A veces querer es dejarlo ir

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A veces querer es dejarlo ir

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Raquel Sofía - Déjalo ir
Raquel Sofía @raquelsofia
Así nos fuimos de amigos a amantes a seres distantes y nada más.
🌌🌚
ESTO A MÍ ME SABE A AMOR
¿Se han encontrado alguna vez entre el sí y el no? ¿Entre brincar o quedarse con los pies firmes en la tierra? La linea entre “no loco, sólo estamos pasándola bien” y “diablos mano, estemos bien enchulaos” es muy finita y a veces la cruzamos sin darnos cuenta. De la misma manera que un día amanecemos con fiebre y dolor de garganta, el amor nos encuentra desapercibidos y se apodera de nosotros como un caso grave de influenza.
Mi historia comenzó como todas- yo sólo quería divertirme con buena compañía. Pero la vida me puso en el lugar perfecto, en el momento preciso, para encontrar exactamente lo que no estaba buscando. De momento me di cuenta que de todas las personas en el bar, en la ciudad, o tal vez en el mundo, este personaje podía ser el más interesante. De momento, me sentí como James Bond en una misión secreta para salvar el mundo- era mi deber y mi responsabilidad como mujer soltera darle la oportunidad a este espectacular espécimen masculino. Digo “darle la oportunidad” para mantener algo de mi orgullo. La verdad es que yo estaba como caballo de carrera- iba en sólo una dirección y no veía a nadie más.
Todo comenzó de una manera “casual”. Dijimos las palabras “sin compromiso” tantas veces que perdieron su significado, cada uno tratando de ser extra cool y relajado. Wow, que ridículos. Reducíamos los mensajes de texto a lo mínimo necesario y yo aseguraba de tardarme siempre diez minutos más que él en contestar, para dejarle claro que yo no estaba desesperada (sí lo estaba). Tratábamos nuestros encuentros como ocurrencias normales, como si se dieran todos los días con personas diferentes. Pero detrás de nuestras caretas de “playboy” y “chica divertida”, había una conexión real.
El tiempo y la intimidad hacen que lo “casual” se convierta en profundo. Se van sumando las risas compartidas y los chistes internos y cada vez duele un poquito más decir adiós. El “te quiero” vive en tu paladar pero no te atreves a decirlo, los besos saben a mermelada y la noche ya no es suficiente…lo quiero pal’ cafecito que yo preparo en la mañana. De pronto te inspiras y te conviertes en poeta o pintor o en mi caso, te da por escribir canciones.
Cuando escuchen “Ron De Azúcar”, por favor acuérdense de esta historia. La escribí con mi amiga Kany García y habla del amor que tratas de resistir, pero no puedes. El que llega cuando no lo buscas. El que asusta un poquito pero vale la pena. Se trata de ese encuentro casual al que le van naciendo ramas, raíces y flores hasta que un día te despiertas y dices, oh shit, esto a mí me sabe a amor.

