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¿Qué es un francés?
Por Dominique Venner
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Durante mucho tiempo, el conocimiento de nuestro pasado antiguo quedó oculto por la historia oficial —que daba prioridad al papel del Estado— y por la herencia clásica, que solo quería reconocer la Antigüedad grecolatina.
El movimiento de descubrimiento y reapropiación del pasado real comenzó bajo la influencia de los románticos. Se amplió considerablemente en el siglo XX con las nuevas investigaciones históricas, arqueológicas y etnológicas.
Hoy en día, es posible situar los cimientos de la identidad francesa, una realidad de más de cuarenta siglos.
Rostros franceses del siglo XVII. Familia campesina, de Le Nain. (Museo Municipal de Laon. Foto: Lauros-Giraudon
En una reflexión sobre Francia y los franceses, siempre hay que recurrir a Tocqueville, no para buscar en él un punto de doctrina, sino un estímulo y una mirada lúcida.
Cuando se dispuso a redactar El Antiguo Régimen y la Revolución en 1852, Alexis de Tocqueville (1805-1859) ya era famoso por haber publicado quince años antes su ensayo sobre La democracia en América, obra que reveló la excepcional profundidad de su visión histórica. Su carrera política, bajo la Monarquía de Julio y la Segunda República —en la que fue por un tiempo ministro de Relaciones Exteriores—, contribuyó, a través de la experiencia directa, a la profundización de su pensamiento. El golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 lo convirtió en opositor, lo llevó a retomar sus estudios y lo impulsó a reflexionar sobre los trastornos de su época. A diferencia de tantos otros pensadores fascinados por el misterio de la Revolución Francesa, Tocqueville se niega a aislar este acontecimiento. No ve en él una ruptura en la vida pública francesa. Por el contrario, la Revolución subraya, a su juicio, la permanencia en Francia de una tradición despótica, cuya fuente hay que buscar, por lo tanto, más atrás en el pasado.
Vigor medieval y libertades aristocráticas
La novedad que aporta Tocqueville es considerable. Pone de manifiesto una relación causal entre el Antiguo Régimen y la Revolución Francesa. De uno a otro no ve una ruptura esencial. Si la Revolución ocurrió en Francia y no en Inglaterra o en Alemania, países donde las instituciones de origen medieval habían conservado su vigor, es porque Francia había experimentado, mucho antes de 1789, una subversión radical del orden antiguo.
¿Qué subversión? La que llevó a cabo el Estado absolutista en la antigua sociedad y esto desde la época de los Borbones. El régimen francés del siglo XVIII, aquel que derrocó la Revolución, ya no tiene nada en común con la antigua y vigorosa sociedad medieval, impregnada de libertades aristocráticas.
Tocqueville establece de manera convincente una distinción radical entre los mil años de sociedad feudal y el absolutismo tal como se construyó en Francia en el siglo XVII. Un régimen caracterizado por un crecimiento mórbido del Estado administrativo centralizado y una desposesión política de la sociedad por parte del Estado.
La sociedad medieval, sin duda, no era una sociedad «ideal». Pero era una sociedad viva y saludable, que organizaba la solidaridad entre los hombres mediante una cadena vertical de dependencias mutuas, de derechos y deberes, en el ejercicio de las libertades señoriales, comunales o corporativas. El poder real, distante y limitado, se refería únicamente a la función soberana, la alta justicia y la guerra.
Toda la investigación histórica actual, con Georges Duby, Jacques Le Goff, Emmanuel Le Roy Ladurie, Robert Fossier, Jean Favier, Robert Delort, Paul Zumthor, Gustave Cohen, Jean Delumeau y muchos otros, confirma y matiza esta realidad libre y dinámica del orden medieval (1).
