painting murals in an abandoned villa in tuscany, italy

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Cómplices, Miriam Subirana
Poesía
Tristezas y recuerdos tardíos.
Catalina de Espinal nació un veintisiete de agosto, a la edad de treinta y cinco años, virgo de espíritu y amante del requesón con pulque. Saboreaba estirar las piernas después de una mañana ajetreada. A las cinco de la tarde, luego de cada jornada ardua salía a respirar oxígeno, alejada del rumor citadino y las malas lenguas.
El cielo se teñía de naranja cuando caminaba por una avenida sin renombre, sus ojos de humo resguardaban el suelo; las manos enfundadas en los bolsillos de su falda zurcida, se agitaban al compás de su andar liberal. De repente, como cosa de la providencia un enorme pájaro de color negro surcó el cielo, quisieron las circunstancias que en ese momento el ave lanzara al aire sus necesidades, cayeron éstas en la cabeza de aquella mujer con exceso de suerte.
El líquido caliente y espeso se le antojó una señal, lentamente retiró, con su mano izquierda, la inmundicia de sus cabellos pegajosos. Mientras lo hacía se convirtió en espectadora involuntaria de un desagradable espectáculo: el ave oscura chocó contra una pared blanca, casi invisible, y murió en el acto. El edificio, ahora manchado de rojo tenía un vistoso letrero que decía “Madame Loira, intérprete de cartas y sueños”. Parecía el destino, pero era sólo casualidad infausta.
Pronto se encontró cara a cara con una mujer de cabello rubio y rizado, cincuentona, emperifollada y con exceso de maquillaje. El color rojo exuberante en su boca y los parpados pintados de negro, le otorgaban un aire poco favorable. Decidió confiar en sus sentidos, que avivados, la empujaban a la extraña.
- Mujer, te he estado esperando.- Le dijo aquélla germinadora de verdades a medias.
- ¿Lo ha hecho? – contestó confundida, sintiéndose especial.
- Por supuesto. Has venido a que te lea.
- ¿Las cartas?
- Querida, puedo leer la caída de tus cabellos, el iris de esos ojos grises, las arrugas en tu cara y esos lunares de constelación que guardas en el pecho.
- Pero… - Cruzó los brazos sobre sus pechos, en signo de protección; se sentía invadida. - Yo no deseo nada… Bueno, ahora lo que lo pienso… A decir verdad, hay algo que me gustaría saber. –Su presencia en ése lugar tenía la intención desesperada, urgía alguien que le despejara esa duda, ese insomnio, ese fuego en el vientre.
Al escuchar la respuesta, Madame Loira pensó sin esfuerzo, lo que cualquier mujer de su profesión: cuestiones de amor.
- Dime su nombre, edad y signo del zodiaco; con esas señas particulares sabremos si él es para ti.
- No es él. Es ella.
- ¡Caray!... ¿Qué es lo que quieres saber?- Dijo la astróloga, acostumbrada a todo tipo de situaciones extravagantes.
- Quiero saber si Adelaida Martínez me odia.
- Bien, bien ¿tienes su fecha de nacimiento?
- En realidad no lo sé. ¿No puede leerme la mano? He oído que los caminos de las personas que conocemos aparecen en ellas; que puedes conocer la historia de cualquiera que haya vislumbrado tu fisonomía.
- Esos son disparates. Puedo averiguar la fecha de muerte de aquél a quien amas, incluso la mía al reflejarme en tus ojos; saber a qué hora pasará el primer carruaje con rumbo al éxito y también sé distinguir la imposibilidad de las pasiones, observando como los amantes unen sus labios. Pero algo como eso, sin pistas, no es fácil, ¿de casualidad tendrás dientes de ésa mujer, alguna prenda?
Cabizbaja ante la negación, la bruja se puso a pensar durante mucho tiempo; pasaron dos asteroides hasta que por fin, se levantó emocionada; se arrodilló frente a un altar empotrado en la pared y acto seguido, tomó un bulto del tamaño de un jabón, resguardado tras la estatua de la santa muerte, estaba envuelto en un paliacate rojo y comenzó a desenrollarlo sin prisa. Cuando depositó aquel tesoro en la mesa de adivinación, unas preciosas cartas pintadas a mano y aromatizadas con siete machos, asombraron a su clienta.
- Estas cartas fueron cargadas con energía mexicana, de la más pura, siempre a la luz de la noche.
Comenzó a barajarlas con una prudencia porfiada. Mientras lo hacía, estudiaba a su acompañante: sus cabellos rebeldes calumniaban confianza; sus arrugas por el contrario, afirmaban que era una persona tímida y rebelde; sus lunares gritaban que huía de mal de amores y esos ojos cansados pertenecían a soñadores sin escrúpulos y mentecatos.
- ¿Lista?- Apuntó, y sin esperar respuesta sacó la primera carta. Miró por encima de su mano y vaticinó. – Efectivamente aquí aparece que desde hace tiempo una tal Amantina López está enojada contigo.
- ¿Amantina?
- Si, ese es su segundo nombre ¿no lo sabías?
- Raro.
- Bueno, no importa. El hecho es que se enojó por calumnias tuyas..
- Sí, sabía que algo andaba mal, lo sentía aquí – su mano derecha se posó en el pecho izquierdo. - Pero ¿cree que haya alguna manera de que me perdone?
- La muerte es lo único inmodificable… Y pues, ella ya no pertenece a éste mundo.
- Ayúdeme por favor.
- Usualmente no hago estas cosas, pero… ¿Ves esa puerta de allá?- Señaló con el dedo un conjunto de puertas que simulaban una pared. Eran muchísimas y todas idénticas, de madera, pintadas de color morado, con dibujos dorados.
- Veo muchas.
- Una en especial te ayudará a cambiar lo que tanto deseas. Las demás pueden llevarte a regiones de una Catalina de Espinal que no comprenderías.
- ¿Y cuál es la que debo abrir?
- Ninguna.
- No entiendo.
- Debes cerrar lo que no sirve, lo que no te hace bien. Lo que duele en la felicidad. Si es preciso, puedes cantar; muchos lo han conseguido con gritos, otros bailando; una princesa callejera vino y recitó varios poemas.
