CAPITULO 5: ELEAZAR, CORRIENDO LA MARATON DEL NARCISISMO PT 3
Después de aquel día del maratón, pasaron otros más. Nada relevante ocurrió. Risas superficiales, silencios compartidos, días comunes. Por un momento, querido lector, uno podría pensar que aquí acabaría la historia: que vivirían felices por siempre.
Pero no. Nada más alejado de la realidad.
Un día cualquiera, una conversación cualquiera, pero con una frase que lo cambió todo.
Estaban juntos, en ese momento de intimidad que el viajero había esperado por tanto tiempo, cuando Eleazar, sin mayor filtro ni pausa, comentó algo sobre dos amigos suyos casados. Lo dijo como quien habla del clima, como si fuera lo más normal: que uno de ellos le había sido infiel al otro, y que él lo comprendía perfectamente.
—Pues sí, a veces pasa. Es normal —dijo Eleazar, con tono indiferente.
El viajero, incómodo, lo miró. Algo en su pecho se tensó.
—¿Tú crees que está bien eso? —preguntó.
—Es normal. Yo creo que no pasa nada. A veces uno necesita otra cosa.
El viajero parpadeó. Le dolió más la tranquilidad con la que lo decía, que el contenido mismo.
—¿Tú lo harías? ¿Me harías eso a mí?
Eleazar lo pensó un segundo. Sonrió, y con una calma inquietante respondió:
El viajero no dijo nada. Solo respiró. Tragó saliva. Tragó el nudo en la garganta, las palabras, las lágrimas. Tragó la decepción completa. Se levantó en silencio, comenzó a vestirse. Uno a uno, recogió sus pedazos. La ropa. Los zapatos. La dignidad.
Al calzarse, notó que Eleazar también empezaba a vestirse. Le miró de reojo, quizás esperando una señal, una palabra, algo. Pero no hubo nada.
Eran las nueve de la noche.
El viajero, aún en shock, tomó su maleta y caminó hacia la puerta. Entonces, Eleazar preguntó, como si aún no supiera:
El viajero respondió con la voz rota:
—Sí… pero más que eso, no puedo creer que pienses así. Es mejor que me vaya y hablamos otro dia.
Y ahí, justo ahí, Eleazar lanzó la última daga:
—Si sales por esa puerta… no iré tras de ti.
El viajero lo miró. Comprendió todo. No solo lo que Eleazar acababa de decir, sino lo que venía diciendo desde hacía tiempo, en cada omisión, en cada broma, en cada gesto.
Así que no dijo nada más. Abrió la puerta.
En el trayecto, no sabía a dónde ir. El portal aún no estaba abierto, no podía escapar todavía. Sentía que el universo le estaba pidiendo algo, pero no entendía qué.
Caminó. Las lágrimas comenzaron a salir sin permiso. No eran solo por Eleazar, no. Eran por sí mismo. Por haberlo entregado todo a alguien que nunca lo sostuvo. Por haber esperado, callado, creído.
Por fin, el viajero lloraba no por perder a Eleazar…
…sino por haberse perdido a sí mismo estando con él.
Las lágrimas se convirtieron en enojo. El enojo en frustración. Y la frustración… en una rabia dirigida hacia sí mismo.
Tomó el celular. Sus dedos temblaban, pero escribían con firmeza. Como si el alma de escritor que llevaba dentro se apoderara por completo de él, abrió una página pública y comenzó a soltar:
"¿Por qué una persona egocéntrica trata así a alguien que le entrega todo? ¿Cómo pude ser tan ingenuo, tan torpe, tan ciego? No por confiar en él... sino por haberme traicionado a mí mismo sabiendo que no debía."
Escribía como si vomitara emociones retenidas por años. El texto era más que catarsis: era su propia liberación. Un grito silente al universo. Una súplica escrita con tinta de decepción.
Y como si el universo respondiera al eco de su desahogo, a las 8:06 de la mañana, cuando se preparaba para enfrentar el día y decidir qué hacer con los pedazos que quedaban… llegó el mensaje.
Como un balde de agua fría, como una daga suave pero certera:
*"Creo que es momento de escribirte esto… realmente no sé qué sucedió. He leído que has tomado tu decisión. La aprecio, la venero, la respeto… porque mereces todo el amor del mundo. Durante la noche me he quemado un poco el cerebro pensando qué sucedió… porque todo esto fue tan difícil para ambos. Al final me juzgaste mal… crees que tengo un imperio de egocentrismo y que tú solo serías una pieza más…
Si eso fuera cierto, ¿crees que te hubiera invitado con mi familia, con mis amigos?
