Extravagante: la que vaga por fuera o Reencuentro
La historia del trauma había olvidado una parte de sí misma: padecía amnesia disociativa. Los recuerdos llegaban como rayos, desordenados, ¿tenía sentido aquello? ¿Había pasado? ¿Solo había sido un sueño? Dicen las malas lenguas, que las antiguas histéricas, no eran sino víctimas de violencia de género. Maltratadas en el hogar, el primer manicomio, y, condenadas, más tarde, a un rosario interminable de locura oficial. No en vano, cuando falla una institución, se produce un efecto dominó y el resto va detrás. Y, es que, los cimientos de la sociedad son el mismo delirio... Si, si, si, claro. Ponle una inyección a esa loca y que pare de joder. Ni por asomo se te ocurra escucharla. Mejor que se quede ahí, para siempre, viendo el mundo a través de un cristal...
No sabe muy bien por qué, pero, aquella tarde — o noche, tal vez — no lo dudó, y fue en su busca. El camino era de todo menos fácil. Soportó los rigores del frío, el miedo, el hambre y el cansancio. Por si eso fuera poco, tuvo que atravesar tres bosques pantanosos en medio de la oscuridad, mientras una jauría de perros parecía seguirle los pasos. Hasta que, finalmente, llegó. La encontró subida a un árbol, tal y como la había dejado la última vez... ¡Tantos años!... ¿Cómo era posible que la hubiera olvidado de ese modo? Estaba sucia, despeinada y hambrienta. Puede que un poco enferma. Le dieron ganas de abrazarla. Ella, en cambio, cuando notó su presencia, se asustó. Al principio, no fue demasiado cortés.
— ¿Quién eres y qué haces acá?
— Soy alguien que ha venido para quedarse. Hace rato te estoy buscando. Por fin, te encontré.
— ¿Por qué tendrías que hacer eso? A nadie le importa nada...
— A mí sí... Aunque parezca mentira, no todo el mundo es igual. Dime una cosa, ¿te gusta la escuela?
— Ya lo sé — Y rieron buenamente las dos.
— Tampoco — Volvieron a reírse. Era una extraña y agradable conexión.
— ¿Te apetecería ir a otro país?
Miró con incredulidad. No contestó. En cambio, preguntó:
— ¿Qué llevas en la mano?
— Es un libro electrónico. Acá dentro caben todas las bibliotecas del mundo. No es lo mismo que un libro normal, pero es muy útil si te gusta viajar. O leer mucho. Dime, ¿qué te gusta más viajar o leer?
Sus ojos brillaron como antorchas en mitad de la noche. Ese era el punto justo en que la quería ver. De hecho, para eso había ido hasta allá. Sonrió, y, ella, por su parte, le devolvió la sonrisa. Le habían dicho que iba a ser complicado, disuadiéndola de ir a buscarla. No obstante, el desarrollo de los acontecimientos demostraba lo contrario.
— ¿Sabes? Me gustaría que me acompañaras. Si tú quieres, claro.
— No te preocupes. No tienes que responder ahora. No tengo prisa. Puedo esperar el tiempo que necesites. Si te soy sincera, empieza a gustarme este escondite.
Entonces, sin decir una sola palabra, la abrazó.
— ¿Eso quiere decir que me acompañas?
— Genial. Volveremos por un camino más corto y agradable. Todo saldrá bien.
Resultó más sencillo de lo que creía en un principio. Si hubiera hecho caso de las advertencias, no estaría acá. Pensaba en eso, y en las ironías de la vida, mientras le tendía la mano para ayudarla a bajar.
Y se fueron alejando lentamente las dos...