La herida aún sigue abierta, pero creo que ya no sangra. Duele, sí. Cada movimiento que hago me recuerda que por más que intente huir de todo, siempre estará la cicatriz, sin duda las batallas que he luchado han marcado mi piel y mi corazón.
A pesar de todo, lo intento, de verdad. Me lleno de momentos, de pequeñas sonrisas, me lleno de vida. Reconozco que cada paso que doy me recuerda que ya no estás. Llevo meses luchando una nueva guerra, contra tu recuerdo, contra tu ausencia y poco a poco vuelvo a sonreír sabiendo que los golpes de realidad me esperan a la vuelta de cada esquina. Pero, he llegado lejos, mas allá de ti, de nosotros, de tu adiós, mas lejos de lo que nunca creí que podría llegar.
El día que te fuiste creí morir. No exagero. No sabía cómo avanzar sin ti, ni siquiera podía convencerme de que era real. Fueron tiempos duros, un pasado que me engaña porque, por un lado quiero volver a ti, y por el otro… solo quiero escapar de todo lo que fuimos. Ahora, cada día que me despierto lucho por ser feliz sin ti, por quererme un poco más a mí misma, por respirar y levantarme, por creer que todavía hay cosas buenas para mí. Sin prisa, avanzo y me alejo de tu recuerdo. Y, aunque sé que siempre habrá una cicatriz en mi piel, que me recordará el color rojo, el olor a hospital, la expresión de tu rostro y tus ojos al pronunciar aquellas palabras que no me atrevo a escribir y otra en mi corazón que me recuerda el tiempo que pasé contigo, nuestra última conversación, los libros, las películas y series que solíamos ver, las tardes en la cocina, las siestas eternas, los baños de espuma, tu olor, tus abrazos-hogar…