En el infierno había un violoncello
entre el café y el humo de pitillos
y cien aulas con libros amarillos
y nieve y sangre y barro por el suelo.
Pero tú, resguardada por el velo
de tus cristales de lucientes brillos,
pasabas, seria y pura, en los sencillos
compases de tu fe y de tu consuelo.
Algunas veces fuimos, de la mano,
por las venas del bosque y la corneja
cantó melancolía en nuestras almas,
si nos separa el Abrego inhumano,
no llores mi amistad hoy que se aleja,
entrega al viento el talle de tus palmas.
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Sinopsis: Cansada de no ser vista por Steve Rogers, ideas un plan junto a la agente Romanoff. Una idea que resultará imposible de ignorar para el Capitan América.
Advertencias: Contenido adulto, no menores, relaciones consensuadas, relaciones sin protección.
Las luces de la Torre Avengers destellaban reflejándose en el champán caro y en los trajes a la medida de la élite de Nueva York. Tony Stark había tirado la casa por la ventana. Oficialmente, era una gala benéfica para atraer inversionistas y filántropos; extraoficialmente, era la fiesta de victoria definitiva tras la última y más agotadora batalla del equipo.
Como la nueva asistente de Tony, deberias haber estado revisando la lista de invitados o asegurándote de que los reporteros no pasaran de la zona permitida. En cambio, estabas escondida detrás de una columna de mármol, con el corazón latiéndo en la garganta, observando al hombre que te había quitado el sueño desde el primer día que pisaste el complejo.
Steve Rogers lucía irreal. Su uniforme habitual había sido reemplazado por un esmoquin negro que se ajustaba a la perfección a sus hombros anchos. Estaba conversando con un grupo de diplomáticos, sonriendo con esa amabilidad educada y chapada a la antigua que lo caracterizaba.
Soltaste un suspiro pesado, apretando los dedos alrededor de tu copa.
«Una amiga más»
Eso eras para él; la chica simpática que le ayudaba a configurar su tablet, la que le preparaba café cuando se quedaba hasta tarde en el gimnasio, la que escuchaba sus historias de los años cuarenta con genuina fascinación. Steve era increíblemente dulce contigo, pero siempre mantenía esa línea invisible de respeto y compañerismo.
Estabas harta de esa línea. Querías cruzarla, prenderle fuego y verla arder.
—Si sigues mirándolo así, vas a perforarle el saco con la mente—una voz arrastrada y divertida interrumpió tus pensamientos.
En ese momento te sobresaltaste, casi derramando tu bebida. Natasha Romanoff apareció a tu lado, luciendo espectacular en un vestido verde esmeralda. La espía te dedicó una sonrisa de complicidad, cruzándose de brazos.
—No sé de qué hablas —intentaste mentir, sintiendo el calor subir a tus mejillas.
—Por favor, Soy espía. Y además, Tony es ciego para muchas cosas, pero yo no —Natasha le dio un sorbo a su copa—. Sé perfectamente por qué pasaste las últimas dos semanas metida en mi habitación pidiéndome consejos sobre "los gustos clásicos de los hombres de otra época".
Te rendiste, dejando caer los hombros.
Recordaste la desesperación que te había llevado a acudir a Natasha una semana atrás. Estabas cansada de las miradas platónicas, de los "buenos días" que sonaban demasiado fraternales. Necesitabas un impacto, algo que le borrara a Steve la idea de que eras solo la dulce asistente de su compañero de equipo.
Natasha, que conocía a Steve mejor que nadie, se había reído al principio, pero luego sus ojos brillaron con esa chispa competitiva y traviesa.
—Steve es un hombre sencillo, de los que aprecian los detalles silenciosos pero letales— te había dicho antes de arrastrarte a una boutique secreta. —Y es dolorosamente lento para notar cuando una mujer está interesada. Tienes que ser explícita, pero con clase—.
Fue allí donde lo encontraron. *El vestido*.
Tu mirada fue hacia abajo, contemplando la tela que ahora abrazaba tu cuerpo; Era una pieza de seda en un tono vino profundo, casi negro bajo las sombras, pero que destellaba con un brillo peligroso bajo las luces de la fiesta. No tenía mangas y la espalda estaba completamente descubierta hasta la base de la columna, sostenida únicamente por tirantes imperceptibles que se cruzaban en un diseño delicado. Se ceñía a tu cintura y caía hasta el suelo con una caída libre que se movía con cada uno de tus pasos, revelando una abertura pronunciada en la pierna izquierda. Era elegante, pero eminentemente magnético.