Lascaux, la «Capilla Sixtina de la Prehistoria» · Descubierta por casualidad el 8 de septiembre de 1940 por Marcel Rovidat, un adolescente de Montignac, en Dordoña, la fabulosa cueva ofrece un espectáculo sublime. Los arqueólogos coinciden en datar la realización de las pinturas entre 17 000 y 15 000 a. C. Son obra de artistas de la sociedad magdaleniense, que además inventó la aguja con ojo y la lámpara de sebo. El magdaleniense es nuestro antepasado directo, biológicamente idéntico a nosotros. Ninguna escuela ni ningún pintor ha logrado jamás algo mejor. En abril de 1963, la cueva tuvo que cerrarse para evitar que el aire viciado de la multitud de visitantes destruyera las pinturas. Se realizó una réplica exacta, Lascaux II, que se puede visitar desde 1983, una reproducción al centímetro realizada por el Instituto Geográfico Nacional. Entre las obras que pueden consultarse sobre Lascaux: Mario Ruspoli, Lascaux, un nouveau regard, prólogo de Yves Coppens, profesor del Collège de France, Ed. Bordas, 1990.
Francia no es una simple creación del Estado
Todo cambia en el siglo XVII con la usurpación de todas las funciones políticas, judiciales y administrativas por parte del Estado central. Siguiendo la síntesis de François Furet, «la monarquía absoluta vació a la aristocracia de su esencia y centralizó el dominio político y administrativo; para destruir la libertad aristocrática, se apoyó en las pasiones igualitarias y se convirtió finalmente en el instrumento de una cultura o de una opinión pública democrática, pero sin gusto por la libertad» (2). Es interesante señalar que el siglo XVII francés, que combina las humanidades clásicas y el espíritu de la Contrarreforma, elaborará una interpretación difamatoria de la Edad Media —esa época «gótica» tan despreciada— cuyos efectos aún se sienten.
Esta deriva, que se vería amplificada por las abstracciones de la Ilustración y el legado jacobino, nos ha legado en Francia dos ideas que han adquirido el valor de dogmas. Ideas según las cuales la nación francesa sería a la vez un «accidente» de la historia y una mera creación del Estado. A fuerza de repetirse, estas «ideas» terminaron por arraigarse en las mentes, e incluso en mentes bien formadas que las aceptaron sin discusión ni análisis como algo que se da por sentado.
Sin embargo, bastaría con recordar algunas evidencias para demostrar su arbitrariedad y su error. El Estado central que dispone de una fuerza coercitiva «histórica» es una creación del siglo XVII. Pero en la época de Richelieu o de Colbert, Francia ya no estaba por formarse. Ya estaba formada. Desde hacía mucho tiempo.
Chrétien de Troyes
Nacido en 1135 y fallecido en 1190, protegido sucesivamente por Enrique I de Champaña y luego por Felipe de Alsacia, conde de Flandes, Chrétien de Troyes escribió varios cuentos y novelas en verso, algunos de los cuales se han perdido, como La mordida en el hombro y una primera versión de Tristán e Isolda. Nos quedan de él seis obras, todas notables, y de las cuales las tres últimas son auténticas obras maestras. Son, en orden: Erec y Enide, luego Cligès o la falsa muerte, Lancelot o el caballero de la carreta, Yvain o el caballero del león, y finalmente Perceval o el cuento del Grial, que dejó inconclusa. El escritor ya es francés, en el sentido clásico de la palabra, por su sobriedad, su elegancia, su gusto por el análisis psicológico, su don de observación y, sobre todo, por una deliciosa mezcla de ironía, sensualidad, picardía y humor. Es un narrador encantador, lleno de amabilidad y urbanidad, pero no exento de espíritu crítico. Por supuesto, la Bretaña que nos describe se asemeja como una hermana a la corte de Borgoña de su época: no son más que hermosos trajes, fiestas alegres, torneos sangrientos y aventuras galantes. Las costumbres son brutales y refinadas, allí se ejerce la ley del más fuerte, pero atenuada por una extrema cortesía. Los hombres son emotivos, religiosos sin fanatismo, pulcros e incluso coquetos, muy celosos de su honor y libertinos ante el Eterno... Las mujeres son astutas, autoritarias, celosas, muy conscientes de sus intereses, pero, por lo demás, profundamente alegres, divertidas y todas dispuestas a ofrecer generosamente su cuerpo. Todo esto está escrito en versos encantadores y cada página de la narración brilla por su sensibilidad e inteligencia». PIERRE GRIPARI, Critique et autocritique, Ed. L'Age d'Homme, Lausana, 1981
La nación se afirma desde el siglo XII
Una nación o, por decirlo de otra manera, un núcleo nacional se cristaliza cuando se expresa por primera vez una tendencia constante y renovada a la creación de formas específicas en todos los ámbitos de la cultura: arte, literatura, instituciones, costumbres en general. No importa si existió desde muy temprano un sentimiento nacional consciente. Esa conciencia tiene menos importancia que la existencia de fuerzas y energías capaces de producir una forma propia.
