Quizás nunca te lo he dicho, pero, cuando nos encontramos separados por la distancia, me gusta salir mucho a pasear por la naturaleza.
Termino siempre perdiéndome en sus inmensas profundidades, hasta que me topo de casualidad con un pequeño prado sin descubrir, lleno de pequeñas flores que lentamente comienzan a florecer, pintando con sus suaves tonos el inmenso verde que usan como lienzo, anunciando que la primavera ya se acerca.
Y en esos momentos, tan solo puedo pensar en lo mucho que me gustaría traerte aquí la próxima vez que nos veamos: acostarnos sobre ese manto colorido, adornando nuestras cabelleras con sus pétalos, y que sean las únicas presentes cuando nuestros labios se encuentren de nuevo después de tan larga espera.
Recorro los diversos miradores de mi pequeño pueblo, observando los hermosos atardeceres que se reflejan en el cielo, y pienso en cuánto me gustaría poder disfrutar de este momento también contigo.
Pero no me preocupa, porque sé que el día de mañana habrá miles de atardeceres que veremos juntos, observando las figuras que crean las nubes tras su paso sobre el cielo, riéndonos de las ocurrencias del otro.
Y me resulta extraño, pues siempre he sido un chico al que le brillaban los ojitos por sí solo, acusándolo siempre de que se debía a que el sol se reflejaba en ellos.
Pero ahora que nos encontramos de noche los dos a solas, estos brillan más que nunca.
Quizás, porque me encuentro enfrente de la estrella más brillante del firmamento. Con la suerte de que la tengo tan cerca, que puedo observar cada detalle de su rostro: el largo de sus pestañas, el trazo de sus labios, su cabellera un poco despeinada.
Y así resulta imposible no dejar un dulce beso sobre su mejilla. Aunque nunca termina siendo uno solo.
Nunca supe que se podían besar las estrellas, hasta que te conocí.
A veces pienso que te volviste como mi collar favorito, pues te llevo tan guardado en un rinconcito de mi corazón, que terminó llevándote siempre a cualquier lugar que vaya; lo mismo que sucede con mi cadena dorada.
No quiero dejar nunca de vestirte, ni que dejes de decorar mi corazón con tu presencia.
Supongo que ahora mis letras no serán las únicas que lleven tu nombre grabado sobre ellas. Al igual que no existe paisaje más bonito que el que se crea con tu compañía.
Había olvidado que era un escritor que tiraba más hacia la poesía y el amor, hasta que encontré mi inspiración en ti.
No puedo ofrecerte gran cosa ahora; tan solo puedo prometer que cada latido de mi corazón y cada verso escrito de mi cuaderno te pertenece.
No sé si un amor de letras será suficiente para ti, pero espero poder enamorarte con cada texto y con cada carta que te escriba. Porque no existe obra de arte más hermosa que tu propia existencia, y yo, como buen artista que soy, no puedo evitar devolver el arte con más arte.
Y el amor, con más amor.
