—Hiciste un buen trabajo —murmuró Natasha, sacándote de sus recuerdos—. Ese vestido fue diseñado para pecar. Ahora, ve y haz que el Capitán América olvide sus modales del siglo pasado. Yo me encargo de que Tony no te busque por la próxima hora.
Con un guiño y una palmada de aliento, Natasha se perdió entre la multitud.
Respiraste hondo.
La letra de la canción que había estado atrapada en tu cabeza durante días volvió a resonar en tu mente como un mantra privado: "I don't want you like a best friend. Only bought this dress so you could take it off" (No te quiero como un mejor amigo. Solo compré este vestido para que me lo quites).
Era el momento.
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Caminaste con paso firme hacia el grupo donde estaba Steve. Con cada movimiento, la seda rozaba tus muslos, dándote una inyección de confianza. Cuando estuviste a unos pasos, Steve se despidió cortésmente de los diplomáticos y se giró.
Al verte, el Capitán América se quedó de piedra. Sus ojos azules, habitualmente tranquilos, se agrandaron ligeramente mientras hacían un recorrido lento, casi involuntario, desde tus tacones, subiendo por la abertura de la falda, detallando la curva de tu cintura, hasta encontrarse con tu mirada. Por una fracción de segundo, la fachada de soldado imperturbable se agrietó.
—Vaya. Te ves… estás increíble. Realmente hermosa.
—Gracias, Steve —Sonreíste, inclinando ligeramente la cabeza, permitiendo que un mechón de tu cabello cayera sobre su hombro expuesto—. Tú tampoco te quedas atrás. El esmoquin te sienta mucho mejor que el uniforme de combate.
Steve se frotó la nuca, un gesto extrañamente juvenil que delataba sus nervios.
—Sí, bueno, Tony insistió. Dice que el público necesita ver que no solo usamos trajes de combate. ¿Cómo va la organización? ¿No te está volviendo loca?
Diste un paso más hacia él, acortando la distancia social estándar. Pudiste oler su loción: notas de madera, cuero y algo puramente masculino que te hizo vibrar por dentro.
—Tony siempre es un caos, pero esta noche he decidido dejar de ser su asistente por unas horas —dijiste, clavando tus ojos en los de él—. Esta noche quiero concentrarme en otras cosas. O en otras personas.
Steve parpadeó, asintiendo lentamente, con una sonrisa inocente.
—Me parece justo. Te mereces un descanso. Si quieres, puedo ir a buscarte algo de comer, el buffet tiene unos bocadillos excelentes.
Contuviste una risa mezclada con frustración; Natasha no mentía... Era realmente denso.
—No tengo hambre de comida, Steve —respondiste, bajando el tono de voz a un susurro seductor mientras extendias la mano y con la punta de los dedos, acomodabas la solapa de su esmoquin. El contacto fue breve, pero percibiste cómo los músculos del pecho de Steve se tensaban bajo la tela—. Pero te aceptaría una copa.
—Claro, por supuesto —dijo él de inmediato, girándose hacia la barra—. Iré por ella.
Mantuviste la mirada en su espalda ancha mientras se alejaba. La noche iba a ser larga, y tú tendrías que ser mucho más directa si querías derribar las defensas del boy scout.
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Media hora más tarde, la música de la gala cambió a un ritmo más lento, un jazz suave que invitaba a la intimidad. Steve había regresado con las bebidas y se había quedado a tu lado, rechazando sutilmente a varias herederas que intentaban sacarlo a bailar. Prefería quedarse allí, conversando contigo sobre películas recientes que aún intentaba comprender.
Sin embargo, no estabas dispuesta a dejar que la conversación se mantuviera en terreno seguro.
—Esta música es perfecta —Con un comentario dejaste tu copa vacía en una mesa cercana—. Vamos a bailar, Steve.
Él sonrió con timidez, mirando hacia la pista donde algunas parejas ya se movían.
—No lo sé. Soy un poco antiguo para estos ritmos modernos, y mis pasos de los cuarenta no encajan muy bien aquí. No querrás que te pise el vestido. Sería una lástima arruinar algo tan bonito.
—Arriésgate —insististe, tomándolo de la mano.
La palma de Steve era grande, cálida y áspera debido al entrenamiento. Al sentir tu agarre, los ojos del supersoldado se fijaron en los propios y sin darle tiempo a protestar, lo guiaste hacia la penumbra de la pista de baile, lejos del centro brillante donde Tony acaparaba la atención de las cámaras.
Cuando se detuvieron, Steve colocó una mano con extrema timidez en tu cintura. Al hacer el contacto, sus dedos tocaron directamente la piel desnuda de tu espalda baja debido al pronunciado escote del vestido.