Incluso antes del siglo XII, ya era un hecho. Se observa el surgimiento de una arquitectura, una literatura y un arte identificables como específicamente franceses. También se ven aparecer los rasgos distintivos de un pueblo-núcleo original y bien definido, unido en un mismo reino, con un mismo destino cuyas raíces, como veremos, se remontan a miles de años.
Esto no fue obra exclusiva de los reyes francos, como querría la leyenda dinástica, sino el resultado de un formidable impulso colectivo. Ni la estatuaria de Moissac, Toulouse, Cluny o Vézelay, ni Lancelot del Lago, ni Tristán e Isolda, ni el movimiento esencialmente francés de las Cruzadas pueden atribuirse a los efectos de un impulso real.
Francia se había ido gestando durante miles de años. Históricamente, nació en la Edad Media. Aunque no quiera oírlo quien se aferra a esa imagen tan hermosa, no fueron los «cuarenta reyes» quienes la «crearon», sino generaciones y generaciones de caballeros y campesinos, de monjes, de poetas y de artesanos. Los «cuarenta reyes», por su parte, construyeron un Estado que, poco a poco, se confundió con Francia, para su bien o para su mal, según las épocas y las circunstancias.
Bisonte lamiéndose el costado. Escultura en madera de reno procedente de La Madeleine (Dordoña), hacia el año 2000 a. C. El artista resolvió admirablemente los problemas de perspectiva (Museo de Saint-Gennainen-Laye. Foto: Roger-Viollet).
Redescubrimiento de las culturas populares
Hoy en día, la imagen del Estado como motor y actor de la dinámica nacional se ha desmoronado. La sensación de su declive como potencia mundial se ha impuesto tanto como la conciencia de su parasitismo, que se alimenta de la vitalidad del país mientras la destruye.
Al mismo tiempo, las ciencias históricas y humanas han modificado nuestra visión del pasado. El nuevo interés por la «Atlántida ignorada» (3) de las antiguas culturas populares, esas vencidas por la historia, nos hace descubrir lo que la ideología estatal o una interpretación finalista de la historia habían ocultado. Con las nuevas investigaciones arqueológicas y lingüísticas, los pueblos de cultura oral, nuestros antepasados, silenciados por el triunfo de la escritura y del modelo de civilización difundidos por los clérigos, recuperan de repente la palabra tras siglos de olvido.
Entre todos los académicos que han contribuido a este despertar, cabe destacar especialmente a Fernand Braudel por su obra póstuma La identidad de Francia (4). Las últimas páginas de este libro sugieren que, al final de una vida enteramente dedicada a la erudición desinteresada, el historiador sintió una obligación apremiante hacia los suyos. El hombre de conocimiento que sabe y ve lo que los demás ignoran puso su propio método al servicio de una interpretación sintética de nuestra historia y, por lo tanto, de nuestro ser colectivo.
La contribución de Braudel es la de un método, y también una elección: la mirada de la larga duración. Más allá del bullicio incoherente de los acontecimientos, el historiador del Mediterráneo ha destacado las líneas maestras, subrayando lo efímero en contraste con lo que resiste al paso del tiempo.
¿Cómo saber hacia dónde vamos si no sabemos de dónde venimos? Quizás Fernand Braudel no lo diga todo, pero lo esencial queda sugerido. Si sabemos leer su libro, sabremos responder a la pregunta: ¿qué es un francés? A este enigma, él propone una clave tan evidente que, una vez descubierta, creemos haberla tenido siempre. Un francés, nos dice en esencia, es un compendio de lo europeo, cuyos orígenes estables se remontan a al menos cinco mil años, y cuyas raíces hay que buscarlas en lo más recóndito de la prehistoria.