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EL ENTRENADOR
Quiero empezar aclarándoles una cosa: yo me veo horrible cuando voy al gimnasio. Mis rutina per-gym se reduce a ponerme pantallas y si me acuerdo, a afeitarme las axilas. Mi uniforme para hacer ejercicios es parecido al que tú te pones para lavar el carro y me dejo el pelo au naturale, en otras palabras, me lo dejo algarete. Encima de eso, uso rodilleras, muñequeras, faja y guantes, así que parezco Robocop, pero menos cool. Ok, ya que tienen esta hermosa imagen en sus cabezas, les quiero contar que en el gym conocí al hombre de mis sueños.
No sé su nombre, ni de donde es, pero su acento exótico me hace pensar que es Europeo. Yo digo que de París, a donde pienso mudarme a vivir con él algún día. Tiene los ojos más azules que he visto en mi vida y siempre está alegre, mostrando su sonrisa Colgate. Es una belleza universal, indiscutible. No es uno tipo de esos que es mi gusto o tu gusto. No. Es el gusto de todos y de todas y él lo sabe. Cuando se quita la camisa después de hacer ejercicios, yo me convierto en “The Mask”: se me salen los ojos y la lengua. Tiene abdominales hasta en los cachetes y me gustaría usarlo de centro de mesa en mi próxima fiesta. Es un Adonis en tennis Crossfit y cuando me pasa por el lado me pongo tan nerviosa, que no lo puedo ni mirar.
Siempre lo veía por el gym, a distancia, y le echaba piropos en mi cabeza. (“¿Hey baby, te dolió cuando caíste del cielo?”) hasta que un día decidí tomar su clase. Yo no me estreso por competir en el gym. Voy a mi paso, tranquila, pero en esta clase en específico terminé primera, antes que todo el mundo. ¿Cómo? ¿Cómo no? ¿Cómo no voy a darle más duro que nunca en mi vida con ese hombre mirándome, animándome para que no me quite, diciendo mi nombre como si fuésemos amigos? Con mi príncipe azul al frente, yo me sentía imparable. Le sonreía entre los miles de burpees, bajaba más que nunca en los squats y brincaba hasta casi tocar el cielo. Cuando pensaba que ya no podía más, me encontraba el mar profundo de su mirada y sí, sí podía. Corrí como Usain Bolt, hice push ups sin poner las rodillas en el piso y remé como si estuviese en el Triángulo de Bermudas. La verdad es que, con su acento ambiguo, me pudo haber pedido que nadara de Miami a Puerto Rico y yo lo hubiese hecho sin pensarlo dos veces.
Me dediqué una hora, no a hacer ejercicios, si no a impresionar al entrenador. Fue posiblemente el mejor performance de mi vida. De tirarme al piso, terminé con las rodillas, las manos y la camisa negra. Estaba cubierta de arriba a abajo en sudor, con el pelo chorreando, pegado a la frente. Estoy segura que olía horrible. El entrenador/mi futuro esposo decidió usarme de ejemplo al frente de la clase. Me señaló y dijo: “Así es que deben terminar después de hacer ejercicios- sucios, sudados, con la ropa embarrada, exhaustos…” Como se pueden imaginar, ese no era exactamente el halago que quería escuchar de un hombre tan bello que es casi un poster andante. En ese momento lo supe- mis fantasías de ser la Sra. Entrenador seguirán siendo sólo fantasías.
El gym es el peor lugar para conocer tipos, punto. Yo no voy a pasar trabajo poniéndome linda para ir a sudar, así que he aceptado que al entrenador probablemente nunca le interesará hablarme, más allá de decirme “¡Vamos Raquel, cinco squats más!” Pero eso está bien. A mí me basta con escucharlo decir mi nombre y contarle los abdominales cuando se quita la camisa para hacer pull-ups.
FOMO
“I don’t wanna close my eyes, I don’t wanna fall asleep cause I miss you baby and I don’t wanna miss a thing.”- Aerosmith
Hola soy Raquel Sofía y tengo FOMO. Tengo FOMO por las noches, FOMO por el día, FOMO de lunes a domingo y de domingo a lunes. FOMO, se refiere a “fear of missing out” y yo, señoras y señores, no me puedo perder nada.
El hecho de que sea un concepto poco científico no le quita lo real y pesado que es. Mi FOMO llega a ser tan agudo que termino como la canción de Aerosmith- sin dormir. Acostada en la cama, casi llegando al sueño, comienzo a pensar: “Hay tanta gente divirtiéndose ahora mismo y yo aquí cerrando los ojos, muriendo una noche a la vez… ¡Noooooooo! ¡Espérenmeeeee!” La realidad es que no importa el plan. ¿Nos vamos a tatuar? ¿Nos vamos a hacer sky diving? ¿Nos vamos a tomar una botella de Jack Daniels a las nueve de la mañana? Dale. Vamos. De una. Son cosas que no haría sola, cosas que en realidad ni me interesan tanto, pero si tú las vas a hacer y va a estar brutal y vamos a hablar de eso todas nuestras vidas, yo no me lo puedo perder. Siempre me quedo hasta el final de la fiesta. Siempre lo sigo hasta el after, after, after party, porque no puedo permitir que pase algo increíble sin yo estar ahí. A veces vale la pena y tengo la mejor noche de mi vida. Otras veces, termino en un sofá viendo a mis amigos jugar Mario Kart y deseando haberme ido a dormir hace tres horas. Mi FOMO es mi bendición y mi condena.
Ahora les voy a decir las cosas que me dan FOMO. ¿Listos?
ME DA FOMO CUANDO mi familia se reúne en Quebradillas y yo estoy en Miami. Cuando mi hermana y su novio salen a cenar sin mí. (Ellos viven en San Francisco así que esto pasa bastante a menudo.) Cuando son las Fiestas De La Calle y mis redes sociales se inundan con fotos de gente pasándola extra bien en la calles del Viejo San Juan. Cuando Taylor Swift hace un video de música con todas sus amigas famosas vestidas de super héroes y yo estoy ahí. En verdad cuando Taylor Swift hace cualquier cosa y yo no estoy ahí. Me da FOMO cuando veo fotos de mis amigos en el DF comiendo tacos y bebiendo mezcal y viviendo la mejor vida ever. También cuando todo el mundo se retrata con Miguel Ángel Silvestre en los Latin Grammys y yo estoy en Mayagüez imaginando a qué huele ese pedazo de hombre. Seguro huele bien rico. Cuando me fui de crucero con mi familia, yo me asomaba por la puerta de mi cuarto cada vez que escuchaba voces en el pasillo, por si eran ellos tramando algo divertido. A veces no había nadie afuera y las voces estaban sólo en mi cabeza. Eso sí es FOMO. O tal vez locura…
Deben estar pensando, “Wow, Raquel, que loser eres”. Y sí, tienen razón. Soy loser y sin pena. Pero eso no me quita el sueño. Lo que sí me lo quita es el deseo de vivir una vida extraordinaria. Quiero llenar mis años de experiencias, de cuentos, de personajes y ese deseo, ese miedo al aburrimiento, a ser conformista, es la raíz de mi FOMO crónico. No es una necesidad de sentirme incluida, ni cool. Es una necesidad de sentirme viva.
Art by Ivan Colic