Este periodo de mi vida me ha enseñado algo extraño:
que justo cuando uno cree haber entendido algo, pasa algo que le cambia por completo la perspectiva.
Y me he estado preguntando por qué tengo tanta facilidad para escribir cuando me siento así.
Por qué, teniendo tantos motivos para escribirle al amor, a la calma o a la felicidad, termino escribiendo desde el dolor, la nostalgia o la incertidumbre.
Creo que, si soy honesto, es porque en momentos como este lo que más pesa no es lo que fue…
El “qué habría pasado si…”.
Estos días mi cabeza no se detiene.
A veces siento que estoy en el centro de un vórtice donde todo se mezcla:
la tristeza, la esperanza, la añoranza, la ansiedad…
y tantos pensamientos que ni siquiera alcanzo a ordenar.
Intento entenderlos, darles forma, pero hay momentos en los que solo están ahí, ocupándolo todo.
El miedo y la ansiedad no son nuevos para mí.
Han sido, de muchas formas, presencias constantes.
Pero esta vez hay algo distinto.
Hay una parte de mí que quiere volver a lo conocido,
a esa forma de resolver en la que simplemente desaparezco, cierro todo y sigo como si nada hubiera pasado.
Y, aunque sé que podría hacerlo, no quiero.
No porque tenga respuestas, sino precisamente porque no las tengo.
Porque por primera vez no quiero actuar desde el impulso de protegerme, sino desde la intención de entender.
Cerré mis redes sociales intentando hacer un poco de silencio, porque afuera hay ruido, pero adentro hay mucho más.
Y aun así, en medio de ese silencio, siguen apareciendo ideas, historias, perspectivas que, de alguna forma, terminan encontrándome.
Hace poco leí algo que se me quedó dando vueltas.
Hablaba de cómo muchas veces las relaciones no se rompen porque deja de existir el amor, sino porque deja de existir la esperanza.
Porque llega un punto en el que no se ve un camino,
y cuando no se ve una salida, irse empieza a sentirse como la única opción posible.
No porque no se quiera, sino porque no se cree.
En lo fácil que es, a veces, confundir el final con la falta de respuestas.
En cómo, cuando algo se vuelve demasiado abrumador, uno no necesariamente deja de sentir…
pero sí deja de imaginar un “cómo”.
No sé qué tan cierta sea esa idea.
No sé si siquiera cambia algo.
Pero sí sé que me movió cosas.
Me hizo cuestionarme cuántas veces en la vida uno se rinde no porque no quiera, sino porque siente que ya no hay forma.
Y también me hizo ver algo más incómodo:
que no todo lo que se siente tiene que resolverse de inmediato, y que no todas las historias encuentran su respuesta en el mismo momento en el que se viven.
Supongo que parte de crecer también es aprender a quedarse en ese punto incierto, sin forzar conclusiones, sin inventarse certezas para calmar el vacío.
Solo… sostener lo que es, aunque no sea claro.
No sé si esto es hacerlo bien.
No sé si es avanzar o simplemente aprender a estar en el lugar donde me tocó.
Lo único que tengo claro es que no quiero seguir reaccionando desde el miedo, ni desde la necesidad de tener todo resuelto.
Prefiero quedarme con las preguntas un tiempo más,
aunque incomoden, aunque pesen.
Y confiar —aunque sea un poco— en que, con el tiempo,
lo que hoy no tiene forma…
de alguna manera la encontrará.