Prólogo: Es para quienes busquen leer algo entretenido, no para nadie más. El cuento se lee mejor como mosaico, no como línea temporal.
Agradecimientos:A mi familia y amigos. Gracias por haber compartido mi vida, habéis sido lo más importante para mí. Siento haber sido tan insegura. Siento haber sido un poco tóxica.
Treinta años. Fue el tiempo que tardaron en diagnosticarle trastorno límite de la personalidad, pero Ela lo sabía desde que era pequeña. Bueno, sabía que su mente no funcionaba igual que la de los demás. Recostada en sus sábanas de algodón blancas, mientras escuchaba la música instrumental que tenía puesta de fondo, le empezaron a preocupar sus fluctuaciones de empatía: para poder entender las emociones de otra persona, para poder sentirlas, tenía que haberlo vivido antes, pero para poder sentir el dolor físico de otra persona no le hacía falta romperse un brazo. Esa ambivalencia emocional le permitió sobrevivir en una casa disfuncional donde todo podía cambiar en cuestión de segundos.
Sólo tenía seis años de edad y Ela ya había conseguido convencer a sus padres para que le dejaran estar sola en casa de tres a siete de la tarde mientras ellos trabajan. Detestaba las guarderías y las casas de las niñeras por las que había pasado; detestaba la leche barata que le daban para merendar y los programas de corazón que le obligaban a ver; detestaba el reggaeton de sus hijos y detestaba a Don Omar. Ahora ella podía estar al mando de la televisión y ver Disney Channel mientras merendaba sándwiches de jamón y queso.
Su adolescencia la pasó atrapada en un instituto, que más que un instituto parecía una cárcel, con barrotes blancos y pupitres verdes en los que tenía ensoñaciones de libertad. La sirena que les hacía entender que eran libres también sonaba como la de una cárcel. Se sentaba con sus amigas en el césped en los recreos, desayunando o haciendo los deberes que no había hecho la noche anterior, a pesar de tenerlo anotado en su lista de tareas. No era una cuestión de pereza, era una cuestión de depresión. Sus compañeros la odiaban.
Su vida, marcada por el trastorno límite de la personalidad, había sido dura, pero gratificante. Por un lado, Ela odiaba sentir tan intensamente, pero, por otro lado, agradecía haber podido sentir el amor tan intensamente. El amor, como el sexo, era algo que, a los seis años, Ela pensaba que no iba a llegar para ella.
Bruno era rubio, de ojos azules, aunque él le decía a Ela que eran verdes, más alto que ella, vulcanólogo, y el mejor amante que haya podido tener jamás. A través del sexo es precisamente cómo se conocieron, tras una conversación forzada en una aplicación de citas con burbujas de chat amarillas, él pasó por ella. Se bajó del vehículo y, mientras aún se escuchaba el motor, clavó su mirada en los pantalones cortos de ella, haciéndole partícipe de su evidente deseo. Era verano; él también llevaba pantalones cortos y estaba depilado. Subieron las escaleras besándose hasta la puerta de madera maciza de su apartamento, donde el olor a barniz se mezclaba con el Calvin Klein de él y el Fame de Lady Gaga de ella.
Esa tarde no hablaron mucho en la casa provisional de ella. No les hizo falta. Las únicas palabras que ella recordaría de Bruno esa tarde serían “Disfruta, te lo mereces”. Ella sabía que era otra de las burdas manipulaciones a las que estaba acostumbrada, pero esta vez, por algún extraño motivo, Bruno había pulsado las teclas adecuadas. Por la noche, tampoco les hizo falta hablar. Una vez cómodos, él se puso a dibujar.
Al día siguiente, esperó a su salida y comenzó a llamar de forma frenética a todas sus amigas. La misma frase se repetía a través del dial:
- Tía, Bárbara, no sé cómo, pero creo que me ha encontrado –mientras escuchaba a Bárbara sonreír al otro lado del teléfono.
- Bimba, Bimba, no sé cómo, pero creo que me ha encontrado –cuando Bimba le preguntaba cómo era el chico en la cama.
- Brea, no sé cómo, pero creo que me ha encontrado –y Brea le daba el mejor alegato motivacional que haya escuchado jamás.
Los tres meses siguientes se adoraron, Bruno se escapaba a la casa de Ela cada vez que podía. Era un dúplex con paredes blancas a pie de playa, olía a incienso y estaba decorada de forma minimalista.
- ¿Has pensado alguna vez en hacer un trío? –le preguntó Bruno.