- Pues yo no sé nada de eso.
- Todas las personas tienen algo que las hace únicas. Tú no eres la excepción. ¿Qué haces cuando te sientes mal? ¿Qué te hace remendar tus vacíos? ¿Qué te daña el alma?
Siguió sacando sus cartas, alternando las ubicadas arriba y abajo. En ellas podían verse “el músico”, “la dama”, “el bandolón”, “el diablo”, “la bota” y “la mano” Ignorando completamente a su consumidora, se levantó y como cosa corriente, salió de su tienda, cerró con llave desde afuera, y ni siquiera se despidió.
En el interior Catalina con los ojos cerrados escuchó su corazón y supo que debía hacer. Inició con un movimiento torpe de sus pies, siempre al compás de ése órgano filántropo, sus manos tocaban un instrumento inmaterial pero de monumentales proporciones. Sus pasos obtusos se modificaron en un zarandeo sensual, donde sus caderas se unieron en una agitación armónica. Si un cristiano la hubiera observado, habría sido el chisme más escandaloso del pueblo. Si alguien la hubiera visto, jamás habría bailado.
En su mente, sus manos recorrían también sus brazos en afán de protegerse, de amarse. De pronto, la música paró y con ella sus movimientos ardientes. Cuando abrió los ojos, se hallaba frente a la nueve, entreabierta; recordó los consejos y la atrancó. Se encontró rodeada de orquídeas moradas y una ensordecedora algarabía; era el mercadillo donde conoció a su padre por primera vez, se sintió pequeña, incorpórea; sin ánimo de rememorar esos momentos terribles, la niña de doce años cerró sus ojos, desconoció a su progenitor y comenzó de nuevo esa melodía; el meneo sensual se instaló de nuevo en sus caderas, ella no lo notó, pero su padre la miraba avergonzado; algo valioso para la Catalina de treinta y cinco años, que se pavoneaba quedamente con la hazaña de la impúber.
Reapareció en el cuartucho de la nigromante; todas las puertas estaban abiertas, sin embargo, continuó sabida a la número quince, la cerró. Ahí estaba Adelaida Martínez saliendo de la iglesia, llena de energía a pesar de haber cantado por horas. La joven que ahora tenía dieciséis no dijo nada, solo se limitó a acompañarla a su casa, al despedirse la abrazó y murmuró a su oído:
- Un, dos, tres por mí y todos mis compañeros.
- Catalina, muchas gracias por venir. Es muy importante para mí tenerte en este acontecimiento tan especial.
Con bandolón en mano, iban a un recital donde expondría su sobresaliente repertorio. Cruzaban la calle tomadas del brazo, sonrientes, cuando un hombrecillo disfrazado de diablo, salió sin aviso. El mundo se paralizó y ni el perfeccionista chofer de las seis pudo contra los malos augurios; en cuestión de segundos la bota de Amantina voló por las calles de Ixtlán del Río; entre el mugido de las vacas que cruzaban la calle, la bota negra cayendo al otro lado de la calle y el diablo descalabrado; instantes preciosos, tiempos irrenovables, la mirada de la muerte, una mano agitándose en el espacio del impertérrito pasado; Catalina leyó en los labios de la intérprete, la prueba de una traición ya conocida; su amiga era amante de su padre.
¿Qué somos?
No somos una naranja, pedazo de cítrico que se pudre con el tiempo, que se cae, que se muere para dar jugo.
No somos una pareja de novios, empecinados en demostrar un amor inalcanzable; amores de mercadotecnia, que nadie tiene acceso. Amores idealizados donde el corazón se parte violentamente al despedirse, donde la realidad está alejada de nuestros pensamientos, donde el dolor es insoportable y nos seca el pecho.
Nuestro hilo no es rojo, ni blanco, ni negro; nos une la pasión de la sangre, el infortunio, la desilusión de las circunstancias; no nos une nada inmutable y por eso me encantas.
Nos une la desgracia de estar solos, la suerte de no tener a nadie y poseerlo todo. Nos unen los sueños, donde tú eres mío y yo te pertenezco.
Me atosigan tus ojos alargados y sedientos, me llenan tus labios perfectos; me pervierten tus manos, que tantas veces he tocado en sueños.
Me constriñen las pesadillas donde no te encuentro, no te toco y no existo.
Me llena de valentía, este fuego en el vientre que me consume cuando despierto y noto la necesidad de ti entre mis piernas.
Me enciende la retirada imprevista, me exaspera no tenerte cerca, me define tu lengua jugando con la mía. Sensaciones soporíferas que dan razón a mi existencia.

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Tres cosas me obsequió Dios al venir a éste mundo: La vida, para forjarla a mí antojo, sin que nada ni nadie ataje mis utopías; una familia imperfecta, telaraña de corazones marcados con un apellido olvidado pero persistente, corazones cuya bondad alcanza la más lejana de las estrellas; y una voluntad inquieta que me empuja a la aventura, herencia de mi abuelita.
Tres cosas que me otorgan la felicidad y el consuelo de que siempre me harán ser lo que soy.
2014
Jalaba con dificultad dos maletas, una de ellas repleta de sueños de la A a la Z, la otra llevaba restos de una vida afeada y vacía que pretendía olvidar. Una verdadera tragedia había orillado a esa mujer renunciada a huir, a reencontrarse… Una tragedia que había fragmentado su espíritu en tres trozos, ahora solo conservaba uno, pero era lo suficientemente grande para lanzarse a la aventura en busca de sus otros yo, los que había lanzado por la ventana de aquel hospital un dos de septiembre.
PESQUISAS
Había pasado un año desde su ultima incursión en el mundo amoroso, no había querido continuar en una relación asfixiante porque sabía su valor, por eso, un buen día con todo el dolor del mundo, tomo sus cosas y agarró fuertemente las riendas de su vida. Alguien le dijo que la felicidad no existe y decidió comprobarlo por sí misma.
#Felicidad #Amor #Mundo
Promesas
En apariencia todo marchaba bien. La realidad era que ya estaba cansada de promesas y disculpas. Ya no buscaba nada, ya no necesitaba a nadie para ser feliz.