Demuestra claramente que los componentes antropológicos, étnicos, culturales e históricos de lo que se convertirá en Francia son inseparables de los de Europa, de los cuales constituyen la síntesis o el resumen. La perspectiva a largo plazo permite identificar, más allá de las incoherencias del corto plazo, las constantes de un destino irreductiblemente europeo. Desde el surgimiento de las primeras culturas propias de Europa hasta la época moderna, cada gran período demuestra que Francia (o lo que se convertiría en Francia) no se distingue del movimiento general, e incluso se encuentra en su epicentro.
La distribución de los túmulos megalíticos en Europa occidental, que indica las regiones donde pudieron desarrollarse de manera independiente.
La geografía ha convertido a Francia en el verdadero centro de Europa
Esto no debería sorprender a quienes están familiarizados con un pensamiento geopolítico que es, por definición, el de la larga duración. Rompiendo con la inercia de las costumbres, el historiador y geopolítico austriaco Jordis von Lohausen se dio cuenta de que Francia es el verdadero centro de Europa. Lo que habitualmente se denomina Europa central es, en realidad, su límite, su frontera oriental: «Francia —escribe— es el eje entre Alemania y España, Italia e Inglaterra. Situada en el centro del continente europeo, en la vecindad más inmediata de Inglaterra y colindante con la península ibérica, constituye el único nexo de unión entre el Mediterráneo, el Atlántico y el mar del Norte. Está rodeada por los países que en otro tiempo dieron origen a Occidente como unidad de vida. Todo lo demás forma la periferia, incluida Alemania» (5).
Principales yacimientos de los inicios del Neolítico en Francia (V/' -/V' milenios). Estos trazan tres zonas culturales diferentes, desarrolladas cada una de manera independiente, separadas por el vacío del Macizo Central.
Este carácter central de Francia salta a la vista tan pronto como se observan las sucesivas representaciones de los grandes fenómenos culturales e históricos. Ya se trate del arte rupestre con motivos animales (del 18 000 al 10 000 a. C.), de los sepulcros y lugares de culto megalíticos (V milenio a. C.), de la cultura de las campanas (tercer milenio a. C.) y luego de la cultura del bronce (segundo milenio a. C.), de la civilización celta (primer milenio a. C.) y su fusión con la cultura romana y posteriormente con la expansión germánica (del siglo I al V d. C.), del Imperio franco (desde Clodoveo hasta Carlomagno), de la cultura gótica, de la red de relaciones económicas vinculada a las ferias de Champaña (siglos XII y XIII) o incluso de la constitución, en el siglo XV, de una primera «economía mundial» europea, según la expresión de Braudel; todos estos mapas resaltan la unidad y la singularidad del mundo europeo. También muestran que Francia extrae su esencia del humus humano que es el de Europa y que su propio destino, a partir del siglo X, no puede separarse del de las demás partes del cuerpo europeo.
El poblamiento del territorio «francés» comenzó hace casi dos millones de años, veinte mil siglos. Cifras que dan vértigo. Fernand Braudel hace suya la observación de Pierre Chaunu sobre los quince mil millones de seres vivos que se sucedieron antes que nosotros en este territorio para convertirlo poco a poco en lo que es hoy. Esta tierra es la que tiene más tumbas por kilómetro cuadrado en todo el mundo, más que China y al menos tantas como los yacimientos más antiguos de Mesopotamia o del Mediterráneo. «¿Sabían —escribe Pierre Chaunu— que la tierra de un viñedo es una tierra artificial moldeada en Francia por dos mil años de trabajo?» (6).
La civilización de los megalitos
Fue después de la última glaciación, durante el VIII milenio antes de nuestra era, cuando el territorio de Europa occidental y el de la futura Francia adquirieron la fisonomía que condicionaría en gran medida su futuro. El clima frío continental dio paso al clima atlántico templado que aún hoy es el nuestro. La estepa y la taiga, repletas de caballos y rebaños de renos, son reemplazadas por matorrales de avellanos y por el bosque alto de robles y hayas, por donde deambulan pequeñas manadas de ciervos, corzos y jabalíes. Contrario a lo que uno podría imaginar, el calentamiento no trajo consigo de inmediato una mejora en la vida humana. «Habrá afectado gravemente —subraya Braudel— a las civilizaciones de los grandes cazadores», aquellas a quienes debemos las maravillas del arte rupestre. Ya no había manadas de renos ni de caballos fáciles de capturar. Hay que acostumbrarse a una nueva flora. Los alimentos cambian. Un largo período de adaptación, pero también de ruptura.
