Cuando leí la reseña de Principio, medio, fin, pensé que encontraría respuestas sobre cómo empezar de nuevo. Me equivoqué. Este libro no habla de un nuevo comienzo como una fórmula para dejar atrás el pasado, sino de la posibilidad de resignificarlo.
A través de tres mujeres unidas por el linaje y por la memoria, Valeria Luiselli construye una historia sobre las distintas maneras de ser hija y de ser madre. Una mujer enfrenta un divorcio que la obliga a reinventarse mientras acompaña el crecimiento de su hija adolescente; otra vive descubriendo y cuestionando; y otra más intenta sostener los recuerdos cuando la memoria comienza a desvanecerse.
La novela también me hizo pensar que la memoria no siempre es permanente; a veces se atrofia y comienza a borrarnos poco a poco. Quizá por eso vale la pena dejar huellas físicas de quienes somos: escribir en una postal, guardar un mosaico o jugar con polaroid, hacer anotaciones. Tal vez, algún día, alguien pueda leernos y reconstruir nuestra historia; o quizá seamos nosotras mismas quienes, al volver a esos recuerdos, encontremos una forma de reescribirnos y comenzar de nuevo.
También aparecen la decisión de abandonar para perseguir un objetivo, la responsabilidad de guiar la vida de otra mujer y la oportunidad de una niña de comenzar desde otro lugar. Ningún principio aparece limpio; todos nacen de una ruptura.
La novela dialoga constantemente con los mitos griegos, recordándonos que los seres humanos llevamos siglos intentando explicar el origen de las cosas y de nuestras tragedias. Entre ellos aparece Proteo, el dios capaz de transformarse continuamente para escapar de quien intenta apresarlo, una figura que atraviesa la novela como metáfora de la identidad: cambiar no siempre significa huir; a veces es la única manera de sobrevivir y descubrir quiénes somos. Esa conversación entre el mito y lo cotidiano hace que el tiempo deje de ser lineal: pasado, presente y futuro conviven como si fueran una misma historia.
La escritura es exigente, casi una obra de arte. En más de un momento tuve que detenerme, regresar algunas páginas o dejar que el audiolibro y su sonoridad terminara de construir las escenas que el texto ya había sembrado en mi imaginación. Su prosa es densa, pero también profundamente visual.
Y cuando llegué al medio del libro, escuchar en el audiolibro “Principio, MEDIO…” tuvo un peso distinto. Explica la Poética de Aristóteles, donde el medio es apenas aquello que está entre el principio y el fin. Sin embargo, parece reivindicar justamente esa parte de la historia. Porque, tarde o temprano, todas las personas estamos en medio de algo: ya no podemos regresar a la orilla de la que partimos, pero la otra todavía está demasiado lejos. El medio es el espacio de la incertidumbre, de las pérdidas, de la transformación y de las decisiones; quizá sea ahí donde realmente transcurre la vida.
Al terminar, me quedó una pregunta: ¿qué significa realmente comenzar de nuevo? Quizá no se trate de olvidar ni de borrar lo vivido, sino de aprender a habitarlo de otra manera. De reinventar un sistema para sobrevivir, de resignificar la memoria y aceptar que, en la vida, todo tiene un principio, un medio y un fin. Y que cerrar un ciclo no siempre significa terminar una historia; a veces significa encontrar una nueva forma de contarla.