En las reuniones de maestros, mi profesor dijo a mis padres, «es un niño listo, ya aprenderá» y pasé a tercer grado. «es un niño listo, ya aprenderá» y pasé a cuarto grado. «es un niño listo, ya aprenderá» y pasé a quinto grado. Pero no estaba aprendiendo.
Cuando pasé a quinto grado, básicamente me he dado por vencido en cuanto a la lectura. Me levantaba todos los días, me vestía, iba a la escuela y era como ir a la guerra. Detestaba el curso. Era un ambiente hostil y tenía que encontrar la manera de sobrevivir. En séptimo grado, iba a la dirección gran parte del día. Me metía en peleas, era rebelde, un payaso, inquieto. Me expulsaron. Pero ese comportamiento no reflejaba lo que sentía dentro de mí: no era quien quería ser. Quería ser alguien más, tenía el deseo de triunfar, quería ser un buen alumno, pero no pude.
Cuando empecé la secundaria, me cansé de sentirme avergonzado y avergonzar a mi familia. Decidí que me iba a comportar: si te portas bien en el colegio, puedes manejar el sistema, así que iba a ser el favorito del profesor y hacer todo lo necesario para aprobar las materias. Quise ser un atleta: tenía habilidades atléticas y matemáticas. Podía contar dinero y dar el cambio; incluso antes de que fuera a la escuela, aprendí las tablas de multiplicar. También fui socialmente hábil. Me pasaba con jóvenes de la universidad, salí con la estudiante más destacada que tuvo el honor de dar el discurso en la ceremonia de graduación. Salí rey de la ceremonia inaugural del colegio. Tenía a personas, sobre todo chicas, quienes me hacían la tarea. Podía escribir mi nombre y había algunas palabras que podía recordar, pero no podía redactar una oración. Estaba en la secundaria y leía como si estuviese en segundo o tercer grado. Y nunca le dije a nadie que no sabía leer.
Cuando estábamos en evaluación, miraba la hoja de mi compañero o le pasaba la mía y resolvían las consignas por mí; era bastante sencillo: tramposo aficionado. Pero cuando entré a la facultad con una beca de atletismo completa, era otra cosa. Pensé: «¡Dios mío! Esto es demasiado para mí. ¿Cómo voy a poder sobrevivir a esto?»
Pertenecía a un grupo social universitario que tenían las copias de exámenes antiguos. Esa fue una forma de hacer trampa. Intenté tomar clases con un compañero, alguien quien me ayudaría a pasar. Había profesores que tomaban las mismas evaluaciones todos los años. Pero también tuve que recurrir a cosas más ingeniosas y atroces. En un examen, el profesor dio cuatro consignas en el pizarrón. Yo estaba sentado atrás del salón, cerca de la ventana, detrás de los estudiantes más grandes. Con cuidado copiaba las cuatro consignas del pizarrón en un cuaderno azul que tenía. No sabía lo que decían esas preguntas. Había quedado con un amigo mío que estaría del otro lado de la ventana. Él era, probablemente, el chico más inteligente de la escuela, aunque también era tímido y me ha pedido que le arreglara una cita con una chica llamada Mary, con quien quiso ir al baile de primavera. Le pasé mi cuaderno azul por la ventana y él contestaba las preguntas por mí. Tenía otro cuaderno azul debajo de mi camisa, la saqué y hacía como que estaba escribiendo. Rogaba que mi amigo pueda pasarme el cuaderno y que contestara todo bien. Estaba desesperado. Necesitaba pasar las materias. Estaba en el horno.
Hubo otro examen que no pude descubrir cómo iba a pasar. Una noche, fui a la oficina del profesor a medianoche, cuando no estaba allí. Abrí la ventana con un cuchillo y entré como un ladrón. Ya me he pasado de la raya, no sólo era un estudiante que copiaba, también era un criminal. Entré y busqué el examen. Tenía que estar en la oficina, pero no podía encontrarlo. Una noche, alrededor de las una de la madrugada, traje conmigo a tres de mis amigos y fuimos para la oficina. Sacamos un archivo de cuatro cajones, lo metimos en el auto y lo llevamos al apartamento de la facultad.
Quedé con un cerrajero para que viniera. Me puse un saco y la corbata para hacerme pasar por un joven empresario que partía a Los Ángeles al siguiente día, mientras el cerrajero me estaría salvando el trabajo de abrir el archivo. Lo abrió, me dio la llave y, en efecto, para mi gran alivio había más de cuarenta copias del examen (formato de opción múltiple) en el cajón de arriba de los archivos. Llevé una copia a mi habitación, donde uno de mis compañeros «inteligentes» hizo un machete con todas las respuestas correctas. Regresamos el archivo y, a las cinco de la mañana, estaba subiendo a mi habitación y pensaba: «¡misión imposible, cumplida!» y me sentía bastante bien por lo listo que era. Pero luego de subir las escaleras, me tiré en la cama y empecé a lloriquear como un bebé.