- Ya lo he hecho y no es para tanto. Demasiado trabajo –dijo ella entre risas–. ¿Y tú?
- Te quiero sólo para mí –dijo mientras la agarraba del cuello y la acercaba a su boca.
Exploraron sus fantasías más profundas: lluvia dorada, BDSM, velas, sexo oral en la parte trasera del autobús, hacerlo en la lavadora mientras estaba en funcionamiento, sexo oral mientras Bruno veía un partido de fútbol, doble penetración con juguetes, etc., y se confesaron secretos que ella nunca creyó capaz de verbalizar. A ella le debió alarmar que supiera cumplir sus fantasías tan bien, como si llevara toda la vida practicándolas, pero no lo hizo. Como si de una droga se tratase, solamente era capaz de pensar en cuándo llegaría su próxima dosis, cuando se sentiría conectada de nuevo, ese único momento en el que se podía permitir parar de pensar.
Otra tarde, casi por casualidad, conoció a los amigos de Bruno en un bar de su barrio. Bari y Baris tenían más edad que Bruno, pero se entendían bien. Se desahogaron sobre sus parejas mientras bebían cerveza. Ela no estaba muy atenta a la conversación, solamente podía pensar en que iba a conocer a los padres de Bruno esa noche.
Ela entraba por primera vez en casa de sus suegros, que habían preparado una cena para conocerla mejor. La casa era amplia y bonita, y la mesa estaba decorada de forma hogareña, lo que le hizo enamorarse aún más de Bruno. Era un hombre familiar. No sabía que eso era lo que quería, pero lo había encontrado. Sacó a pasear a Blanca, la perra de Bruno, mientras la madre de él preparaba la cena. El barrio era bonito, un conjunto de residenciales vallados de color verde. Al llegar, vio la mesa puesta. Lamentablemente, tampoco pudo atender a esta conversación; estaba demasiado ocupada procurando no derramar por encima de su ropa la comida que había preparado la madre con esmero.
Al llegar a su cama, sola, Ela pensó: “No puedo estar más enamorada de este hombre”. Se puso la camiseta azul de portero de fútbol de él y durmió con su olor, soñando que Bruno estaba allí y la abrazaba al dormir.
A la mañana siguiente, Bruno la vio abrirle la puerta con su camiseta puesta. La puso contra la pared y la besó. Estuvieron todo el día haciendo el amor.
Capítulo 4: Abstinencia emocional
Al cuarto mes ya estaban discutiendo como si fueran un matrimonio de más de diez años. Su relación era tóxica, probablemente por ella. Ela le miraba el móvil a Bruno todos los días y Bruno se escapaba de cualquier lugar cada vez que podía. Ella estaba adicta a sus propios infiernos, intentando asegurar su relación con él; verificar que aún la quería, que no la iba a abandonar. Y a él le gustaba dominar. Dominar cualquier vida que no fuera la suya, cualquier cosa caótica de la que ni siquiera su legítima dueña tuviera el control. Se odiaba a sí misma por no ser capaz de mantener el control.
- ¿Con quién estás? –comenzaba ella, nada más él cogía el teléfono.
- Tía, no seas pesada, con amigos, ya te lo dije –decía Bruno cogiendo aire–. Voy a llegar más tarde hoy, tengo cosas que hacer. - ¿Qué cosas?
Bruno comentará con sus amigos algo como “esta tía está loca” al colgar.
La misma pasión que habían demostrado para el amor, la demostraban para destrozarse a sí mismos. Cuando estaban juntos, Ela le miraba el móvil todos los días, a todas horas. Cada mensaje que le llegaba a él era una punzada en el pecho para ella. Una punzada que le recordaba que no conocía nada de ese hombre, más que una vida prefabricada que él le mostraba a todas sus amantes y que, cuando no tuviera más de dónde depredar, la abandonaría sin piedad. Él estaba harto de las inseguridades de ella, de su apego ambivalente que lo mantenía enganchado, de no poder adquirir el control de una mente caótica, de que nada fuera fácil, de que ella no fuera fácil, de que no fuera a cambiar por él, de que fuera independiente, de que no fuera tonta del todo para dejarse enloquecer aún más.
Ella se pasaba, de lunes a viernes, las mañanas durmiendo, las tardes en su casa fumando en su cenicero blanco mientras estudiaba con una bebida energética en la mano o buscando trabajo remotamente. El sonido del tabaco encendiéndose le relajaba, le hacía no pensar en nada, inhalar su humo también. Ese era su mantra. Era lo más parecido a la sensación del orgasmo con él que ella conocía.