Tú mismo me dijiste que te saqué de tu zona de confort cuando no te rechacé al contarte sobre eso. Pero creo que en el amor te han decepcionado, muchas veces. Y poner ciertas barreras es lo único que ha “evitado” que te dañen.
La verdad, y de corazón, lo siento…
Sé que te desilusioné. Y me desilusioné a mí mismo.
Y con eso rompí una promesa.
Si decides dar retórica al mensaje, te lo agradeceré. Si no… está bien.
Todo está bien."*
El viajero leyó. Una vez. Dos veces. Tres. No sabía si entendía lo que le decían. Todo estaba borroso. El corazón latía como si quisiera escapar del pecho.
Estaba sentado al filo de una banca cualquiera, la misma donde había dormido esa noche, abrazando su mochila, como si aún abrazara una ilusión. Las lágrimas volvieron, ahora sin resistencia. Brotaban como una fuga imposible de contener. No había orgullo, no había palabras, no había defensas.
Y esta vez… ni siquiera había quién lo recogiera del suelo.
Eleazar no quiso que se quedara. Su ego, herido o soberbio —o ambas cosas—, fue más allá. Fulminó los últimos pedazos que quedaban del corazón del viajero con palabras tan filosas como vacías:
—Tu tipo de comunicación no funciona. No soy egocéntrico. He trabajado mucho en mí como para que tú vengas a decirme algo que no es. Deberías aprender mejor otras cosas…
El viajero no respondió. Solo publicó un corazón roto. Uno solo.
Los mensajes no tardaron. Llegaron en cascada, como lluvia inesperada: amigos que había conocido en otros portales durante su viaje, personas que habían tocado su alma y ahora le preguntaban qué pasaba. Nadie entendía. Una chica, en especial —alguien que conoció en un viaje donde casi se pierde a sí mismo—, comenzó a mandarle audios llenos de palabras cálidas y realistas.
Por un instante, el viajero creyó que todo había sido su culpa. “Claro, arruiné todo. Por tonto. Por confiar.” se repetía entre sollozos. Pero aquella voz le ayudó a aterrizar: “Sí, terminó. Pero no fue tu culpa.” Y esa frase fue el primer ladrillo para construir algo nuevo.
La noche cayó de nuevo, con su oscuro manto lleno de suspiros. Y como un susurro lejano, una luz empezó a titilar en el horizonte.
El viajero lo miró como quien ve una salida, pero también una prueba. ¿Eso era lo que el universo quería? ¿Que experimentara este dolor? ¿Con qué propósito?
Se levantó. Aún roto. Aún sin entender nada. Comenzó a caminar hacia la luz.
Pero antes de dar el siguiente paso, sintió un pequeño tirón en su camisa. Se detuvo. Bajó la mirada.
Una pequeña criatura de cabello negro, fusionado con la noche misma. Sus ojos brillaban, reflejando las estrellas, y su sonrisa tenía algo de consuelo y algo de eternidad.
En su mano, sostenía un girasol.
Grande. Amarillo. Vivo. Del color del sol que ya no brillaba en su pecho.
Ella lo abrazó. Y sin decir una palabra, le entregó la flor.
El viajero la tomó con cuidado, como si se tratara de un pedazo de esperanza. Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
Entendió. No había sido su culpa. El dolor no era castigo. Era transformación.
La niña dio un paso atrás. Se quedó ahí, quieta, observándolo. El viajero miró el portal. Caminó hacia él. Estaba listo.
Pero justo antes de cruzarlo, algo lo detuvo.
Como si alguien lo observara.
Se giró. A ambos lados. Nadie. Nada. Solo el vacío de una dimensión que ya no le pertenecía.
Suspiró. Apretó el girasol contra su pecho.
Siguió viajando. Con una herida, sí, pero también con una certeza nueva. Aunque las preguntas no dejaron de acompañarlo:
¿Era eso parte del amor? ¿Qué o quien era esa sombra que vio? ¿Y por qué, esta vez, sus fieles amigas tristeza y depresión no habían venido a su rescate?
Tal vez porque, por fin… no las necesitaba.