¿Por qué no pedí ayuda? Porque no creía que haya alguien que pudiera enseñarme a leer. Ese era mi secreto y lo guardaba celosamente. Mis profesores y padres me decían que la gente con estudios tiene mejores trabajos, mejores vidas; entonces, eso fue lo que creí. Mi motivación sólo era tener ese papelito. Quizá por ósmosis, quizá rezando o; por milagro, aprendería un día a leer. Entonces, cuando me gradué, no había casi profesores y me ofrecieron trabajo. Era lo más loco que podías imaginar. Salí de la boca del lobo para volver a entrar.
¿Por qué entré en la enseñanza? Mirando hacia atrás, era una locura que hiciera eso. Pero he estado en la secundaria y universidad sin ser descubierto, así que ser profesor parecía un buen sitio para esconderme: nadie sospecha de un profesor que no sabe leer. Enseñaba un montón de cosas. Era un entrenador de atletismo. Enseñaba ciencias sociales, mecanografía (podía copiar), tecleaba 65 palabras por minuto, pero no sabía lo que estaba escribiendo. Nunca usaba el pizarrón. No había una sola palabra impresa en mi clase. Veíamos muchas películas e intercambiábamos muchos debates.
Recuerdo lo asustado que estaba. No podía siquiera tomar lista. Tenía que pedir a mis alumnos que pronuncien sus nombres. Siempre tenía dos o tres alumnos a quienes los identificaba enseguida (los únicos del curso que mejor leían y escribían) para que me ayudaran. Eran mis secretarios. No sospechaban en absoluto. No pueden sospechar de un profesor. A lo que más le tenía terror era la junta de maestros. Teníamos una vez a la semana y, si los profesores estaban debatiendo, el director llamaría a uno para poner esas ideas en el pizarrón. Me aterraba de que me llamase, cada semana tenía miedo, pero tenía un plan B: si me llamaban, iba a salir de mi silla, daría dos pasos, me agarraría del pecho y me tiraría al piso con la esperanza de que llamen al 911. Lo que sea con tal de no ser descubierto y nunca lo fui. A veces me creía un buen profesor, porque trabajaba duro y realmente me importaba lo que estaba haciendo, pero no lo era. No pertenecía a la clase. Estaba invadiendo. No debía estar allí y, a veces, lo que estaba haciendo, me enfermaba físicamente. Pero estaba atrapado y no podía decirle a nadie.
Me casé mientras estaba en la docencia. Casarse es un sacramento. Es una devoción a serle fiel a la otra persona y esa fue la primera vez que pensé: «De acuerdo, voy a confiar en esta persona, voy a decirle la verdad». Practiqué frente al espejo: «Cathy, no sé leer. Cathy, no sé leer». Y una noche, nos sentamos en el sofá y dije: «Cathy, no sé leer». Pero ella no comprendía lo que estaba diciendo, pensó que yo no podía leer mucho. Ya saben, el amor es ciego y sordo. Nos casamos, tuvimos un hijo y, años después, ella pudo comprender. Me encontraba leyendo a nuestra hija de tres años. Le leíamos siempre, pero yo no leía realmente. Estaba inventando las historias, historias que ya conocía, como Ricitos de Oro, y lo hacía más dramático. Pero ahora se trataba de un nuevo libro, El Enano Saltarín, y mi hija dijo: «no lo estás leyendo como mamá». Mi esposa me escuchó intentando leer un libro para niños y ahí se dio cuenta. Le había estado pidiendo que escriba todo para mí, que me ayudara a escribir las cosas de la escuela y, finalmente, se dio cuenta cuán profundo y grave era esto. Pero no dijo nada. No hubo enfrentamiento. Ella sólo siguió ayudándome a salir adelante.
Nada me aliviaba porque en mi instinto me sentía tonto y un farsante. Era un mentiroso. Enseñaba a mis alumnos a ser buscadores de la verdad y yo era el mentiroso más grande de la clase. El alivio sólo llegó cuando, finalmente, aprendí a leer.
Enseñé en la secundaria desde 1961 a 1978. Ocho años después, abandoné mi trabajo. Finalmente, algo cambió. Tenía 47, a punto de cumplir 48, cuando vi a Barbara Bush (en ese entonces Segunda Dama de Los Estados Unidos) hablando, en la TV, de la alfabetización de adultos. Fue un hecho que le pasó. Nunca he escuchado a alguien hablar de la alfabetización de adultos, pensé que era el único en el mundo en la situación en la que estaba.