Bruno llegaba casi a la noche los viernes y se quedaba en su casa todo el fin de semana. Cocinaban juntos recetas sencillas, veían partidos de fútbol en la televisión y dormían en sabanas de saten con él abrazado a ella. Él la destrozaba cada mañana, en todos los sentidos. Ella ya sólo podía mirar al mar a través de su ventana. No articulaba palabra. Es el dolor más placentero que Ela ha sentido hasta la fecha, siendo las reconciliaciones su parte favorita.
Llegaron a pasar hasta cinco horas seguidas en la cama, haciendo pausas únicamente para beber agua. Él presumía de tener el don de controlar cuándo y en qué cantidad se corría. Todas las posturas valían, el dolor se convertía en placer, los gritos en gemidos de ella, sus ojos brillaban con fuerza; estaban adictos.
- ¿Paramos ya no? –imploraba Ela.
- Ni de broma –y volvía a besarla.
Luego la llevaba a cenar, aunque ella no quisiera.
- Deberíamos salir de casa, Ela –dice Bruno mientras se levanta de la cama ahora que habían terminado–. Vístete, te llevaré a cenar.
- Son las diez de la noche, Bruno. No quiero salir de casa hoy.
- ¿Yo soy el problema, Bruno? –se quedan en silencio–. Tienes razón tú, voy a vestirme ya.
Él la entendía como nadie y ella sabía que nadie más la iba a entender jamás. En esos cuatro meses, a ella le había dado tiempo a cederle toda su vida para que él hiciera con ella lo que quisiera. Él lo sabía perfectamente, pero no la destrozó. Tampoco la cuidó. Y es que debe ser difícil cuidar a alguien que nunca ha sido cuidada por nadie más que no sea ella misma.
Este vaivén se prolongaría durante años; hasta que un día, tras ella completar su transición física a mujer, él la dejó de desear. Por supuesto que lo volvieron a intentar como pareja, pero ella vio en sus ojos azules el mayor de los vacíos que haya visto jamás. Ya no quedaba nada del deseo que un día hubo por ella, solamente quedaba el cariño que una vez se tuvieron y eso no era suficiente para ninguno de los dos.
Ela se despertó con sus sábanas de satén empapadas en sudor. No era la primera vez que soñaba con su boda con Bartolomé, pero esta vez le había resultado demasiado vívido como para dejarlo pasar. Con una amplia sonrisa entraba por la puerta de la iglesia aquella misteriosa mujer, enfundada en un vestido blanco palabra de honor, seguida por un largo velo. Era esbelta, de tez blanca y pecho pequeño. Su pelo negro ondulado caía por debajo de sus hombros. Su futuro marido la miraba desde abajo con sus ojos color miel, sonriendo con admiración.
Era ella. No soñó con una mujer de melena midi rubia, exuberante y operada. No, era ella: sin tacones y a punto de casarse con su primer amor.
Bartolomé tenía cejas pobladas, tez blanca moteada por lunares que le habían salido en la playa, una sonrisa perfecta y una excepcional capacidad para caer bien.
Al despertar se dio cuenta, se trasladó a su sofá amarillo y pensó: “Hasta aquí; ya está bien de vivir una vida que no me pertenece, de huir de la que sí se siente mía, de mirarme al espejo y no reconocerme”
Desde entonces, firmó un contrato invisible consigo misma en el que se aseguraba de nunca volver a traicionarse y de llegar, lo antes posible, a esa imagen que había soñado. Priorizaría su identidad por encima del zumbido de las opiniones ajenas. Las opiniones externas tendrían un peso enorme sobre ella, pero más peso tenía su propia identidad y, ante eso, no habría nadie que pudiera ganar.
Capítulo 6: Una nueva vida
Bruno y Ela siguieron caminos diferentes, ella también lo dejó de desear y ahora sus amigos la llaman la susodicha en el grupo que tienen ellos en WhatsApp, a ella esto le hace reír.
Bruno vive solo, hasta donde ella supo, en un estudio en pleno centro de la ciudad. Compartía este estudio con su pareja con trastorno bipolar. Cuando se lo contó a Ela, ésta le dijo entre risas “siempre te hemos gustado las locas”. Bruno probaba su propia medicina. Esa persona lo tenía en una montaña rusa emocional aún más fuerte que la tormenta de Ela, le puso los cuernos y le lloró implorando perdón. Tal y como había hecho él. Ela nunca había visto a Bruno tan pillado, ni siquiera por ella, pero no le dolió. Al menos no demasiado.
