“¡No es malo! Tengo muy buenos amigos allí, sólo pensé que todo en mí gritaba, bueno, Embla,” murmura, quizá pensando que calzaba en una especie de estereotipo hippie. “Pero es cierto, precisamente por eso pensaron que era parte de Omashu,” porque parecía que no era normal que una de sus cantantes fuese de otro lugar que del aquelarre que le funcionaba de casa. “Están en un almacén pequeño, atrás. Después de llevar estas tendremos que volver,” explica con la mirada que se le alterna entre el camino y su acompañante. No cometería el mismo error dos veces, mucho menos si esta vez suponía quedar en ridículo. “Mmmm, me distraigo muy fácil. Empiezo algo hoy, mañana lo olvido, y al mes siguiente, cuando recuerdo que leía un libro, ya no me acuerdo cuál página era ni nada,” alza los hombros en un movimiento corto. Y no es que no disfrutara de la buena lectura, es que su mente siempre se encontraba en las nubes. Aquellos títulos que sí habían absorbido toda su atención los había leído más de tres veces. “¡Vas a recitar poesía! ¡Yo lo quiero leer!” Exclama casi al mismo tiempo que él le invita, cosa que le hace morder una risita. “Lo siento, es que claro que me encantaría verlo. También pensé en hacerlo pero… Quizá no sean muy buenos. Pero antes de que digas algo, te los puedo mostrar a ti… en otro momento. Y ahí me das tu opinión sobre si merecen o no ser compartidos con más,” al mismo tiempo llegan al stand donde su amiga estaría repartiendo aquellos libros. Cuando las cajas abandonan sus brazos, Mijoo hace algunos movimientos circulares con los hombros. No habían sido muy pesadas y aún así resultó agotador. “Andando, ¡vamos con el otro viaje!” Allí deshace sus pasos, esperando que el hombre no tarde en seguirle. Cuando se trataba de ayudar a los demás era como una hormiguita trabajadora.
“Para mí, todo en ti grita Embla,” admite, y si no fuera por las cajas, tal vez le hubiera dado un empujoncito. Se limita a entregarle una media sonrisilla, casi una mueca. Entonces mira a sus espaldas. No sabe cuántas cajas faltan, pero si debían volver a traer más… pudieron ir allí primero, y llevar más cajas. Ser más eficientes. Pero claro, todo eso no estaba entre los planes originales. “La verdad yo no me hago mucho tiempo para leer.” Al menos puede decirlo sin fingir que no tiene el tiempo, porque siempre podía hacerse tiempo para cosas que no fueran el trabajo. La cosa es que simplemente no lo hacía. “Es que… parece una gran pérdida de tiempo a veces, pasan tantas horas. No me gusta pensar así, porque sí disfruto de algún que otro libro, pero…” se encoge de hombros. Acaba por soltar un suspiro mientras vuelve a encogerse de hombros, medio riendo. “No sé — ¡Oye, espera! No dije que lo haría, dije que lo estaba pensando,” corrige, juguetón. Ojalá se sintiera detenido por la vergüenza, pero es más bien otra cosa. Algo que no entiende. Pero eso no es algo que se atreva a compartir con Jojo. No es el momento, supone. Deja las cajas junto a las demás, y su atención se enfoca en aquel aparente dolor de hombros. “La verdad, no soy bueno con la poesía. No la entiendo,” ríe. Hace el ademán de tomarla por los hombros, pero ella es más rápida que él y al final termina por arrancársele, literalmente, de las manos. Acaba sólo por seguirla, entonces, sintiéndose una versión positiva de ridiculez. “Pero bueno, ¿sobre qué es tu poesía? Siempre me dejas curioso. ¿Sabes que no me puedo olvidar de estas cosas? Al menos dime ese detalle.” Esta vez, le choca con el hombro, juguetón. Se le escapa una risilla. “¿Por favorcito?”