La «Dama de la red» de Brassempouy, en las Landas. Encantadora estatua de marfil que representa a una de nuestras antepasadas de hace 20 000 años. Museo de Saint-Germain-en-Laye. Foto: Hurault-Roger-Viollet.
Yacimientos de los milenios IV y III. Estos yacimientos marcan un primer esbozo de civilización «nacional», ya que la cultura de Chassey había establecido entonces intensos intercambios y abarcaba casi todo el territorio (excepto el este) (Según J. Guillaine).
Con la llegada, en el quinto milenio antes de nuestra era, de colonizadores procedentes del Danubio, se producen los grandes cambios que marcarán de manera indeleble el futuro de Europa. Los recién llegados forman pequeñas comunidades que dominan a la perfección las técnicas agrícolas. Eran desbrozadores de bosques, criadores de ganado vacuno y porcino, y fabricantes de cerámica. Fueron ellos quienes, hace siete mil años, antes incluso de la arquitectura de piedra del Mediterráneo oriental —incluido Egipto—, crearon la civilización megalítica, no solo en la actual Inglaterra y en Bretaña, sino en toda Europa occidental. Esta cultura no ha revelado sus secretos, pero, en muchos casos (Stonehenge, Carnac, Kergoran), no cabe duda: se trataba de un culto solar, el que en adelante sería común a toda la Europa precristiana bajo diversas denominaciones (7).
El universo coherente de los indoeuropeos
Es por esa misma época cuando se observan los primeros indicios de la primera Edad del Metal, que comienza en los Balcanes (cultura protoindoeuropea de Vinca, cerca de Belgrado). Esta producción se extiende a Europa occidental y al territorio «francés» a lo largo del tercer milenio antes de nuestra era. Se asocia con la cultura de las vasijas acampanadas (cerámicas con forma de campana invertida), que Braudel celebra como la manifestación de una primera «unidad europea» basada en poblaciones omnipresentes. Jean Guillaine considera que estas fueron las que difundieron en Europa occidental las lenguas indoeuropeas y la visión del mundo que estas transmiten (8). La expansión de los pueblos indoeuropeos culminará con la brillante civilización del bronce, a lo largo del II milenio a. C.
Lo que distingue en primer lugar a los indoeuropeos es la matriz de una lengua común, de la cual derivarán, al azar de las expediciones, invasiones e intercambios, todas las lenguas de Europa, ya sean griegas o eslavas, latinas o germánicas (9).
Émile Benvéniste estableció que todas las palabras indoeuropeas se basan en raíces invariablemente formadas por dos consonantes que rodean una vocal. Esta lengua encierra en sí misma un sistema de pensamiento coherente.
Al explorar los textos más diversos de la antigua mitología indoeuropea, Georges Dumézil demostró en estas leyendas un sistema organizador: la famosa distinción de las tres funciones. Los indoeuropeos distinguían en la sociedad —y ante todo en su Olimpo— el ámbito de la magia religiosa, asimilado a la soberanía; el de la guerra, que se le asocia; y el de la producción y la fecundidad: una trilogía que da cuenta tanto de la distribución social primitiva como del papel respectivo de los dioses. Cuatro mil años antes de Descartes, esta voluntad de poner orden en el mundo revela, en los orígenes de nuestra civilización, un principio de racionalización coherente que, en las épocas históricas, constituirá la originalidad de los pueblos europeos y, entre ellos, del pueblo francés.
Los indoeuropeos aportan además un panteón de deidades masculinas, el culto a los antepasados y una organización patriarcal jerárquica. Son los creadores de inventos tan notables como la ciudad (y el ciudadano) griega, el Estado romano o la estructura de los tres órdenes que, tras el mundo celta, florecerá en Europa, desde la Edad Media hasta la época moderna.
