Hoy me desperté con una extraña melancolía por Cagua.
Desde hace meses (desde que me dijeron que entregaron el local) siento que perdí algo, un ancla emocional, o un techito donde llegar.
Pero ¿cómo un sitio al que iba una vez al año me causa tanta nostalgia y se me queda aferrado en el pecho? Siento que me han quitado el piso en Cagua.
Y luego viene a mi mente esta mujer, de unos 60 y misteriosos años (nunca quería admitir su edad), que acompañaba cada diciembre, y pasábamos alrededor de 12 horas sentadas o paradas, vendiendo, cambiando maniquíes (mi parte favorita), contando dinero, anotando ventas, abriendo el probador, sonriendo y ofertando. Esos días, por muy ajetreados que fueran, era mi parte favorita del mes. Me gustaba la idea y sensación de contribuir activamente en el crecimiento del capital de "la familia", aunque a mis 11 años decía algo menos técnico, como "me gusta vender". Genuinamente disfrutaba la hinchazón de pies, el estar cansada luego de haber vendido 5 o 40 piezas de ropa, cargar las bolsas del trabajo hasta la parada y de la parada a la casa.
En el trayecto de la casa al trabajo siempre estuve muy atenta del camino, para saber dónde pedir la parada "cuando me tocara venir sola", y era bastante fácil, porque luego de la clínica, el bus doblaba a la izquierda y par de cuadras después solo debía esperar ver un edificio con vidrios azules que dijera "CANTV". Años después fui elegida para revelarme la ruta "peligrosa", que era tomar un bus que fuese hacia la Encrucijada o Maracay, y quedarme en la avenida (era peligroso por el hecho de cruzar la avenida), cerca de la bomba, en una plaza con forma triangular.
El camino de regreso era más fácil y gratificante. Pasábamos por la plaza, por mercados, Traki, los chinos, panaderías... Cuando estaba joven, esta mujer caminaba adelante, para enseñarme pacientemente el camino. A eso de los 12 años, dejó que yo fuese adelante para cuidarme y comprobar que yo supiera el camino, y a mis 15 años ella iba adelante de nuevo, porque yo tenía que cuidarla.
Recuerdo nítidamente la silueta de su cuerpo, caminando lento, delante de mí. Era un cuerpo bajito, cansado y viejo, con forma de barquilla. Sus pantalones nunca se moldeaban a sus piernas porque eran muy anchos, sus nalgas eran un triángulo invertido, y sus blusas eran rectas y definían algunas lonjas en el tren superior. Siempre me pareció una forma corporal horrible, pero no injustificable.
Me parecía una vil mentira que esa mujer fuese la misma en una fotografía en su habitación, de unos 18 años, con rulos cortos y un cuerpo de guitarra, un vestido ceñido al cuerpo y una cara un poco seria para su edad.
Creo que jamás aprendió a sonreír para una foto. Lo deduje la última navidad que tuvimos juntas, cuando a pesar de mis esfuerzos por ser graciosa, la mujer no se reía para las fotos. No recuerdo qué ridiculez tuve que decir para tomarle una foto sonriendo... y perdí las fotos. Eran de malísima calidad, con todo lo que puede dar una tablet Canaima y una mala iluminación.
Ese día, como cada 31 de Diciembre, insistimos mucho para que se pusiera acorde a la ocasión. Siempre me causará gracia y ternura que la ropa de los viejos para "ocasiones especiales" es algo de corte recto con brillos o simplemente algo de corte recto sin tela desgastada.
Se puso un juego de zarcillos y collar de perlas (típico de viejas) y se perfumó. Yo era su confidente, y la ayudé a envolver todos los regalos de navidad, excepto el mío, que lo envolvió ella misma. Recuerdo mi regalo.
En su casa se abrían los regalos el 31 de Diciembre, ya que el 24 siempre llegaba muy cansada, porque el venezolano tiene esta costumbre de comprar los estrenos a última hora.
Ese día 31 lloramos de risa al ver la decepción de mi hermano por recibir un boxer tres veces su talla. Aún me da risa su expresión, y recordar la risa de ella, ahogada.
En esos tiempos ella no estaba enferma, aunque ya tenía síntomas, como la leve hinchazón abdominal.
De un modo tácito y realmente satisfactorio, durante todos esos años, aprendí el "sacrificarte" con gozo y amor, el cargar con el mayor peso posible, ceder el puesto a esta mujer, hidratarla, cuidarla y seguirla. Mientras más peso yo tenía encima, mejor me sentía porque sabía que era menos peso para ella. Aquí no era cuestión de equidad, sino de la necesidad latente de disminuir cargas durante mi corta estadía en su casa.
Con este cansancio, venía el derecho divino de estarlo. Bien justificado. Se instauraba una especie de matriarcado muy por debajo, donde una decía que estaba cansada y nadie se atrevía a cuestionarlo, te hidrataban y de la manera más amable, te ofrecían el baño para que te ducharas, fregar los platos, etc. Era el poder de trabajar fuera de casa, no como ama de casa. Y me quedó gustando la sensación.
Con esta mujer, que era la madre de mi madre, salí de mi zona de confort muchas veces, y me sobreponia ante la timidez o el autismo cuando de vender se trataba. Ahora puedo ser otra persona totalmente diferente cuando se trata de ganar dinero.
Ella era Capricornio, y no lo entendí sino después de su muerte.