De vez en cuando, Bruno le escribe a Ela emails preocupantes para asegurarse de que sigue manteniendo el control sobre ella. Ella lo sabe y le deja ganar. “¿Qué tal estás?”, responde ella.
A pesar de todo, Bruno se convirtió en familia para Ela. Da igual lo que él haga, así robe un banco o mate a alguien, ella estará para ayudarlo.
- Nadie me lee como tú, Ela.
- Son muchos años, Bruno. Y te conozco bien.
- No creas… Cada vez soy más cerdo en la cama, te lo juro.
- Mereces cárcel, entonces –ríe Ela–. Lo pasamos bien.
- En eso nunca tuvimos problemas.
- Nunca los tuvimos, Ela.
Entre ruptura y ruptura, se buscaba un nuevo amante. Siempre ha sido una firme creyente de que un clavo saca a otro clavo, aunque sus amigas se empeñaran en disuadirla de esa idea. Con algunos de los clavos el sexo fue nefasto, la dejaban con la urgencia de ir directa a casa a ducharse, como si cierta cantidad específica de agua y jabón fuera capaz de exfoliar la desagradable sensación de su piel. Con otros muchos, el sexo fue una tarea más, quería estar con la persona, quería conocerla, pero no fornicar. Y con otros cinco, si contamos a Bruno, el sexo fue increíble, se sentía parte de un todo cuando llegaba al clímax; era incapaz de controlar su cuerpo, se abandonaba a la gravedad. Con tres de esos cinco se llegó a enamorar.
Bono, su vecino, fue el clavo que sacó a Bruno: un hombre alto, carne de gimnasio, diez años mayor que ella, guapo, muy guapo, depilado, muy bien dotado, chulo, no le gustaba besar y uno de los mejores amantes que Ela ha tenido. A Bono le gustaba el porno realista, siempre le pedía a Ela que dejara la puerta abierta y lo esperara a cuatro en su cama blanca, frente a los espejos. Él llegaba, se ponía el condón XL, le tocaba el pecho y la destrozaba por todas las estancias de la casa, mientras la cargaba en peso. Una vez él acababa, la dejaba en la cama, se iba a su casa y ella terminaba por su cuenta con el erotismo de lo vivido.
A ambos les gustaba esa rutina, estaban tan cómodos que después de probar algo nuevo como ver series juntos, hacerlo en la piscina, darle masajes o acompañarlo a comprar batidos de proteínas, volvían a lo mismo. Sabían lo que les gustaba y no tenían necesidad de innovar más allá de eso.
A su amiga Bimba le encantaba Bono (o Bonito, que era como lo llamaban en sus conversaciones telefónicas cariñosamente), Bárbara estaba encantada de ver a su amiga Ela tan feliz, y Ela se enamoró perdidamente de él, esperaba su dosis cada día. Bono no era tan malo en realidad, a sus amigas les encantaba, pero Ela sabía que no estaría nunca disponible. No sólo para ella, sino para nadie.
Bono era un hombre que no daba su brazo a torcer. Le gustaba lo que le gustaba, creía en lo que creía y de ahí jamás se iba a mover. Las pocas veces que lo hicieron en casa de él, ponía una toalla blanca encima de las sábanas por miedo a que se mancharan. Era tan aséptico… Y a Ela eso le ponía aún más.
Durante unos meses Bono estuvo avisando a Ela de que se iba a mudar dentro de poco porque le iban a subir el alquiler de su casa con piscina. Ella, en un arranque de generosidad bastante impropio, le iba a proponer que vivieran juntos, con que él cocinara y le follara, valdría. Para ella era un gran trato. Sin embargo, todas sabemos que ese tipo de decisiones no se pueden tomar tan a la ligera y Bono debió notarla pensativa porque se apresuró a secarse tras la ducha, amarrarse la toalla a la cintura, empujarla contra una pared y, por primera vez, besarla. Entonces, Ela recordó una gran frase que había leído hace años “Nadie te quiere más que quien no tiene casa” y ese fue el último y mejor polvo que echaron.
Fue duro, la verdad, él siguió en su vorágine de sexo con otras personas, mientras Ela, descansando en su sofá, pensaba: “¿Y si no estaba intentando manipularme?, ¿Y si me quería de verdad?”, pero las acciones y el timing de Bono no reflejaban amor, lo mirase como lo mirase.