A principios del primer milenio, con una nueva ola de conquistadores indoeuropeos, llegan los hombres del hierro. Los dorios en Grecia, los celtas en todas partes.
El pueblo celta originalmente se formó entre el Rin y el Danubio incluso antes de la Edad del Bronce. Se dispersará en varias direcciones: hacia la futura Galia, hacia las islas británicas, España, Italia, los Balcanes y más allá. Los celtas son los primeros en dominar el arte ecuestre. Pero también son expertos herreros, inventores del proceso de carbonización que transforma el hierro en acero, artesanos de consumada destreza y, además, según nos dice Braudel, «portadores de mitos brillantes, de una religión y una cultura originales, de una lengua indoeuropea que les es propia». En resumen, son «nuestros antepasados, los galos».
El arte rupestre figurativo de temática animal, 15 000-10 000 a. C./1, está presente sobre todo en Francia y en el norte de España.
Grabados rupestres del Valle de las Maravillas. Más de cien mil grabados de principios de la Edad del Bronce (1800 a 1500 a. C.) fueron tallados con martillo en las paredes y rocas de dos altos valles, entre 2000 y 2600 metros de altitud, alrededor del monte Bego, sobre Tende (Alpes Marítimos): el Valle de las Maravillas y el valle de Fontana/ha. El coloquio celebrado en Tende en julio de 1991, con la participación de un centenar de especialistas, presentó una explicación coherente de este extraordinario conjunto, situándolo en el amplio marco del mundo indoeuropeo. Gracias al método de Georges Dumézil, a quien el coloquio de Tende rindió un caluroso homenaje, las decenas de miles de grabados se presentan como un todo coherente, una representación del universo tal como lo describe Hesíodo (siglo XI a. C.). Según la fórmula de Yvonne Rebeyrol, «los grabados del monte Bego son el libro de imágenes de un pensamiento religioso aún en sus inicios, pero ya estructurado».
La expansión celta se lleva a cabo sin rupturas, si no sin contratiempos, a lo largo de varios siglos. Los celtas convertirán el territorio «francés» en uno de los focos de su cultura, creando distinciones duraderas entre regiones: la de los carnutes (Chartres), la de los bituriges (Bourges) o la de los arvernos (Auvernia).
Los celtas o los galos son el mismo pueblo. Los griegos los llamaban «Keltoï», mientras que los romanos los denominaban «Galli». Desde Baviera hasta los Pirineos, se mezclaron con las poblaciones anteriores que, a su vez, en general, pertenecían al mismo sustrato indoeuropeo. Los celtas no se limitaban a la Galia y la separación entre celtas y germanos no es tan clara como se dice. Hasta la latinización de los celtas (después del siglo I), no existe una distinción real entre ellos. Los reyes de los cimbrios y los teutones tienen nombres celtas. La distinción se establecerá entre los celtas (o germanos) de este lado del limes, que se convirtieron en galorromanos más o menos cristianizados, y los del otro lado, que habían conservado sus costumbres, su lengua y sus creencias religiosas.
La libertad de actuar a su antojo
A partir de ese momento, se puede decir que, en lo esencial, la composición étnica de la población «francesa» está consolidada. Las aportaciones romanas y germánicas posteriores, tan importantes en los planos cultural y político, apenas la modificarán. Comparten con los celtas el mismo sustrato de lenguas indoeuropeas y el modo de pensar que estas transmiten.
La expansión del poder franco, desde Clodoveo hasta Carlomagno, se produjo tanto hacia el este, más allá del Rin, como hacia el oeste y el sur, en la Galia. El reino unitario franco de Carlomagno se gobernaba desde Aquisgrán y abarcaba todas las regiones de la Galia y la Germania, desde el Elba hasta los Pirineos. Allí se hablaba el latín popular, transformado en lengua románica por las lenguas galas y francas, o incluso el celta y el germánico, lo cual no molestaba a nadie.
El mapa del gótico. La trama oscura representa la época del primer arte gótico en el siglo XII (círculos negros), mientras que la trama más clara muestra la expansión del arte gótico en el siglo XIII (círculos blancos). Los triángulos indican la ubicación de los monumentos destruidos.