Tú
Llegas a modificar mis pasos, mis excesos, mi luz solitaria… Abres las ventanas y levantas el polvo de mis manos, las telarañas de mis rodillas y acaricias mi alrededor.

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EL ALTAR
Hasta mi cuarto podía escuchar como la piedra del molcajete chocaba una y otra vez; ella en su afán de preparar la maravillosa salsa que amábamos, comprimía los jitomates hasta reducirlos a un caldillo consistente, combinado con cilantro y cebolla. La mañana me había sorprendido ojerosa y con los brazos cansados, pero no estaba sola.
Las encontré en la cocina, muy hacendosas, Beatriz ponía en una servilleta las tortillas infladas del comal, hechas a mano; Lupe con paciencia, servía algunos platos pequeños con mole y otros antojitos mexicanos. En sus días mozos, el difunto Enrique veneraba esos manjares, pero a mí la cocina no me atraía; había que moler el chocolate, galletas de animalito, almendras, cacahuate, ajonjolí y un manojo de todos los chiles mexicanos existentes. La energía se me había gastado haciendo corajes y perdiendo tantos hijos como mi cuerpo me permitió.
Todas nos odiábamos a muerte, evitábamos nuestras presencias extrañas; recuerdo que una noche aparecí en la recámara de Beatriz, armada con unas tijeras pretendiendo sacarle los ojos, pero una punzada en el vientre me devolvió a la realidad: moría otro producto.
Teníamos tanto odio que un día nos agarramos a palos, fue una riña terrible. Golpeé con la escoba a Beatriz, mientras ella tiraba de mis trenzas; Lupe lanzaba lo que podía. Las tres nos enzarzamos en una pelea digna de un mercado de abastos. Cuando él volvió, ya habíamos sacado todo el mal que nos devoraba las entrañas y bebíamos un té de manzanilla; colgó el sombrero en uno de los clavos de la pared y nos regaló un chal a cada una.
- No voy a fingir que no sé qué está pasando. Así que díganme ¿Qué chingados hicieron? – Dijo mientras se quitaba el cinturón.
Nadie contestó, nos limitamos a mirar el desorden: la mesa estaba patas arriba, las sillas tiradas en diferentes posiciones, los cuadros desalineados y todos los trastes de la cocina en el piso. Todas teníamos arañazos en la cara.
- Así que no me piensan responder cabronas. Las dejo solas unas horas para ir a trabajar, regreso y todo esto parece un chiquero.
Comenzó con Beatriz, que en ése entonces andaba por los quince años; le proporcionó unos fajazos en el lomo, abriéndole la carne. Cuando Lupe levantó el cuchillo del piso, me abalancé sobre él como una fiera. Jalé los pocos cabellos que tenía, con tanta fuerza que se quedó calvo. Lupe dio varias cuchilladas a la enorme panza del desgraciado, chorros de sangre brotaban de las heridas, mientras Enrique se movía con ganas de luchar cuerpo a cuerpo a pesar de su situación. De pronto, di con la respuesta, me ocurría muy a menudo con los pollos, reñían hasta que uno les cortaba de tajo la vida.
- ¡Degüéllalo!
Así lo hizo.
Después lo destazamos, pusimos a marinar la carne y lo demás lo enterramos en el patio, arriba de la alimaña pusimos un “huele de noche” disfrazando el hedor. Le pusimos toda clase de yerbas de olor, la sazonamos con pimienta, sal y ajo molido; y el fin de semana lo vendimos en tamales.
Ése acto delictuoso nos transformó en amigas, después en una familia. Ante la ley yo era la esposa, pero compartimos la casa y la pensión que por derecho me correspondía.
El sabor amargo de mi diaria taza de café me regresó a la realidad. Dirigí mis pasos a la sala, el piso forrado de flores de cempazúchitl me anunció el día. Los siete escalones recargados en la pared, cubiertos de tela negra en el centro y morada a los lados; calaveras de azúcar de distintos colores diseminadas, todas con el nombre de Enrique en la frente. Cada año, Lupe hacía altares hermosos, era ésa intensidad de amor adolescente que aún cegaba su alma de fiel esposa.
Después de desayunar nos dedicamos a hacer los preparativos para su “llegada”, hasta su agua fresca favorita se encontraba presente, por un momento me atrajo la idea de ponerle un poco de veneno, lástima que el infeliz ya estaba bien muerto; con paciencia piqué el papel para adornar las paredes. Prescindimos de las calaveritas literarias porque no éramos asiduas al sarcasmo popular.
Por la noche el ardor que sentía en el espíritu, reprimía mi sueño. A pesar de su muerte mi cuerpo clamaba su presencia con una pasión exacerbada. Imágenes de nosotros siendo felices se agruparon en mi cabeza: nuestra primera vez y el día de nuestra boda aparecieron recordándome cuánto lo amaba. Éramos una familia hasta que ellas aparecieron, primero llegó Beatriz con su mirada engreída pues era mujer de ciudad. Lupe por el contrario, me veía tímidamente y con respeto, nos caímos bien desde el principio, pero debíamos odiarnos hasta la muerte. Hoy pienso en ellas como las hijas que nunca pude tener.
Las terminaciones de mi cuerpo se despertaron una a una provocándome un placer indescriptible; un fuerte ventarrón abrió las ventanas y la puerta de mi cuarto, no quise levantarme pero, en breve escuché unos pasos que se acercaban. Algo se acostó a mi lado porque el colchón crujió y pude ver como se hundía, cuando escuché:
“Ya llegué”.
CORAZÓN DE POLVO
El cielo melancólico asomaba por la ventanilla, ataviado con su manto oscuro y bordado de estrellas; verlas suspendidas en el espacio como tejidas con los cabellos plateados de las musas más extraordinarias, propiciaba al espectador solitario una sensación de poesía e irrealidad. A través de ése cuadro recubierto de vidrio, que helaba mis extremidades izquierdas siempre que el vehículo se deslizaba con fuerza entre las curvas, se apreciaban también las luces de la ciudad de la que huía con unas esperanzas agonizantes.
