Sanatorio Duran, Cartago, Costa Rica
Sanatorio Duran en B/N
7/3/2018


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Sanatorio Duran, Cartago, Costa Rica
Sanatorio Duran en B/N
7/3/2018

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Nos echamos a andar y no paramos de andar jamás, después de medianoche, en ese pasillo del sanatorio silencioso donde hay una enfermera despierta de ángel. Esperar que murieras era morir despacio, estar goteando del tubo de la muerte, morir poco, a pedazos.
Jaime Sabines
Después de todo lo que hemos pasado
Todo lo que hemos roto
No me queda fuerza suficiente para odiarte o amarte.
No me quedan ganas de seguir luchando.
Solo quiero dejarlo estar,
Olvidar,
Ver la herida sanar.
Así que te pido por favor
Por todo lo que fuimos,
Por lo que no seremos,
Te pido, no vuelvas,
Dejame volar,
Ir a buscar mi lugar,
Mi paz
Lejos de toda esta inestabilidad.
La clínica Ikuta se encontraba en los predios del templo Jōkō, ruinoso y sin apenas rentas, como demostraba la decisión de los priores de permitir la construcción de un sanatorio mental en el recinto. Para entonces parecía más bien que era la clínica la que acogía al templo en sus terrenos. A los pacientes no sólo se les permitía tañer la campana a horas fijas, sino que podían vagar a sus anchas por el jardín —siempre que no supusiera peligro de agresión o fuga— y subir las gradas de la nave mayor del templo, donde hacían labores de artesanía u otras actividades, según su inclinación.
Entre ellos estaba el viejo Nishiyama, que llevaba tanto tiempo en la clínica que parecía el dueño. A menudo extendía pliegos de papel en el piso de tatami para practicar caligrafía, trazando enormes caracteres. El viejo loco raramente disponía de papel en blanco, ya fuera chino o japonés, de modo que casi siempre hacía uso de periódicos viejos.
Sin variación escribía la misma frase: «Entrar en el mundo de Buda es fácil; más difícil es entrar en el mundo de los demonios». Aunque tenía la vista nublada por las cataratas, su caligrafía era vigorosa. Carecía de toda mundanidad o afectación. Solo traslucía, si acaso, un barrunto de demencia. Los caracteres no eran burdos ni aberrantes en ningún sentido estereotipado, pero si se los examinaba atentamente empezaba a percibirse en ellos algo maniático, demoniaco. Quizá en otra época el viejo Nishiyama pretendió ingresar en el mundo de los demonios, pero le resultó arduo, y la amargura de su fracaso confirió a la caligrafía de su senectud su carácter. Fuera lo que fuera que constituyera su mundo de los demonios, su resolución de entrar en él lo perturbó de tal modo que perdió la razón. Tal como lo veía él, el sanatorio no se parecía al mundo demoniaco, pero tampoco se le ocurrió nunca considerarlo un refugio, un lugar de descanso para aquellos que intentaron entrar en aquel otro mundo y fracasaron.
En el presente el viejo Nishiyama era uno de los pacientes más pacíficos de la clínica. Como había perdido los dientes y nunca se puso dentadura, tenía las mejillas chupadas, y estaba calvo salvo por una pelusilla blanca en el cogote. Viéndolo era difícil imaginar que tuviera fuerzas para ninguna obra demoniaca. Sólo en su escritura podían rastrearse vestigios de aquel espíritu. El viejo solía alterarse mientras escribía, pero tan mansamente que no hubiera supuesto problema alguno ni siquiera en una residencia de ancianos corriente.
El viejo Nishiyama esperaba cada día impaciente el pronóstico del tiempo en la radio, antes del boletín de las siete. La información en sí no le interesaba —avisos de viento leve y marejadilla aquella noche y al día siguiente, y baja visibilidad por la niebla, por ejemplo—. Lo que le gustaba era la voz de la joven que la leía. Era una voz maravillosamente dulce, suave pero no tenue. El viejo sentía como si aquella encantadora muchacha le estuviera hablando a él desde el mundo exterior. Su voz rebosaba de amor. Era un alivio para el anciano, un consuelo. Constituía como un eco de los hermosos días juveniles. No sabía su nombre ni la había visto nunca, y sin duda ella seguiría dando el pronóstico con la misma bonita voz mucho después de que él hubiera muerto; pero ninguna de estas consideraciones preocupaban a Nishiyama: ella era la única persona que le hablaba a él —a la ruina en que se había convertido— un día tras otro, con voz plena de amor.
Kawabata Yasunari
Sanatorio militar
Creado como un sanatorio para enfermos de tuberculosis, el Beelitz-Heilstätten fue uno de los mayores complejos hospitalarios de Alemania, con 60 edificios construidos en una zona de 200 hectáreas.
Contaba con edificios separados para diversos usos y especialidades. Enfermedades contagiosas, rehabilitación, crónicos, etc. junto a los edificios para el personal y la administración. Incluso contaba con su propia planta de generación eléctrica, un salón de actos y capilla.
Durante la Primera Guerra Mundial el hospital se militarizó para acoger a soldados enfermos y heridos del Ejército alemán. Uno de sus pacientes más conocidos durante este período fue un joven Adolf Hitler de 17 años, que estuvo internado en el hospital desde el 9 de octubre hasta el 4 de diciembre de 1916 tras ser herido en la batalla del Somme.
Cerca del 1945, tuvo que ser evacuado por el Ejército alemán, siendo tomado por el Ejército Rojo Soviético, transformándose en un hospital militar, que estará en funcionamiento hasta el año 1994, año en el que pasó (de nuevo) a manos de los alemanes que lo usaron como clínica privada destinada a tratar enfermedades relacionadas con la neurología hasta el año 2000, cuando Beelitz-Heilstätten es abandonado para siempre.
En 1989 la zona fue asolada por los crímenes del psicópata Wolfgang Schmidt, más conocido como el “monstruo de Beelitz” y se sabe que en el hospital cometió alguna violación necrofílica.
También hay que mencionar que un fotógrafo de 38 años acudía al lugar para fotografiar a sus modelos en la sala de quirófanos. En 2008 y, sin saber las causas, éste estranguló a su modelo en ese preciso habitáculo y después de muerta la violó.
Tras su abandono, el hospital de Beelitz se vio sumido en la total oscuridad, avalado por los hechos trágicos y macabros que habían sucedido entre sus paredes durante todo el período de su funcionamiento.
Existe una sensación negativa, aumentada por los sacrificios de animales y ritos relacionados con el satanismo, así como ouijas, que hace que en muchas dependencias del complejo hospitalario de Beelitz-Heilstätten cualquier persona que entre en ellas sienta un malestar generalizado que hace que tengas que salir rápidamente del lugar, sobre todo en las salas que sirvieron para recluir a los enfermos psiquiátricos y a los gravemente heridos de guerra.