Campesinos de Charentes: el espíritu de Francia
«No sé qué aroma del suelo ejerce esta influencia sobre los seres, ni de dónde proviene exactamente. No es la educación, ni los castigos y las recompensas, ni ningún tipo de adiestramiento lo que ha formado a seres tan delicados, esos matices del alma tan personales, como espontáneos y que parecen casi inconscientes. Las más superficiales, como el tacto y la cortesía, están bien arraigadas en la persona y, creo, son imborrables. [...] El espíritu de Francia está a salvo. Hace trescientos años ya tenía un rostro bien definido, una lengua consumada, una sociedad, una literatura y varios reinados muy brillantes; estas cosas han perdurado casi sin interrupción y permanecen no solo en el arte de algunos, sino, como corresponde a toda distinción verdadera, en la propia carne del país, en la textura de su gente común. JACQUES CHARDONNE, Chronique privée de l'an quarante, Ed. Stock, 1941.
Tras el reparto del imperio de Carlomagno entre sus tres hijos, la Francia que más tarde se convertiría en el reino capeto se encuentra, en palabras de Joris von Lohausen, en la posición excepcional de una isla afianzada en el seno de Occidente. Los alemanes, los españoles y los italianos tuvieron que enfrentarse a los eslavos, a los magiares, a los sarracenos y, más tarde, a los mongoles y a los turcos. «La necesidad dictó su forma de actuar», explica Lohausen. Solo Francia gozaba de la libertad de actuar a su antojo: «proclamar las cruzadas y los derechos del hombre, construir techos empinados y dividir sus jardines en figuras geométricas. Esa libertad engendró el estilo rebuscado y las bromas propios de su cultura, su exuberancia así como ocasionales manifestaciones de arrogancia, y su fe ingenua, aunque profundamente arraigada, en el valor universal e incondicional del estilo de vida francés». En el siglo XII, París contaba con 200 000 habitantes. Era la ciudad más grande de Occidente. Se beneficia del recuerdo del santuario druídico más venerable, del prestigio de reyes vencedores en los campos de batalla, de una universidad cuya autoridad no tiene igual en la cristiandad y de una riqueza asegurada por las ferias de Champaña. En el siglo XII, es desde el corazón de Francia que parte hacia toda Europa el movimiento del arte gótico. De esa época data la certeza de ser un centro capaz de sobrevivir a todas las convulsiones. De hecho, Francia sobrevivió al poder español y al de Austria, al auge de América, a la formación del Imperio Británico y a la irrupción de Rusia entre las potencias occidentales. El francés era la lengua de Europa, la de la alta sociedad, de las cortes y de la diplomacia. Esto se mantuvo hasta los días en que el centro de gravedad del mundo abandonó Europa, poco después de la Primera Guerra Mundial.
A quienes reducen a Francia a una simple idea o a un vago principio moral, Fernand Braudel les responde en La identidad de Francia: «Como si la historia no se remontara a los albores de los tiempos, como si la prehistoria y la historia no constituyeran un solo proceso, como si nuestros pueblos no se hubieran arraigado en nuestro suelo desde el tercer milenio a. c., como si la Galia no esbozara de antemano el espacio donde Francia crecería; como si la partida de las tribus germánicas del Rin en el siglo V [. . .] no constituyera, a siglos y siglos de distancia, un rasgo contemporáneo vivo [. . .], como si, en nuestra sangre, en nuestra vida, la hematología retrospectiva no detectara el rastro mismo de las lejanas «invasiones bárbaras», como si tanto las creencias como las lenguas no nos llegaran desde los siglos oscuros del pasado más remoto».
La imagen de una Francia poderosa, portadora de un «mensaje» para la humanidad, tal como la pintaba la educación obligatoria de la Tercera República, se fue desmoronando progresivamente desde los días posteriores a la Primera Guerra Mundial hasta el final de la guerra de Argelia. Mientras tanto, el trauma de 1940, que nunca se curó, afianzó definitivamente la conciencia del declive.
Privados de discursos sobre una grandeza cada vez menos perceptible, los franceses se despertaron en un mundo extraño donde sus puntos de referencia parecían haberse evaporado.