Mi corazón contumaz, me asestaba duros toques en el pecho esperando acobardarme; ignorando sus solicitudes imposibles, la distancia se ensanchaba. Luchó con furia, creo que pensaba que podía controlarme, sin embargo, por cada kilómetro que se añadía al trayecto, el órgano se fue achicando hasta perder la fuerza para resistirse.
El vacío de mi alma, con una fuerza inclemente me asestaba el peor de los sufrimientos y, a ratos, un doloroso retortijón en mi estómago vacío, emergía con brusquedad suplicando alimento; el clamor de las tripas me abochornaba tanto que cubrí mi vientre con una pequeña cobija, en el afán de evitar miradas curiosas. Quise dormir pero no pude. Gritos de niños chiapanecos, incapaces de conciliar el sueño en un viaje tan espinoso, se apretujaban en el interior del autobús, oponiéndose a mi absurda tentativa.
Era tarde… En mi reloj se leía las dos de la mañana. Los infantes enmudecían, yo dormitaba y a ratos, tus labios iracundos me regresaban a la realidad; me despertaba entre sollozos que tu perdida inspiraba. Inútilmente traté de encubrir mi situación, mi acompañante me veía asustado.
Decidí ir al baño. Al estar sola, seguro se calmaría mi respiración intermitente y el deseo estúpido de perdonar cada una de tus ofensas.
Caminé con lentitud, me asaltaba la idea de pisar un cristiano y terminar pagándolo al triple del precio estándar; los cinco pasos que di para llegar a mi objetivo se me hicieron eternos. Al atrancar la portilla vi el retrete, esperándome quieto y resignado.
La mujer de ojos hinchados en el espejo me devolvió una mirada de camaradería, las ojeras de su cara palidecieron y, en un abrir de ojos, me encontré en un pasillo con una luz carente de vida. No lograba comprender mi presencia en ese espacio maloliente.
Miré con celo el lugar, en espera que algo o alguien me dijera qué demonios estaba haciendo ahí… Ni una sola alma, estaba vacío. O eso parecía, porque una presencia inquietante, oculta en la oscuridad, me veía sin tapujos. El individuo fisgón aminoraba mi resistencia, me estremeció la idea de estar encerrada y sola con diantres sabe quién.
Tanteé las paredes enmohecidas hasta que percibí algunos rectángulos desiguales en el muro, acomodados a modo de puertas. Un murmullo de recuerdos pasó a mi lado corriendo, empujándome a un desosiego fogoso; en cuestión de segundos me vi tirada en el suelo duro y frío. Al experimentar semejante choque de sentimientos, quedé destruida, sintiéndome como una mujer sin relevancia que ocupa el mundo sin aportaciones significativas.
Escuché risas y levanté la mirada… Estabas ahí.
Tus manos zurdas y expertas, recorrían a una mujer blanca de unos treinta y tantos años; un grupo de cabellos canosos, le germinaban al lado derecho de su frente. Te vi transfigurado en un conquistador, tan distinto del hombre que conocí; transitabas con facilidad en sus lugares recónditos y perdidos.
Tú recién adquirida maestría me asqueó y me elevé resentida, celosa; intenté alejarme de ahí a toda prisa, pero mis movimientos desposeídos provocaron su curiosidad; ella me miró mientras se contoneaba arrebatadamente y su olor acompasaba el vaivén de tus latidos; tú dilataste tus pesquisas hasta que se me antojaron interminables. Jamás habías durado tanto en el campo del amar y eso me caló hasta los huesos.
Me dolía la valentía, sentí como el amor que atesoraba por ti, se alejaba sin tregua alguna para dejarme a merced de una soledad dolorosa e imprescriptible.
Me descubriste cuando una mueca de apatía se dibujaba en mis labios; la rabia transmutó tu piel de alabastro en una refulgencia roja y antiestética, te vi como siempre, preso de tus emociones e incapaz de controlarte. En un exceso de cólera, tus manos rodearon su cuello arrojándola a la cama. Posando tu codo sobre su espalda, aplastaste su columna vertebral; creí que ella lo disfrutaba, en estos días sabemos la clase de perversiones que se pueden encontrar a la vuelta de la esquina; cuando oí sus gritos sofocados en el colchón, suplicando por un auxilio que yo no pretendí proporcionarle.
Me alejé temerosa, una sensación de lástima invadía mi cuerpo, asfixiando mis ojos. Ni eso pudo convencer a mi cerebro. No podía quedarme sin ningún medio de defensa… No de nuevo. Arranqué como si la vida se me eclipsara y tan solo me subsistieran unos cuantos segundos para ejercer mi última voluntad; a medida que mis pies tocaban el suelo, el pasillo se mecía, alargándose en una imagen desgarbada y tosca que se zarandeaba con cada uno de mis pasos.
Tenía que seguir adelante, estaba muy segura que se me escapaba una puerta, un resquicio… ¡Lo que fuera! Después de caminar, a todas luces, en círculos, me convencí de que estaba perdida en un laberinto lleno de molestias, del que no podía huir a pesar de mis propósitos.
Me harté de intentarlo, dejé de transitar aunque mis piernas se agitaran contra mis deseos. Ya estaba a unos segundos de rendirme, cuando observé una forma como romboide que nacía del suelo; estirándose con perversidad, rechinando con un sonido estresante que erizaba mi piel en aguijones terribles. Se trataba de otro camino porque un letrero de luces azules que parpadeaba sobre la puerta, ordenó “Siga por aquí”. Como no localicé otra salida, con mi mano derecha tomé el picaporte y me adentré.
Era una habitación ancha y blanca, con dos ventanales del lado izquierdo; estaba vacía de mueble alguno, pero repleta de pinturas que, entintadas con imágenes iguales, se movían enérgicamente. Dirigí mis pasos hacia esos retratos tan extraños, difíciles contemplar por la distancia; al estar de frente, los vi, eran ojos… ¡Tus ojos…!
Enmarcados y radiantes, con ese iris verde oscuro, me observaban sin recato; eran de diferentes tamaños y todos colgaban de las paredes, esas malditas paredes que protegían lo que antaño fue nuestro infierno matrimonial.
- ¡Vuelve!.- Escuché, de repente, tu voz ahogada en el concreto.
Coloqué mi oreja en la fría superficie. Tus ojos me hostigaban, siempre al cuidado de mis pies andantes, como si temieran mi desaparición insólita.