Steve dio un respingo imperceptible. Sus ojos se abrieron de par en par al sentir la suavidad y el calor de tu propia piel bajo su mano. Intentó reajustar su postura, subiendo la mano hacia el omóplato para ser más caballeroso, pero no se lo permitiste.
Con seguridad diste un paso adelante, pegando tu cuerpo a él. Tus pechos rozaron el firme pecho de Steve, y con una lentitud deliberada, enredaste tus brazos alrededor del cuello del Capitán.
—Estás muy cerca —murmuró Steve, su respiración alterándose ligeramente.
—¿Te molesta? —preguntaste, mirándolo desde abajo, con los labios entreabiertos.
—No, no es eso. Es solo que… la gente está mirando, y no quiero que piensen algo que falte a tu respeto.
Una risa suave escapó de tus labios, un sonido que vibró directamente contra el pecho de Steve. Te inclinaste un poco más, apoyando la barbilla cerca de su oído. El roce de tus labios contra la mandíbula de Steve hizo que el hombre contuviera el aliento.
—Steve, eres un soldado brillante, pero un pésimo detective —susurraste, dejando que tu mano acariciara los vellos de la nuca de él—. No compré este vestido para impresionar a los invitados de Tony. No me importa lo que piense la gente.
Steve se tensó, deteniendo sus pasos de baile por completo. La música seguía sonando a su alrededor, pero para ustedes, el mundo se había reducido a ese espacio. Sus manos en tu espalda se cerraron con un poco más de firmeza, una reacción puramente instintiva.
—¿A qué te refieres? —preguntó él, con la voz volviéndose sospechosamente ronca. Las pupilas de Steve estaban dilatadas, devorando las facciones de tu rostro.
—Me refiero a que estoy cansada de ser solo tu amiga, Steve. De ser la chica buena que te ayuda con la tecnología. Compré este vestido con un solo propósito —Te separaste lo justo para mirarlo a los ojos, con una intensidad que lo hizo flaquear—. Quería que me miraras como lo estás haciendo justo ahora. Y quería que desearas quitármelo.
Un silencio denso y cargado de electricidad estalló entre ambos.
Steve te miró, procesando las palabras. El Capitán América, el hombre que lideraba ejércitos, parecía completamente desarmado por una mujer en un vestido de seda. Su mirada bajó a tus labios y por primera vez, no hubo timidez en sus ojos, sino un destello de fuego antiguo y hambriento.
—No juegues conmigo. No soy el tipo de hombre que toma estas cosas a la ligera —su voz fue un gruñido bajo, una advertencia—.
—Yo tampoco, Steve. Por eso esperé tanto.
Steve miró a su alrededor rápidamente. La fiesta continuaba, pero el aire entre ellos ya no era apto para un lugar público.
Sin decir una palabra más, te tomó de la muñeca con firmeza —no para lastimarte, sino para asegurarte— y te guio fuera de la pista de baile, directo hacia los ascensores privados de la torre.
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El viaje en el ascensor fue un suplicio de tensión sexual. Ninguno habló. Steve se mantenía de pie, con la espalda recta, pero sus ojos no se apartaban de ti. Su respiración era pesada, y la fuerza de sus antebrazos se marcaban bajo las mangas del esmoquin. Tú, por tu parte, te apoyabas contra la pared de cristal, sosteniéndole la mirada, relamiéndote los labios deliberadamente.
Cuando el ascensor llegó al piso de los cuartos privados, las puertas apenas se abrieron y él te tomó de la mano, arrastrándote por el pasillo hasta su habitación. Cuando entraron Steve cerró la puerta de golpe, girando el pestillo.
La penumbra del cuarto solo estaba iluminada por las luces de la ciudad que se filtraban por el gran ventanal.
Steve se giró hacia ti.
Ya no estaba el boy scout.
El esmoquin seguía puesto, pero su postura era la de un hombre que finalmente había decidido reclamar lo que quería, acercandose a ti con pasos lentos y depredadores.
—¿Estás segura de esto? —preguntó, deteniéndose a centímetros de ti. Su voz era grava—. Porque si doy un paso más, no habrá vuelta atrás. No podré volver a ser solo tu amigo.
—Dios, Steve, cállate y bésame de una vez —suplicaste, acortando la distancia.
Steve no te lo hizo repetir.
Sus manos viajaron a tus mejillas, acunando tu rostro con una mezcla de desesperación y posesividad, y sus labios se estrellaron contra los tuyos.
Fue un beso hambriento, profundo, que hizo que se aflojaran tus piernas. Steve te sostuvo por la cintura, pegándote a su cuerpo con una fuerza que te recordó que estabas lidiando con un supersoldado.