Un sentimiento nuevo, fuerte y sereno
Los antiguos «valores universales» de 1789 tampoco resistieron mejor el paso del tiempo, como lo demostraron claramente las payasadas del Bicentenario y el derrumbe sin gloria del comunismo soviético, heredero directo de la Ilustración revisada y corregida por los jacobinos.
Todo esto dejaría en el corazón un vacío bastante angustiante si el remedio no hubiera surgido por sí mismo con un cambio radical en la conciencia nacional.
En 1653, los líderes de la Fronda se sometieron al rey y a la regente. El joven Luis XIV tenía catorce años. Su madre, Ana de Austria, ejercía la regencia desde la muerte de Luis XIII, en 1643. El recuerdo de todas las madres italianas, alemanas o españolas de nuestros reyes subraya, si lo pensamos bien, la identidad europea de Francia (Grabado de la Biblioteca Nacional, foto de Roger-Viollet).
Mientras se desvanece un nacionalismo arrogante y agresivo, heredado de las guerras de la Revolución, asistimos al nacimiento de un nuevo sentimiento: una curiosidad apasionada por la singularidad francesa. Va acompañado de una necesidad difusa de enraizamiento, de un afán por preservar y dinamizar lo que queda en Francia de autenticidad y belleza. Prueba de ello son todas las iniciativas, por contradictorias que sean, a favor del patrimonio, el medio ambiente, las tradiciones o un renacimiento regional. Siguiendo las palabras de Pierre Nora, todo sucede como si Francia dejara de ser una historia que nos divide para convertirse en una cultura que nos representa.
Desde esta nueva perspectiva, el pasado ya no se entiende en términos de oposiciones, sino de complementariedades. Francia ya no se presenta, por ejemplo, como el celtismo o la latinidad, la república o la monarquía, sino como el celtismo y la latinidad, el clasicismo y el romanticismo, la república y la monarquía, Descartes y Rabelais, Voltaire y de Maistre, Renan y Barrès. Este movimiento es lo contrario al chovinismo. No está dirigido contra nadie. Es una profundización y una afirmación de sí mismo. Genera fuerza y serenidad. Es lo que llamamos identidad.
Vivir juntos
Tras la derrota de 1870, Renan definió la nación como «el deseo de vivir juntos». Se trataba de responder así a la anexión de Alsacia y Lorena por parte de Alemania, que se había llevado a cabo sin tener en cuenta la voluntad de la población. Hoy en día, este discurso de circunstancia se contrapone a veces a la definición de Barrès sobre «la tierra y los muertos». En realidad, ambos conceptos son complementarios. El de Renan no era más que una formulación del derecho de los pueblos a la autodeterminación. ¡Para que este derecho pueda ejercerse, es necesario que exista un pueblo!
Notas:
1. Dominique Barthélémy, L'Ordre seigneurial, Xl-XII siècles, Seuil, « Points-Histoire », 1990.
2. François Furet et Mona Ozouf, Dictionnaire critique de la Révolution française, Flammarion 1988.
3. Robert Muchembled, Culture populaire et culture des élites dans la France moderne, XV'XVIII' siècles, Flammarion, 1978.
4. Fernand Braudel, L'Identité de la France, tome 3, Flammarion-Arthaud .
5. Joris von Lohausen, L'empire et la puissance, la géopolitique aujourd'hui, Livre-club du Labyrimhe, 1985.
6. Pierre Chaunu, La France: histoire de la sensibilité des Français à la France, Robert Laffont, 1982.
7. Cf Colin Renfrew, Les origines de l'Europe, Flammarion , 1984. Las dataciones con carbono 14, verificadas mediante la dendrocronología (calibración comparativa de los anillos de crecimiento de los árboles), han modificado por completo, desde la década de los 60, las dataciones de los monumentos megalíticos, cuya antigüedad se ha retrasado en más de dos milenios.
8. Jean Guillaine, La France d'avant la France, Hachette, 1980.
9. Cf Jean Haudy, Les Indo-Européens, Que sais-je? n°1965.
No one expect French Irredentism.
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Estampilla de Francia

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