Hoy es el día antes de tu partida. Así lo has dicho, mañana me largo. Está bien. Me duele cómo no imaginas, casi un poco más que las primeras veces que me lo hiciste pero, ¿sabes? No voy a retenerte, no ésta vez. Mañana, como nunca, me voy a poner a mí en primer lugar. Juro que hoy derramaré cada lágrima que quiera brotar para que cuando llegue tu partida, mis ojos estén secos y no sientas ninguna culpa ni lástima. Te prometo, con las pocas fuerzas que me quedan, que nunca te volveré a buscar, que este capítulo tuyo se cierra con este manifiesto. Llegado el momento, no diré ni una sola palabra, voy a intentar no mirarte, voy a fingir que no existes. Te voy a ignorar tanto que vas a sentir que es la decisión correcta. Casi por completo sentirás que todo había muerto ya, cuando lo único que estaba por morir era mi corazón. Me hiciste tantas promesas, tantas de verdad, que no puedo contar realmente en cuantos pedazos se partió mi corazón. Sé que no volverás, que no me buscarás, que jamás voy a escuchar de ti nuevamente. También sé que nunca te ha importado, que siempre he sido yo la que ha buscado un pretexto para quedarse, que siempre he pasado por alto tantas cosas para poder estar cerca de ti. Me he desentendido tanto de mí como me ha sido posible para poder permanecer a tu lado el mayor tiempo. Estoy consiente que mañana se termina, si no por tu decisión por la mía. Estoy cansada de llorar todas las noches y verte dormir. Estoy cansada de implorar un abrazo, un beso y una caricia. Estoy hastiada de escuchar tus quejas cuando sufro, sin saber que es por ti. Si supieras tan solo la mitad de lo que siento, juro que brotaría de tu alma pena por la mía. Pero no, nada de eso sucedió. Lo esperé tanto pero jamás pasó y no sabes cómo duele ver la indiferencia de alguien. Dices que exagero, ven y entra a mi corazón. El grado de dolor es directamente proporcional a tus desdenes. Tanto cómo te he amado, tanto cómo he sufrido. Heme aquí, hecha un lago en una orilla. Secándome las lágrimas mientras escribo estas palabras. Ya no temo a la soledad porque de ahí escribo. Se acabó mi vida, nuestras vidas, unidas por nada y separadas por todo. Si alguna vez piensas en todo lo que ha ocurrido, si alguna vez logras sentir mis temores y tristezas, si de pasada te queda entender porque jamás me pude curar de tus desengaños, quizá ese día puedas entender porque mis sufrimientos y quejas nunca tuvieron fin. Me has escuchado llorar por tres malditas horas, jamás preguntaste si lloraba por ti.