Cada amistad que tengo expande mis fronteras de libertad. Cada vez que se interesan por mi y yo por ellxs, compartimos aquello que tenemos en común, lo comentamos, intercambiamos felicidad o tristeza, ideas, intimidades... Cuanto más nos conocemos más compartimos, más sabemos qué decir y cuando. No soy libre de hablar con cualquiera, arrastro cadenas con eslabones de desconfianza forjadas al calor de todas las traiciones, solo puedo moverme con soltura con quienes quieroymequierenymerespetan (así todojunto). Con esas relaciones nuestro mundo es más grande, nos expandimos en la amistad y con la amistad. En soledad recorro un poco, con otrxs tengo más recorrido. Hay más territorio libre de puñaladas en las espalda cuando está habitado por otras personas con quienes nos entendemos. Un poco como esas ciudades de The Last of Us: amuralladas, del lado interno todo funciona bien aceitado, afuera hongos asesinos que convierten a humanos en zombies. Con cada nueva amistad puedo correr mis murallas más allá, ganar terreno, y hacer más sólidas mis fortificaciones contra las mortificaciones. ¿Estoy afirmando con esto que cualquier persona que me conozca y no decida formar un vínculo de amistad conmigo es zombie? Por supuesto.
"Por muy desengañados que estemos, es imposible vivir sin alguna esperanza. Siempre conservamos una, a pesar nuestro, y esa esperanza inconsciente compensa todas las demás, explicitas, que hemos rechazado o agotado." (E. M. Cioran; Del inconveniente de haber nacido, 1973)