Hubo dĂas en los que mi mente no me dio tregua. Las preguntas no llegaban de a una, llegaban en oleadas, desordenadas, insistentes, como si algo dentro de mĂ se negara a aceptar el silencio como respuesta. No dormĂa bien. Me acostaba con el cuerpo agotado y la cabeza encendida, repasando una y otra vez los mismos escenarios, imaginando versiones distintas de una historia que nunca terminaba de cerrarse.
El insomnio se volviĂł costumbre. Despertar en la madrugada, mirar el techo, sentir el pecho apretado sin una razĂłn concreta más allá de no saber. No saber quĂ© pasĂł, no saber cuándo cambiĂł todo, no saber en quĂ© momento lo que creĂa seguro dejĂł de serlo. Y en medio de ese ruido constante, empecĂ© a convencerme de algo: necesitaba una Ăşltima conversaciĂłn.
Todo en mĂ me decĂa que no lo hiciera. Que remover eso solo iba a doler más. Pero el vacĂo de no entender pesaba demasiado. Me aferrĂ© a la idea de que escuchar la verdad, por cruda que fuera, me iba a dar paz. PensĂ© que si tenĂa una respuesta clara, completa, sin adornos, mi mente dejarĂa de llenar los espacios con dudas. Que por fin iba a poder descansar.
Y fui dispuesto a eso. A escuchar sin interrumpir, a aceptar lo que viniera, a sostener incluso lo que doliera. Hasta el Ăşltimo segundo quise creer. Quise confiar, como lo habĂa hecho siempre. PensĂ© que me bastarĂa con oĂrlo de su voz para sentir ese alivio que tanto necesitaba.
Pero no fue asĂ.
Porque cuando la confianza se rompe, no vuelve intacta. Y por más que uno quiera reconstruirla desde la voluntad, hay algo que ya no responde igual. EscuchĂ©, sĂ. EntendĂ partes. Pero no pude evitar sentir que algo no terminaba de encajar. No porque necesariamente faltaran palabras, sino porque dentro de mĂ algo ya no lograba descansar en ellas.
Y entonces apareció otra forma de ruido. Más silenciosa, pero más pesada. La duda. Esa que no grita, pero se queda. Esa que se instala incluso cuando uno quiere creer. La que te hace preguntarte si lo que escuchaste fue todo… o solo lo necesario. Si fue la verdad completa o una versión suavizada. Si hubo cosas que se dijeron tal como fueron o si, hasta el final, hubo detalles que nunca iban a ser dichos, no por olvido, sino por decisión.
IntentĂ© ignorarlo. De verdad lo intentĂ©. Me repetĂ que ya tenĂa lo que habĂa pedido, que debĂa soltar, que no podĂa seguir buscando respuestas donde ya habĂa una conversaciĂłn cerrada. Pero la mente no funciona asĂ cuando algo se rompe. No basta con decidir creer, cuando dentro de ti algo ya aprendiĂł a dudar.
Y creo que ahĂ fue cuando entendĂ algo que no querĂa aceptar.
Que hay respuestas que no traen paz.
Que hay verdades que, incluso dichas, no logran calmar lo que se moviĂł por dentro.
Y que hay momentos en los que seguir buscando claridad en otro solo prolonga el ruido.
Porque al final, por más que uno insista, hay cosas que nunca se terminan de confirmar. Versiones que no se pueden comprobar. Intenciones que no se pueden medir.
Solo tú sabrás si fuiste completamente honesta. Si dijiste todo sin ocultar nada. O si incluso al final elegiste guardar partes que yo nunca voy a conocer.
Eso ya no me pertenece.
Y tal vez lo más difĂcil de todo esto es aceptar que las respuestas que busco… no van a venir de ti.
Ni de nadie.

















