Para encontrar las cosas, lo mismo que para encontrar a las personas, hay que dejar de buscarlas. De ahí que las llaves perdidas aparezcan al poco de que hayamos hecho un duplicado. De ahí también que el adolescente no vuelva a casa el sábado por la noche hasta que sus padres, rendidos, se duermen en el sofá. El hijo pródigo regresa cuando le dábamos por muerto. El mundo se te entrega cuando renuncias a él. La vida se te ofrece cuando no te interesa. Cabría preguntarse si tú mismo eres el objeto perdido de alguien que, al doblar la esquina, más que encontrarte, te reencuentra. Dejemos pues de buscar las llaves, las gafas, el amor; de buscar a los difuntos en los rostros de aquellos con los que nos cruzamos en la calle. Y sentémonos a esperar a que den con nosotros, que ya es hora.
—Juan José Millás


















