Trying to write more
Entender y darme entender es una de las aspiraciones que el día de hoy quiero perseguir.
Sé que este es un tiempo donde las redes sociales no dejan mucho tiempo para la elaboración y el dialogo. Se busca el mejor punch-line, el comentario sarcástico que detone la risa del lector o la bulla de la vergüenza. Me hace pensar en mis días de secundaría. Frente al gran grupo, había payasos certeros, pequeños déspotas o los silentes, las presas que intentaban pasar desapercibidas. Pero cuando dejaban por un segundo la seguridad de su anonimato, era fácil dirigir a ellos y ellas las armas pueriles. Que masacres se vivían, que masacres viví. Entre golpes agudos; objetos lanzados sin posibilidad de ubicar la mano agresiva; insultos escritos en cuanta superficie se encontrará; sustancias vertidas a espaldas; rumores, burlas y otras astillas que ardían en los frágiles espíritus, se buscaba un soporte para sobrevivir en esa selva. El pequeño Vietnam de cada escuela pública, solo para aquellos cuya personalidad no se ajusto o no estaba preparada. Los espíritus flácidos, adelgazados a base del miedo y la promesa de alcanzar algunas vez el amor.
Hoy día, me entero que no en todas las secundarías se vivía tal sadismo. No, la mía fue como muchas, pero como pocas en realidad.
Espíritus flácidos, adelgazados a base de miedo y la promesa de alcanzar el amor.
Vi Joker el día de ayer.
Fue una golpiza emocional que me alegra haber recibido. Así como un día lo fue Expreso de Medianoche, Requiem por Un Sueño, o Johnny Cogió su Fusil.Películas donde el protagonista es el espíritu humano encarnado , intentando sujetarse de algo en la voragine de los tiempos y los sueños retorcidos por su paso. Agradecí haber estado en esa sala, y agradecí aún más sentir las discretísimas lagrimas en la orilla de mis parpados al ver su primer asesinato. El cine puede hacerte sentir emociones familiares, pero el Gran Cine (con mayúsculas) te hace sentir cosas que no habías sentido aún. Una imagen que es violenta según cada quien le parezca, pero que para mí, en esencia, es una escena de supervivencia cruda, una supervivencia que efectivamente transforma al protagonista no en un heroe, no en un justiciero, vengador o figura romántica. Al contrario, es el espíritu dándose por vencido, quebrándose por fin, aceptando dar un fragmento de si mismo por un poco de paz, por evitar el dolor, ese que no nace en la piel, sino en la existencia.
El ver esa escena me produjo profunda tristeza: en un par de fotogramas fue testigo de una muerte extremadamente violenta, aún más violenta que la del hombre a quien Arthur asesina. Viví, sentí la muerte de su espíritu como un todo; la penetración de una sociedad iracunda en un alma que había resistido su embate. Infectado, pero con la paz de respirar profundamente, el alivio después de vomitar la necesidad del control. Y la película es una espiral, larga, sin orillas de cual sujetarse. Con velocidad constante. Donde lo mejor es soltarse a pesar de que cada momento se hace más oscuro, menos familiar. La invitación a negociar el espíritu por unos minutos de baile libre y alegre. ¿Prefieres sentir la mutilación lenta de tu esencia o dar uno riquísimos quiebres? De todos modos ¿de que vale tu espíritu en un mundo en el que no hay medicamentos, no hay servicios, no hay justicia, no hay empatía, amabilidad, encuentro, satisfacción, escucha, compañia? ¿De que te vale ser un espíritu solitario cuando puedes dejarlo en casa y salir a bailar?
Dejando de lado la vulnerabilidad de Arthur como paciente psiquiátrico, la realidad que me refleja la película es la de un mundo hostil. Un mundo en el que viví durante un buen tiempo, y en el que hoy día me esfuerzo a dejar. Un mundo donde nadie ayuda. Donde tu espíritu no embona. Un lugar donde constantemente escuchas la frase "te falta malicia". Si bien mi espíritu estaba famélico, nunca será lo suficiente vigoroso para vivir aquí, porque siempre pide más y más musculo, más y más respuestas ingeniosas. Arthur no tuvo otro lugar a donde ir. Yo que si puedo, prefiero mudarme a un mundo, una visión del mismo, donde las personas apoyan con lo que pueden, ayudan porque sienten, se esfuerzan en empujar la roca hasta la cima de la montaña aunque tengan que volverlo a hacer, quizás no porque les encante el absurdo, sino porque pueden hacerlo, porque siguen vivos. Incluso lo hacen con una sonrisa en el corazón. A la mejor y aquí si abracemos a esos espíritus adelgazados a base de miedo y la promesa de alcanzar el amor.
















