Hace poco mΓ‘s de un aΓ±o que decidΓ alejarme de la gente de la cual solΓa rodearme; algunos que consideraba amigos se lo tomaron como un asunto personal. Otros, supongo, terminaron por aceptar el curso de la vida.
Este aΓ±o he vivido montones de situaciones que habΓa olvidado, existΓan. ConocΓ la miseria, la impotencia. Vi rostros de personas que tomaba por amigos mostrar el rostro de la verdad, la indiferencia; convertirse en extraΓ±os.
OlΓ mi propio aroma. ComprendΓ que era el sudor de la derrota y que, en medio de mi desesperaciΓ³n, y del dolor, estaba hundido, incluso hasta perderme de mΓ mismo, terminar por desaparecer.
ComprendΓ lo frΓ‘gil y lo fΓ‘cil que siempre me habΓa resultado la vida, el dinero. Y cΓ³mo mucho tiempo habΓa estado rodeado de extraΓ±os a quienes a lo largo de los aΓ±os habΓa concedido un valor trascendental dentro de mi vida. Otros, a quienes jamΓ‘s habΓa prestado atenciΓ³n.
Supongo, era el flujo de la vida aferrΓ‘ndose a mi garganta, apretujando como un nudo que jamΓ‘s pierde fuerza.
Ahora estΓ‘ el recuerdo de mi rostro visto en el espejo, en la oscuridad. Sus garras empaΓ±ando el cristal.
De vez en cuando me miro, sonrΓo. A pesar de eso sigo sin reconocerme, porque me ha tomado muy poco tiempo en perderme y demasiado el recuperar esa imagen que siempre creΓa, era mΓa.
Luego estÑn todos esos rostros sedientos, esforzÑndose por succionar, convencerte de lo equivocado que estÑs, tratando de hacerte vivir en el error de su propia experiencia, intentando controlarte. Y mientras esa lucha se libra, puede que conozcas maravillosas facetas que ignorabas del resto de la gente a tu alrededor. Algunos vienen a ti. Te abrazan, te cobijan, te consuelan, te confortan, te hacen recordar⦠las maravillas de las que estÑ conformada la existencia.
Aunque sea en un sueΓ±o siempre nulo, o disperso, o nublado, siempre existe en mΓ, al margen del dolor, de la pΓ©rdida y de la falta irremediable de la identidad, un principio. Una voz que emergeβ¦ un tipo de conciencia de orden superior que, alejada de mΓ, de toda norma y de convenciΓ³n y construcciΓ³n social, implora, suplicaβ¦ susurraβ¦ que no hay nada que el tiempo no borre y se lleve como lo hace el mar y su oleaje sobre la arena.
Entonces suspiro. Me recuerdo a mΓ mismo. La ilusiΓ³n a la que sΓ³lo un naufrago se aferra en medio del oasis y de su desvarΓo; contempla un mundo de gigantes de arena, de relojes y de titanes que, al nacer, crecen, pierden forma, solidez. Terminan por derrumbarse, vuelven a formarse, vuelven a derrumbarse como el sueΓ±o y el subsuelo que es tejido, reforzado, en las entraΓ±as mismas del abismo interno de su propia existencia.
Tan real⦠conciso, complejo y, al mismo tiempo, irreal⦠Irreal, misteriosa, como mi propia apariencia. La sombra del umbral⦠de la vida por las mañanas, tras haber dormido lo suficiente, haber soñado, o haber bebido.
Son los ojos apagados de la verdad⦠los que ahora me ahogan. Me observan. Los que, en vano, tratan de ocultarse.
Es la imagen de un espejo roto que, al intentar encontrar su propia mirada, su propio rostro del dolor, del asombro y de la derrota, sΓ³lo encuentran en sΓ el horror de la incertidumbre.
En aras del tiempo, del destino, se consume asΓ mismo ante la incomprensiΓ³n del espacio, la distanciaβ¦ lo eterno. Porque mirando a la profundidad de su propia naturaleza, encuentra nada. Y, en medio de su desvarΓo, sus ojos observan, perdidos, al tiempo que anuncia su forzado paso por la humanidad.