Hace años se lo volvió a encontrar, sentado en un banco de madera, refugiándose del calor. Leyendo frente a la playa, lo vio tan guapo como siempre y pensó: “Ojalá le esté yendo todo genial”.
Capítulo 8: Final del amor
Tras varias mudanzas recorriendo las casas de sus familiares en busca de un lugar al que llamar hogar, Ela se encontró sola, con un gato que ha sido su verdadero amor y los mismos deseos adolescentes de libertad.
Libertad que intentó explorar en sus experiencias con otras mujeres, pero solo llegó a besos, caricias y poco más. Nunca se ha atrevido a tener algo más que besos y caricias con una amiga por miedo a que, en esa experimentación, se rompa su amistad.
- Brea, de verdad que creo que todo sería más fácil si fuera lesbiana –le dijo Ela en una de sus conversaciones en la cama, donde durmieron juntas la noche anterior.
- Créeme que no, Ela. Por experiencia… –dijo Brea, dejando su bucle matutino de TikTok al lado para atenderla.
- Pero Brea, me entendería mejor con ellas…
- ¿Me vas a besar? ¿Unos besos? –Brea acercó su boca a la de Ela, jocosa y desafiante.
El verano había llegado. Olía a crema solar y las flores, que habían nacido en primavera, comenzaban a perfumar las calles. Ela comenzó a sentirse más viva que nunca.
- Me encanta el verano, Bimba.
- Y a mí, un calorcito, una cosa, una tontería.
- Y la gente es más sociable, es como si todos tuviéramos más ganas de vivir –le dijo Ela entre risas.
- ¿A dónde vamos después, Ela?
Al llegar a casa, Ela se sentó en la silla amarilla de su terraza, encendió un cigarro y se puso a mirar al mar. El tórrido calor que se pegaba en el cuerpo se había convertido en esperanza y productividad. Había empezado a vivir, había empezado a vivir.
- Vístete, Ela. Nos vamos de fiesta. –le ordenó Bimba sin saludar, como si estuviera a cargo de una misión de rescate.
- ¿Quién va? –preguntó Ela preocupada, por si iba alguien que le caía mal.
- Los cuatro fantásticos, entonces. En diez minutos estoy lista. ¿Me pasas a buscar?
- ¿Necesitas dinero para gasolina?
- Nadie pregunta eso, Ela. Sólo tú.
A los 5 minutos, en otra llamada:
- Te juro que me estoy arrepintiendo, estoy muy cansada.
- Me estoy preparando ya, más te vale estar vestida en diez minutos.
- ¿Y si nos vemos mañana?
- ¿Mañana domingo? – dijo Bimba, con el cepillo de dientes en la boca–. Cuanto más tiempo pierdas, peor para ti.
- Bueno… pero me iré pronto.
- Eso dices siempre. Pero, con que vayas, no me importa.
- Dios, qué cansada estoy.
- Como te gusta quejarte, tía. Ben acaba de llegar. En diez minutos estamos allí.
- No sé si me dará tiempo…
- Pues más te vale que sí.
Ya en el coche de camino a por Bárbara que necesitaba más tiempo, Bimba y Ben bromean sobre esta nueva versión de Ela. Después de meses siendo una poliamorosa tóxica, ahora tocaba “Ela vegana”.
- Ela, ¿Quieres que pasemos por el Mcdonald 's? –le dice Ben guiñándole un ojo desde el asiento del copiloto.
- No empecemos –replica Ela.
- Todo vegano, menos las salchichas, recuérdalo Ben –añadió Bimba, aguantando la risa.
- Salchichas veganas –remató Ben. Ya no se pueden aguantar la risa y Ela pone los ojos en blanco.
- Ponme algo de Britney para pasar este mal trago –dice Ela y ellos se ríen más fuerte–. ¿En serio?
- Sí, sí. Mal trago –ríe Bimba.
Llegaron a la fiesta borrachos. En la puerta, Ben se encontró con una antigua amiga que le pidió que le bailara para poder entrar. Él lo hace, mirando a sus amigas que no pueden aguantar la risa. Dentro, piden una copa en llamas y se ponen a bailar. Entre canción y canción (y copa y copa), el mundo empezó a girar. No sabe cómo, pero Ela termina la noche en casa de Brea declarándose la reencarnación de Cleopatra ante su hermana y medio vecindario. Mañana lo recordará.