Gemiste entre sus labios, enredando las manos en el cabello rubio de Steve, tirando ligeramente de él para profundizar el beso. La boca de Steve se movía con urgencia, devorando, explorando con la lengua con una intensidad que te dejó sin aliento.
El Capitán rompió el beso solo para descender por tu mandíula, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves que hicieron que tu espalda se arqueara.
Sus manos grandes volvieron a bajar por la piel expuesta de tu espalda, acariciando cada vértebra, haciéndote temblar.
—Este maldito vestido —gruñó Steve contra tu cuello, su aliento caliente erizándote la piel—. Llevo toda la noche conteniéndome. Viéndote moverte con él… viendo cómo todos te miraban. Casi me vuelvo loco.
—Te lo dije —jadeaste, mientras las manos de Steve bajaban hasta tus muslos, encontrando la abertura del vestido para acariciar la piel desnuda de tus piernas—. Solo lo compré para ti.
Steve te levantó sin el menor esfuerzo provocando un pequeño grito de sorpresa que se transformó en un suspiro cuando tus piernas se envolvieron instintivamente alrededor de la cintura de él. Steve te llevó hasta la gran cama, depositándote sobre las sábanas oscuras con una delicadeza que contrastaba con el fuego de sus ojos.
Se colocó sobre ti, apoyando su peso en sus antebrazos y mirándote desde arriba se despojó del saco del esmoquin con un movimiento rápido, arrojándolo al suelo seguido de su corbata.
Abrió los primeros botones de su camisa blanca, revelando la base de su pecho musculoso y su clavícula. Estiraste las manos, delineando los músculos de sus brazos, sintiendo el calor irradiar de su cuerpo.
—Quítamelo —pediste en un susurro, mirando el vestido.
Steve sonrió de lado, una sonrisa oscura y sensual que nunca le habías visto.
—Con gusto.
Sus manos grandes se movieron hacia los delgados tirantes que se cruzaban en la espalda. Con dedos hábiles pero temblorosos por el deseo deslizó el primer tirante fuera de su hombro, luego el otro. La seda comenzó a ceder, bajando por tu pecho.
Steve se tomó su tiempo. Deslizó la tela lentamente, permitiendo que sus ojos apreciaran cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Cuando el vestido quedó amontonado alrededor de tus caderas, Steve dejó escapar un suspiro entrecortado.
—Eres perfecta —murmuró, su voz cargada de reverencia.
Se inclinó para besar tus pechos, sus labios moviéndose con una devoción que hizo que enterraras las uñas en sus hombros anchos. Cada caricia de Steve era firme, segura, demandante. El contraste entre su habitual caballerosidad y la fiera pasión con la que te reclamaba en la cama estaba volviendote loca.
—Steve… por favor… —gemiste, moviendo las caderas contra él, sintiendo la dura evidencia de su deseo a través de los pantalones de él.
Steve subió de nuevo, atrapando tus labios en un beso abrasador mientras sus manos bajaban para deshacerse de lo que quedaba del vestido y de su propia ropa.
Moviéndose con una urgencia que ya no podía ser reprimida se deshizo de las barreras que los separaban.
Cuando la piel de ambos se unió por completo, el calor en la habitación se volvió sofocante. Steve te miró a los ojos, entrelazando sus dedos con los tuyos contra el colchón, asegurándote debajo de su cuerpo.
—Mírame —pidió él, con la respiración entrecortada, sus ojos azules encendidos en la penumbra.
Obedeciste, completamente entregada, con el corazón latiendo desbocado.
Steve se impulsó hacia adelante, hundiéndose en ti con un movimiento firme y fluido. Fue entonces que soltaste un gemido alto, escondiendo el rostro en el cuello de Steve mientras él comenzaba a moverse. El ritmo era lento al principio, tortuosamente delicioso, cada estocada llenándote por completo y haciéndote perder la noción del tiempo y del espacio.
Las manos de Steve viajaron a tus caderas, guiando sus movimientos, elevando el ritmo a medida que el control de ambos se desvanecía. Los sonidos en la habitación se redujeron a suspiros ahogados, el roce de la piel húmeda y tus propios gemidos que Steve se encargaba de silenciar con besos profundos.
La tensión comenzó a acumularse rápidamente. Sentías que estabas al borde de un abismo de placer puro, tus músculos tensándose alrededor de él. Steve lo notó; sus movimientos se volvieron más rápidos, más profundos, su respiración convirtiéndose en gruñidos roncos cerca de tu oído.
