Desnudándote, marchó mi alma.
La pálida luz del amanecer se derrama sobre mi cuerpo como quien llega a presenciar una despedida.
No es hambre. No es la urgencia de la carne. Es el último idioma que conoce mi memoria para decir adiós.
Uno a uno así abandono los fantasmas de los seres que amé, los nombres que el tiempo se negó a pronunciar de regreso, las vidas que jamás ocurrieron. Me entrego no para saciar un vacío, sino para exorcizarlo.
Y cuando en climax alcanzo la última frontera, siempre sobreviene el llanto. Un nudo antiguo cerrándome la garganta, una marea subiéndome hasta los ojos, como si el cuerpo supiera lo que el corazón se negó durante tanto tiempo.
Me despido de cada uno de ellos con mi parte húmeda y con lágrimas en las órbitas de mi rostro.
Es un bautizo inverso. No nazco al amor; salgo de él.
Entonces la luz termina de entrar, el fantasma pierde su voz, y comprendo que el olvido nunca fue ausencia, sino la forma más íntima de la despedida.















