QUIERO PANCAKES
Quiero pancakes. Tengo todos los ingredientes en la cocina- la harina, el huevo y la leche y sin embargo, no preparo pancakes hace años. ¿Porqué? Porque los solteros no comemos pancakes. Me atrevo a apostar que si estás leyendo esto y eres soltero, estás tratando de recordar la última vez que comiste pancakes. No la recuerdas, ¿verdad? Los pancakes son para gente enamorada, para mañanas románticas, cabezas despeinadas y sonrisas vagas. Los pancakes son para novios que cocinan juntos en pijamas- “tú prepara el café mientras yo hago la comida…” Los pancakes son para las parejas que salen de brunch todos los domingos y que piden Bellinis y comparten dos entradas- una dulce y una salada. Los pancakes, al igual que las clases de salsa y los viajes a Napa Valley, son para compartir con alguien que quieres.
Yo soy muy feliz en mi soltería. Es en serio. Me encanta mi libertad y amo estar sola en mi apartamento cocinando o tocando guitarra. Disfruto salir a cenar con mis perros y sentarme sola en la barra a pedir una copa de vino y tres toneladas de sushi. Pero de vez en cuando, me topo con esas cosas diseñadas para recordarnos a los solteros que estamos solos y que nadie nos quiere. Esas cosas que existen simplemente para despertarnos la falta de amor y cariño. Los pancakes son una de ellas. Nadie en este mundo se despierta solo en su cama y dice “hmmm voy a hacerme una docena de pancakes con frutas frescas, mantequilla y sirope por encima.” Nadie se despierta solo y se anima a ponerse ropa decente y hasta maquillaje para ir a un brunch a sentarse a beber mimosas y a comer pancakes en una “mesa para uno”. No. Los solteros nos quedamos sin pancakes de la misma manera que las parejas se quedan sin acostarse con gente nueva. Unas por otras mis queridos lectores.
La sociedad ve la soltería como una especie de limbo. Nosotros, los desdichados sin parejas, estamos en el purgatorio, pagando por nuestros pecados a ver si algún día nos dejan entrar al club más elite del mundo- el club de los enamorados. Mientras estamos aquí, el mundo magnifica nuestra soledad para que nunca la olvidemos. Nuestra prima recién casada nos dice con cara de pena “no te preocupes, pronto encontrarás a alguien”. (Créeme querida, no estoy preocupada.) La radio nos recuerda cada minuto que nadie quiere querernos “pasito a pasito, suave suavecito” y nuestros amigos nos invitan a bodas sin darnos un “plus one”, porque dudan seriamente que logremos engatusar a alguien antes de la gran fiesta. ¿Qué les puedo decir? Es es la realidad en la que vivimos. Los solteros comemos tacos los sábados a las una de la mañana y las parejas comen pancakes los domingos a las una de la tarde.
Soy Raquel Sofía y no quiero novio, pero sí quiero pancakes. Quiero cocinarlos de desayuno sin tener que hacer media receta (¿cuál es la mitad de un huevo?) y sin que me sobren nueve pancakes y medios para el almuerzo. Quiero hacerlos poco saludables, con chocolate chips, sirope “full fat” y mucha mantequilla. Quiero pancakes y sé que al admitirlo, estoy alejándome de “la vida loca” y encaminándome en el camino de los enamorados, de los serios, de los casados, de los adultos. Ya hoy quiero pancakes… ¡Mañana quién sabe! Todo comienza con un desayuno inocente y de momento, en una abrir y cerrar de ojos, te encuentras lavando calzoncillos manchados con tus panties negras de Victoria Secret. No sé qué pueda pasar ahora con mi vida. Sólo sé que tengo ganas de meterme mil quinientas calorías de harina, huevo, sirope y amor.














