Sara era una joven que vivía pegada a su móvil. No podía pasar un minuto sin consultar sus redes sociales, sus mensajes, sus fotos o sus vídeos. Le encantaba estar conectada con el mundo, pero se olvidaba de conectar con las personas que tenía a su alrededor. Su familia, sus amigos, sus vecinos... todos se quejaban de que Sara no les prestaba atención, de que no les escuchaba, de que no les miraba a los ojos. Sara pensaba que ellos no la entendían, que eran unos aburridos, que no sabían disfrutar de la vida. La noche del 24 de diciembre, Sara se fue a dormir con su móvil en la mano, como siempre. Antes de cerrar los ojos, le envió un mensaje a su novio, que estaba de viaje en otra ciudad. Le dijo que le echaba de menos, que le deseaba una feliz Navidad, y que le mandara una foto de su regalo. Luego, apagó la pantalla y se quedó dormida. A la mañana siguiente, Sara se despertó con una extraña sensación. Algo había cambiado en su habitación. No era la misma que recordaba. Los muebles eran distintos, la ropa era distinta, la decoración era distinta. Y lo más raro de todo: no había rastro de su móvil. Sara se levantó de la cama y buscó su móvil por todas partes, pero no lo encontró. Tampoco encontró su portátil, ni su videoconsola, ni su tablet. Lo único que había era una tele en blanco y negro, una vieja radio de válvulas y un extraño aparato que resultaba que era un viejo teléfono de los de antes. Sara no podía creer lo que veía. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba su móvil? ¿Dónde estaba su vida? Sara salió de su habitación y se dirigió al salón, donde esperaba encontrar a su familia. Pero lo que encontró fue otra sorpresa. Su familia no era la misma que recordaba. Sus padres eran más jóvenes, sus hermanos eran más pequeños, y su abuela, que había muerto hacía años, estaba viva y sentada en el sofá. Sara se quedó paralizada. No entendía nada. ¿Qué era aquello? ¿Un sueño? ¿Una broma? ¿Una pesadilla? Sara se acercó a su abuela y le preguntó: - Abuela, ¿qué día es hoy? - Pues hoy es 25 de diciembre, hija. ¿No lo sabes? Es Navidad. - ¿Navidad? ¿Qué año es? - ¿Qué año es? ¿Estás bien, Sara? Es 1983. - ¿1983? ¡No puede ser! ¡Yo soy de 2023! - ¿De 2023? ¿De qué hablas, Sara? ¿Estás delirando? Sara se dio cuenta de que nadie la creía. Nadie sabía quién era ella, ni de dónde venía, ni qué había pasado. Sara se sintió sola y asustada. Quería volver a su tiempo, a su vida, a su móvil.
Quería hablar con su novio, con sus amigos, con sus contactos. Quería ver sus fotos, sus vídeos, sus redes sociales. Quería recuperar su conexión con el mundo. Pero no pudo. Sara estaba atrapada en el pasado, en una época que no era la suya, en una vida que no era la suya. Sara tuvo que adaptarse a ese cambio, a esa realidad. Tuvo que aprender a vivir sin su móvil, sin su portátil, sin su videoconsola. Tuvo que aprender a usar el teléfono fijo, la tele en blanco y negro, la radio de válvulas. Tuvo que aprender a comunicarse con las personas que tenía a su alrededor, a prestarles atención, a escucharles, a mirarles a los ojos. Y así, poco a poco, Sara descubrió algo que no sabía. Descubrió que la vida era más que una pantalla, que las personas eran más que unos mensajes, que el mundo era más que unas imágenes. Descubrió que la vida tenía colores, que las personas tenían sentimientos, que el mundo tenía sorpresas. Descubrió que la vida era más bonita, más interesante, más divertida, cuando se conectaba con las personas, cuando compartía con ellas, cuando disfrutaba con ellas. Sara se dio cuenta de que había estado perdiéndose muchas cosas, por estar siempre pegada a su móvil. Se dio cuenta de que había estado descuidando a su familia, a sus amigos, a sus vecinos. Se dio cuenta de que había estado ignorando el valor de la comunicación, de la relación, de la empatía. Se dio cuenta de que había estado equivocada, de que ellos sí la entendían, de que ellos no eran unos aburridos, de que ellos sí sabían disfrutar de la vida. Sara cambió su actitud, su forma de ver las cosas, su forma de vivir. Sara se abrió al mundo, se acercó a las personas, se implicó en la vida. Sara se volvió más feliz, más sociable, más humana. Y entonces, cuando Sara estaba más contenta que nunca, cuando Sara estaba más integrada que nunca, cuando Sara estaba más conectada que nunca, ocurrió algo inesperado. Algo que cambió todo de nuevo. Sara se despertó. Sara se despertó en su habitación, en su tiempo, en su vida. Sara se despertó con su móvil en la mano, como siempre. Sara se despertó y se dio cuenta de que todo había sido un sueño. Un sueño muy real, muy intenso, muy revelador. Un sueño que le había enseñado una lección. Una lección que no iba a olvidar. Sara miró su móvil y vio que tenía un mensaje de su novio. Era una foto de su regalo. Un regalo muy especial. Un regalo que le recordaba su sueño. Un regalo que le recordaba su cambio. Un regalo que le recordaba su Navidad. Era un viejo teléfono de los de antes.