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A história de Alice é, na realidade, triste. Lembrem-se que os grandes contos de fadas são de outra época, a realidade era diferente e os valores extremamente conservadores. Então, ter uma filha esquizofrênica era considerado uma aberração, um crime. Os pais de Alice decidiram deixa-la em um sanatório, e ela permanecia, na maior parte do tempo, dopada. Quando não estava sob efeito de remédios, era violentada pelos funcionários. A menina tinha apenas 11 anos. Cada um dos personagens e objetos da história, tem a ver com um desejo ou experiência de Alice. O buraco pelo qual ela entra no País das Maravilhas, é, na verdade, uma janela de seu quarto, onde ficou presa durante toda a vida, pela qual ela desejava sair e conhecer o mundo à sua volta. O coelho branco, para ela, representava o tempo. Aquele tempo que ela desejava que passasse logo, para que um dia ela pudesse sair daquele lugar. O tempo que ela via passar tão rápido, porém tão lento… O Chapeleiro Maluco, era outro interno, seu melhor amigo. Alguém que deixava sua vida no hospital menos amargurada, com quem criava várias teorias de como seria a vida lá fora. O rapaz, em realidade, sofria de Síndrome Bipolar, por isso a personalidade do Chapeleiro na história, o mostrava ora alegre, ora depressivo, ora calmo, ora irritado. A Lebre, companheira do Chapeleiro, era a menina que dividia o quarto com ele. Ela sofria de depressão profunda, e todas as vezes que Alice teve contato com ela, encontrou-a num estado de terror e paranoia. O gato de Cheshire: um dos enfermeiros, em quem Alice confiou, mas acabou por enganá-la e violenta-la. O sorriso do gato, aquele que é tão marcado, era na verdade o sorriso obscuro que seu agressor abria, cada vez que lhe abusava, e a deixava jogada em um canto de sua acomodação, derrotada, triste e ofuscada. A Rainha de Copas: a diretora do sanatório. Uma mulher má e desprezível, que não sentia sequer um pingo de compaixão para com os enfermos que estavam sob seus cuidados. Era a favor da terapia de choque e da lobotomia, e por diversas vezes ordenava que os funcionários espancassem, sedassem e prendessem em jaulas os enfermos que apresentavam comportamento que não lhe agradavam. A Rainha Branca: sua mãe, uma mulher nobre e terna, que sofreu na pele o preconceito de ter uma filha doente, tendo que abandonar a menina em um sanatório, e nunca mais voltar a vê-la. As vagas lembranças que Alice possuía, era de momentos com sua mãe, e o motivo dela pensar que o mundo fora dos muros do hospital era um lugar melhor, era saber que a mãe estava lá, em algum lugar, para lhe cuidar. Os Naipes: enfermeiros do hospital, apenas seguindo ordens o dia inteiro. A Lagarta Azul: sua terapeuta, aquela que lhe dava as respostas, que lhe explicava o que acontecia e com quem ela conversava. Tweedledum e Tweedledee: gêmeos siameses órfãos, que também estavam no hospital. Embora não possuíssem nenhum problema mental que justificasse sua internação, a aparência que tinham era assustadora, por isso foram reclusos. O Rei de Copas: o médico psiquiatra do hospital. Alguém com complexo de inferioridade, que era incapaz de se opor às ordens da diretora. Os frascos “Coma-me” e “Beba-me”: as drogas que lhe davam. Por serem extremamente fortes, por várias vezes Alice tinha sensações diferentes e alucinações, bem como se tivesse encolhido ou aumentado de tamanho.
umaanadepressiva1998
Sanatorio de Termas del Flaco
La grandeza de lo que pudo ser
En ruinas y desolada se encuentra
Cercada completa
Con basura por fuera
Pero conserva un encanto
Que te invita a recorrerla
La tubercorosi e la gherra di l'ulthimi/1
Li ricoveraddi accosthu a farà a prutisthà V’è un loggu in Sassari indì ommini e femmini ani fattu l’isthoria, la di l’ulthimi, e si mirisciani di no assé immintiggaddi mai. Eddi, erani li tubercorotici di lu Sanatoriu Antonio Conti. Capatzi d’appusità fintza a 290 maraddi, chisth’ipidari era funtumaddu pa assé una “villa”, cumenti la di Ritzeddu (Rizzeddu) i’ li tempi boni. Aberthu i’ lu 1955,…