Llegué a un punto de desesperación. Quería contarle a alguien y pedir ayuda y, un día, en la verdulería estaba en la cola y había dos mujeres en frente hablando sobre su hermano adulto quien estaba yendo a la biblioteca. Él estaba aprendiendo a leer, ellas estaban llenas de alegría y yo estaba anonadado. Entonces, un viernes por la tarde, con mi traje a rayas, caí en la biblioteca y pedí ver a la directora del programa de alfabetización. Me senté con ella y le dije que no sabía leer. Era la segunda persona en mi vida que alguna vez le conté. Tuve una tutora voluntaria de 65 años. Ella no era maestra, simplemente alguien quien amaba leer y creía que nadie podía andar por la vida sin saber cómo.
Una de las cosas que ella me hacía hacer, las primeras veces, era intentar escribir, porque tenía todos estos pensamientos en la mente y nunca había escrito una oración. Lo primero que escribí fue un poema sobre mis sentimientos. Lo que tiene la poesía es que no tenés que saber lo que es una oración completa y no hace falta escribir todas. Ella me hizo alcanzar un nivel de lectura de sexto grado. Creía que moría e iba al cielo. Pero me llevó unos siete años hasta sentirme como una persona alfabetizada. Lloré, lloré y lloré después de que comencé a aprender a leer. Hubo un montón de dolor y frustración, pero llenó gran parte de mi alma. Los adultos que no pueden leer, están suspendidos de su niñez; emocional, psicológica, académica y espiritualmente. No hemos crecido aún. Mi institutriz me animó a contar mi historia para motivar a otros y promover la alfabetización, pero dije: «Ni loco. He vivido en esta comunidad durante 17 años, mis hijos son de allá, mi esposa también, ella es una profesional; mis padres son de aquí, no contaré esta historia». Pero, con el tiempo, decidí que lo haría. Era un secreto basado en la vergüenza, así que fue una gran decisión.
No fue fácil, pero una vez que me he decidido, iba a contar la historia y dije a toda América. Hablé con cualquiera que me hubiese escuchado. Guardé este secreto por décadas y luego, salió al mundo. Estuve en el programa de Larry King, salí en la revista ABC News, estuve también con la periodista Oprah Winfrey.
Fue desagradable para la gente escuchar la historia del profesor que no sabía leer. Algunas personas decían que era imposible y que estaba inventando todo. Pero quiero hacerles saber que hay esperanza, que hay solución. No somos «tontos», nunca es tarde para aprender a leer.
Desafortunadamente, todavía estamos haciendo pasar de grado a niños y adolescentes sin enseñarles las aptitudes básicas de lectura y escritura. Pero podemos acabar con estas fallas si, en vez de culpar a los profesores, nos aseguramos de que sean ellos quienes estén bien enseñados.
Durante 48 años estuve en la oscuridad, pero, finalmente, me quité un peso de encima. Enterré al fantasma de mi pasado.
📌 N. de la T.: Este fue el primer artículo que traduje para este blog, cuyo texto original es de la BBC. Una historia de vida que me gusta demasiado. La historia de este señor, John Corcoran, es muy motivadora; y nos enseña que nada es imposible, que nunca es tarde para aprender, que con un poco de voluntad, siempre se puede. Ojalá hayan disfrutado de esta lectura tanto como yo disfruté leerlo y traducirlo. Disfruto mucho traducir este tipo de textos y, a menudo, iré traduciendo más cosas para compartirlo por acá. Espero que les haya gustado.
Para leer más:
John Corcoran establece una fundación con su nombre para ayudar a niños y adultos con habilidades de alfabetización (en California y a distancia)
Escucha a John Corcoran contando su historia en BBC Outlook (en inglés)
Nunca viajas solo
El camino está lleno de sorpresas, y viajar es una de las mil posibilidades para encontrarte con ellas.
Lugares desconocidos para explorar su vibra, sus espacios, perderse por las calles aún con mapa en mano.
Personas lejanas que se convierten en cercanas, una familia efímera que te guiará por los mejores lugares de la ciudad.
Oportunidades infinitas de platicar, hacer amigos, abrir la mente, conectar con extraños.
Tu paladar se vibra de nuevas experiencias, tus oídos se embriagan del ritmo de una nueva ciudad, olores a brisa y a concreto que no verás en otro lugar.
Así que la próxima ves que tomes el asiento de un avión, sin nadie de tus círculos cercanos, recuerda que nunca viajas solo, pues el destino está lleno de magia esperándote en la sala de abordar.
