CAPITULO 6: CHRISTIAN, EL EXTRAÑO QUE SOSTUVO AL VIAJERO POR UN INSTANTE.
El viajero entró al portal con el girasol en la mano. Caminaba sin rumbo fijo, como quien avanza más por inercia que por decisión. La luz del portal se había desvanecido detrás de él, y nuevamente se encontraba flotando en ese espacio incierto entre mundos, donde el tiempo parecía estirarse como una respiración interminable.
Pero su mente no estaba en el camino.
Pensaba en la sombra.
¿Quién era ese ser que lo observaba?
No había sido una ilusión, de eso estaba seguro. Lo había sentido con la misma claridad con la que se siente una mirada en la espalda. No era la primera vez que el viajero atravesaba portales, pero sí era la primera vez que algo o alguien parecía seguirlo.
El tiempo pasaba para nuestro viajero, aunque en ese lugar la palabra tiempo perdía casi todo su significado. Podía verse aún navegando en la oscuridad, avanzando entre corrientes invisibles que lo sostenían sin que él hiciera esfuerzo alguno.
Sin embargo, esta vez algo era distinto.
Por primera vez desde que comenzó su viaje, no tenía prisa por entrar a otro portal.
Antes, cada portal representaba una respuesta posible, una pieza más del rompecabezas que llamaba amor. Ahora, en cambio, sentía que tal vez no estaba listo para encontrar más respuestas.
Tal vez, pensaba, primero debía comprender las que ya tenía.
Así que siguió su viaje.
Caminó con el girasol en la mano, observando cómo sus pétalos amarillos parecían brillar incluso en medio de aquella oscuridad infinita. Aquella flor era un recordatorio extraño: de esperanza, de ternura… de algo puro que había aparecido justo cuando todo parecía derrumbarse.
Mientras avanzaba, el girasol y su significado comenzaba a desvanecerse, mientras repasar cada uno de los encuentros que había tenido desde que inició su travesía.
Las miradas. Las promesas. Las palabras que parecían eternas… y las despedidas que llegaron demasiado pronto.
Se preguntaba qué había aprendido realmente.
¿El amor era entrega? ¿Era sacrificio? ¿Era paciencia? ¿O simplemente era una ilusión hermosa que los seres humanos inventaban para no sentirse tan solos en el universo?
Recordó las veces que había creído encontrarlo.
Y también las veces en que, sin darse cuenta, había confundido amor con necesidad.
El viajero suspiró.
Por primera vez no buscaba respuestas afuera, en otros mundos o en otras personas. Las preguntas ahora nacían dentro de él.
Y eran muchas.
¿Por qué había permitido tanto silencio cuando algo le dolía? ¿Por qué había esperado ser elegido por alguien que nunca lo estaba mirando realmente? ¿Y por qué, a pesar de todo… seguía creyendo en el amor?
Se detuvo por un instante.
Frente a él, en medio de aquella oscuridad profunda, comenzaron a aparecer pequeñas luces. Al principio eran apenas puntos diminutos, como estrellas tímidas despertando en la noche.
Luego fueron más y más.
El viajero frunció el ceño. Aquello no eran portales.
No tenían la forma ni la energía de los mundos que ya había visitado. Estas luces eran distintas. Se movían suavemente, como si respiraran.
Las luces consumieron al viajero.
Por un instante todo desapareció: la oscuridad, los recuerdos, incluso el peso de su propio cuerpo. Solo quedó aquella claridad intensa que lo envolvía por completo, como si el universo lo estuviera reiniciando.
Cuando volvió a abrir los ojos, la luz que lo había cegado comenzó a desvanecerse lentamente.
Parpadeó varias veces.
A su alrededor había mesas, platos, copas. El aire estaba lleno de aromas intensos: tomate, pan recién horneado, aceite de oliva, hierbas que no lograba reconocer del todo. La comida parecía provenir de una sola región del mundo, aunque el viajero no estaba seguro de cuál.
Las voces a su alrededor hablaban en un dialecto extraño. Las palabras se deslizaban rápidas, melódicas, casi cantadas. Comprendía muy poco, apenas fragmentos sueltos que no lograban formar una idea clara.
Estaba confundido.
No recordaba haber elegido ese portal.
Entonces lo vio.
A lo lejos, entre la gente, una figura corría directamente hacia él.
Era un hombre alto, delgado, de piel clara. Sus ojos eran de un verde intenso, profundo, como si guardaran bosques enteros dentro de ellos. Tenía una belleza particular, de esas que parecen haber sido creadas con un cuidado especial por el destino. Y su sonrisa… su sonrisa tenía algo peligrosamente encantador. Coqueta, natural, casi inconsciente.
Cuando llegó frente al viajero, lo miró como si lo conociera desde siempre.
—Por fin llegaste —dijo con urgencia, tomando ligeramente sus brazos—. Ayúdame… tienes que ayudarme.
El viajero nuevamente frunció el ceño.
No comprendía nada.
Apenas unos momentos antes caminaba en la oscuridad entre portales, preguntándose por la sombra que lo observaba. Y ahora estaba ahí, en medio de un lugar lleno de vida, frente a un desconocido que hablaba como si su llegada hubiera sido esperada.
—No entiendo… —murmuró el viajero, aún desorientado.
El hombre lo observó unos segundos más, como si de pronto también notara algo extraño.
Solo sonrió, lo tomó de la mano y le indicó que lo siguiera.
El viajero dudó apenas un segundo, pero algo en la tranquilidad de aquel gesto lo hizo confiar. Caminaron entre las mesas y las voces que seguían conversando en aquel dialecto melodioso que aún no lograba comprender del todo. La gente reía, brindaba, hablaba con una energía cálida que contrastaba con el torbellino que aún habitaba en el pecho del viajero.
El hombre caminaba con seguridad, como si conociera cada rincón de aquel lugar. De vez en cuando volteaba a mirarlo, asegurándose de que aún estuviera detrás de él, y le regalaba esa sonrisa despreocupada que parecía aparecer sin esfuerzo. Después de unos minutos salieron de la zona más concurrida. El ruido quedó atrás poco a poco, transformándose en un murmullo distante. Llegaron a una pequeña plaza iluminada por faroles amarillos, donde algunas mesas de madera estaban dispersas bajo la sombra de árboles antiguos. El lugar estaba lo suficientemente apartado para hablar con calma,
De inmediato señaló una de las mesas.
—Aquí está bien.
El viajero respiró con calma por primera vez desde que había llegado, tomo asiento.
El hombre extendió su mano.
—Cristian.
El viajero la tomó....
Continuara


















