Machismo en los Testigos de JehovĂĄ
A los 15 aĂąos recibĂ comentarios de las esposas de varios ancianos en la congregaciĂłn. Me dijeron que no debĂa usar ropa ajustada porque, segĂşn ellas, mi forma de vestir podĂa ser una âcausa de tropiezoâ para los hermanos. Las reuniones âinsistĂanâ eran un lugar para estudiar, y mi apariencia no debĂa distraer a nadie. En otras palabras, la responsabilidad de la supuesta falta de autocontrol de los hombres recaĂa sobre mi ropa.
Este tipo de comentarios no eran aislados; reflejaban una doctrina profundamente machista que utiliza pasajes como 1 Corintios 14:34-38 un pasaje bĂblico donde Pablo instruye a las mujeres a guardar silencio en las congregaciones, sujetarse y preguntar a sus maridos en casa para mantener el orden y la decencia, lo utilizan para silenciar y desvalorizar a las mujeres. Nos enseĂąaban que no debĂamos hablar en pĂşblico, que no tenĂamos poder de decisiĂłn en un hogar cristiano, y mucho menos podĂamos participar como oradoras. Nos relegaban a ser "Ăştiles" solo para ir de puerta en puerta, convenciendo a la gente de unirse a la religiĂłn, y, por supuesto, siendo sumisas y un buen ejemplo para que nuestros esposos pudieran recibir algĂşn privilegio.
La religiĂłn de los Testigos de JehovĂĄ no solo desestima los estudios universitarios âespecialmente para las mujeresâ, sino que tambiĂŠn impone una visiĂłn profundamente retrĂłgrada de la vida. Vi cĂłmo jovencitas de apenas 20 aĂąos eran llevadas a creer que su historia ya estaba terminada al casarse: que su meta mĂĄxima era un hogar y un marido, y que mĂĄs allĂĄ de eso no habĂa nada que aspirar, ningĂşn futuro que construir. Las empujaban a formar parejas desde la adolescencia, apagando cualquier posibilidad de descubrir quiĂŠnes eran o quĂŠ podĂan llegar a ser.
Durante mucho tiempo, cuando comencĂŠ a tener dudas sobre la religiĂłn, jamĂĄs recibĂ ayuda para resolverlas. PodĂa expresar mi incredulidad una y otra vez, pero eso nunca parecĂa importar. Lo que sĂ importaba ây muchoâ era mi apariencia. Unos mechones azules en el cabello eran motivo de alarma mayor que mis preguntas espirituales, y la longitud de mi falda parecĂa tener mĂĄs peso que mi crecimiento personal. Era como si mi valor estuviera medido por centĂmetros de tela y colores de tinte, no por mi bĂşsqueda interior.
Uno de los momentos mĂĄs reveladores para mĂ fue ver cĂłmo llevaron a mi madre a la famosa âsalita Bâ para reprenderla por algo tan simple ây tan nobleâ como reunir dinero, junto con otras hermanas, para ayudar a una amiga necesitada. SegĂşn los ancianos, manejar dinero era una responsabilidad âexclusivaâ de los hombres en la congregaciĂłn. En lugar de reconocer su iniciativa, la desautorizaron por completo solo por ser mujer. Aquello dejĂł claro que, para ellos, nuestras ideas, esfuerzos y actos de bondad siempre estarĂan por debajo de un tĂtulo masculino.
La doctrina de âser santos para un Dios santoâ no es mĂĄs que un mecanismo de control envuelto en espiritualidad. Bajo la apariencia de una vida piadosa, esta religiĂłn sostiene un sistema que restringe el crecimiento personal âespecialmente el de las mujeresâ y perpetĂşa la sumisiĂłn como virtud, disfrazando la falta de autonomĂa de obediencia divina.
Hoy me alegra haber salido de esa estructura tĂłxica. ElegĂ estudiar, trabajar, construir mi propio camino y alejarme de aquellas ideologĂas retrĂłgradas que justifican el machismo como voluntad de Dios. Si estĂĄs pensando en unirte a los Testigos de JehovĂĄ, detente un momento y reflexiona. No permitas que una religiĂłn decida tu valor, te reduzca a un papel secundario o te convenza de que tu voz debe ser mĂĄs baja que la de un hombre. Tu vida es tuya, no de ellos.