El valor de no rendirse: una historia de resiliencia
Los comienzos en medio de la adversidad
La resiliencia no se aprende en los libros; se forja en la experiencia cotidiana, en esos momentos en los que la vida nos pone a prueba y nos empuja a límites que nunca imaginamos.
En mi caso, esa lección empezó desde muy temprano.
Nací y crecí en un entorno marcado por la precariedad.
Primero fue una villa miseria, luego una casa humilde alquilada en una calle sin asfaltar, y más tarde un departamento en un barrio obrero, comprado a un crédito de veinte años.
La ropa que usábamos con mis hermanos era de segunda o tercera mano, y tras la separación de mis padres y la partida de mi padre, pasábamos semanas comiendo solo polenta.
Mi madre trabajaba desde la mañana hasta la noche, y aunque lo poco que teníamos alcanzaba apenas para sobrevivir, nunca perdimos cierta dignidad silenciosa.
Recuerdo que, al volver ella del trabajo, íbamos juntos a la plaza, tarde, ya de noche a pesar de su cansancio.
Era su forma de regalarnos un respiro después de tanto esfuerzo.
En ese contexto, algunos conocidos y parientes cercanos no dudaban en sentenciar: “Estos chicos nunca van a llegar a nada”.
Eran palabras que dolían, pero que al mismo tiempo encendían una pequeña llama de rebeldía interior.
El trabajo temprano y la disciplina del esfuerzo
Comencé a trabajar a los quince años.
Estudiaba en la escuela a la mañana y a la salida iba directo al trabajo, donde me quedaba hasta las diez de la noche.
Fueron años duros, con poco descanso y mucho cansancio, pero también años donde aprendí que el esfuerzo constante es un músculo que se fortalece con la práctica.
Durante un tiempo, por temor a la dictadura que se vivía en el país —varios amigos habían desaparecido—, me mudé a Paraguay, donde vivía mi padre.
Allí trabajaba en un café desde las cinco de la mañana hasta las tres de la tarde, como cajero y jefe de turno.
A pesar del agotamiento, seguía estudiando.
Esa doble vida me enseñó que la adversidad no solo puede enfrentarse: también puede organizarse.
Cuando regresé a Buenos Aires, la rutina fue todavía más exigente.
Viajaba todos los días una hora y cuarto desde San Fernando al centro, trabajaba, y luego iba directo a la universidad.
Dormía apenas cuatro o cinco horas por noche, dependiendo de los trenes.
Pero nunca aflojé.
El camino profesional y los nuevos desafíos
Con el tiempo, logré recibirme y empecé a transitar el mundo corporativo.
Pasé por varias empresas, aprendí de culturas diferentes, de aciertos y de errores.
Finalmente, después de muchos años, decidí fundar mi propia compañía.
Ese fue un salto que no estuvo exento de riesgos, pero que nació del mismo espíritu que me acompañó desde niño: no resignarme a lo que otros creen que es mi techo.
La vida, sin embargo, no deja de poner pruebas.
Tuve la dicha de formar una familia que luego se desarmó, y el desafío de criar a una hija con discapacidad, y más tarde una nueva familia y un hijo en la misma situación.
Muchos me preguntan de dónde se saca la fuerza para enfrentar algo así.
La respuesta no es simple, pero si tuviera que resumirla, diría que la resiliencia se construye día a día, en pequeñas decisiones que parecen insignificantes, pero que sostienen todo.
La resiliencia como práctica y no como discurso
Resiliencia no es aguantar en silencio ni negar el dolor.
Es tener la capacidad de transformarlo en movimiento.
Como escribió Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración nazis:
“Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”.
En mi experiencia, la resiliencia es una mezcla de disciplina, coraje y visión de futuro.
No se trata solo de soportar, sino de aprender a dar un paso más allá de lo que parece posible.
Preguntas para reflexionar
¿Qué cicatrices de tu pasado has transformado en fortalezas?
¿Estás preparado para resistir los golpes o para aprender de ellos?
¿De qué manera transmites tu resiliencia al resto del equipo?
¿Qué espacio das al error y a la dificultad como parte del aprendizaje?
Conclusión: la resiliencia como legado
No me considero un ejemplo ni un héroe, pero sí una prueba viviente de que la resiliencia cambia destinos.
Desde aquel niño que escuchaba que no iba a llegar a nada hasta el hombre que dirige empresas, da conferencias y acompaña a líderes, el hilo conductor ha sido el mismo: nunca aflojar.
Como dijo Nelson Mandela:
“El coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él”.
La resiliencia no es un don reservado para unos pocos, es una capacidad que todos tenemos la posibilidad de cultivar.
Y quizás la pregunta más importante sea: ¿estamos dispuestos a entrenarla cada día?
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