- ¡Vuelve!.- Gritaste de nuevo, tu voz forzada, se deterioraba por el sufrimiento.
Recordar todos y cada uno de ésos instantes, era bastante para mí. Tomé una decisión que no implicaba retorno. Y en un futuro no me voy a recriminar por haber elegido marcharme cuando pude permanecer.
- ¡No!.- Elevé también mi voz, y con ella, la estancia tembló con miedo.
La multitud de ojos que me desnudaba con la mirada, se cerraban y abrían en un parpadeo armónico. De pronto… Una pequeña, tímida e inesperada lágrima brotó por el resquicio de tus párpados. El agua salada cubrió el piso y se fue elevando hasta inundar todo el espacio. Me vi como una pequeña Alicia, atrapada en el mar de tus lamentos. No sé nadar pero puse todo mi empeño y, con una concentración empecinada logré salir victoriosa de ese enorme lago forjado por tus lagrimales.
Continué con las energías al borde del decaimiento… No quise mirar atrás, escuché como todos los cuadros se iban cayendo, haciéndose añicos al chocar con el agua. Oí también tus sollozos cada vez más cerca del pasadizo desvencijado, y apuré mis caderas.
Una puerta se me abalanzó y un resplandor mágico brotaba por debajo. La toqué y se abrió sin ningún recato. Una luminiscencia me arrastró justo frente a un par de voces masculinas, que mantenían una plática extraña.
- Pero si son nopales cortados con la oscuridad de la mañana. Son muy buenos, debería comprar una bolsita para que los pruebe.
- ¿Cuánto cuestan?
- Diez pesos.
- ¿Y cuantas pencas traen?
- Pos’ le hecho como unas once.
- Bueno, voy a probarlos. Deme dos.
El más joven, el vendedor de nopales, traía un sombrero raído que enmarcaba su cabeza madura. Procedió a sacar un par de bolsas de su mochila, el otro mientras tanto, se sobaba el promitente abdomen estilo Diego Rivera.
Me Descubrí escuchando la conversación sin reserva alguna. Un tercer hombre apareció en la escena, arremangándose las mangas de la camisa sucia.
- Don Senaido, esos nopales están iguales de secos que el corazón de esa mujer chismosa de vestido azul.- Dijo mientras señalaba hacia mí.
- ¿Será?- Contestó el panzón, que sin dudas, era el mentado Senaido.
- ¡Atrapémosla! La abrimos y si al hacerlo de su pecho salen mariposas de colores, es porque es tan normal como nosotros. –Dijeron los tres al unísono.
No me quedé a averiguar si estaban en lo correcto, no me preocupaban las tontas mariposas, ya las había enterrado mucho tiempo atrás… Me preocupaba que me atraparan. Mi corazón estaba tan seco, que al más pequeño toque, el polvo que lo conformaba se esparciría en el viento. Y ¿qué diablos iba a hacer sin un órgano como ése? ¿Tan especial?
Como pude, llegué a la salida; el pasillo me recibió con algarabía y miles de manos con diferentes colores también intentaban apresarme.
- ¡Déjenme en paz! ¿Qué no se dan cuenta? ¿No comprenden? La única persona que puede ayudarme con este corazón sin ganas de vivir es él. Y no pretendo pedirle que lo haga. Prefiero vivir la vida como cualquiera, siempre pendiente de los demás con la amargura que nos carcome a todos, a estar cegada por las feromonas y los sueños estúpidos.
Corrí hasta que no me quedaron fuerzas… Una paz inmensa me envolvió y depositó en una cama blanda, caliente… tan cómoda que por fin quedé dormida.
Despierté en un quirófano, todos absortos en sus actividades, no se percataron que vi cómo se ponían los guantes azules de látex cubiertos de sangre; un individuo vestido de blanco, preguntó a una joven rechoncha con una libreta entre las manos.
- ¿Dónde está la sierra señorita?
- Justo en la panza de la susodicha Doctor.
El médico, a pesar de sus enormes anteojos de culo de botella, no se daba cuenta de las cosas. Miró hacia la derecha y a la izquierda, hasta que la enfermera puso sus manos donde debían estar. A tientas, encontró el artefacto sobre mis costillas.
- Señora Edelmira, debido a la gravedad de su situación hemos decidido que lo mejor para usted es hacerle una operación de corazón abierto. El procedimiento es muy sencillo, verá, tiene un corazón de condominio y ya se han alojado más inquilinos de los que debería, por lo que vamos a añadirle un pedazo de otro… El corazón de un cetáceo es el más parecido al suyo, además de que por su tamaño es perfecto para su persona.
- Pero… Yo no quiero que me arreglen. Estoy bien.
- ¿Ha vivido numerosas pérdidas en los últimos años? ¿Se ha sentido triste?
- Sí, pero eso es completamente normal. Todas las personas sienten eso alguna vez.
- Pero usted no es una persona común. La mayoría solo tiene uno o dos inquilinos de planta. Usted ya lleva cuarenta. Eso es inaudito. Pero, es su decisión. El corazón no es mío. Además, la mitad de él se está atiborrando de podredumbre.
- Eso puedo explicarlo.
- Me gustaría mucho que lo hiciera.- Dijo dirigiéndome una mirada enojada.
- Ese pedazo no me corresponde a mí, sino a una persona mucho más importante que todos esos zánganos que viven dentro.
- ¿Qué tan importante?
- Mucho.
- Bien.- Dijo sin atención alguna a mi comentario.- ¡Comencemos señores! La paciente ha hablado. Tenemos una hora para acomodar ese trozo de carne feo y sin chiste.
Todos se acomodaron en sus lugares con armonía, sin ningún esfuerzo. La sierra abrió mi carne, después mis costillas y en un santiamén, arrancaron de mi cuerpo cada recuerdo… Cada grito… Cada lágrima… Remendaron con una aguja sin esterilizar y oxidada el pedazo de ballena que olía a brisa marina.
- Me gustaría sacar algunos gusanos, no está bien tenerlos a todos ahí dentro. ¿Qué dice?
- Está bien. Sólo deje a los primeros y los últimos.
