Despierto por los gritos de alguien que sufre. Estoy a oscuras, en mi cuarto, seguramente es de madrugada. Sudo frío, sudo a mares. Escucho pisadas que corren rápidamente por el pasillo. La puerta estalla de golpe, es Carla.
- ¡Pronto, Julián! ¡Llama a la Policía! ¡Alguien entró a la casa! – Me grita aterrada, impaciente, nerviosa.
Me enloquece el pánico, salto de la cama. Le doy mi teléfono, le indico que pida ayuda. Saco el revólver del armario, me percato de tener balas. Mi cuerpo tiembla al escuchar el “click” del percutor. Es inevitable temer a lo desconocido. La muerte toca a mi puerta con el frío del metal en las manos. No dejo de pensar: debo salir y enfrentar al intruso. Le ordeno a Carla que entre al armario, que no salga hasta que regrese por ella. Abandono el cuarto.
Yo, descalzo, aterrado, incómodo. Recorro el pasillo en dirección a las gradas, dispuesto a matar a quien sea que se encuentre en mi casa.
Nunca fui bueno para ser valiente, de hecho, jamás en mi vida he llegado a considerarme el héroe de alguien. No debo dar cabida a la ansiedad. Sólo debo ser silencioso, eso es, silencioso y observador.
Me encuentro en la sala, la noche no me permite ver a detalle. Encamino mis pasos al interruptor y noto que el piso tiene algo raro, ¿está embarrado? De repente, un mueble se cae y vidrios se rompen. Escucho lamentos, no son quejas, ¡son lamentos! Entonces es más morbo que miedo lo que siento. Percibo una voz familiar. Enciendo el interruptor y descubro mi casa destrozada. ¡Hay una estela de sangre en el suelo! Sigo su rastro al comedor. Pienso en Carla, pero ella está bien, no estaba herida, eso me tranquiliza. Seguramente logró lastimar al infiltrado.
Al encender las luces del comedor, comienza un leve llanto. Le digo a quien sea que se encuentre ahí que salga inmediatamente. Nadie responde. El llanto se detiene y el silencio me convierte en el único intruso.
Alguien se arrastra detrás de mí, tan desesperadamente que parece escapar. Volteo la mirada y encuentro a Carla bañada en sangre, débil, lenta, vulnerable. Corro hacia ella, quien, a falta de fuerza, descansa bocabajo en el suelo. Se encuentra llorando y dice:
No sé qué hacer, ya no se mueve. Le abrazo y no respira. Intento reanimarla, pero no funciona, ha perdido mucha sangre.
De pronto, un ruido surge de las gradas. Al voltear, encuentro a Carla, de pie, sonriente, burlona. Disfrutando de mi dolor cual cruel espectadora. Entiendo que no es ella. Apunto al monstruo, jalo del gatillo. ¡Nada sale del arma! Intento de nuevo, pero no dispara. Reviso la maldita pistola para ver qué carajos está fallando. No entiendo cómo, pero no está cargada.
El monstruo en las gradas se ha ido. Me fijo en las heridas de Carla, y encuentro en ellas las balas perdidas. Las sirenas de la policía entonan una marcha fúnebre, en honor a mi pobre amada. Oficiales intentan derribar la puerta de mi casa. Observo a mi niña: fría, inmóvil, lastimada. Entonces entiendo…