Flor me dijo por whatsapp “Creo que la primera vez que nos veamos las caras en persona deberíamos ir a tomar un té”. Hablaba de esa opción porque lo de que ella y yo somos unos borrachxs ya se sabe, tener eso en común con alguien es mucho más frecuente que lo otro: elegir el té por encima del café. Merecíamos una rica merienda.
Así que cuando pactamos nuestro primer encuentro en el MAM era más que obvio que íbamos a hacer eso. Llegué tarde porque esa semana mi puntualidad estaba enferma. Le avisé de mi demora y me dijo que estaría por ahí adentro dando vueltas, haciendo otras cosas que tenía pendientes. Usó específicamente la palabra “recados”, que me sonó a “tiene acento caribeño y me lo ocultó todo este tiempo para simular ser uruguaya” o “trafica drogas”. Le hablé de lo primero y me quedé con lo segundo, fiel a mi costumbre de esperar lo mejor mientras me preparo para lo peor.
Cuando llego tarde nunca me apuro, creo que incrementar mi velocidad es útil si eso me ayuda a llegar a tiempo, pero una vez que ya es tarde no me importa qué tan tarde llegue si ya estoy en camino, llego cuando llego, tarde, se cruzó la frontera de la puntualidad, ninguna ley me castigará con más fuerza después de eso. Con paso lento y sereno entré al MAM, me pareció que lo más razonable era ir a buscarla directo a La Tienda del té: si íbamos a tomar té y si ya había hecho sus otros “recados”, seguro estaba por ahí. Si no la encontraba entonces me comunicaría con ella para encontrarnos. Pero cuando a mi las cosas me salen bien no me salen solo bien, me salen perfecto. Ahí estaba ella, del otro lado del vidrio del local, única clienta negociando mil productos con la señora que la atendía para al final no comprarle una mierda. La esperé al costado de la puerta, apenas salió me vio y me reconoció enseguida. Me preguntó “¿Nos sentamos allá y nos tomamos unos vermuts?”. Mi boca dijo “sí”, mi mente pensó “perfecto”.
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