- ¿Está segura? El último está horadando sus órganos, por poco llega a los intestinos. Es el más peligroso.
- Estoy segura doc.
- Como usted prefiera, solo que no quiero quejas después. Estoy harto de juicios y denuncias por mala praxis.
- No se preocupe. No soy esa clase de gente.
- Perfecto… ¡Desalojen a estos pequeños monstruos! ¡Manos a la obra!
Se acercó guiñándome un ojo y dijo.
- Son una bola de huevones, pero eso no interfiere con su trabajo. Quedará usted como nueva.
- Gracias.
Pasaron unas dos horas, escuché como se quejaban los inquilinos, vivían tranquilos sin que nadie les cobrara renta. Tenían el toque de Midas, con la excepción que ellos pudrían lo que se ponía a su paso.
Me desmayé, sentí que iba cayendo en un agujero oscuro y hondo. Hasta que alguien muy arriba, decía con felicidad:
- ¡Está lista!
Tenía doce años cuando me enamoré.
Parece ser que desde pequeña me gustaron los chicos malos, hay algo en ellos que me resulta atrayente y, él era un niño problema. Me sentí perdida en ésa conjugación entre sus ojos verdes y cabello perfecto. Supongo que es precisamente mi “buen gusto” el que me ha acarreado tantas desilusiones amorosas.
Tenía dieciséis años cuando mis labios tocaron los labios de otro chico y aunque no estuvo tan mal, no era algo que yo deseara. Sucedió que ya llevábamos varios meses andando y él lo propuso porque “había soñado que nos besábamos y oh desilusión, al despertar era sólo un sueño”. Así que, tuvimos que hacerle su sueño realidad.
Pero conocí el amor, en su forma pura, en la universidad. Era de ésos que te desprenden el alma del cuerpo y te llevan a deambular al mundo de los soñadores. Reí, viví, pero también lloré. Conocí esa sensación de no estar sola y sentir que el mundo siempre sería pequeño a su lado. También sentí el vacío seco en la garganta y el corazón cuando descubrí que éramos un número impar; nunca entenderé ése gusto nefasto de algunos, esa necesidad del “todas las puedo”. A pesar de algunas amistades, decidí que no estaba lista para vivir ése lado de las cosas.
A partir de ahí, mi corazón ha sido mutilado y estilado muchas veces, tantas que ya no sé realmente qué demonio se encuentre en éste instante, dentro, esperando emerger en el momento menos oportuno. Podría decir que me transformado en una persona sin sentimientos, pero no es así, todavía experimento tristeza o desesperación cuando hay algo que escapa a mi control.
Todavía dudo para decir NO a una buena persona. Todavía sueño, viajo, sonrío… No cabe duda que a pesar de mis 30 años, todavía soy una niña.
CICLOS
Bebía y fumaba como una desquiciada. La retrasada partida le había roto el alma en miles de pedazos relucientes. Se le escapó la vida, robándole dos de sus años más trágicos.
Ese día en particular, cansada de sueños tontos y esfuerzos vanos, se levantó de la cama. La depresión de los viernes abrió con violencia su pecho, el aire denso se colaba por sus pulmones. Sabía como controlar esos ataques de necedad romántica, comenzó por aspirar armoniosamente los placeres de su perfume, ése que él tanto amaba y que a ella le arrancaba la ropa...
Para cuando las cosas se habían aquietado, la bruma de la mañana fue besándole los huesos uno por uno. Recuerdos sombríos nacían de los poros de piel, le gritaban ¡Recíclate!
Se levantó. Por primera vez se sentía poderosa, tomó su pluma fuente y desde el más profundo de sus odios le escribió una carta con el corazón.
IPALNEMOHUANI, EL MONJE DEL MAÍZ
En una ciudad colonial, fundada por conquistadores al frente de un ejército desfallecido, con calles de piedra y casas monumentales, hay una torre de cantera rosada, donde se dice, un monje estudiaba con paciencia, las figuras algodonosas que germinan en las nubes.
Numerosas anécdotas sobre éste personaje obsequioso han circulado a través de los años, sin embargo, sólo un día se ha grabado en las pieles de la historia: A las diez de la mañana de un julio arrebatado, interpretaba un cirro cuando algo bajo los pies de la gente captó su atención, era una flor de maíz. Sus espigas, por la constante marcha de transeúntes y caballos, ya no eran rubias sino muñones grises, amputados por la violencia del calzado de los que vegetan en automático.
Ligero como las águilas, bajó de sus aposentos para rescatar a ésa diminuta espiga de las fauces de la muerte. Una algarabía de chiquillos fríos a sus entornos, le empujó a la plaza principal; jugueteaban a la guerra y a la política, a ser adultos serios, médicos o militares. En ésa misma plaza, la diaria tertulia de ancianos eruditos fue invadida por dos demonios miniatura. Uno de los octogenarios, exasperado les cuestionó hasta el cansancio, ellos sólo respondieron con monosílabos y el señor se rindió.
Era natural que con todo el jaleo, nadie percibiera al hombre de semblante circunspecto que les saludó de reojo. Venía de trabajar. Llevaba en sus hombros un costal lleno de ilusiones decaídas y vestía manta remendada. En sus manos nacían montañas amarillas que le acorazaban para protegerse del arte que le enamoraba, que le destruía, como ése amor adolescente capaz de desangrar a jóvenes inquebrantables.
El monje y el campesino se saludaron con los ojos y la punzada que le retorcía los intestinos, apareció, y con ella, la bendita necesidad que cortejaba al religioso desde su dura infancia.
Ya en su dormitorio, con los vestigios de la flor dispuestos en una maceta, elevó una plegaria a la Virgen de la Asunción para después, a modo de cobijo, posar sus manos sobre los pedacitos grises. De repente, las porciones sin vida renacieron en una encantadora planta de maíz.
Por la madrugada, cuando la luna de plata acompañaba a don Jesús entre las sombras, Ipalnemohuani se deslizó como serpiente, reptando hasta la siembra. Luego, se agachó para posar sus rodillas en la tierra y darle un beso, agradecido por las cosechas pasadas, presentes y futuras. Sabedor que ella le escuchaba, que le protegía.