Capítulo 11: El lenguaje positivo
Los lunes, miércoles y viernes queda con Blex, un amigo de la infancia que se siente como un hermano. Van al hipermercado a comprar lo que necesitan para esa tarde y suben a la azotea de los padres de ella para hablar con tranquilidad. El sonido de las cajas del hipermercado, el aire en la cara y las vistas al mar de la azotea le hacen sentir viva. A día de hoy es el único que la entiende, el único amigo que la tolera.
Llevan más de veinte años de amistad ininterrumpida, salían todas las noches que Blex no tuviera la casa estilo colonial de su tía libre para jugar al PC. Paseaban por la playa y el parque, se colaban en su instituto cuyos barrotes eran ridículamente bajos, se sacaban fotos con su cámara reflex y pensaban en su amistad. Para Ela era una bendición haber encontrado a Blex y a sus amigas en general.
Un profesor (tío de Blex) les llegó a decir a su grupo de amigos que eran la mierda que se junta y que Ela tenía la apatía típica de una persona a la que le duele el estómago. Lo recuerda porque en su momento le afectó, le hervía la sangre, quería contestarle, pero no lo hizo porque sabía que no merecía la pena enfrentarse a un profesor. Hoy, en cambio, agradece esas palabras. Ojalá lleguen a su vida más amigos como ellos y ojalá siga sin reírle las gracias a personas narcisistas que, verdaderamente, no son graciosas, aunque ellas se lo crean. A Blex no le gusta cuando Ela usa esa palabra —narcisista— para describir a otros. Insiste en que no se debe diagnosticar sin ser psicóloga. Tiene razón, y ella lo sabe, pero para Ela es solo una manera sencilla de nombrar un dolor antiguo.
A Ela siempre le sorprendió su afinidad con él: Blex encarna lo que se podría llamar el espectro masculino, y ella el femenino, y sin embargo comparten más de un millón de cosas. Ambos anhelan la libertad. Si la feminidad –como algunos dicen– es acatar normas y renunciar a la propia libertad, entonces ninguno de los dos es “femenino”. Pero si ser femenina es ser percibida como tal, entonces Ela siempre lo ha sido.
Para Ela sus amigos siempre han sido su verdadera familia, especialmente los que se han mantenido con ella desde la infancia, incluso si hubo años en los que no se pudieron ver. Ela se fue a la universidad y Blex se quedó cuidando de su madre que necesita estar acompañada. Esa distancia les permitió cultivar otras amistades y su identidad individual, pero nunca dejaron de quererse.
No todo es perfecto: a Ela a veces le molesta el realismo negativo de Blex, y Blex a veces no soporta la frívola carencia de realidad de Ela. En esos casos, se dan un tiempo, unas semanas hasta volver a verse. Los días que hace demasiado calor como hoy, o que alguno de los dos no ha dormido bien la noche anterior, tampoco quedan. Ela se refresca en casa comiendo un helado de chocolate belga con su madre y con Bambi.
Cuando se ven de nuevo hablan de todo, se escuchan esperando el momento para poder opinar. Si no se encuentra ese momento, no pasa nada para ellos, no se opina y ya está.
Ela quiere ayudar a Blex a ser más feliz, como si ella tuviera todas las claves, y Blex quiere ayudar a Ela a que no cometa más errores por su impulsividad. Son un tándem perfecto, al menos lo son para ella. Siempre y cuando sean capaces de medir sus tiempos, claro.
Durante los últimos meses ha estado anotando de forma consciente, como quien colecciona piedras bonitas, toda palabra que tenga una connotación positiva en su diario, anonadada con la cantidad de palabras positivas que existen en la lengua española, y en ella misma, sin lugar a dudas.
Ahora mismo la veo repasarlas frente a sus notas impregnadas en tinta azul, esbozando una sonrisa, eligiendo las más bonitas: Bondad, utopía, alegría, frivolidad, luz, amar.
Frivolidad, qué palabra más ligera. Ella cree que esa palabra resume algo esencial: la felicidad no tiene que ser seria.
- ¿Tú qué palabra pondrías, Blex?
- Sí, picaporte. –Ambos se ríen.
- El otro día Babel me preguntó por ti –le comenta casualmente Blex.
- ¿Pero se siguen acordando de que existo? Llevo décadas sin verle a él y a sus amigos… –“Ojalá fuera Bartolomé el que pregunta por mí”, piensa Ela mientras lo dice.
- Te sorprendería lo mucho que se acuerdan.
- Pues ojalá les vaya bien a ellos también –le dice Ela entre risas.