Vívidamente recuerdo nuestras tardes sin concurrencia de posibles clientes, donde estaba sentada a mi lado, rascándose la nariz hacia arriba (lo que hacía que se le marcaran más unas arrugas que tenía y la nariz parecía de cerdito), sus cejas desalineadas, la típica expresión de desdén que causa el mundo luego de más de 60 años viviendo aquí, el volado de sus pantalones, sus sandalias increíblemente aburridas, y sus consejos como "nunca le digas tu edad real a nadie ni tu nombre completo, porque te pueden hacer brujería". Años después, me comentó que ella no me decía su edad real porque yo era muy lengua suelta. Y seguramente sí lo era. Lo soy.
Igual parece que su enfermedad fue una brujería, porque no duró ni un año en cama. Apareció un sapo muerto e hinchado un día cerca de su trabajo creo, y luego ella comenzó a hincharse, y se murió un 29 de Diciembre. Ya estaba en casa, desahuciada, y era lo que todos esperábamos. Yo por mi parte, a mis 17 años, lloré solo por 15 minutos, y casi por una cuestión de que "debía hacerlo". Honestamente estaba muy entretenida con la nueva vida que había creado mi tía, que tenía 9 meses de nacida, y me gustó cuidarla junto con mi hermano, mientras mi mamá vomitaba por la noticia y mi tía intentaba sobreponerse ante la situación y organizar el funeral. Creo que mi abuelo estaba muy ocupado saliendo con alguna joven y dándole el dinero de su pensión.
Por otro lado, siento que esa mujer que murió era ajena a mí, alguien que nunca conocí. Frágil, enferma y delirante, ajena a mis experiencias con Servilia Ana. Mi abuela no era ella, mi abuela era la mujer cansada riéndose ese 31 de diciembre, con sus perlas de gente vieja y su ropa clásica, luego de haber hecho mucho dinero para gastarlo en regalos y comida para su familia.
Me mandaba a barrer el patio cuando tenía frío por las mañanas. Me sorprendía lo efectivo que era.
Creo que se volvería a morir si supiera que ya no hay mantel en el comedor de uso regular, que ahora el corredor se la pasa realmente sucio y con el piso partido, y el patio lleno de hojas secas. Talaron el árbol de naranjas y el central del patio, de mangos. No hay morrocoes. Nunca más nos bañamos en el tanque. Ya no se hacen cientos de helados de diferentes sabores para carnaval. Mi abuelo está viejo y débil, y se ha caído varias veces.
Ella se sacrificaba tanto por cuidar todo eso, que casi me da tristeza que se entere que su carácter controlador solo era "útil" mientras ella estaba viva.
Tengo una imagen extraña, difusa, de un recuerdo real, cuando estaba muy pequeña, y mi abuelo me decía "vamos a buscar a tu abuela", y en medio de una neblina de recuerdos o climática, llegábamos a una parada, donde la decepción se apoderaba de mí porque yo creí que iríamos más lejos. Y pocos o muchos minutos después, llegaba ella, en un bus, con un montón de bolsas, y a mí me parecía una revelación o aparición, un ser celestial que venía de un lejano y misterioso lugar con cosas para comer. Siempre quise ir de donde ella venía. Y lo logré.
Pero ahora entregaron el local en Cagua, y ella está muerta hace 8 años.
Al menos tengo la dicha de haberla convencido de poner cerámica en la tienda. Siempre tuve esta virtud de tener ideas renovadoras con los lugares.
Sacando cuentas, estuvo menos de 15 años en mi vida, y me parece poquitito. Y aunque no lloré en su momento, de vez en cuando viene a mí este vacío por su ausencia y todo lo que se desmoronó con ella, o con el tiempo, o ambas cosas.
Nunca fue la abuela más cariñosa, ni la más honesta.
Con ella aprendí tempranamente que los adultos mienten, y me puso en las circunstancias para tener la iniciativa de tener las cosas por mis medios si alguien no me las quiere dar. Me prometió un cojín de corazón igual al de mi tía, siempre me decía que "lo estaba haciendo", "está en el clóset pero no lo puedes ver", entre otras maniobras. Esperé pacientemente par de años, hasta que decidí revisar su closet y toda su habitación. El cojín para mí no existía. Así que le pedí a mis padres que me compraran uno en Macuto, que tengo hasta hoy día, como prueba de mi bizarra victoria.
Era una mujer tan realista y dura, fuerte y astuta, que por eso me divertía. Nunca fue una figura de autoridad, fue una figura financiera con un misticismo envolvente que al final del día, solo quería compartir con su familia.
Ella tenía un tema con mis labios, decía que eran demasiado grandes y oscuros. Supongo que su poca formación académica no le permitió entender cómo funcionan los genes de gente negra. Creía que yo tenía los labios quemados por el sol, y que mis labios podían reducirse con cirugía u ortodoncia. No lo recuerdo con molestia o incomodidad, solo me sigue pareciendo increíble su imaginación y que se la haya transmitido a mi mamá.
No maduré lo suficientemente rápido para explicarle que sí me gustan las arepas pequeñas que hacía, pero por la influencia de mi mamá creí que no me gustaban y las prefería grandes. Aún la recuerdo diciendo "Esas arepas tan grandes quitan el apetito", y ahora me hago 4 arepas pequeñas para comer bien.
A veces siento que está por ahí, sin ser consciente de su existencia, y sin saber que ahora la llamo abuela (por fines prácticos), en vez de Mamá Servilia.
Hoy es de esos días que la nostalgia me quita las sábanas a las 6am y la única manera de controlarlo es escribiendo.