Murmuró unas palabras a su madre y se transformó en viento. Fluctuando sobre las milpas rozaba con sus labios las plantas secas que después, se teñían de un verde vivo, adornando todo el campo. A medida que se alejaba, Ipalnemohuani se transformó en un colibrí. La enorme naranja amarilla todavía no emergía del horizonte. Las casas soñaban, bendecidas por el calor humano. La música de las plantas, se sacudía a su paso y el sacrificio del rocío nocturno, acariciaba su alma.
Caminó de regreso, la maleza seguía adormilada. Notó en sus huesos cuando la tierra, ardiente como la barriga de una madre, despertaba con el sol. Aprovechó para bendecir las otras labranzas, santiguándose para el nacimiento de una cosecha fructífera. Después, rezó tres aves marías que se alejaron entre el viento húmedo y la soledad del monte. A lo lejos, los demás campesinos ejecutaron el mismo acto. Todos eran parientes, pues en sus venas circulaba la estirpe de la misma diosa que nos alimenta, la que abre su vientre para proporcionar frutos suculentos y elotes magnánimos.
Eran sacerdotes de la diosa de la fertilidad, aquella mujer de caderas anchas, hoy desconocida, divinidad de nuestros antepasados que idolatraban con tamales de elote, atole blanco y pinole.
Don Chuy, abstraído en el trabajo que tanto honraba, escarbó con sus manos la tierra húmeda para depositar el germen de la vida. Semillas de maíz y frijol fueron confiadas al subsuelo con ternura. Esperaba probar los frutos del prodigio de la labranza, en los meses de septiembre y octubre. Era el mes de raudales de lluvia, donde los santos milagrosos protegen al pobre, a las creaturas, a los enfermos y acaban con angustias de la carne.
A las doce, cuando el sol ya se hallaba en el centro del cielo, las campanadas de la iglesia antigua y majestuosa, repiquetearon en la zona. Todos suspendieron su labor y contemplaron el horizonte, un grupo de pájaros negros surcaba la distancia azul como si les perteneciera, listo para disfrutar el olor de la canícula.
Árboles verdes ceñían ésa diminuta urbe, ciudad que se comunicaba con sonidos de espuelas y cabalgatas diarias; que suministraba cobijo a extraños y se vestía con colores de vitral. Acompañada por su guardia fiel, un volcán forjado con los intestinos de la tierra, tenía la apariencia de una ciudad acorazada por un gigante a la espera de enemigos inexpertos y cazadores alados.
Ipalnemohuani se dirigía a la iglesia para celebrar la misa diaria. El aire era distinto. La sintió acercándose, sabía que en el mundo físico y en el espiritual, existen dos almas predestinadas a tropezarse a pesar de todo. Abriles atrás, al tomar los hábitos y ofrecer su vida a la devoción del creador, renunció a ésa pareja por voluntad propia.
El corazón le martilleaba como el tañido de campanadas para misa de cuerpo presente, los pulmones se le secaron con una rapidez violenta, sus extremidades fosilizadas no atendían sus órdenes y un fiero escalofrío le recorrió el espinazo.
Una voz, procedente de otras tierras, en las notas del rumor de las arboledas, le susurró:
- Te lo advertí.
Reconoció en ése eco a la voz de su hermano, quien igual que él, era especial. Nunca comprendieron el origen de su poder, pero tuvieron la suficiente agudeza para custodiarlo como un diamante. Durante su infancia, sus juegos consistían en hablar por minutos sin llegar a entenderse, sólo con sus mentes. Debatían coloquios en latín, profundizaban sobre filosofía griega y egipcia, y consiguieron someter el impulso de aquéllos a quienes la vida les queda demasiado grande; aprendieron a sacrificar los placeres del cuerpo, a cambio de mantener sus dones intactos.
Necesitó poco tiempo para recobrarse y proseguir con su andar, marchaba contra sus sentidos y la imperiosa necesidad de apreciar su rostro. Casi lo conseguía pero en el atrio, debajo de varias capas de piedra madura, una bella voz le atajó:
- Hermano ¿Es usted quien oficiará hoy?
Todo su ímpetu se desmoronó. La joven de melena negra se detuvo frente a él quien no pudo luchar contra los ojos cafés, ni contra la mirada que éstos producían, tampoco consiguió evitar sus labios, que rojos y carnosos le suplicaban una caricia; los senos preciosos que se amoldaban perfectamente a la forma de sus manos, le llamaban por su nombre.
- ¿Hermano? ¿Está usted bien? – Preguntó preocupada porque el hombre de Dios parecía estar al borde del desfallecimiento.
- Sssi, no se preocupe hermana. Sí, seré yo quien oficie la misa.- Dijo, haciendo acopio de fuerzas, la mirada fija en los cuadros del embaldosado.
Ésa noche, se transfiguró en sereno nocturno y se introdujo en la casa de la joven virgen por un resquicio de la puerta. Ella le llamaba con fuego desde su cuarto, la encontró durmiendo; el cabello trenzado la trasmutaba en una diosa de alabastro. Preso del deseo, al advertir que la locura lo llevó hasta su cuarto, se desconoció, arrinconó su concentración y se hizo humano. Le besó la frente, los labios, tomó su mano derecha y ahí, frente a la imagen de los santos médicos, le profesó amor eterno.
Isabel despertó, pero al verse envuelta en la misma escena de sus sueños, continuó bajo el amparo de las sábanas, confiada en que eran alucinaciones. Ipalnemohuani se arrimó nuevamente y se despidió:
- Me has encontrado Isabel, me has encontrado y ahora debes dejarme ir.
Al otro día en misa de doce, Isabel descubrió un hermoso colibrí que yacía inerte sobre el adoquín del templo. Lo tomó entre sus manos y lloró. Lloró por los inocentes maltratados, los animales de la calle, las hojas de los árboles, los amores imposibles, las historias que nunca alcanzan su final. Lloró por ésos niños abandonados, la melancolía de los que están solos, los ancianos sin familia, los nietos sin abuelos...
En la torre, un gusano medidor trepaba por una pequeña plantita de maíz, retorciéndose con urgencia pues una fibra cósmica le consumía. Ahí, a pesar de su cerebro miniatura, pudo comprenderlo todo: Estaba condenado a sentirla a pesar del abatimiento y de todas sus reencarnaciones.