—Steve… —lograste articular, con las lágrimas del éxtasis asomando en tus ojos.
—Estoy contigo. Siempre contigo —prometió él, dando unas últimas estocadas potentes que te empujaron directo al vacío.
Te arqueaste, sintiendo la ola del orgasmo sobre ti, espasmos de placer puro recorriendo tu cuerpo. Segundos después, con un rugido bajo y ahogado en tu hombro, Steve te siguió, derramándose dentro mientras se tensaba por completo, abrazándote contra su pecho como si fueras lo más valioso del mundo.
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Minutos más tarde, la respiración de ambos comenzó a normalizarse. Steve se dejó caer a tu lado, pero no se alejó. Pasó un brazo por tus hombros, atrayéndote hacia su costado. Apoyaste la cabeza en su pecho, escuchando los latidos aún acelerados de su corazón.
Steve usó su mano libre para acomodar tu cabello revuelto, besando la coronilla de tu cabeza.
—Supongo que esto significa que ya no somos solo amigos —dijo Steve, con un toque de humor suave en su voz.
Soltaste una pequeña risa, trazando círculos invisibles en el pecho del Capitán.
—Espero que no. Sería muy raro volver a ayudarte con tu tablet después de esto.
Steve sonrió, girándose un poco para mirarte. Sus ojos reflejaban una ternura inmensa, pero también una satisfacción absoluta.
—Tengo que admitir que fui un idiota por no darme cuenta antes —confesó, besando tu frente—. Pero me alegra que hayas sido tan… persistente. Y sobre ese vestido…
Levantaste la mirada, divertida.
—¿Qué pasa con el vestido?
Steve miró de reojo la prenda de seda vino que yacía olvidada y arrugada en el suelo.
—Creo que cumplió su propósito a la perfección —dijo él, con una chispa traviesa en los ojos—. Pero, sinceramente… prefiero mucho más cómo te ves sin él.
Cuando voy a cualquier parte fuera de este territorio que es mi pueblo, me gusta buscar alguna librería de viejo y explorarla a fondo. Generalmente suelo encontrar algún título o edición que me llame la atención y por pocas monedas engroso la montañita de libros sin leer que me estoy construyendo.
Entre abril y mayo he tenido la suerte y el privilegio de viajar dos veces, la primera a Tenerife, la segunda a mi tierra de acogida favorita, Barcelona.
En Tenerife como ya conté por aquí, visité Tenirfe, allí hablé un buen rato con el librero sobre los hermanos Moix y conectar con une escritore. A mí me cuesta mucho hablar con la gente, pero en las librerías no sé por qué siempre fluye la conversación mucho más fácilmente que en cualquier parte. Supongo que al ser los libros uno de mis focos de interés y ak saber por seguro que a la otra persona les gusta también me permito explayarme y quizá ser un poquillo más yo, en lugar de hablar de literatura con la boca chica en mis lugares frecuentes porque no quiero aburrir a les demás. Echo mucho en falta compartir lecturas y hablar de historias, libritos y demás. En parte por eso me desahogo por aquí.
En esa librería estrecha y profunda encontré tres libros que me llamaron la atención lo suficiente como para comprarlos y encajarlos (aun no sé cómo) en la mochila minúscula que ahora te permiten llevar en el avión. Fueron estos tres:
Justo hace una semana y miles de km después, entré en otra librería estrecha y profunda de El Poble Sec, llamada La Social. Allí volví a llenarme las manos de polvo y a encontrar un pequeño botín, que de nuevo, tuve que embutir en la misma mochila minúscula:
Asimismo, mi padre encontró un vinilo primera edición de Tino Casal que sumé a mi recién iniciada colección de música. Pero este se quedó en Barcelona porque la minúscula mochila de cabina ya no daba para más y tendrán que bajarmelo mi familia cuando les toque a ellos hacer el camino hasta el sur.
Me encanta que sean tan verdecillos los tres libros. Y me encantan los libros del Club Bruguera, lo compré solo por ser de esa edición y porque tengo muy pendiente leer a Donoso.
En este caso empecé a hablar con el librero y otro cliente, que parecía amigo, me preguntó de dónde era por mi acento. Así nos enteramos de que el señor era de Minas de Ríotinto, otro andaluz migrado. Acabamos hablando de Sevilla, de la búsqueda de libros raros y de Chaves Nogales, que por supuesto, ahora necesito leer con urgencia. También nos contó que los discos que vendía habían sido de un DJ de la zona, que por derroteros de la vida había tenido que prescindir de ellos, otra historia más para recordar.
A riesgos de caer en la romantización o en el fetichismo de la mercancía, que me gusta una librería de viejo.
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