Sinceramente, Ela pensaba que este tipo de cotilleos se acabarían en el instituto, donde los dejó a ellos, pero se ha dado cuenta de que el instituto solamente es una réplica de la vida real.
Capítulo 12: La teoría de los cinco años
- Ayer escuché algo que me dejó tocada –le dice a Ela, que estaba de visita en su preciosa casa.
- Cuéntame –dice Ela mientras se reclina sobre la mesa del comedor para escucharla mejor.
- Vinieron a darnos una charla de estabilidad emocional en el trabajo y el hombre que impartía la charla nos contó una historia para ilustrar su teoría: Había una vez un rey que estaba deprimido que no encontraba solución a los problemas del reino. Un sabio decidió regalarle un anillo con un mantra grabado en él: Esto también pasará. El rey consiguió despejar su mente con ese pensamiento y recuperó la estabilidad y prosperidad del reino. Cuando le preguntó al sabio qué vendría después, éste le contestó “Mire su anillo”. Esto también pasará. –Bárbara bebe agua–. ¿No te ha pasado que los problemas que de adolescente considerabas enormes ahora te parecen una tontería?
- Yo tengo la teoría de que dentro de 5 años no vamos a tener los mismos problemas que tenemos ahora, que no te fijarás en ellos, que estamos en constante cambio y que esto también es impermanente, como propone el budismo.
- Creo que he conectado en otro plano con el chico que dio la charla, Ela.
- Y luego soy yo la intensa, Bárbara.
Capítulo 13: Come, Reza, Ama
Una tarde de aquel verano en el que todo iba cuesta abajo como una espiral, vio por casualidad la película de Come, Reza, Ama y decidió volver a tomar las riendas de su vida. Inspirada por la simplicidad de la vida humana y cómo en tres simples pasos podemos encontrar la felicidad, comenzó su propio viaje personal hacia la suya:
Las mañanas de agosto las pasó estudiando el dhammapada en su sofá amarillo. El budismo le ofrecía una nueva filosofía de vida basada en el perdón y la libertad. Un camino por el que podía llegar a una vida sostenible y llena de autoconsciencia.
Las tardes las dedicó a meditar; la plenitud llegó cuando meditaba en ese sofá amarillo. “Qué absurdo”, pensó. Toda la vida viajando entre Barcelona, Madrid, Londres, Valencia y demás lugares para, al final, encontrar su propósito vital casi dormida en un sofá, con su gato mirándola desde lo más alto de una estantería. Ahora sabía cuál era su propósito: respirar. Únicamente eso, respirar.
Bajo el radiante sol que entraba por su ventana, halló la paz absoluta y el perdón. Entendió que el sufrimiento era únicamente suyo, no de los demás. Le pertenecía exclusivamente a ella soltar ese dolor. La meditación se quedaría de por vida.
Lo cierto es que Ela se había encontrado antes con el budismo: desde un jardín zen en su habitación de la infancia a una majestuosa estatua de buda que tenía su vecino en la terraza. El budismo era la forma de rezar que más se adecuaba a ella, más que el cristianismo, el judaísmo o el islam.
La forma de comer la tenía clara, tenía que ser con su familia. Su abuela fue cocinera en un hotel de cuatro estrella y sus padres le habían inculcado el gusto por comer en restaurantes de lujo desde bien pequeña. Así que volvió a comer con su familia y encontró un hogar. Volvió a salir a la calle con su amigo Blex y construyó rutinas de todo tipo. Recuperó esa energía que sentía haber perdido en trabajos de cuarenta horas que le habían consumido toda su vida.
Por último, la forma de amar debía comenzar por ella misma. El autocuidado y el lenguaje positivo eran las claves para abrirse al amor propio. Se aferró a su nuevo mantra: “Todo va a estar bien, confío plenamente” y lo consiguió. Comer, rezar y amar. Tengo que decir, que no estuvo
Lo primero que le viene a Ela a la cabeza cuando le nombras la palabra ejercicio es constancia y, sin darse cuenta, ella había sido muy constante.
En su infancia tomó clases de natación con su abuela Belén. Las clases de natación no le gustaban –demasiado frías, demasiado largas–, pero estar con su abuela, sí.
- Corre, corre, corre –le apuraba Belén para que se sentara en la hamaca con la toalla.
- Mañana no vuelvo más, no se me da bien y hace frío.
- Tus padres quieren que hagas ejercicio…
- Vamos a casa, he hecho arroz a la cubana.