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Te soñé…
Se veían en pensamientos incorrectos, protagonistas asiduos de sueños imposibles; ella vacía, el soltero; ella lo rememoraba varias veces en escenas erradas, sin ninguna pretensión que repetir esas ansiedades nocturnas; él la observaba cautelosamente, ése andar sensual, esas caderas hambrientas, esos pechos despiertos.
Intérpretes de piel desconocida, hombros ambiciosos, piernas resecas, labios feroces; una madrugada los sentidos se agudizaron, se distinguieron en fantasías soporíferas; él casi desnudo se acercaba sigilosamente, los destellos de su piel morena hicieron llamado sordo a la mujer que se escondía tras los arbustos; ella se acercó sin paciencia, tenían a cronos de aliado y un vestido blanco que transparentaba sus pechos sin recato.
Al fin sus miradas se encontraron a centímetros de distancia, él observaba sus caderas que se confundían con el aire caliente que levantaba el vestido de esa dama que anhelaba en su realidad salvaje. Ella veía esos brazos torneados, oscuros y perfectos, la suavidad de una piel extraña invitándola a quebrantar lo inquebrantable.
- Tócame.- Rogaba él, mostrando su torso desnudo, con los ojos cerrados.
Una invitación en el aire, solo para ella, quien cautelosa, se aproximaba en cámara lenta. Su mano derecha rozó esa espalda vedada, sintiéndose invencible y feliz. Recorrió sus brazos presa de pánico por temor a tocar lugares negados, que no le pertenecían. El aguardaba impaciente, los labios palpitándole en un clamor desesperado, exigente.
- Se siente muy suave tu piel.
- ¿no quieres tocar otra cosa?.- murmuró temeroso por una respuesta negativa.
Ella no contestó, se quedó cavilando su decisión; él se armó de valor y levantó la cara que contemplaba el pavimento. Sus labios se buscaron a tientas, perfectos se fundieron en un beso interminable, sensaciones inescrupulosas, lenguas necesitadas, mordidas y saliva. El sabor prohibido de una pasión desbordada, la sensación anhelante de querer más, de tenerlo todo a manos llenas.
El tiempo se les antojaba interminable, la vida sin defectos, las realidades equivocadas y el deseo perpetuándose.
Sus lenguas bailaban al compás de sus corazones palpitantes, sus cuerpos reconociéndose en un beso sensual, aumentaban el pecado de sus encuentros impropios.
Manos masculinas amansando un vestido rebelde, piernas femeninas rodeando un abdomen domado; más besos, uñas rasguñando una espalda perfecta, ponzoña sensual invadiendo las entrañas de una pareja proscrita…De pronto, el amanecer y la tristeza de un sueño prohibido inalcanzable.
Luego de unos meses otra mujer habitando la piel antaño tímida, comenta serena.
- Te soñé.
Arrugas
Ojalá no existiese el “nunca más”, el “no pude”, el “me arrepiento”, el “ya me cansé”, el “se acabó”; que la cotidianidad, plagada de buenos samaritanos y de intenciones correctas, nos saludara cada minuto de nuestra impertérrita existencia.
¡La vida tal cual! Con cuatro letras y en todas sus ramificaciones; vista desde una clepsidra, donde sean las buenas memorias aquello que cuente: el primer suspiro, la primera sonrisa, el primer amor o el primer beso; el fuego en el vientre, consumiéndonos lento y sin reservas; aquél “te felicito”, “estoy orgulloso de ti”, “me encantas”, “te quiero”, “eres lo que tanto he buscado”, “no he podido olvidarte”, “eres importante en mi vida”, “tu puedes”, “te amo”…
Que pudiésemos borrar las arrugas de la incomprensión, de la ausencia de dignidad, de la tristeza; olvidar el vacío del lado izquierdo, los villanos deleznables, los golpes del destino; eliminar cualquier rastro de traiciones, esos corazones dispuestos al sacrificio, el ruido de una pasión insufrible, la diferencia de edades. Rezagarlas en un rincón, fútiles y estúpidas; cortarlas de tajo, según sea el caso, enterrarlas en la fétida podredumbre de lo que no sirve, cubrirlas con cemento y danzar al compás de un bailarín inagotable.
Resguardar razones, dar pleitesía a aquellas arrugas que sonríen: tías que te quieren, primas que te apoyan, abuelitas perfectas, la mirada de aquel sobrino pequeño que te conoce por primera vez, esos vientos secos de felicidad sin una sola gota de agua salada; pláticas a las doce de la noche, sonrisas inesperadas, visitas oníricas, aquél café por la mañana; el “aquí siempre tendrás tu casa”, “aquí estoy para ti”, los amigos. La adrenalina de un “soñé contigo”, “quiero verte”, “me atrapan tus caderas”, “me encanta platicar contigo”. El olor de un bebé, una rosa, la tierra mojada o un hidalgo perfumado. La sensación de una enorme ciudad que te pertenece. Inspiraciones que resisten hasta que el soñador les autoriza una fisonomía. Personalidades atrayentes que invaden antes de dormir.
Enfocar intereses en lo que nos hace bien, abandonar lo que no existe, escapar cuantas veces sean necesarias hasta que prescriba lo lacerante. Ir a donde nos dé la gana sin que la ignominia y la desaprobación fiscalicen nuestros pasos. Porque solo somos vagabundos en una tierra inmensa, polvo en el universo, arena en el desierto. Porque, si fenecieras hoy ¿Se detendría el mundo? ¿Habrías hecho lo que deseaste?... ¿Conociste? ¿Amaste hasta el final? ¿Caminaste descalzo sobre las piedras? ¿Cerraste los ojos frente al vacío de las cascadas petrificadas? ¿Abrazaste un árbol chiapaneco? ¿Te aventaste al lado profundo de la alberca? ¿Observaste una manada de venados al atardecer?
¡Hay tantos adultos amargados que no han vivido lo que deben! No te conformes con lo que el mundo opina que vales. Mereces elegir tus arrugas, escoger tus bifurcaciones, alas propias y anclas gigantescas.