- Gracias, ya estoy más contenta.
Después vino el judo, para aprender a defenderse. Llegó a cinturón verde-naranja. Se dejaba ganar en competiciones y ganó en reflejos.
- Ela, ibas ganando, ¿por qué paraste? – preguntaban sus padres tras una competición.
- No lo sé... A lo mejor ganaba él.
- Dios mío, ¿qué hemos hecho mal? –bromeaba su padre.
- Hacer que sea buena persona – contestaba seria su madre.
En su adolescencia comenzó a navegar un barco de vela pequeño. Se le daba bien y ganó varias regatas por las que nunca recibió compensación económica. A ella no le gustaba competir, pero le encantaba el mar y el sonido del viento en el mástil de la vela. Hasta que un día, a punto de volcar su barco en el océano, vio pasar una aleta por estribor. Ese fue el fin de sus travesías marítimas a vela.
Lo cambió por patinaje con sus amigas en un parking abandonado de su barrio, se caía a menudo sobre el caliente asfalto negro. Patinar no era lo suyo, pero se reía tanto que le dolía la barriga.
De la misma forma, hizo ciclismo con su amiga Baleria. Baleria era rubia, alta, tenía ojos azules y era una atleta profesional que siempre creyó en Ela. Se distanciaron, por supuesto, como le pasaba a Ela con todos los que entraban en su vida, pero la sigue recordando con mucho cariño. Recorrían el paseo de la playa en bici, iban por su vecindario y por cualquier lugar que les recordara que allí habían sido felices. Adoraba sentir la brisa en su cara y adoraba estar con Baleria; era positiva y feliz. Le contagiaba su innata felicidad.
Por último, de un tiempo a esta parte, Ela ha estado practicando yoga. En una academia que se encuentra en un blanco edificio colonial y también en su casa, por su cuenta. El yoga aúna ejercicio con espiritualidad. Nunca se había sentido tan bien como cuando termina de practicar yoga o de meditar. Su mente descansa de sus pensamientos y se centra en el hecho de respirar.
Con TLP no puede: Tener relaciones de pareja; tener smartphone; tener redes sociales; beber, fumar o tomar CBD; vivir sin una rutina.
Con TLP sí puede: Tener un dumbphone; tener una rutina; hacer yoga o ejercicio físico; meditar; quedar con sus amigos; estudiar el dharma; ser minimalista; disfrutar de un buen desayuno; leer libros entretenidos; escribir; ser positiva; ir a la playa; comer fruta y verdura; ser vegana; ser grata; limpiar la casa; practicar el noble camino óctuple; hacerse el skincare; acostarse temprano.
Parece que lo que puede hacer es mucho más. No os quiero mentir, Ela no ha tenido una vida perfecta, pero ha podido sobrevivir porque tiene una gran red de seguridad.
Ela ahora vive con sus padres. No tiene relaciones, tiene un dumbphone, no bebe, no fuma y no toma CBD. Se liberó de sus adicciones cuando encontró a Dios meditando. Necesita a Dios, más que a cualquiera de sus antiguas adicciones.
Bruno sigue en el mismo trabajo, sigue teniendo relaciones de menos de dos años, le sigue escribiendo emails a Ela muy de vez en cuando y hace poco que celebró su trigésimo segundo cumpleaños. Bono sigue yendo a la playa, leyendo y seduciendo a la juventud.
Blex sigue quedando con Ela los lunes, miércoles y viernes. Tienen su ritual. Bárbara aparece de vez en cuando, sobre todo cuando pasa la noche cerca de la casa de los padres de Ela con su nuevo novio. Belina llamó en el cumpleaños de Ela, le comentó que había tenido una hija. De Bimba y Brea no sabemos nada; Ela hizo que se distanciaran con su desconfianza.
Hace poco volví a leer Libera tu magia y pensé: “Liz estaría orgullosa… o me mandaría un email diciéndome que me relaje”. Escribir este libro fue como subirse a un tren que no sabes dónde te va a llevar, o si se va a estrellar contigo dentro. Comienzo a escribir lo que me viene a la cabeza de forma errática y luego le doy forma.
“El hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides” escribía Terrenci Moix citando a un antiguo proverbio árabe en no digas que fue un sueño. Yo le temo más a quedarme sin historias que contar.
Nota al lector: Gracias por haber compartido mi vida. Siento haber sido tan insegura. Siento haber sido un poco tóxica.
Visita mi Blog: lavozdeela.blogspot.com